Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

En busca de un lector imaginario

Entrevista con Sergio López sobre su más reciente investigación titulada: Circo ardiente: Viajes de Guiseppe Chiarini en México (1864-1868)

La segunda mitad del siglo XIX en México es un momento fundacional, de espléndidas ideas y visiones políticas, y al mismo tiempo de erráticas y confusas prácticas, de gestas épicas y hechos  patéticos, lleno de sagas para el mármol y anécdotas de dar pena, de una agitada vida pública y de inconfesables asuntos privados,  de periodismo memorable, de textos emblemáticos y también de  eternas, engoladas y lamentables páginas,  un tiempo que en muchos sentidos marcará el rumbo del país, sus  muchas grandezas y sus extendidas  carencias.

Desde la Reforma, pasando por la intervención, la guerra, el gobierno liberal y hasta el porfiriato, el país vivió un intenso período de transformaciones, influencias, y en suma  un proceso de gestación y cambio que alcanzó de muy diversas formas a buena parte de la sociedad mexicana. El arte, la literatura y  los espectáculos no fueron la excepción.

Sergio López, investigador del CITRU, gente de teatro, nos invita en su reciente trabajo de investigación: Circo ardiente: Viajes de Guiseppe Chiarini en México (1864-1868) a mirar con atención  y leer con entusiasmo un momento que marcó el curso del circo en México, cuatro años en los que Giusseppe Chiarini, (empresario circense, famoso domador de caballos), y su compañía dieron funciones en medio de una guerra cruenta entre liberales y conservadores. Una larga itinerancia que los llevaría con su espectáculo desde Veracruz hasta Mazatlán.

Giussepe Chiarini era un reconocido entrenador de caballos para espectáculos que se presentaron con éxito en Londres, París  y Nueva York, y que en 1853 trabajaba para Phineas Barnum, uno de los  grandes empresarios  de espectáculos de la época. Hacia 1856, asociado con Richard Sands, fundó el Italian Circus, que cambiaría de nombre según venía al caso y que para 1856 presentaba funciones  en la Habana asociado con el acróbata George Orrin.

La Habana significó un descubrimiento para Chiarini y el principio de nuestra historia. La historia polifónica, ampliamente documentada, nutrida con  un vasto registro gráfico, elementos de los que se sirve Sergio López para construir el discurso de  su libro. Es en la Habana donde Chiarini realizará tres innovaciones que significarán un cambio en  la práctica del espectáculo: la utilización de bombillas de gas en el interior de la carpa, la construcción de una estructura fija y la presentación diaria de funciones. Estos tres elementos y un repertorio que incluía acróbatas, malabaristas, a su hija Joshepine entre las caballistas, por su puesto al mismo Chiarini en la doma de caballos, payasos, trapecistas y algunos números de teatro de sombras chinescas, le permitirán ampliar su público de una manera sorprendente y consolidar una empresa. 

En 1863 Miguel Miramón, el primer  general del ejército conservador, vencido  en la guerra de Reforma,  llegó exiliado a La  Habana. No acompañaría a  la comitiva que  iba en camino a ofrecer el Imperio mexicano a Maximiliano de Habsburgo. Entre sus primeras actividades en la isla  estaba  presenciar  el Circo de Chiarini.

Los lectores no conocemos lo que Chiarini y Miramón conversaron y tal vez nadie los sepa, pero Sergio López lo propone como una hipótesis: ¿Es posible que Miramón invitara a Chiarini a México?  Es una duda que compartiremos. Lo cierto es que ese mismo año Chiarini y su compañía se embarcaron  para cruzar el Golfo y llegaron a Veracruz.

La investigación de Sergio López parte de una pregunta: ¿Por qué viajaría una compañía circense  a un país que está inmerso en una guerra? Contestar este misterio, un misterio  al que siguen otros, es el hilo conductor de esta investigación que nos permite a lo largo de sus seis capítulos conocer una historia llena de anécdotas y hallazgos. 

