Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

RICARDO III en su tinta

Todas las prisiones guardan en su interior una porción humana triste como la historia de cada uno de sus pobladores. Victimarios y víctimas, culpables de no ser mejores, que muchos dentro y fuera pudieron ser y no fueron. Es el drama de unas personas que nacieron con toda la belleza de un proyecto de vida fecunda y feliz pero que, tarde o muy temprano, fue truncada. Se llama pathos y los griegos lo sabían muy bien.

Faltando media hora para que diera inicio la función de Ricardo III en el teatro Esperanza Iris, aquello ya llenaba todas las butacas del teatro; el público esperaba con interés a la Compañía de Teatro Profesional de la penitenciaria de Santa Marta Acatitla, integrada por hombres que pueblan la cárcel para presentarnos su versión de Ricardo III.

Perturbador, tal vez morbosamente fascinante, resultó ver a los guardias de seguridad colocados en los diferentes ángulos del teatro, varios de ellos, escondidos en proscenio y que, de pronto, dejaban ver sus uniformes negros con las iniciales de la SSP, así que aquello cobraba una atmósfera de realismo hipostasiado: una sobredosis de autenticidad.

Basada en la tragedia de Shakespeare, la puesta en escena muestra con un discurso hilarante a Ricardo III, un hombre que va dislocándose en varios otros para mostrar las diversas facetas de la personalidad de Ricardo III. Las ansias de poder y el odio son el eje central en el síndrome de este personaje, que es actuado por varios internos durante el transcurso de la puesta. Sorprende enormemente como los actores se adueñan del espacio escénico sin miedo y sin pudor, logrando humanizar un monstruo, un mito, un personaje y por ello, adentrarse con una sencilla fascinación en la atención del espectador.

De tal suerte que la obra que vimos en el Teatro Esperanza Iris fue una fiesta del teatro, una catarsis, un juego de simbolización que el público aceptó de inmediato adentrándose no solo en la historia que plantea el montaje sino al campo de imaginación que logran los actores a partir de la premisa de teatro penitenciario: la posibilidad que tiene un interno de exponer lo que internamente le duele. Así, Ricardo III menos que un personaje, es en realidad, una figura que permite la elaboración del duelo.

Lamento no haber visto en esta función al travesti que hacia su aparición en la alfombra roja que es utilizada como espacio de representación y que como una seductora dragqueen camina sin miramiento hacia Ricardo III.. Un actor alto y fornido con una peluca rojo carmín y su cuerpo musculoso era adornado por un vestido entallado que dejaban ver sus piernas potentes con unos tacones deslumbrantes; esta aparición dejó sin aliento a muchos. Habría que preguntarle a la compañía por qué decidieron cambiar el personaje por una actriz.

Importante mencionar que esta fiesta del teatro fue posible también gracias a la sensibilidad de Hazael Ruiz, Subsecretario del Sistema Penitenciario de la Ciudad de México, hombre generoso que sabe de la importancia de Teatro Penitenciario como ocupación creadora, como instrumento eficaz para enfrentar no solo los mecanismo rígidos y normas represivas que operan al interior de los penales. Con entusiasmo ha impulsado y cuidado este programa que nace de la voluntad de Juan Pablo de Tavira, artífice de Teatro Penitenciario, para que los internos puedan recobrar su capacidad creadora.

Ricardo III debió haber inaugurado la Muestra Nacional de Teatro. Aunque hubo miradas de desconfianza de algunas personalidades de teatro que no disimulan su desconfianza a este tipo de representación; el público que no conoce de esos reparos sólo supo dar aplausos de pie al terminar la función.

Con humor, inteligencia y potencia, los actores nos regalaron un Ricardo III que bien podría ser un innombrable o cualquiera de nosotros. Sin duda, el teatro penitenciario nos muestra una vez más que algunas exaltaciones intelectuales y que pretenden ser artísticas no van a ningún lado. Los moradores de Santa Marta, nos dieron un ejemplo de cómo sobrevivir al caos y al anonimato con una función entrañable y vital.

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