Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

Privilegios y otras bondades en el gremio

Sin ninguna pretensión, sin exaltación política, solo apelando a la razón y a la autocrítica, ¿de verdad seguimos creyendo que hemos construido una nación teatral? Estamos muy enojados por el recorte al presupuesto en la cultura y me sumo a ese llamado, siempre y cuando sea lo suficientemente razonable. No podemos exigir más dinero si en los hechos no hemos sido capaces de formar parte de la vida de los ciudadanos de este país, en realidad, el teatro está más alejado que nunca de esa expectativa, o en realidad, es que ni siquiera pensamos en ello. Una de las frases que acompañó la campaña en contra del recorte al presupuesto fue: sin cultura no hay construcción posible, ¿qué hemos construido en los últimos tres sexenios? En esta exigencia de tener más recursos sin ningún proyecto que sustente el agravio, se asoman los discursos extremistas tan perecidos a la derecha que tanto repudiamos.

Todos esperamos, sin excepción, que el Estado siga siendo el mecenas, cuando desde hace años esa responsabilidad quedó en el pasado, aclaro, no para todos, porque si algo ha caracterizado a la cultura es la cultura del cuatismo entre funcionarios y creadores que conocen muy bien el arte de la grilla en los pasillos de las instituciones. Cito aquí a J.M. Servín que lo expone con claridad: “La mayoría vivimos corriendo tras los subsidios que otorga generoso el “ogro filantrópico”, pero salvo excepciones muy localizables entre artistas convertidos en apóstoles de algún mesías político”; no tenemos resonancia social alguna.

A ello, se suma otro cataclismo artístico; desde que se creó el estímulo fiscal EFITEATRO en 2011, la cantidad de recursos inyectados al teatro por esta vía suman alrededor de 400 millones de pesos, más del presupuesto que recibe la Coordinación Nacional de Teatro del INBA anualmente. Y para ponerle más limón a la herida, en un artículo publicado en la revista Proceso (13 de mayo de 2011), la Secretaria de Cultura, antes CONACULTA y el Instituto Nacional de Bellas Artes declararon que dicho estímulo fiscal estaría destinado a “apoyar principalmente la creación teatral en los estados de la república, óperas primas y nuevas compañías independientes” quienes, afirmó el INBA en la nota, “son precisamente los que tienen menos elementos y posibilidades para convencer a un empresario para que les brinde el apoyo.” Declaraciones que como siempre, se lleva el viento. Lo que sí pasó es que las compañías independientes quedaron exiliadas del paraíso fiscal, más lamentable aún, en el olvido de las instancias de cultura que se acomodaron muy rápido a este nuevo modelo de producción teatral.

De nada sirven los reclamos al recorte si antes no hacemos un alto para EXIGIR a las autoridades culturales, desde Alejandra Frausto, Lucina Jiménez y quien quede a la cabeza de la Coordinación Nacional de Teatro, el rescate de su verdadera vocación: la de ser las impulsoras de proyectos, las que hacen aflorar nuevos lenguajes, distintas e interesantes narrativas para la escena, en un sentido, ser la cabeza de las vanguardias en la escena mexicana.

Las instancias de cultura dejaron a la buena de Dios a numerosos creadores, entre ellos, directoras y directores, dramaturgas y dramaturgos, escenógrafas y escenógrafos, actrices y actores, productoras y productores, etc, que intentan sacar a piedra y lodo sus proyectos con sus propios recursos por una razón muy simple: falta de voluntad política y artística, sin embargo, hemos sido testigos de cómo SÍ apoyan a discreción a los cuates del gremio. La cosa no queda allí, los teatros institucionales albergan casi en un 50% de su programación producciones realizadas con el Estímulo a la Producción Teatral, por ello comparto, -aunque me tilden de morenista radical-, la respuesta de la Secretaria de Cultura que a la nota dice: reorientaremos el gasto y transparentaremos el presupuesto.

Las instituciones no son entidades abstractas, son y tienen sentido por las personas que las habitan; el EFITEATRO, no, es dinero, transferencias bancarias, por ello, hoy más que nunca, el llamado tendría que estar destinado a ese grupo de personas que lideran y hacen posible que germine la semilla de la creación y el apoyo sin miramientos a las compañías independientes que son la base de la escena mexicana.

Otro aspecto a destacar es el ingreso de las taquillas. Las compañías entran a temporada regular sin apoyo alguno, además se les quita el 20 o 30% de lo recaudado en taquilla más el 8% de impuesto, es decir, casi el 40% del ingreso, lo que les hace imposible una sana economía. ¿No sería más justo otorgar el 90% de la taquilla? Y para visibilizar la inequidad de los esquemas de producción institucional, lo mismo opera para los proyectos apoyados con el estímulo fiscal. Es necesario y justo que un proyecto EFI que entra a los corredores institucionales con apoyos de hasta dos millones de pesos, deje por lo menos el 40% de la taquilla y quizá se pueda generar una bolsa destinada exclusivamente para apoyar la creación y movilidad independiente, por ejemplo.

Pero en otro orden de ideas, ¿no sería más viable terminar de una buena vez con la cultura del cuatismo que tan mal le ha hecho al teatro mexicano?, ¿no sería más pertinente exigir funcionarias y funcionarios sensibles a las necesidades del gremio? La plata es necesaria para alcanzar estas y otras metas, pero lo que más apremia es la voluntad de construir.

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