Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

Regreso a Ítaca

Hace un par de años me topé con Leonardo Padura y su novela El hombre que amaba a los perros; sin duda, la novela me abrió un nuevo panorama de la extraordinaria y apasionante vida de León Trotsky y su trágico final, asesinado en una casa de Coyoacán a manos de Ramón Mercader, un militante estalinista que es cooptado por el sátrapa de Stalin para convertirlo en una máquina de matar. Desterrado de su patria, como miles de revolucionarios bolcheviques, Trotsky se aferra a su ideal de un internacionalismo proletario: cree fervorosamente a pesar de que el sueño bolchevique se está cayendo a pedazos. Ya en México intenta reavivar la llama de la Internacional Socialista que acaba con un piolet enterrado en su cráneo.

Ramón Mercader cumplirá su sentencia en la cárcel de Lecumberri y, 20 años después, regresará a la Unión Soviética para ser homenajeado como un héroe del régimen estalinista. Misteriosamente terminará sus días desterrado en la isla de Cuba como un paria paseando a sus perros galgos en la playa caribeña. Más allá de lo anecdótico, Padura nos revela con esta fascinante novela la tragedia de las utopías revolucionarias que son alcanzadas invariablemente por la condición humana y abre una discusión seria y apasionada sobre el futuro de una Cuba revolucionaria, que llegó a ser, en sus inicios, uno de los acontecimientos más estremecedores de la historia reciente.

El escritor cubano Leonardo Padura escribió un guión llamado Regreso a Ítaca, allí, a la manera de una pieza teatral chejoviana, los personajes integran ironía con dolor y frustración; no hay adornos, todo transcurre en un mismo espacio y tiempo, una azotea con vista al emblemático Malecón, con una canción como leitmotiv que expresa el gozo y deterioro del paso del tiempo, Eva María. A Padura le interesa la construcción de personajes de su tiempo, que hablen por él, que sientan como él. En el texto, cinco amigos que se han reunido para celebrar la llegada de Amadeo a Cuba, después de 16 años de haber vivido en España y que ha decidido, como el Ulises de la Odisea, regresar a su isla natal. Porque lo que a estas alturas de su vida espera, es envejecer junto a Penélope y dejar atrás el mar y sus sirenas, la belleza de Calipso, el sueño de los lotófagos, el odio de Poseidón, la cólera de Aquiles, el dolor de Príamo, la noble muerte de Héctor, las obstinadas murallas de Troya y una guerra en la que fue un héroe, que ahora va olvidando, que ya no entiende y no le importa.

Estos cinco personajes de Ítaca, que se reúnen en una azotea cerca del malecón, no tuvieron otra aspiración que formar parte de las juventudes revolucionarias cubanas y a ojos cerrados y con el corazón inflado se alistaron para ir a cortar caña o sembrar café, con el único propósito de honrar con su esfuerzo a los que habían hecho lo imposible y desembarcaron del Granma navegando desde el puerto de Tuxpan, de manera equivalente a como lo hizo Ulises aquella noche que salió de un caballo de ornamento y junto a sus camaradas se puso a degollar troyanos.

Más allá de las ricas y variadas analogías que podemos encontrar con la mitología griega, lo que interesa a Padura es hablarnos de ese dolor que sienten los cubanos cuando miran el Malecón como principio o fin de una utopía, de aquellos hombres que se dieron a la tarea de construir contra viento y marea, una idea de humanidad y de aquellos que como Ulises, en el regreso a Ítaca encontraron un lugar en el que se habla la misma lengua, se respira un aire que es su aire, pero al que es imposible regresar.

Trágicamente ni León Trotski, ni Ramón Mercader, ni Amadeo pueden regresar aún después de que como Ulises, toda su vida es un viaje de retorno a la patria donde habitan sus semejantes, es decir, el regreso a la vida. Hay viajes sin retorno, tal vez todos lo son, quizás, como proponían los griegos, nadie puede escapar a su destino.

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