Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

Jorge Correa, el padre del Teatro Penitenciario

En las crujías de las cárceles es muy común escuchar el eco de las voces que al unísono de ¡Jorge!, ¡Jorge!, ¡Jorge! salen al encuentro del Maestro Jorge Correa, cada vez que es enviado a algún Centro Federal con el único propósito de compartir con ellos la experiencia del teatro.

Para el Padre de Teatro Penitenciario, entrar a las cárceles mexicanas es como zambullirse en aguas profundas por más de doce horas diarias de trabajo intenso en los talleres de teatro que imparte a los reclusos. Su trabajo dentro del sistema penitenciario durante más de 35 años, le ha otorgado la figura de héroe anónimo; quienes lo conocemos hemos sido testigos de cómo ha tenido que arar en tierras desiertas, sin embargo, su desempeño como maestro de teatro en las prisiones ha logrado abrir brecha en la rehabilitación penitenciaria, a pesar de que el sistema ni o mire, ni lo tome en cuenta. Para el sistema penitenciario de México lo que vende son los motines, los asesinatos y las fugas de los grandes capos.

¿Qué estimula a este héroe anónimo a sumergirse en los kafkianos mundos de las prisiones mexicanas? Correa está convencido que el teatro es capaz de tocar el alma de los internos, logrando reestructurar ciertas áreas de comportamiento. “Todos los hombres y mujeres que han trabajado en mis talleres no han vuelto a reincidir y su línea criminológica empieza a tener variaciones positivas”.

A él no le interesan los móviles, ni los motivos que los condujeron tras las rejas. Si la literatura en su propia naturaleza puede traernos el misterio de la revelación, el teatro es posiblemente el medio más eficaz para lograrlo. Para este apóstol, el arte escénico en las prisiones funciona a través de una premisa: mirarse a través de la idea de hombre desnudo, de hombre marginado y, desde luego, cobrar conciencia de la importancia vital que significa proteger sus derechos humanos y su reincorporación a la convivencia social.

Si puedo ver a mis semejantes de frente a los ojos, entonces me puedo ver reflejado y puedo comprender mi responsabilidad en esta tierra, así que el teatro en el mundo penitenciario es un arma que dignifica; además de rendir honor a quienes desde su propia reclusión asumen, se enorgullecen y se hacen hombres de bien a través del teatro.

El interno entiende las honduras de la teatralidad cuando es capaz de observarse a sí mismo y, a partir de esa premisa empieza a reinventarse. Reflexión que llevó a Jorge Correa a conformar el proyecto denominado Sistema Teatral de Readaptación y Asistencia Preventiva, (STRAP), que es un método teatral inmediato para que el interno se involucre, se sensibilice y se integre al fenómeno teatral.

Cuando el interno se integra, descubre que puede mirarse en el acto de mirar; mirarse en acción y mirarse en situación. Mirándose, comprende lo que es, descubre lo que no es e imagina lo que puede llegar a ser. No busca profundizar en la teoría, es un método escénico que ayuda al interno a saber dónde está, descubre dónde no está e imagina a dónde puede ir. Ya lo había señalado Augusto Boal1, “se crea una composición tripartita, el yo-observador, el yo en situación, y el yo-posible, es decir el no yo, el otro”.

El STRAP, es un método pedagógico que facilita la conformación de pequeñas compañías de teatro al interior de los penales, y aunque no existan aspiraciones profesionales del fenómeno teatral, estas compañías funcionan como laboratorios de la teatralidad, propiedad humana que permite al interno observarse en acción.

Desde los territorios de la marginalidad, Jorge busca afanosamente la redención de los internos sin caer en mesianismos, confiesa con un sesgo de orgullo que ha trabajado con internos que han robado tortillas duras, hasta con individuos de la altura de La Barbie, o el Mocha orejas “Ellos son los enemigos de la sociedad y la justicia, sin embargo, cuando los observo en las dinámicas, miro seres humanos en desgracia, a los que el teatro va depurando, la mirada les cambia, algunos abandonan las drogas y sus conflictos se vuelven creatividad escénica”.

Durante más de un cuarto de siglo, Correa ha constatado que ni los criminólogos ni los trabajadores sociales ni los psicólogos pueden sacar estas situaciones de los internos. “El teatro es como una caja que amplifica y desentraña la personalidad”.

Gracias a su intensa labor, el director del Penal de Guanajuato, Saúl García Rodríguez, le propuso gestar el proyecto denominado LIBERARTE, que tiene como propósito conformar compañías de cincuenta internos, con los convictos más peligrosos del país y de características criminológicas diversas con el afán de impartirles un taller de inducción de teatro penitenciario y posteriormente montar una obra.

