Desde los fuegos del tiempo

Ramón Vera-Herrera

Siempre siempre la esperanza entre los dientes

Foto: Haizel de la Cruz

La labor de la sumũd, desde a crianza de los bebés y construir hasta testimoniar y luchar, continúa”, dice Edward Said en After the last Sky: Palestinian lives, y Juman Simaan lo pone como el epígrafe a un texto (“John Berger y los actos cotidianos de la sumũd”), que busca recuperar la experiencia permanente de la resistencia palestina ante la invasión, la fragmentación y la rotura de las vidas de todas y cada una de las personas que habitan ese dolorido país. Lo muy sugerente del texto de Juman Simaan es que —para hablar de la experiencia palestina, además de recuperar las voces de la gente que lucha, resiste y busca entender, y desde su cotidianidad íntima se empeña en cambiarlo todo, “criando bebés, construyendo, testimoniando y luchando”—, invoque la obra de John Berger, además de la de Said, por supuesto. [Ver https://dark-mountain.net/john-berger-and-everyday-acts-of-sumud/]

Para Simaan en este detallado y cariñoso texto, Berger fue cercano siempre a la lucha del pueblo palestino y con su hijo Yves fueron a trabajar talleres con niños y niñas para que pintaran y dibujaran, al tiempo que él también recuperaba la voz y la experiencia de cientos de familias atrapadas en su propia tierra, como jornaleros, como albañiles, siendo milenarios guardianes del desierto y las tierras donde el aire es tan fino y la distancia es tan enorme.

John Berger llegó a decir: “El territorio que estos niños pintan tiene sus propias leyes espaciales […] Su espacio siempre se los han robado y el robo siempre lo han cubierto con armas en alto. Miren sus retratos. Estos niños y niñas se enseñaron a sí mismos a resistir. E inventaron su secreto. Su secreto fue imitar al aire, al que nada puede confinar y a través del cual todo es visible”.

La historia palestina, con todo lo terrible y continuada que es, la comparten miles de comunidades que defienden su entorno vital, eso que llamamos territorio, y que es el ámbito de la comunidad, de la subsistencia y la memoria. Lo defienden de un embate externo que no sólo busca exterminar a sus habitantes (para poseer esa tierra o territorio que en su lógica de contaduría, logística y administración se vuelven números que cada vez se alejan del sentido original que buscaban). La invasión busca destruir la relación de la gente con la naturaleza, con su propia tierra. Busca arrancar a la gente de su relación más vital y significativa: lo que le da sentido a su vida plena, hoy e históricamente. Una relación histórica que es futuro siempre.

Al capitalismo lo que más le importa es ese arrancamiento, el descuajamiento, la fragmentación, la compartimentación.

En el Medio Oriente al campesinado lo que le cortan, arrancan o descuajan son sus olivos, esos árboles milenarios que han sido compañeros de la gente a lo largo de generaciones. Y los colonos invasores israelíes los cortan con sierras eléctricas para romper la continuidad histórica del pueblo palestino con su entorno, con sus sentidos, con sus relaciones (finos tramados de relaciones de ciclos, tiempos, espacios, ocasiones, dones, ofrendas, rememoraciones).

Dice Juman Simaan: “la violencia contra los árboles y las familias cultivadoras de olivos pretende divorciar a las comunidades nativas de su tierra y evitar que se involucren en actividades esenciales para su supervivencia”. Su texto es de una claridad que duele, pero también llena de esperanza, cuando nos relata de la historia de A‘bũ ‘Atãlla, “un cultivador de olivos que vivía en la Franja Occidental de Palestina y que había decidido mudarse del poblado en el que había crecido para vivir directamente en la tierra que poseía junto con su familia extendida. Esto lo motivaba el miedo de que su familia estuviera en riesgo de perder sus olivares, como ha sido el caso de miles de hectáreas de posesiones familiares por toda Palestina”. Y Simaan continúa el relato con las palabras de la esposa de A‘bũ ‘Atãlla, Uʾm Yāsyn, que dice: “Mientras protejamos la tierra, nos protegemos nosotros. Debemos estar pendientes de nuestra tierra”, es decir, defender su modo de vida, su relación con su territorio pese a las penurias que esto implique. Y termina Samaan definiendo al campesinado, mediante el cuidado que implica la subsistencia: “el origen del término fallāhyn en árabe —que describe a las comunidades palestinas— significa gente que labra el suelo, trabaja en ser autosuficiente y ser mejores personas”.

