Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures*

La Comuna, un ejercicio de la ternura

Foto: Archivo Documentación CITRU, fotógrafo Gabriel Morales

¿No es este un buen momento para intentar imaginar otras posibilidades de relación, otros escenarios para el encuentro humano? ¿No es la capacidad vivencial, afectiva y colectiva del teatro un buen vehículo para hacerlo? En este mundo, el nuestro (el único que tenemos y parece que agoniza frente a una pandemia global de desigualdades sociales) nuestras palabras, nuestras acciones cobran otra dimensión y nos empujan a nuevos lugares que imaginamos para nuestro futuro y que, sin duda, implican al teatro. Este es el mejor momento para construir otros escenarios posibles.

La última década nos ha acercado a un creciente interés por la diversidad, por las transformaciones sociales y políticas que conlleva; por eso hablar de identidad sugiere una importante dimensión simbólica, política y cultural en el contexto de la acelerada fragmentación de las sociedades. En medio de esta antinomia, una de las paradojas que nos toca resolver, La Comuna ha venido lanzando una serie de interesantes reflexiones sobre las relaciones sociales, su significación y su impacto en la escena a partir de la creación de dispositivos que apuntalan a la construcción de ciudadanía e identidad colectiva. La Comuna se ha preocupado por revelar, una y otra vez, los controles culturales y políticos de nuestro quehacer y ha enfatizado la importancia de la experiencia colectiva como modelo de apropiación en el teatro y en consecuencia de una transformación social.

En una entrevista realizada a Rubén Ortiz en 2017, sobre su libro “Escena Expandida” me comentó que no podía imaginar nada más emocionante, más compartido, con más poder de espontaneidad que un hecho teatral. Cuando un acto vivencial es poderoso, es porque es político: crea lazos, genera discrepancias, establece relaciones inesperadas y concluye otras. Este devenir, al que hace referencia Rubén, es una apuesta por trabajar en creaciones colectivas que no se limiten sólo a la puesta en escena, sino que se abran a la experiencia comunitaria generando un discurso poético e identitario.

La Comuna: revolución o futuro, forma parte de un proyecto artístico del colectivo La Comedia Humana y es, con mucho, una de las apuestas artísticas más interesantes de los últimos años, su ejercicio está puesto en el “artista” como sujeto de incidencia en la resolución de problemas políticos. La Comuna no solo intenta identificar los problemas sociales, sino que se los apropia y los confronta con aquellas y aquellos que los padecen en un proceso que toma el espacio público y lo transforma, a partir de las interrogantes ¿cómo se expresa el poder del arte en el espacio público? ¿cómo puede un dispositivo artístico propiciar las prácticas estéticas de una comunidad para construir imaginarios futuros? Esta premisa de comunidad, sello de La Comuna, ha llevado este modelo a diversas regiones del país, convirtiendo el “arte” en un instrumento de incidencia en la comunidad para problematizar y reconstruir sus lazos a través de talleres y actividades centradas en la idea de memoria y futuro.

Acostumbrados a plantear esquemas de trabajo artístico al vapor, porque las convocatorias para entrar a los recintos culturales del país tienen fecha de caducidad, es que nos hemos acostumbrado a la inmediatez, formulando proyectos sin ninguna incidencia social, simulando muchas veces, un acontecer poético, pero eso sí, muy bien enfocados en las premisas que la estructura cultural nos demanda: objetivos y más objetivos que se acerquen a la generación de públicos. Sucede que las más de las veces no sucede nada, salvo las 12 funciones que nos fueron otorgadas para llevar a cabo nuestro proyecto escénico en un teatrito. La Comuna, rompe de manera radical estos esquemas -cada vez más anacrónicos-, y pone el énfasis en la discusión de las implicaciones sociales de su quehacer a través de “Capítulos” que marcan las distintas acciones que llevarán a cabo con una premisa clara y contundente: recuperar la memoria y el territorio como espacio de identidad colectiva.

Ya no podemos mirar la escena desde un mundo cerrado, separado de la relación con los otros, se trata, como lo plantea La Comuna de mirar y enteder otros fenómenos que suceden en las inmediaciones del “teatro contemporáneo”, nuestro presente nos obliga a abandonar “La caja” y nos conmina a mirar una gama de posibilidades tanto en la representación como en la presentación de un corpus colectivo. Sin duda, las propuestas que plantea La comuna son parte de un nuevo paradigma crítico de la teatralidad.

