Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

El devenir de una profesión antigua

Sin muchas opciones para una tarde, decidí mirar la serie francesa Ten per cent, que refiere el día a día de una agencia de representantes que tiene como clientes actrices y actores famosos en Francia y que de inicio debe afrontar la muerte de su socio mayoritario y director. Así que habrá que rescatar a la empresa y retener a los actores que manejaba el difunto socio. Cada contrato para la filmación de una película les representa el 10% de las ganancias de sus clientes, (de ahí el título), un buen incentivo para trabajar desenfrenadamente. Son máquinas de hacer dinero y acumuladores de prestigio.

La recepcionista de la empresa, Sofía Lepri, es una actriz de teatro y aunque ella intenta, una y otra vez, convencer a los agentes de que vayan a ver su obra, siempre pasa desapercibida. No es famosa y a la vista de estos profesionales del glamour, Sofía es una empleada más y una de cientos de actrices de teatro francés. Una tarde, Gabriel Sarda, uno de los socios, está al borde del colapso porque se le ha caído un contrato con una estrella de cine. Extraviado y sin encontrar una solución, sale desesperado a la calle. Sin querer, saca de su bolsillo la invitación que la recepcionista le había dado y decide ir a la función. Agotado, se sienta en la butaca y empieza a observar el desarrollo de la obra. Sin nada que lo retenga emotivamente, se queda dormido.

De pronto, una voz sencilla y potente lo saca del letargo. Es Sofía, quien le ha disparado desde el proscenio una dosis de ese “algo” que misteriosamente nos conmueve. Estremecido, Gabriel se desmorona en un llanto silencioso, quizá sanador, y no solo por las habilidades expresivas de la actriz, sino porque Gabriel miró ese “algo” de Sofía. Era la búsqueda de la actriz o quizá la de ambos.

Esta breve anécdota, sirve como pretexto para celebrar mi admiración y absoluto respeto por la profesión de las actrices y actores, quienes, han sido por décadas, laboratorio de directorxs, filósofxs, escritrorxs y hasta activistas sociales, que han intentando discernir sobre la complejidad y la fascinación que despierta el cuerpo del actxr como ente ficcional y agente de cambio social.

Este grupo social, tan golpeado por la falta de empleos bien remunerados al que se suma la complejidad de la pandemia, enfrenta desde hace tiempo una situación de orfandad laboral. Ha quedado en el olvido una de las premisas sobre esta profesión: Ser un “bien cultural”. La mayoría de los profesionales de la escena ensayan durante semanas, sin recibir un pago por su labor porque se da por sentado que los ensayos son parte de ese “paquete” que incluye el estreno y las funciones por venir, lo que les permitirá cobrar al término de la temporada. Si bien les va, el pago tardará un semestre o un año, dependiendo de las dinámicas de la burocracia institucional en curso. Hemos olvidado que la parte más compleja de un proceso, son los ensayos, el verdadero espacio de la creación.

Yo, como Gabriel Sarda, tuve la fortuna de toparme con actrices y actores que han sido capaces de conmoverme, provocarme extrañamiento y dotar de sentido muchos momentos de mi existencia. No es mi intención revivir una nostalgia que peque de cursi y quizá anacrónica, pero me gusta pensar que los y las actrices son los herederos de una profesión antigua. Su existencia ha dado mucho al saber humano, desde la mimesis y la catarsis aristotélica, este oficio ha impulsado teorías que hoy, están rompiendo paradigmas sobre la representación y su función social.

Ellas y ellos, son una especie extraña y fascinante que se resiste a la extinción. Más que buscar la plata a costa de lo que sea, su impulso radica en una práctica milenaria y una convicción ancestral que sigue vigente. En el pedacito de historia que he vivido, entre actrices y actores, vale decir mujeres y hombres de teatro, he encontrado personas excepcionales que me traen a la memoria una frase de la poeta Gioconda Belli: la solidaridad es la ternura de los pueblos. Y sí, los y las actrices son de las personas más solidarias y amorosas que he conocido. Por ello, y por la vasta vivencia humana que implica su quehacer, porque los necesitamos y los queremos, es indispensable encontrar, en estos tiempos tan difíciles, otros mecanismos que posibiliten a nuestra comunidad de artistas un trabajo digno y bien remunerado.

Fotografía de la puesta en escena de Oscura ventana de Marco Petriz /Vittorio D’onofri

Ni perdón, ni olvido por los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa.

Denise Anzures

Periodista, egresada de la Escuela Carlos Septién García, especializada en la promoción y divulgación de las artes escénicas e instruida para ser ciudadana de este mundo por el movimiento zapatista.

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