Todo esto necesariamente desemboca en la resistencia, en eso que el pueblo palestino llama sumũd.

Edward Said dice: la sumũd son las vidas de los trabajadores y campesinos en Palestina que se vuelve una “resistencia elemental” que termina haciendo de la presencia, y de la permanencia, algo que podemos llamar “obstinación cotidiana”. Said observaba, dice Samaan, que los palestinos continúan participando en sus ocupaciones significativas con una postura o actitud de estar presente, de permanecer.

“Como forma de ‘ser’, a la sumūd la guía una conciencia y un código moral, o un medio de conocer y crear nuevos conocimientos y habilidades”. Los cultivadores de olivos hoy buscan nuevos modos sustentables de trabajar la tierra, a la vez que forman alianzas para denunciar el hostigamiento y la violencia del ejército israelí y los llamados colonos. La sumũd implica también “reconocer y estar alerta ante las injusticias en curso y la dinámica desigual del poder que amenaza con divorciar a la gente de su tradición, su tierra y sus actividades de supervivencia”; manteniendo una conciencia arraigada en respuesta ante las injusticias. “Mantener viva la memoria del pasado, a pesar de los intentos de las autoridades israelíes por borrar esa memoria”, implica también mantener viva la memoria del territorio, mantener viva la relación entre la gente y su entorno, su suelo, su agua, su bosque (en este caso sus olivares y su desierto), con la calidad del aire, la fuerza y dirección de los vientos y su relación profunda con las demás personas.

Esa relación, para John Berger, parte del compartir. Un modo de compartir que desactiva las preguntas sobre la futilidad de la existencia. “Este modo de compartir”, dice John Berger, y Samaan lo recupera: “ desactiva y responde estas preguntas sin una promesa, un consuelo o un juramento de venganza. […] Desactiva la cuestión pese a la historia, pues la respuesta es breve, breve pero perpetua. Nacimos a esta vida para compartir el tiempo que vez tras vez existe entre los momentos: el tiempo del devenir antes de que siendo, nos arriesguemos una vez más a confrontar la desesperación sin rendirnos”. En algún otro lugar, John Berger, siguiendo a Nazim Hikmet, identifica esta postura moral como la actitud de traer la esperanza entre los dientes. No es un anhelo, sino una actitud de búsqueda: transformarnos transformando lo que nos oprime. [Ver Con la esperanza entre los dientes, Itaca y La Jornada ediciones, 2006]

No sólo en Palestina ocurre esto, aunque el pueblo palestino se halla vuelto un símbolo heroico de que es posible. Están también los kurdos, los saharauis, el pueblo vasco, o los zapatistas.

En otro nivel, pero con gran presencia, podemos nombrar comunidades de todo el continente, de Guatemala, Honduras, El Salvador, Costa Rica, Nicaragua, Panamá, Colombia, Ecuador, Venezuela, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil. Desde sus propios territorios hoy los pueblos sufren un embate que viene de más años que la invasión española, pero que con tal hecatombe se recrudeció y se instauró en luchas locales que configuran conflictos vivos que no caducan porque la gente sigue manteniendo con orgullo su relación con la tierra, con sus cuerpos de agua, sus bosques y desiertos, como decíamos en relación con Palestina. Esta relación es un trabajo continuo CON ese territorio, con ese entorno de subsistencia, con ese ámbito de comunidad y convivencia donde la “atmósfera de la lengua” como dijera Alfredo Zepeda, mantiene viva una memoria que no es sólo la memoria histórica general, tipo escuela primaria o secundaria, sino su la memoria de su relación cotidiana de crianza mutua, de labor conjunta con la Naturaleza que también siembra y cultiva en su ciclicidad imparable.

Puestos ahí, y con embates por doquier, con un capitalismo que quiere derruir todo lo que son para que trabajen precarizados en la reproducción del capital, su defensa central es seguir reivindicando (al igual que el pueblo palestino) su voluntad de devenir, es decir, su voluntad de ser quienes son y han sido sin pedirle permiso a nadie para ser.

