Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

La brújula de Natasha, voces en el cautiverio

Al pie de los Alpes franceses en Grenoble, nació Natasha Lovpet, el 11 de octubre de 1970. En medio de la campiña y rodeada de verdes bosques, Natasha vivió entre la poesía, el ajedrez y el teatro, actividades que sus padres practicaban y que alternaban aquella apacible vida campirana. Al paso de los años y dotada de una aguda  conciencia, comenzó a cuestionar la vida social impuesta por un sistema de creencias judeo-cristianas que sentía opresivo y hostil. Desde niña, las artes fueron un camino para Natasha, sin embargo, su padre le impuso un futuro encaminado al Derecho por ser la mayor de todos sus hermanos. 

Al paso de los años, su personalidad inquieta y extrovertida la hizo alejarse del campo de las leyes para irse a recorrer el mundo trabajando en cruceros que atravesaban los océanos de Europa y América. En 2006, su vida daría una vuelta de tuerca y fue detenida en el aeropuerto de la Ciudad de México por transportar droga y trasladada a la prisión de Santa Marta Acatitla, en la que viviría diez largos años: “Antes de entrar a prisión estaba segura que era una mujer dotada de libertad, pero en realidad aquella libertad la había perdido tiempo atrás”.

Con un precario uso del español, Natasha tuvo que abrirse camino en las insólitas veredas burocráticas del sistema penitenciario mexicano y asumir las ásperas  tareas que impone el sistema para la rehabilitación de las internas, actividades que en su mayoría son impuestas sin importar si son las adecuadas para cada mujer. Ella diría, mucho después,  que el sistema penitenciario debe reformarse y caminar hacia un ámbito más humano donde las mujeres puedan encontrar una salida viable y esperanzadora: “Si a una mujer le gusta bailar y es lo que la hace feliz que baile todo el tiempo, y no coartarle ese gusto para cumplir con otras obligaciones que marca el sistema porque entonces lo que se replica es el control y extingue en definitiva el camino a la rehabilitación. Las actividades que marca el sistema deben de ser individuales y progresivas para las internas”.

El destino, la vida o ella misma, trajo de nuevo su brújula: la cárcel fue el espacio donde se reencontró con el teatro, un encuentro con su pasado, con el Club de Teatro al que acudían sus padres y aquellos días en que sentados al sillón de la casa de los Alpes escuchaban Radio Teatro. Los recuerdos se agolpan cuando trae a la memoria las palabras de su madre, mientras su padre le imponía un camino en las leyes y el orden: ¡Pero si Natasha es de las artes!.

La obra de Don Juan Tenorio de José Zorrilla, que dirigió María Elena Moreno, su actual compañera de vida, sería el primer contacto con el teatro penitenciario. Al paso del tiempo, el teatro afirmaría en Natasha la ruta que la orientaba en su niñez, y aprendió, con sus compañeras, a construir nuevas maneras de relacionarse desde la ternura y el cobijo mutuo, a hacer de la cárcel un hogar, juntas buscaron remedios a las violencias del pasado a través de las artes. 

Una de las cosas que más disfrutaba en la cárcel, nos cuenta, eran las mañanas, porque podía escuchar el canto de los pájaros y tomar el primer café del día antes del pase de lista: “Son momentos que para muchas pueden resultar insignificantes pero para mi eran de inspiración para preparar el día. La prisión se vuelve tu casa porque es el espacio que habitas, en el que duermes, preparas tus alimentos y convives con las mismas mujeres durante largos años. Trabajé mucho para que mi celda fuera un espacio parecido a mi hogar, es el territorio de la intimidad, donde pones las postales que recibes, los cojines que vas tejiendo en el tiempo, el lugar donde acomodas tus libros y tus pensamientos”. Por eso, Natasha afirma que las mujeres en prisión son pioneras de nuevas corrientes de pensamiento alrededor de la ternura y la colectividad: “Al vivir las violencias que imperan en el sistema penitenciario, tienes que hacer tuya esa violencia para luego transformarla”. 

Al lado de María Elena, reflexionó mucho  sobre el significado de la vida en prisión; esa suma de saberes las llevó a escribir obras de teatro en varios géneros, adaptados al ambiente carcelario. Se dio a la tarea de elaborar una serie de collages que superaron las paredes de concreto y dieron salida al arte. En tanto ganó dos premios de mejor actriz y montó algunas pastorelas. Un año antes de salir de prisión, Natasha escribió un monólogo satírico, Un bastón tras las rejas, para expresar el dolor de dejar a muchas compañeras que tenían largas condenas y pocas oportunidades de salir. 

La salida de prisión significaría un regreso a la vida social y política, sin embargo,  pisar calle la violentó nuevamente porque se topó con una urbe  inmensa y hostil, donde el sistema vuelve a poner a las personas en situaciones de mucha presión y control social, lo que la llevó a investigar sobre las diversas analogías del adentro y el afuera y en cómo los sistemas de control social operan de la misma manera en distintos entornos. 

Natasha había encontrado en prisión cierta poesía, su salida la arrojó a un páramo sin puntos de referencia, sin el rumbo que la sostuvo por tantos años. “Fue como estar en el limbo, era como estar en una feria y no poder subirme al carrusel ni poder comer un algodón. A los pocos días de haber dejado la prisión me invitaron a un pueblo a las afueras de la Ciudad de México, cuando llegamos, las campanas de la iglesia empezaron a repicar fuertemente, fue tal la conmoción de aquel ruido que estremecía la plaza que comencé a llorar sin poder parar. Los puestos en las calles estaban repletos de objetos y pulseras de colores que me deslumbraban, los zapatos que usaba no daban cabida a unos pies que se habían acostumbrado por años a otra postura y a cada rato tropezaba por las calles llenas de baches porque en la cárcel todo es parejo”. 

Con cierta nostalgia, Natasha me confiesa que extraña su casa, su celda y a sus compañeras con las que construyó un porvenir. “Entendí que no estaba encerrada y nunca lo estuve, que ese camino me llevó a comprender que la Natasha de ahora puede resolver sus conflictos más fuertes con la sororidad que aprendió y construyó en colectivo; que no hace falta el alcohol, las drogas, para saciar esos dolores”. 

Actualmente, Natasha trabaja con Equis Justicia, una ONG mexicana dedicada a promover el acceso de la mujer a la justicia y a los derechos humanos. Ha sido invitada a compartir sobre su experiencia en la prisión en foros interinstitucionales, espacios gubernamentales y universidades en diversas áreas: las condiciones en la prisión, las relaciones entre el Estado y las personas privadas de libertad, la reinserción social y los obstáculos que se encuentran al salir de la prisión, la prisión desde la extranjería, el matrimonio en la prisión o la situación de la mujer en conflicto con la ley. 

Desarrolló un método para encontrar la libertad y la paz dentro de la prisión además del amor con su compañera Maye. Juntas crearon La Boussole (La brújula), una organización que busca la construcción de paz y un cambio de paradigmas a través de las artes. Está convencida que la libertad no está en el afuera, sino en la capacidad de construir un mundo libre de violencia y que  alcanzarla sólo será posible a través del arte.

Sin duda, el teatro es para Natasha  la rosa de los vientos en  que descansan las agujas imantadas que le dan orientación para no perderse.  

Denise Anzures

Periodista, egresada de la Escuela Carlos Septién García, especializada en la promoción y divulgación de las artes escénicas e instruida para ser ciudadana de este mundo por el movimiento zapatista.

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