Uno de los trabajos más representativos del colectivo es El Parlamento de la memoria, que abandona la lógica tradicional de hacer teatro: desestructura el discurso de la convención teatral para convertirlo en una práctica dialógica que funciona como un Congreso y que hace posible el intercambio entre los participantes a partir de problemáticas sociales concretas y su resolución a través de la elaboración de hipotéticas iniciativas de ley.

El florecimiento de los pueblos, un ensayo para el futuro.

En junio de 2017 me fue asignada, por parte del CITRU, la elaboración de una bitácora de trabajo de El Parlamento de la Memoría que tenía como propósito hacer un seguimiento de las mesas de trabajo de La comuna donde se abordarían y discutirían los temas centrales con miras a imaginar desde la escena cómo sería el parlamento; una de las tareas indispensables consistía en resolver la dinámica del “juego” considerando que sucederia dentro de un teatro y que requería de un sentido estético.

Durante las sesiones de trabajo se acordó invitar a especialistas, algunos de ello miembros de FUNDAR, Centro de análisis e investigación en derechos humanos, tierra y territorio, justicia fiscal y anticorrupción y, especialistas en economía, órganos representativos, temas de desapariciones, migraciones y gestores culturales. Una de las participaciones más relevantes fue la de Melisa Ortiz, especialista en organismos de representación, quien hizo aportaciones muy significativas a lo largo de este proceso. Apuntalar las discusiones sobre los tres órganos de gobierno, su legislación, representación y presupuestos se convirtió en un material indispensable para ir tejiendo la estructura de El parlamento de la memoria Los detalles sobre la creación de la Asamblea Constituyente de la CDMX y la reforma al artículo primero de la Constitución en 2011, así como la discusión sobre la rendición de cuentas de la Auditoria Superior de la Federación y los logros en materia legislativa por parte de la ciudadanía como lo fue la Ley 3 de 3 y la Ley General de Acceso a la Información, permitió a La Comuna construir otras formas de deliberación que no pasaran necesariamente por los congresos; su pulso estaba en imaginar una especie de “parlamento abierto”, un espacio plural y democrático en el que los ciudadanos son partícipes directos de un nuevo florecimiento.

Paralelamente a estas actividades de reflexión y análisis, La comuna se alistaba para llevar a la Ciudad de Quito La Clínica Revolucionaria que tenía como eje las desapariciones en México y el Ecuador a través de intervenciones y diálogos en diversos puntos de la ciudad. Cabe destacar que La Casa Mitómana, espacio dedicado al coworking cultural y residencias artísticas, que coordina la escritora Gabriela Ponce y la investigadora Paulina León operó como espacio integrador de del trabajo de La Comuna.

En el mes de septiembre de 2018, El parlamento de la memoría llegó al Teatro El Granero para convertirlo en un espacio de diálogo plural y democrático. Los especialistas planteaban el problema, por ejemplo, los derechos del movimiento LGBT, para dar paso a la formación de comisiones que trabajarían para crear iniciativas de ley. El resultado era la creación de una ley ciudadana y eran los participantes lo que darían el nombre a estas enmiendas. Revisar los titulos y el contenido de las legislaciones ciudadanas vertidas en el Granero, sorprende por su consistencia política; nos hitoriza y nos reecuentra. La Ley Vicky Letal, Ley Roxana, Ley Minerva, Ley Lucy, Ley Ayotzinapa, etc, me devuelven el júbilo de la palabra irreverente y esperanzadora.

Enlistar todas las intervenciones de La Comuna en este artículo sería imposible, su andar ha sido muy amplio y generoso. Me parece que su principal mérito radica en aportar reflexión y crítica sobre lo que hoy es el statu quo de la escena y sus implcaciones sociales, culturales y estéticas. Su vocación ontólógica nos ha permitido mirar más allá de los esquemas tradicionales de nuestro quehacer, su trabajo nos empuja a la insoslayable democratización y ciudadanización del teatro en una era en que el amor, el diálogo, el pensamiento y la ternura se nos escapan de las manos en medio de las fuertes ventiscas del neoliberalismo que afianza la tiranía de la representación. No tengo ninguna duda de que La Comuna es el parlamento de nuestra memoria.

*Periodista y académica en el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Teatral Rodolfo Usigli (CITRU)

Dejar una Respuesta

Otras columnas