Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

Pensando con Margaret Randall

En Pensando Pensamientos (2021) Margaret Randall hace un luminoso compendio, un manifiesto, un testimonio de lo que somos las mujeres, lo que pensamos y sentimos, lo que nos apasiona y nos oprime, de las pequeñas cositas que observamos en nuestro ámbito más íntimo. Esos pensamientos que nos asaltan a diario, que muchas veces quedan sin respuesta  y se van filtrando persistentes como gotas de agua. Margaret hace una pausa, respira y trata de contestar a la urgencia que nos aqueja todos los días.  

En el vértigo de las redes sociales y de la nueva configuración social en la que nos encontramos, los medios de comunicación, el sistema, las personas, pretenden tener la razón de cualquier manera, adueñarse de la percepción es todo. Vivimos en la cultura de la post verdad y la fobia a lo diferente se ha ido incrustando no solo en las redes sociales sino en la manera en que configuramos nuestro entorno. En su novela La peste, Albert Camus recurre al marco de una crisis social para defender la solidaridad y la heroicidad del hombre común: “Puede parecer una idea ridícula, pero la única manera de combatir la plaga es la amabilidad”. Creo que ser cortés con el otro, es una de las mayores virtudes. 

Pensando pensamientos es un título muy bello escrito con una inteligente sencillez que guarda un dobladillo de ternura. Encontrarme con Randall e identificarme de manera tan profunda a través de un libro ha sido un prodigio. En su maravilloso apartado “Nuestro tiempo ha llegado, (con algunas salvedades)”, hace referencia a la revolución que hoy lideran las mujeres en todo el mundo y cómo se ha reconfigurado de manera profunda la micropolítica. Este ensayo, me detonó un par de experiencias personales.

Cuando ingresé al INBAL en el año 2000 uno de los requisitos para trabajar en Bellas Artes era un documento titulado Constancia de no gravidez, en el que un obstetra tenía que certificar que la solicitante no estaba embarazada. Si el resultado era positivo, no había posibilidad de contratación, no era mi caso. Ingresé al INBA y dos años después, me embaracé de Camila y cuándo regresé del periodo de lactancia, mi entonces jefe había solicitado mi despido al Coordinador Nacional de Teatro por considerarme ineficiente. Hubo hombres con sentido humano que se opusieron a esta iniciativa misógina, sin embargo, el costo que pagué por quedarme fue altísimo: acoso laboral y maltrato. Camila tenía tan solo tres meses y jamás pude ir a alimentarla por las tardes. En ese entonces, hubiera resultado una frivolidad hacer este tipo de peticiones. 

El maltrato saltaría al espacio de los directores consagrados, los intocables, las lumbreras del teatro mexicano. En 2002 se preparaba el estreno de la obra El doliente designado de Wallace Shawn, que dirigía el señor Gurrola. Entre mis tareas estaba coordinar el diseño del programa de mano. Le hice llegar el dummy al señor Gurrola y al día siguiente recibí  una carta firmada por él, con copia para el Coordinador de Teatro y el Director del INBAL, en la que expresaba su disgusto de la siguiente manera: “Señorita Anzures, usted puede hacer bolita el programa y metérselo por el culo. Es muy común que las putas ostenten este tipo de cargos en la administración pública y uno tenga que aguantar sus pendejadas”. Las palabras son textuales y la carta era más extensa. No pasó mucho. Solo una llamada de atención para Gurrola que terminó en una disculpa vía telefónica. Hoy, sería distinto. 

En el libro, Randall expone el controversial caso de Woody Allen y la pregunta que en su momento se planteó sobre si se debe o no rechazar la obra de gente brillante cuyo comportamiento es deplorable. Por mi parte, me hice indiferente al trabajo de Gurrola, porque representa a unos de tantos varones que tuvieron una cantidad desmesurada de poder en el escenario y cuya creatividad e inteligencia se vio opacada por su violencia y su misoginia.

La lista de agravios a las que hemos estado expuestas las mujeres es sin duda más larga, consistente y por desgracia, en muchas ocasiones, mucho más dolorosa. En lo que a mí concierne, como Margaret Randall, hice una pausa, pensé pensamientos y sané. En ese entonces la estructura cultural del país en todos los ámbitos, tanto en lo administrativo como en lo artístico, estaba liderado por los hombres y esas prácticas fueron muy frecuentes. A pesar de estas experiencias, comparto lo que dice Randall: “Pido que en nuestra campaña para enmendar tantos males no cedamos al mismo tipo de inhumanidad que deploramos. Debemos ser mejores que aquellos que nos dañaron”.

  En uno de sus apartados más interesantes, titulado “¿Seis grados de separación?”, Randall abre una reflexión que deberíamos hacernos todas y todos sobre la renuencia a comprender cómo lo que oprime a uno oprime a todos y que esa resistencia está en las raíces de muchos de nuestros fracasos durante el siglo XX para lograr el cambio social. Si éramos marxistas, priorizábamos la clase. Si éramos feministas priorizábamos el género. Sí creíamos en el cuerpo saludable como motor de la interacción social saludable, poníamos nuestra energía en programas de ejercicio y prácticas holísticas; si creíamos que el cambio sólo era posible en lo individual, nos mirábamos sólo a nosotros mismos. Dialogar exclusivamente con las personas que son afines a nosotras es fragmentar nuestras luchas sociales y aspiraciones colectivas. Creo que la enfermedad del siglo XXI es la ausencia de la escucha. Como señala Randall, las convicciones nunca deberían ser tibias: debemos asumir un compromiso radical con la vida, pero al mismo tiempo trabajar en los matices, por difícil que resulte, porque es la única forma de evitar los fanatismos.

Este libro es una invitación a recuperar nuestra conversación, a experimentar la solidaridad humana y a sanar. Lo humano, lo auténticamente humano, decía Novalis, sólo puede ser vivido entre todas y todos. Margaret Randall, con extraordinaria agudeza y absoluta sencillez, nos lo recuerda en  Pensar pensamientos.

Denise Anzures

Periodista, egresada de la Escuela Carlos Septién García, especializada en la promoción y divulgación de las artes escénicas e instruida para ser ciudadana de este mundo por el movimiento zapatista.

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