Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

Nosotras

Son muchas las cosas que me perturban. La incertidumbre de un futuro que no está dispuesto a mostrar su mejor rostro. El recuerdo cotidiano de los muertos que se llevó la pandemia ciega y sin sentido.  La enfermedad que se resiste a hacer una tregua.  Mi madre muerta y mi nostalgia a cuestas.

Éste es un mundo vertiginoso que nos devora y nos confunde. A veces siento que mis pasos son inciertos porque mi país no se encuentra. A veces amanezco con la sensación de que a este mundo le comieron la lengua y le sembraron odio. Las redes se llenan de influencers y comunicadores que se transforman en parodias grotescas de los prósperos sin miedo a la estupidez. Leo las editoriales de derecha y de izquierda y pienso que ya estoy vieja. Ya no entiendo a los pregoneros de las libertades individuales cobijadas por la derecha más abyecta. Necesitaría no haber vivido los coletazos de la guerra fría, la caída del Muro de Berlín, la guerra del Golfo, el siniestro bloqueo económico a Cuba. Necesitaría no haber vivido el levantamiento zapatista de 1994. Necesitaría no haber bebido cada palabra de las declaraciones de la selva lacandona, solo así hubiera podido ser una pobre pero astuta burguesa.

Pero ¿por qué les cuento todo esto? En realidad, es un pequeño homenaje a las mujeres del taller de escritura en Santa Marta Acatitla y por una frase que me encontré de Alejandra Pizarnik: Si no me escribo, soy una ausencia. ¡Eso! He encontrado en la escritura una manera sencilla de mirarme atentamente y reencontrarme con ellas. O mejor aún, como escribió Eliot: Siempre encontrarás tierra distinta en tu propia tierra, pero tu alma es una sola y no encontrarás otra.

Quizá por eso me apasiona la escritura en cautiverio. Porque escribir con ellas es quitarnos la máscara y ver nuestro vacío. Escribir con ellas es un ejercicio que nos devuelve aquello de lo que no nos atrevíamos a recordar. Escribir con ellas es derribar una pared impenetrable y, empezar a golpear suavemente los postigos que la sostienen porque los recuerdos laceran la piel y tiran los dientes. Cuando hemos quitado el primer postigo, los recuerdos empiezan a brotar en pequeñas gotitas de agua.

Las palabras entonces son como las hormiguitas, cientos, miles en fila cargando milimétricas partículas de comida que será departido entre nosotras. Las palabras empiezan a abrir una rendija donde, por fin, nos empezamos a mirar. Y sucede el milagro, los pórticos se abren y se configuran las historias, es entonces que descubrimos que ya no nos duele el mar porque la escritura en cautiverio es una brisa refrescante.  

Fotografía de Isael Almanza,

Rincones, espacios íntimos de los actores de Casa Calabaza.

Dejar una Respuesta

Otras columnas