Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

La insensatez de Marín

Señor Marín, usted afirmó en la entrevista realizada al señor López Obrador que tenemos un sistema de salud pública de primer nivel y quiero contestar a su insensatez: Soy empleada del INBA desde hace 16 años. Mes por mes, el estado me descuenta 3,072 pesos de impuestos, mas el seguro de retiro en edad avanzada 1,210 pesos y el seguro de salud 700 pesos mensuales; bien, el estado me descuenta 4,982 pesos mesualmente, dinero que se supone va destinado a los servicios de salud, entre otras cosas. Si yo hago la cuenta de lo que el gobierno me ha descontado durante los 16 años de trabajo, la suma asciende a 1 millón de pesos, cantidad de la que estoy segura usted se podría reír a carcajadas, sin embargo, si usted multiplica esta cifra por miles de trabajadores, la suma total puede ser escandalosamente grande, parecida a la cifra que dio el INEGI la semana pasada sobre la cantidad destinada a la corrupción en México: solo en 2017 se fueron a este rubro de corrupción 17 mil 300 millones de pesos, dinero del erario público. Si usted multiplica esa cifra por los años que lleva el mal gobierno, la cifra nos puede aterrar, pero seguro usted argumentará que somos una sarta de inconformes incapaces de ver las bondades del Gobierno de Peña Nieto.

¿Qué tiene que ver esto con los servicios de salud?, pues le cuento: mi madre tiene 82 años y sufre desde hace tiempo insuficiencia cardiaca, el trayecto para llegar a alta especialidad de cardiología del ISSSTE me llevó nueves meses de ires y venires, de malos tratos, de esperas infinitas en oficinas, de negativas, de documentos que no eran pero que sí eran. En  medio de la indolencia que opera en el servicio a los derechohabientes del ISSSTE, solicité un destilador de oxígeno para mi madre, al que tengo derecho, y es fecha en que nadie me da respuesta. El último esfuerzo que hice al respecto fue en la clínica de Álvaro Obregón donde se suponía que el médico familiar me extendería una ficha para iniciar el trámite. Hice la cita y acudí, sin embargo, mi madre camina muy despacio y le cuesta trabajo subir escalones así que llegué con diez minutos de retraso. Toqué a la puerta del consultorio y me encontré con la peor frase de toda mi vida: “Madrecita, ya no la puedo recibir, llegó tarde y tengo otros pacientes que atender”. Me quedé como un témpano de hielo y no supe que contestar; muda lo seguí con la mirada y observé cómo empezaba a cotorrear en el cubículo de enfermería. Me sentí tan agraviada que corrí a decirle enfurecida que si no se daba cuenta que traía a un adulto mayor con dificultad para caminar y la respuesta fue la misma ofensa: “Lo siento madrecita pero ya no la voy a atender” Salí de la clínica llena de impotencia como salimos todos los mexicanos cuando nos topamos con la ineficacia de los servicios de salud.

Tiempo después, solicité en el hospital Rubén Darío la cita habitual de cardiología, era octubre de 2017, la cita, señor Marín, me la dieron hasta el 21 de marzo de 2018; no importa que tan grave esté el paciente, ésa es la fecha y punto.

Después de casi seis meses de espera acudí a la cita con mi madre. Toqué a la puerta del consultorio y salió la enfermera para decirme que la doctora no se había presentado a trabajar. Que si quería, subiera al segundo piso para ver si le podían dar otra cita. En este país, señor Marín, nos han enseñado a tragarnos la rabia, a bajar la cabeza porque no hay de otra.

Estoy segura que usted nunca ha pisado un hospital público, ni siquiera tiene idea de lo que es esperar semanas a que llegue un medicamento porque no hay presupuesto, tampoco sabe lo que es llegar a urgencias en un hospital público; si usted dice ser periodista, su obligación, antes de lanzar argumentos falaces, sería pisar el área de urgencias del Hospital Rubén Darío, como sé que nunca lo hará, le cuento que tienen a los pacientes hacinados en un cuarto de 10 x 10, vi con mis propios ojos cómo amarraban a las viejitas a los tubos de la cama para que no se fueran, fui testigo de cómo dejaron horas a mi madre sin llevarle un cómodo, cuando llegué se había orinado ya tres veces en la cama. Las camas, señor Marín, están pegadas unas con otras, y no importa si el paciente de al lado tiene neumonía u otro padecimiento. El área de urgencias del Hospital Rubén Darío es un asidero de porquería insalubre donde tienen a los enfermos moribundos.

Como miles de mexicanos, mi madre se quedó sin ver al cardiólogo y sin tener un destilador de oxígeno indispensable para su calidad de vida ¿a dónde se va el dinero que los empleados pagamos mes con mes, señor Marín? ¿En qué país vive usted? Mientras los ciudadanos de a pie lidiamos con los peores servicios de salud pública, los aumentos a la gasolina y alimentos, la falta de oportunidades laborales, la inseguridad a tope, tres ESTUDIANTES de cine fueron levantados en Jalisco, un colega suyo fue asesinado en Veracruz y otros cinco feminicidios se registraron en una sola semana, pero usted afirmó en entrevista que el señor presidente no tenía porque saber el número de muertos que lleva la nación que él dirige.

Yo me quedo con el buen revés que le asestaron en la entrevista de ayer: Los cambios los hace la sociedad señor Marín. NO queremos ser victimas ni rehenes de esta sátrapa de delincuentes y asesinos, de los JÓVENES, de las MUJERES, de los PERIODISTAS que sufren la violencia brutal cobijada desde arriba.

Ojalá pierda usted todo privilegio como comunicador de la miseria humana. Usted, señor Marin, no es periodista, para ello se necesita ética, juicio, objetividad y es de lo que más carece. No me pierdo la entrevista que le hará MILENIO a su amigo y jefe Meade.

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