Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

Cavilaciones y algunas estrategias de unificación para difundir la escena mexicana

A decir verdad, quienes han decidido incursionar en la producción de espectáculos de teatro de gran formato y de tipo comercial como Morris Gilbert en OCESA, por citar un ejemplo, pueden, sin duda, conquistar de manera más fácil a sus públicos, debido a que tienen la infraestructura, los recursos y la organización para levantar grandes producciones. Existe otro sector, el teatro institucional, donde cohabitan distintas y a veces, muy opuestas formas de hacer y entender la escena, donde con frecuencia prevalece la necesidad de establecer jerarquías artísticas, que motivan que muchos creadores no sean capaces de conceder el beneficio de la duda a los infractores de su cánon estético, o, para no ir más lejos, ni siquiera van al teatro.

Dice Enrique Serna que los escritores apegados a un género tienen derecho a que la crítica los juzgue por lo que han hecho dentro de sus personalísimos cánones literarios, pero en vez de eso, son condenados una y otra vez, por no haberse propuesto descubrir el hilo negro. Esta dinámica descalificadora sucede en todos los ámbitos de la vida cultural de nuestro país: no existe una intención de establecer una crítica donde coexista el diálogo, al contrario, predomina una voluntad por establecer jerarquías de lo que para unos es lo revelador y, lo más grave, lo que está de moda, aunque muchas veces terminen siendo meras ideas con resultados vagos y confusos, -pero mientras lo entiendan los avezados-, eso es más que suficiente.

Creo que estamos en serios problemas, somos nosotros los que nos oponemos a que se abran las compuertas a una vida cultural verdaderamente progresista, nos oponemos férreamente a respetar las decisiones estéticas del compañero, seguimos obsesionados por refrendar nuestra superioridad artística a toda costa y hemos perdido tanto tiempo en ello, que hemos dejado que se pase de largo la vida cultural de nuestro país.

xico se está cayendo a pedazos: 800 mujeres asesinadas en el Edomex en lo que va del año, por mencionar una de tantas situaciones que rebasan el entendimiento humano. No sólo los políticos, también los artistas y los intelectuales representan a su sociedad, pero si no nos permitimos bajar un escalón de nuestra elevada categoría intelectual, jamás podremos comunicarnos con ellos y menos persuadirlos de nada. Por eso, los espectáculos de teatro o los grandes musicales que para muchos ilustrados no son más que circo para el vulgo, han tenido gran acogida por parte de los ciudadanos y quizá el éxito radica en que el público que asiste a los espectáculos de tipo comercial no les está prohibido la risa como forma de entretenimiento, ni se les exige entender las aspiraciones estéticas de los doctos.

Creo que la escena mexicana no es, de ninguna manera, una disciplina para los avezados de pensamiento, ni siquiera lo hemos logrado. Los griegos y los romanos lo entendieron muy bien, porque no le tuvieron miedo al gusto plebeyo, al contrario, lo encausaron como una forma de vida y de organización. En México, el curso del pensamiento artístico se ha desprendido de su misión y se ha extraviado dando tumbos por aquí y por allá, donde por cierto, coexiste con una contradicción: estamos muy enojados porque nuestro quehacer no tiene el impacto que necesitamos ni nos permite comer de él. Cuando miramos con asombro que El hombre de la mancha lleva más de un año en temporada en el Teatro Insurgentes con funciones agotadas, inmediatamente lo descalificamos por ser teatro mercantilista, pero hay una diferencia, ellos sí viven de su trabajo.

Fernando Savater, filósofo e historiador, veía en la inteligencia una forma pedagógica de dar a los individuos elementos de entendimiento para dignificar su relación con la sociedad que cohabitan. ¿Quién dijo que a los mexicanos no les gusta ir al teatro? ¿Quién decidió que la escena es sólo para los iniciados? Mentira, a los mexicanos les place ir al teatro, el asunto es que los hemos marginado de tal forma que no se enteran y si se enteran, se enfrentan a una confusión terrible porque la programación es deficiente y no tiene el impacto artístico que se necesita para establecer un diálogo con la sociedad. A ello, se suma la precariedad en los recursos públicos y el desorden en las instancias de cultura.

Recuperemos la vocación de los espacios culturales, programando lo mejor de la escena mexicana, no lo que se puede, sino lo que se debe. Imaginemos una cartelera cultural tripartita apoyada por las instancias más importantes de cultura de este país (INBA-UNAM-CENART) y que sea publicada como usualmente lo hace Teatromex, semana a semana y, que tenga cabida en los periódicos y revistas culturales más destacadas del país. Una cartelera que anuncie las actividades de la escena mexicana y que aliente a un sector importante de la población a asistir y en donde también tengan cabida los espacios independientes más relevantes de la CDMX.

Si a ese esfuerzo se suma la misma cartelera digital en redes sociales que sea capaz de llegar a instancias educativas de nivel medio y superior, a organizaciones independientes, instancias de gobierno, etc., estaremos visibilizando y fortaleciendo la escena mexicana como forma de vida y de consumo entre la población. Esta actividad tripartita ayudará a fortalecer el diálogo artístico con las áreas de cultura en periódicos y revistas de circulación nacional que han venido silenciando y acotando la escena. Con este intercambio de difusión de las artes escénicas podremos reavivar el diálogo con los medios impresos y digitales -indispensables en cualquier democracia-, e impulsar el nacimiento de una crítica aguda e inteligente.

Los porcentajes de consumo cultural que realiza el INEGI son abrumadores; la población mexicana no asiste porque no se entera; es un mito creer que los mexicanos sólo van a ver lo que producen las grandes productoras de teatro. Estoy segura que si empezamos por dar a la población otras opciones y alternativas que alienten la vida cultural de nuestra ciudad, otro gallo nos cantaría.

Trabajar en islas o como creadores misántropos, no nos lleva a ningún lado; el canon artístico exacerbado que se ha instaurado en unos cuantos nunca bastará para fundar una nación teatral que sea para todos, pero en cambio podría ayudar -si le bajan un escalón a su divinidad intelectual- a construir una convivencia cotidiana entre la sociedad y la escena mexicana, aunque sea mera utopía.

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