Para realizar su proyecto, Sergio López, decidió realizar el periplo  de la compañía en el país y visitó todas las ciudades en que las que se presentó en busca de evidencia hemerográfica y cualquier registro que diera cuenta de las funciones del Circo Chiarini. La cantidad de información que obtuvo resultó abrumadora. El espectáculo tuvo un gran impacto en pequeñas y grandes localidades y  en la prensa de la época en todas ellas. No por algo, Sergio López dice que esta fue una investigación nómada. 

Si bien es cierto que el alcance de su gira fue muy relevante, la  principal presencia de la Compañía fue en la Ciudad de México, donde tuvo  dos asentamientos bien identificados y que serían muy importantes como referentes para la arquitectura de los foros de espectáculos en la ciudad. La arena México, la arena Coliseo,  entre otros, son espacios que continúan la tradición que en su diseño inicia el Circo Chiarini.

Por otra parte el Circo se convirtió en un lugar obligado de encuentro y su gestión implicó una muy notable habilidad de Chiarini para moverse en un entorno conflictivo y de un frágil equilibrio. Las anécdotas que refieren la presencia de personajes liberales y conservadores en el circo, a indios kikapúes como invitados de Porfirio Díaz escapando de su prisión en Puebla que describiría como “Chiarinesca”, del propio Juárez a su regreso a la la ciudad y de Maximiliano regalando a Chiarini alguna joya por adiestrar un caballo, son sólo ejemplos de una larga lista que revelan la importancia que tuvo en el imaginario de la época y de los  atinados gestos de la buena diplomacia del empresario italiano que no estuvo exento de conflictos.

Curiosamente el segundo emplazamiento del circo, en el antes atrio del Templo de  San Francisco, lo que hoy es la Torre Latinoamericana, se ubicaba en lo que en tiempos de Moctezuma fue la Casa de las Fieras, una suerte de zoológico que reunía especies diversas para entretenimiento del tlatoani. Las ciudades tienen una extraña manera de mantener su memoria.

Un incendio acabó con la estructura del Circo Chiarini. El empresario decidió dejar la ciudad y llevar la compañía a San Francisco, y así inició su viaje al Pacífico para embarcarse en Mazatlán. Deja el país, pero su influencia sería decisiva en otras compañías circenses locales como la de los  Atayde o el Circo Bell.  

Es claro que la investigación de Sergio López amplía con mucho este apretado recuento y su estructura y estilo se aproximan al de una sabrosa historia  novelada que recrea de una manera muy visual la vida en México en tiempos del Chiarini. Nos comparte un mundo que es un tiempo y parte de la vida de uno de los fundadores del circo en México y  también, junto con  Antonio Franconi, uno de los grandes reformadores de la tradición circense en el siglo XIX.

Cuando terminé de leer el trabajo de Sergio López, quedé plagada de imágenes vivas. Me maravilló la cantidad de detalles históricos, estéticos, arquitéctonicos y hasta climáticos de la época. Días después fui al Centro en busca de vestigios. Parada sobre la esquina de 5 de mayo y Bolivar, se alcanza a ver una placa que dice: Aquí se construyó el Gran Teatro Nacional. Y llegaron otra vez los personajes míticos de esta historia: Miramón, Benito Juárez, Maximiliano de Habsburgo y su caballo Abd-el-Kader, Porfirio Díaz, Los chinacos, Los kikapúes, Los maromeros, y sin duda, el gran Guiseppe Chiarini, todos ellos, me han hablado al oído.

Este trabajo es una joya de la literatura y el periodismo. Una crónica novelada que da cuenta de que el circo es un país errante dentro de un circo. Hay que leer a Sergio López.

Fotografía: Cortesía de Sergio López.

Denise Anzures

Periodista, egresada de la Escuela Carlos Septién García, especializada en la promoción y divulgación de las artes escénicas e instruida para ser ciudadana de este mundo por el movimiento zapatista.

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