Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

El Pelón Hernández, gente de teatro, hombre de la calle

Conocido en el bajo mundo de la cultura como “El Pelón Hernández” y en las arenas de la lucha libre como el Profe Rochi, Roberto Javier Hernández Ángeles, hombre de teatro, mago de corazón, promotor cultural, amigo de la banda, actor vivencial, gente de bien, murió por las malas artes de este encierro que trajo la pandemia.

Para darnos una idea de lo mucho que El Pelón ha significado para tantos, nada mejor que dar voz a su propio hijo: Diego Emiliano, que con gratitud y toda la alegría que ha heredado, nos comparte los recuerdos de su padre en esta entrevista; así como a Enrique Núñez, mejor conocido como El Chamormujo, compañero de trabajo y de vida.

Nos cuenta Diego: “No le puedo pedir nada más a mi papá, porque no hubo día en que no me compartiera un libro, una película, una anécdota o me llevara a comer algo completamente distinto. Era una persona con ganas de compartir, de descubrir, y ahí radicaba su magia, en su inagotable curiosidad.

Podría definirlo como un ente teatral de tiempo completo. Y aunque no conocí bien su trabajo (recuerdo que de niño me dedicó una pieza teatral llamada: Jugaremos en el bosque), no había necesidad de conocer lo que hacía fuera de casa, porque todo lo que hacía en su vida era teatro.”

Enrique, por su parte, rememora: “con él aprendí todo lo relacionado con la producción teatral. En realidad, él no tenía nada que ver con Roberto Hernández Ángeles, él era El Pelón. Su cabeza rapada fue producto de una manifestación del 68, que por andar de revoltoso como él decía, los granaderos lo golpearon y le arrancaron un mechón de cabello que le llegaba a los hombros”. De ahí siguió el uso de los overoles de mezclilla estilo Chico Che, adornadas con pines de unicornios y arcoíris, las mascadas de colores y un bigote estilo “chopper”.

En 1982, en el sótano de la facultad de Arquitectura se presentó la obra Armas blancas de Víctor Hugo Rascón Banda, dirigida por Julio Castillo, donde El Pelón era el encargado de la producción; y quien no desistía de convencer a Julio, que esa obra se tenía que hacer en un rastro, a lo que Julio, siempre le respondía ¡Estás loco, cabrón! El pelón se metía en los rincones más insólitos de la capital para traer objetos que podrían servir a la producción. Julio Castillo y él parecían dos niños jugando con aquellos objetos extravagantes que conseguía ¡vete tú a saber dónde!”, nos cuenta el Chamormujo.

Armas blancas fue el inicio de lo que sería el Teatro de Vecindades. El culpable sería Mariano Castillo, técnico del teatro Carlos Lazo, quien armó un reventón en la vecindad donde vivía, entre tragos, que eran muchos, música y charla, el Pelón idearía uno de los proyectos más representativos del teatro comunitario con el estreno de Pareces un Otelo en aquella vecindad de la Colonia San Rafael. En este recorrido por las zonas más marginales de la Ciudad de México, como Tepito o la Lagunilla, El Pelón llevó las obras de Shakespeare al universo del barrio. De vez en vez y para difundir su trabajo, visitaba a Alegría Martínez quien trabajaba en el periódico Uno más Uno, para que le hiciera una nota de sus periplos teatrales.

Era un ser muy espontáneo a veces sarcástico y esos elementos de su personalidad los transmitía en su quehacer teatral: le apasionaba romper con lo rutinario.

Era también un coleccionista compulsivo, le gustaba coleccionar toda clase de objetos y veía en ellos sus posibilidades creativas, su casa era un auténtico museo y podías encontrar desde angelitos hasta cosas de superchería, le buscaba el jugo a todas las cosas.

Era muy inquieto, sus primeros acercamientos al teatro venían desde sus tiempos en el CCH, formó parte del CLETA, y fue guerrillero, -afortunadamente guardo algunos de sus diarios y bitácoras de esas experiencias políticas, afirma su hijo.

Sus inquietudes artísticas no eran intelectuales, nacían de una necesidad inmediata, marginal, siempre alejado de las instituciones. De ahí su acercamiento al teatro de vecindades, a los payasos, a los luchadores, a las cárceles, a las prostitutas de la Merced, su búsqueda estaba en lugares más mágicos y de algún modo más reales.

