Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

No es una crítica, es un dolor lancinante

¿Por qué necesitamos con urgencia una nación teatral? Comenzaré con una cifra espeluznante. Cinco millones de mexicanos no saben leer y escribir, 19 millones no tienen primaria y 17 millones no concluyeron la secundaria. Refresquemos pues nuestra memoria porque el pasado nos concierne y, si hay algún responsable del desastre educativo, ésa es Elba Esther Gordillo, ex lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación desde 1988, y que en un arranque de verdadera demencia se auto nombró presidenta vitalicia.

La riqueza que acumuló Gordillo, al frente de una organización que velaba por los intereses de la educación, suma más de 100 mil millones de pesos. El dato me paraliza e inevitablemente pronuncio en silencio la palabra “decencia”, nuestro eslabón perdido. ¿Cuánta indecencia ha sido urdida en nuestro país? Esa que opera en todos los niveles de la sociedad.

Sin decencia, fue posible destruir todo el aparato del sistema educativo de México. Gordillo, “la indecente”, borró de un plumazo el esfuerzo de notables como José Vasconcelos, que impulsó reformas en la educación que atenderían las necesidades de instrucción y formación académica de todos los sectores de la sociedad. O sin ir más lejos, las del Presidente Lázaro Cárdenas, quien modificó el artículo tercero constitucional para dar a la educación un carácter socialista, que proponía ampliar las oportunidades educativas de los trabajadores urbanos y rurales, alentando la educación técnica, ejemplo de esta gran hazaña, fue la creación del Instituto Politécnico Nacional (IPN), así como el nacimiento de las Escuelas Rurales. Cito con profunda tristeza a la Normal  Rural de Ayotzinapa, Guerrero, para no olvidar nunca que nos faltan 43 estudiantes.

Ante este panorama desolador en el que políticos como el panista Santiago Taboada, el nuevo presidente de la Comisión de Cultura y Cinematografía, cuyo currículo no incluye ninguna experiencia en cultura y donde deberá discutirse la creación de una secretaría; no menos vergonzoso fue la respuesta que dio al periódico Excélsior, cuando se le preguntó si acudía regularmente al teatro, “Trato, con mi esposa, realmente este año ha sido difícil porque tenemos una bebé pero la última obra que vi, híjole, quizá tiene como año y medio… yo creo que más tiempo…no, perdón, acabo de ir a ver El rey león, aquí en Polanco”.

Este paisaje fúnebre es también obra de funcionarios de cultura, informadores e intelectuales que han abonado a la indecencia educativa, por ello, y desde esta digna trinchera que es Desinformémonos, reitero una vez más, la urgencia de desarrollar políticas públicas que nos permitan caminar hacia la construcción de una nación teatral.

El Teatro es fundamentalmente experiencia viviente, religa con lo real y con la ficción, con el pasado y el presente de los hombres. Por su naturaleza vinculada a la cultura viviente, el Teatro, debe ser considerado parte medular de la educación básica y superior, porque es un medio capaz de instaurar un nuevo esquema social que aliente a los mexicanos a interactuar más dignamente en la vida política del país.

Para fortuna de pocos y desgracia de muchos, el teatro se ha convertido en un festín, en una pasarela de modas donde se lucen los rockstar´s de la dramaturgia o la dirección en México. Este puñado de artistas ha establecido el nuevo canon de la teatralidad, creando, en muchas ocasiones, líneas de fuga por donde se escapa la vida de los espectadores mexicanos.

Más grave aún, me parece el deterioro de uno de los programas más progresistas que fundó el INBA, el Programa Nacional de Teatro Escolar, cuyos orígenes, precisamente, eran los de transitar hacia el ideal de una nación teatral, sin embargo, hoy, han dejado de ser vitales para las instituciones de cultura, que miran el quehacer escénico como un sistema de mercadotecnia y glamour y no en una filosofía de vida.

La decisión de ir hacia la construcción de una sociedad teatral, es ante todo, una decisión moral y política, anterior, a las que exigen los procesos creativos. Si alentamos un teatro capaz de recoger las experiencias humanas, de modo que los mexicanos podamos meditar sobre nuestra propia experiencia, irán ocurriendo situaciones positivas en la vida de las personas; ésa debería ser la máxima aspiración de los hacedores de teatro y funcionarios. Ya después, los teatristas ilustrados podrán ponerle la cereza al pastel y escudriñar en las nuevas y modernas teatralidades, pero no antes de que ni siquiera suceda el teatro como un acontecimiento en la vida de los mexicanos.

Al respecto, nos dice el dramaturgo español Juan Mayorga, “La historia del teatro es un arca de Noé de la experiencia humana y quiero trabajar “modestamente” para enriquecer esa arca. Es decir, representar “modestamente” la vida sin imitarla, simplemente hacerla visible para las personas”. Creo, como menciona Mayorga, que ésa es la premisa fundamental y es también lo que nos toca hacer con urgencia en este siglo, para eliminar de una vez por todas la borrachera del alma y disipar aquellas tormentas que han nublado nuestra reflexión.

Si somos capaces de abrir las compuertas a la verdadera creación artística, si somos sensibles a las necesidades profundas de los mexicanos, si decidimos dejar de hacer un teatro del conformismo, ganaremos la batalla cultural contra el avance de la indecencia y revertiremos pronto, muy pronto, el desastre que nos han heredado los viles de corazón.

Una Respuesta a “RICARDO III en su tinta”

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