¿Quién pensaría que estos hombres que deben más de 120 vidas son capaces de entender el alma humana o el trabajo en equipo? A esta pregunta, Jorge considera que el teatro es una vocación que concierne a la humanidad. “Yo trabajo con gente que proviene de grupos criminales como los zetas, los aztecas, los paisas, los golfos y, LIBERARTE, tiene esa finalidad: lograr que estos criminales se integren al fenómeno teatral”.

Desde su creación en 2014, LIBERARTE produjo bajo la dirección de Correa, obras como Hamlet, en el penal de Máxima Seguridad de Guanajuato, espectáculo que participó dentro de la programación del Festival Internacional Cervantino 2014, como parte del 450 aniversario de Shakespeare, así como Teatro sagrado. Los coloquios de México, de Miguel Sabido y ganadora del segundo lugar como mejor obra penitenciaria del 2014.

Por encargo de las autoridades del Federal Cinco de Veracruz, se le encomendó montar una puesta en escena que tuviera relación con las celebraciones de Semana Santa. La obra se tituló La tragedia de Cristo, versión 5:50, cinco por el número al que pertenece la cárcel y 50 por el número de integrantes, a los que Correa denomina los “VIP de la criminalidad” término que utiliza para referirse a los personajes más desalmados de la prisión, así como enfermos mentales, discapacitados o mutilados.

Para este idealista, en esto reside la función terapéutica del teatro en los internos, permitirles ser vistos y escuchados, al ser vistos y escuchados, el interno logra un conocimiento sobre sí mismo, porque piensa y se piensa, no solo a nivel del discurso, sino también de las emociones y sensaciones.

¿Pero quién es en realidad el Padre de Teatro Penitenciario? En 1975 era estudiante del Centro de Arte Dramático A.C. (Cadac) y entre sus maestros se encontraban personalidades como Vicente Leñero, Héctor Azar, Óscar Ledesmay como compañero de carrera a Juan Pablo De Tavira.

Su historial como actor tiene un bache terrible debido a su adicción por el alcohol. Siendo estudiante del CADAC, el Mtro. Azar montó con ellos una obra en el Teatro Principal de Puebla, función a la que Jorge nunca llegó, lo que le costó que el Mtro. Azar lo metiera a la congeladora por dos años por ser un actor “valemadrista”, frase que no olvida el día que lo citó en las oficinas del CADAC, para leerle la cartilla.

“Yo era el consentido del Mtro. Azar, me llamaba El gordo de oro, por mi talento en los escenarios”. En la congeladora, tuvo que abrirse nuevas estrategias de creación, y trabajó al lado de Patricia Reyes Espíndola en teatro estudiantil, posteriormente conseguiría un papel para un rodaje de bajo presupuesto sobre la vida del Che Guevara, en el que haría el personaje de Coco Peredo, el lugarteniente del Che. Su trabajo fue bien recibido por la crítica. Meses después el Mtro. Azar, lo llamó para que se presentara en las oficinas del CADAC, para decirle “Ya siento que te quiero, mi gordo de oro”.

Años después, Juan Pablo De Tavira, quien había dejado atrás la actuación y se había integrado al mundo del litigio penitenciario, le ofreció a Correa trabajar como bibliotecario en el Instituto de Formación Profesional de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal PGJDF, donde estuvo hasta 1983, año en el que De  Tavira, ya como Director de Reclusorios en el Distrito Federal, lo invitó a trabajar en un importante programa cultural en las prisiones de México.

“De Tavira y yo éramos un par de locos que fuimos a contracorriente de un sistema envilecido por la corrupción, sin embargo, estábamos convencidos que lograríamos a largo plazo la rehabilitación de los internos y la humanización de sus espacios por medio del teatro”.

Jorge Correa, encuentra en el sicario una máscara que al quitarla muestra a un niño indefenso. Asegura que es la falta de amor lo que los lleva a convertirse en bestias. “Son seres en desgracia que nunca obtuvieron reconocimiento alguno. Si el hecho escénico los reconoce como seres capaces y creativos, seremos testigos del surgimiento del hombre nuevo”.

[1] Augusto Boal, (1931-2009), Dramaturgo, escritor y director de teatro brasileño, conocido por el desarrollo del Teatro del Oprimido, método y formulación teórica de un teatro pedagógico que hace posible la transformación social.

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