No mantenía un discurso político, no era de izquierda partidista pero jamás de derecha, sin embargo, fue un ser político. Se mantuvo fuera de los marcos institucionales, tenía otra naturaleza, jamás se sentó en un escritorio a trabajar, rechazó las eternas peregrinaciones burocráticas para conseguir un apoyo, todo su ser estaba hecho para la calle. El Pelón quería divertirse, siempre se levantaba con mucha energía y salía a la calle a ver si algo sucedía o algo se concretaba, si no, como él decía: a lo que sigue.

Y añade: “Era impredecible, por eso era mágico y aunque yo siempre estaba husmeando en su vida, me exigía estar con él todos los domingos para ir a comer cosas de todo tipo, cosas rarísimas como alacranes. Tan inusuales y divertidas como sus respuestas: Alguna vez, mi madre le comentó que sentía la ciudad más caótica, violenta y ruidosa y mi padre le contestó: es porque ya no hay pirules”.

Mi padre fue un hombre noble. Hasta podría decir que esa nobleza lo hizo disfuncional. Jamás le gustó alardear y creo que eso sí lo llevó al extremo y por eso se perdió mucho del registro de su labor. Existen aquí y allá algunas placas, algunos libros, algunas tesis que abordan su trabajo.

Mantuvo su estilo de vida hasta el final. Odiaba tomar medicinas, era diabético, pero jamás dejó de comer lo que le gustaba: “Voy a llenar la panza pero de lo que me gusta”. O aquella frase celebre que le compartió a Enrique: “Me aseguraré la más dulce de las muertes”.

Tenía una personalidad compleja, con sus fantasmas, claro, y creo que algunos de esos fantasmas fueron las instituciones, que, aunque en su momento le otorgaron la beca Rockefeller, tiempo después le cerraron la puerta y no volvió a tener ningún apoyo, cosa que no extraña en el mundo de la aristocracia cultural, porque el teatro que hacía el Pelón, estaba en la calle, no en los reflectores.

Hizo trabajo en la comunidad de luchadores, les ayudaba a construir sus personajes. “En realidad, fue un visionario, antes de que existiera la Triple A, mi padre ya les había creado todo un universo a los luchadores. Una de las cosas que más le afectó al final, fue que no pudo regresar. Le dieron la opción de hacerlo en línea, pero eso para mi papá fue imposible, ni celular tenía”.

“Cuando viajaba con mi papá, en la calle, en el metro, en cualquier lugar, nunca dejaba de encontrar a quien saludar, con quien conversar, y siempre recibía el cariño de la gente. La pandemia fue el colofón de su partida, lo que lo quebró fue el encierro, su naturaleza activa se vio mermada por el encierro y eso fue fatal para él”.

“Lo último que mi padre guardó en la bolsa del pantalón fueron unas cartas y unos trucos de magia. Hasta el final de sus días, mi padre seguía haciendo trucos de magia. En su mochila llevaba una calculadora porque le encantaba hacer cosas con los números.”

“El teatro que hacía en las Vecindades está lleno de anécdotas: en una de las obras aparecía un payaso de semáforo y el payaso moría, entonces una señora que presenciaba el acto, se movió conmovida hacia él para levantarlo porque le recordó a su hijo que había muerto de la misma manera. El público de las vecindades se sumaba a las obras, le decían: Yo quiero hacer eso que tú haces, y la respuesta de mi papá era: Mañana vamos a ensayar ¡lánzate! Hacía un teatro incluyente, siempre estaba provocando en los espacios públicos. Alguna vez, en una de las vecindades, alguien les dijo: “Si no nos gusta tu obra les partimos la madre” afortunadamente, al final, les gustó mucho.

Dicen que Roberto Hernández Ángeles es pariente lejano del generalísimo Felipe Ángeles, cada quien a su manera dejó un legado para la posteridad. El legado de el PELÓN, así con mayúsculas, es gozoso y diverso, recorre las calles de la ciudad y pasea curioso, mordaz y divertido.

Denise Anzures

Periodista, egresada de la Escuela Carlos Septién García, especializada en la promoción y divulgación de las artes escénicas e instruida para ser ciudadana de este mundo por el movimiento zapatista.

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