Pedro Uc, escribiendo desde la Península de Yucatán en México, invoca un sentimiento semejante ante la destrucción del territorio y la enajenación o arrancamiento que quieren perpetrar las compañías inmobiliarias, los parques eólicos o fotovoltaicos, las granjas industriales, los grandes invernaderos y los corredores de maquila, los desarrollos turísticos y los giros negros. En el documento Resistencia del territorio maya frente al despojo, editado por el Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano (Ceccam), afirma: “Hoy, nuestro territorio está siendo perseguido, está amenazado, está bajo un fuego extraño, le han contaminado su leche materna, su mazorca, su flor, su polen, están rellenando con escombros su cenote, están fumigando sus abejas, están derribando sus ceibas, están desapareciendo sus ritos, están borrando sus símbolos, están blanqueando la mente de sus niñas y niños por una escuela televisada, por eso nuestra palabra escrita tiene que abordar esta temática sin descuidar la denuncia a sus traidores, a los que han colgado a sus espaldas un signo de peso como el precio de su dignidad”.

Y hablando de la resistencia, Pedro adelanta: “Aquí se cuenta una realidad tan actual como histórica para un pueblo que aún permanece en la comunidad maya para darle vida a lo maya, no a lo que parece maya, sino al espíritu maya, no a la fibra sintética que imita la piel maya, sino al trabajo maya desde esa mirada auténtica que afirma el trabajo como medio de vida y no finalidad de la vida, trabajo que promueve la libertad en vez de limitarla, por ejemplo, a la monetarización hasta de los sueños”.

Para Pedro Uc y mucha gente en resistencia ante ese megaproyecto que le llaman Tren maya y que viene a arrasar la vida conocida en su totalidad, existen todavía seres inmateriales que reivindican su presencia, como el J Wáay que “sigue llegando para caminar las veredas de las comunidades y cumplir con su propósito como ser originario sin ser origen pero con origen en esta tierra, en este territorio; muchas escopetas asesinas han cedido su vigor ante la lluvia y el calor del sol, muchos cristianos bautizados tienen grietas en la cabeza como una tierra que lleva años sin probar lluvia, se les ha secado el agua bautismal y el J Wáay sigue poniendo sus diversos pies sobre sus huellas que dejó desde la última vez que visitó la comunidad con pies de ave o con patas de venado” […] sigue alertando a los suyos de los riesgos de la destrucción del monte, de convertir el agua en sumidero de cerdos, de abandonar la medicina originaria, de sustituir la ceiba con un monstruoso poste con aspas, de romper los tejidos comunitarios con el nombre de “sembrando vida”, de dejar de producir nuestros propios alimentos suplicando por la nissi-despensa, de abandonar la milpa para ser obrero del desarrollo de la delincuencia legalizada, de corromper el maíz con el transgénico pensado para los animales de granja, de convertir en soya envenenada la tierra, de hacer de la Península un parque de diversión para el extraño con trenecito incluido, de la aproximación de los huracanes que avergüenzan el DN-III y esta pandemia con cien mil muertos de cuarta transformación que padecemos desafiando a la ciencia verdadera que ha tenido que recurrir a las estampitas del sagrado corazón de Jesús desde Palacio Nacional para detenerla”.

Hoy seguiremos reivindicando esas luchas, imprescindibles, inescapables, luminosas por urgentes y por poner a la gente a dirimir sus propias contradicciones y optar de qué lado del camino se pondrán. O más bien, en qué camino habrán de ser lo que no querían ser y en cuál se reivindicará su sueño y su paso por la vida.

Sea que los poderes violentos e invasores arranquen olivares en Palestina o ceibas centenarias en la selva de Yucatán con el fin expreso de impedir que la gente resuelva lo que más le importa en su creatividad colectiva y personal, reivindicarse a sí mismas como comunidades que quieren seguir teniendo su relación profunda con la tierra y su territorio y su futuro propio, reivindica su postura moral: mantener la esperanza entre los dientes, dispuestas a cuidar desde lo más cotidiano hasta el futuro que avizoran para sí mismas.

Una Respuesta a “cada rincón es un centro”

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