Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

Transiciones y mutaciones

Dibujar algo bien es tocar su resistencia

JOHN BERGER

Transiciones y Mutaciones es el nombre de la exposición de la artista plástica Angélica Escárcega que se presenta en la Sala Hermenegildo Bustos de la Universidad de Guanajuato. Nacida en la Ciudad de México, Escárcega ha desarrollado un acuciosos trabajo en grabado y cerámica que da cuenta de los avatares de su vida, a través del filtro del imaginario artístico. Su padre, Don Nacho Escárcega Saviñón, excelente cuentacuentos y con un gusto especial por los insectos, ha sido un referente y detonador en la obra de la artista. Resultó un gozo la invitación que me hizo ella para escribir la presentación de su muestra de trabajo:

En la obra de Escárcega, vemos la voluntad que va de la línea al  trazo que busca registrar la resistencia del objeto frente al  tiempo: el deseo de la piedra por mantenerse piedra como el tigre, tigre. El dibujo revela esa cualidad indispensable de todo objeto: su deseo de ser, en este caso, ella misma. Dibujar es un intento de apropiación para dar cuenta de lo otro en su forma más esencial: en su resistencia a ser otro. Pero la naturaleza humana es cambio y esa contradicción, ser uno mismo siendo siempre otro, implica lo trágico y la grandeza de lo humano: la permanente tensión que tan bien registra Angélica Escárcega en su obra.

La pieza central de esta muestra es un autorretrato en dieciocho piezas que representa y reinterpreta los cambios que la artista ha enfrentado como mujer y que es,  también, una reflexión y un testimonio sobre habitar en un entorno social, sobre vivir el eterno femenino en un espacio y un tiempo determinados. En ese sentido su obra es heredera de un filósofo visionario como Nicolás de Cusa (1502): “El rostro de rostros solo aparece sin velo cuando se penetra, más allá de todos los rostros del mundo, en cierto silencio secreto, en un lugar oculto donde no queda nada de aquello que pueda saberse de un rostro.”

Un poema de Rosario Castellanos sirve de anclaje a una serie de seis de retratos, en los que el rostro se desdibuja entre elementos religiosos y quimeras como una forma de crítica y refutación a la concepción de la naturaleza femenina como un presagio de dolor y sufrimiento:  “Sufro más bien por hábito, por herencia, por no diferenciarme más de mis congéneres que por causas concretas”. 

La serie se complementa con la representación de seres fantásticos que han habitado la obra de  la artista desde el desarrollo de sus autorretratos. Ninguna forma de representación gráfica recupera tan certeramente la naturaleza de las cosas como el ejercicio de la línea y el trazo. La esencia del dibujo sirve para fijar la mirada con la necesaria eficacia que requiere cifrar, en el espacio de su superficie, la lucha ontológica de las cosas por permanecer en los límites existenciales de sí mismas. El retrato es, en muchos sentidos, un estrato constitutivo de nuestra concepción del mundo que implica un proceso de aprendizaje. Se retrata para saber, para aprender, sobre los otros, sobre uno mismo. Así nos lo muestra en su trabajo, Angélica Escárcega, con plenitud estética y  una profunda reflexión sobre sí misma y su lugar en el mundo.

Denise Anzures

Periodista, egresada de la Escuela Carlos Septién García, especializada en la promoción y divulgación de las artes escénicas e instruida para ser ciudadana de este mundo por el movimiento zapatista.

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