Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

La escena, una puesta en común para la comunidad

Leí un texto de Martín López en la revista digital Levadura, con el título La puesta en común de la escena. La puesta en escena de la comunidad. Comparto sus reflexiones sobre el desafío que significa organizarse como gremio, las consecuencias de los nuevos modelos de producción y la ineficacia de la burocracia cultural, al respecto, pienso que no son problemas aislados, obedecen a una profunda crisis en el sistema cultural mexicano, todo en ello se ha fracturado dando tumbos por aquí y por allá; nada perdura, nada impacta, nada se queda en el corazón de los espectadores.

Nuestro teatro se está pulverizando gracias a los nuevos mecanismos mercantiles que operan en la esfera de lo público. Los creadores no pueden ni deben acceder a los recintos públicos bajo condiciones de absoluta precariedad. Si no tienes EFITEATRO estás a la buena de Dios, y si lo tienes, la puesta en escena corre el riesgo de convertirse en un producto y no en un acontecimiento, a ello se suman, los mecanismos de control de las instituciones públicas que no permiten que se abran las compuertas a la verdadera creación artística que requiere nuestro país.

El panorama resulta desolador, y por supuesto que el Estado tiene la obligación de rendirnos cuentas y hay que empezar por ahí. Hace dos años el Instituto Mexicano del Seguro Social IMSS y la ahora Secretaría de Cultura firmaron un acuerdo en el que pondrían en marcha el programa Teatros para la Comunidad Teatral, con la finalidad de rescatar los recintos y ponerlos al servicio de la comunidad artística, y ¿qué pasó? que en su mayoría los teatros del IMSS se pusieron de nuevo, al servicio de los grandes productores en México y ¿quién reclamó? Nadie.

Lo he dicho muchas veces, si la cultura se mercantiliza todo será un desierto salvo para los productores privados que se han convertido en la piedra angular del desarrollo del teatro mexicano. Hemos sido testigos de cómo estas grandes producciones apoyadas por el Estímulo a la Creación Teatral mutilan el acontecer escénico; es imposible la búsqueda del ideal apolíneo de la belleza si de por medio está la adoración al becerro de oro. ¿No se suponía que este estímulo estaba destinado a propiciar la movilidad de las compañías independientes de teatro del país? ¿quién decidió que este estímulo sería solo para los productores privados o los demiurgos del teatro mexicano?

Por ello, no sorprende que en coloquios, congresos, festivales en torno al acontecer del teatro mexicano se escuchen con frecuencia letanías de creadores sin eco alguno. Y cómo no va a ser, sí el sistema cultural está colapsado desde hace años y solo sobrevive al continuismo sexenal con un presupuesto raquítico que hace imposible la movilidad artística del gremio teatral y por ende, el florecimiento de espectadores ávidos de degustar la escena.

¿Qué necesitamos entonces? Incrementar de manera congruente los recursos destinados al teatro, repensar quiénes deben de ser nuestras autoridades culturales, afianzar y trabajar para tener una programación viva que permita a los espectadores salir con el corazón y la mente enardecida, el gusto de comprender lo que se ha visto en la escena; reavivar los foros independientes de la Ciudad de México, así como estimular la autocrítica productiva y constante.

El vacío del poder cultural lo han llenado los productores y exhibidores privados y los rockstars del teatro nacional con producciones estériles, continuas y aparatosas.

 

Los mayores fraudes culturales de la actualidad, dice Enrique Serna, se producen en instancias cerradas que no admiten el escrutinio social, aunque muchas veces dependan del erario. Cuando una élite elige con venalidad a sus miembros, los buscadores de prestigio medran, pero el diálogo con el público se rompe, esta incomunicación beneficia solo a los miembros de la secta. Por ello, es urgente llenar los espacios culturales con personas de verdadera vocación artística y de servicio, es imprescindible tener funcionarios sensibles a las necesidades de una comunidad tan amplia y divergente como la nuestra.

Lo que nos sobran son teatros, calles, plazas y parques para la escena, lo que nos falta son recursos e inteligencia para avanzar, para concretar, si no, todos los esfuerzos son letra muerta. El Estado sigue teniendo la obligación, en parte porque seguimos pagando impuestos, pero también porque existe la Ley de Cultura que tiene como premisa hacer de la escena una puesta en común para la COMUNIDAD.

Es urgente reavivar la llama en tiempos sombríos, pero no sin antes eliminar el bestial elemento que solaza nuestro quehacer: la privatización de la puesta en escena y la apatía que ronda a las instancias culturales de nuestro país.

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