Reflexiones desde la butaca

Denise Anzures

Apropiación, significado y socialización del Congreso Nacional de Teatro

Podemos encontrar en la historia de nuestro país como paradigma de transformación, el Congreso Constituyente de 1916-1917, espacio en el cual encontraron cobijo diversos idearios y programas de diferentes grupos de la sociedad que, a pesar de sus diferencias, coincidían tanto en un cambio fundamental en la organización y renovación del gobierno como del sistema económico y social del país, así como de la protección de los derechos individuales y sociales. Un antecedente clave para considerar una acción tranformadora en la discusión en torno al teatro.

Las inquietudes que me detonaron esta reflexión fueron dos preguntas ¿Cuáles son las prácticas socio-culturales y artísticas que dan significado al Congreso Nacional de Teatro? ¿Cuáles deberían ser las prácticas sociales y artisticas que nos permitan la gestión y apropiación del concepto de Congreso?

El Congreso Nacional de Teatro es un espacio complejo y muy diverso, con necesidades distintas que oscilan desde una necesidad de búsquedas estéticas hasta las necesidades económicas y sociales por las que atraviesan las distintas cartografías del quehacer teatral. No es lo mismo hacer teatro en el norte que en el sur, hacer y producir en la Ciudad de México que en Campeche o en Colima; la disparidad de oportunidades y recursos es inmensa, tanto como la variedad de sus participantes y sus posturas políticas, que representan su mayor riqueza.

No todas y todos percibimos la violencia de la misma manera, no todas y todos entendemos las nuevas corrientes de pensamiento alrededor del teatro de la misma manera, no todes tenemos los mismos privilegios para producir teatro ni tenemos las mismas relaciones con las instituciones, pero sí podemos llegar a un consenso: la imperiosa necesidad de convertir al Congreso en un cuerpo dialogante aún a pesar de las diferencias socio culturales y políticas de nuestro quehacer.

Desde sus inicios, el Congreso ha quedado solo en meras descargas emotivas, una exploración que solo nos permite detectar en dónde están las carencias. Todos los años convergemos en una conclusión alrededor de la necesidad de impulsar políticas públicas pero jamás hemos detectado dónde se encuentra nuestro potencial como comunidad, de tal forma que eso nos impide provocar el impulso necesario que nos lleve a una comprensión profunda del Congreso Nacional de Teatro como fenómeno transformador y a su verdadera lógica de acompañamiento social y artística. Para que suceda esta nueva relación sujeto-congreso, debemos trabajar lejos de la lógica del Estado -como lo dice atinadamente Armando Fernández Savater- y abrir una vía alternativa y comenzar a trabajar sobre lo que sí tenemos, en una lógica de asambleísmo, eso permitirá abrir la puerta al deseo de estar y trabajar con lo que hay, no con lo que no hay.

El Congreso Nacional de Teatro ante todo debe de ser un modelo de organización ciudadana, para debatir la situación y los alcances con vistas a definir politicas públicas que den un lugar importante a las artes escénicas en la vida pública de México. Uno de los fracasos de estas acciones tiene que ver con las alianzas o complicidades que generamos con las instituciones de cultura, para la realización de actividades como estas, que en realidad, solo funcionan como meros filtros para mantener en armonía y buenas intenciones, las normas y reglas que rigen su modelo y nosotros nos encargamos, sin darnos cuenta, de replicarlo. Hay que salir de esa lógica.

El Congreso Nacional de Teatro es un espacio de diálogo muy rico pero también debe de ser un ejercicio ciudadano, un espacio de resistencia y movilización. En este sentido, es necesario encontrar nuevas respuestas y formas de articulaciones de distintas y diversos espacios artísticos, que no solo se remitan al quehacer escenico y, que bajo un arco convergente, puedan construir alternativas de confrontación, verdaderas movilizaciones, para constituirse en largo plazo ¿por qué no? en un Congreso Nacional de Cultura, que contenga las inciativas capaces de cambiar el modelo cultural vigente.

La relación Congreso-Institución, -o cualquier otra iniciativa que congregue a la comunidad, generará invariablemente una situación de tensión y conflicto de ambas partes. -No sé si ésa dinámica es la relación natural o como lo dice Foucault-: las relaciones de poder o la fuerza nunca está en singular, su caracteristica fundamental es estar en relación con otras fuerzas, de suerte que toda fuerza ya es “relación”, así que casi siempre resulta que esta relación Comunidad-Institución, la mayoría de las veces no desemboca en un movimiento social y artístico capaz de provocar un cambio en las estructuras y solo ocasionan desgaste.

La ciudadanía es una institución histórica y, en consecuencia, las maneras de percibirla, de entenderla, de practicarla y de legislarla han variado conforme lo han hecho las sociedades a través del tiempo. Es fundamental resaltar que los actuales derechos ciudadanos son producto de la lucha de los movimientos ciudadanos a lo largo de la historia y no se deben a “regalos” del Estado, esperar esas prevendas ha sido un error.

Antes de tomar cualquier decisión sobre el futuro del Congreso Nacional de Teatro, estamos obligados a reivindicar el concepto de ciudadanía que implica la apropiación de las personas sobre su espacio, su tiempo, su historia y su cultura, en el que la misma se convierta en un sujeto histórico, activo y protagonista capaz de transformar su realidad personal y su entorno social.

La comprensión y el conocimiento de la realidad social del Congreso nos van a posibilitar reflexionar sobre los escenarios de intervención social y nos va a hacer plantearnos la cuestión de ser partícipes en la formación de sujetos ético-políticos, autónomos, solidarios y amorosos. De otro modo, el Congreso quedará limitado a ser un mero espacio de gestoría e inagotables listados de buenas intenciones.

El mayor reto que tenemos como participantes del Congreso Nacional de Teatro es construir un proyecto político – artístico de amplia convocatoria, enérgico, extenso, movilizador y ante todo dotado de un sujeto político que sea capaz de abatir las límites del paternalismo y desmoronar con ello el anácrónico modelo de organización que compatimos con las instituciones de cultura.

A la luz de estas reflexiones por demás resumidas, ¿se podría pensar la relación Congreso-Institución como un modelo de relación entre dos? ¿De complitud? ¿Es posible imaginar o pensar lugares en los que se produzcan formas nuevas del sujeto “no alineadas” a la institución pero en trabajo conjunto con la institución? Sin embargo, sigo creyendo que para que el potencial de una comunidad de materialice en una práctica política perdurable, es necesario un proceso cabalmente autogestivo, del cual sean dueños sus propios participantes. ¿Vale la pena el riesgo?.

Imagen del Congreso Constituyente 1916, Teatro Iturbide, hoy Teatro de la República, Querétaro, Qtro.

Dejar una Respuesta

Otras columnas