Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

Existir en la teatralidad

Foto: UNAM Global

Entender el mundo y nuestra existencia en él es, sin duda, un trabajo arduo, a veces gozoso, pero también profundamente doloroso; experimentar esa ambivalencia, (la muerte y la vida, la desesperanza y el desasosiego, el placer y el dolor),  la existencia en el tiempo y por qué no, en la ficción, nos coloca frente a uno de los mayores retos para el pensamiento, la conciencia, nuestras emociones, en suma, para nosotros mismos.

Los procesos sociales, de manera a veces imperceptible,  cruzan, permean, construyen también nuestra manera de comprender el mundo, la relación con los otros; transforman nuestra percepción de la realidad. La historia personal, los hechos cotidianos nos  tocan más con más fuerza y se hacen evidentes: La pérdida de los que amamos, la destrucción irreversible del mundo que alguna vez conocimos, la marca del tiempo en el espejo, nos remite a las preguntas, a las reflexiones: ¿qué es la vida?, ¿cómo me coloco en ella? y, en mi caso, ¿cómo ayudo a que el teatro recoja nuestro latido social?

En una charla realizada en 1934, García Lorca resume sus convicciones sobre  el teatro, y plantea sus alcances y riesgos: “El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso. Un teatro sensible y bien orientado puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo; y un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar y adormecer una nación entera”.

Entender la experiencia y el ejercicio de la teatralidad como una gran posibilidad de rescatar la vida, hacerla digna y darle altura, vuelo y alas. La vida, la mía, la de los otros, es un enigma, un reto de la ontología y de la filosofía, lo mismo sucede con el teatro; el teatro es, como dice Lorca: “Una escuela del llanto y risa y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas y equívocas y explicar con ejemplos vivos normas eternas del corazón y del sentimiento del hombre”.

El teatro es y sigue siendo, a pesar de los tiempos, de la estupidez y la violencia, un gran  espejo donde los hombres podemos reflejar nuestra existencia. El teatro es el universo paralelo donde estamos y somos inevitablemente vitales.

El teatro es experiencia viva, por eso, si el teatro niega o nos niega la oportunidad de la experiencia, estamos negando la vida y por tanto, negando la posibilidad del ser. No hay nada más hermoso y esperanzador que seguir construyendo una poética de la ficción, donde somos más nosotros siendo otros. Necesitamos de talento y entusiasmo para que ese acontecimiento se vaya colando en los recovecos más profundos de las almas humanas porque cuando eso sucede, la existencia cobra sentido y la cultura  respira, vital, digna y magnífica.

Es urgente dejar las trincheras electrónicas, sumar voces y voluntades en las calles, en los espacios donde sucede la representación, generemos entre todos, un diálogo que cimiente el pensamiento artístico porque tenemos en nuestras manos algo muy preciado: El teatro, que nos convoca a la experiencia de estar vivos, en la posibilidad de pensarnos y habitarnos de maneras distintas, pero siempre desde la vida, la inteligencia y la creatividad. Si no hay vida en el teatro, el teatro muere y con él lo mejor de nosotros mismos.

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