Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

“Se cumplen muchos eneros”

En la foto, Alfredo Zalce

Éste es un Enero en que se cumplen 25 años del ¡Ya Basta! del Ejército Zapatista de Liberación Nacional lanzado a los cuatro puntos cardinales al tiempo que tomaba simultánea y militarmente varios municipios del entonces lejano estado de Chiapas y se adentraba en los corazones que laten abajo y a la izquierda.

Éste es un Enero en el que el pintor Alfredo Zalce hubiera cumplido 111 años de vida y son ya 16 de que entró a la eternidad.

Éste es un Enero en que se cumplen 365 días de la entrega tanto a presidencia de la República, a la Secretaría de Cultura Federal, al gobierno de Michoacán y a la secretaria de Cultura de Michoacán de entonces, una carta firmada por 528 artistas demandando que la Casa Taller Alfredo Zalce no funja como oficinas administrativas y se recupere como un espacio para la cultura y la enseñanza artística.

Son muchos eneros. Muchos inicios.

Antes del 1° de enero de 1994 hubo una gestación que duró diez Eneros. En un principio era el Verbo y la convicción de seis muchachos que se fueron a las montañas del sureste mexicano y entendieron que la primera tarea revolucionaria consistía en integrarse al paisaje, vivir la montaña para poder crecer. Cuando ya eran 40 se supieron ejército. Y siguieron creciendo, bien enraizados en las comunidades indígenas, calladamente, hasta convertirse en el EZLN.

Declararon la guerra contra el mal gobierno e hicieron que retemblara en su centro la Tierra, no sólo las tierras chiapanecas (el gobierno de Salinas de Gortari se empeñó en pretender achicar el alcance zapatista), no sólo las tierras mexicanas como lo demuestra la creación y organización del Concejo Nacional Indígena, sino las de nuestro planeta todo porque a las convocatorias zapatistas como la Convención Nacional Democrática, a llenar tres veces el Zócalo en febrero de 1995 al grito de ¡Chiapas, ChiaPaz no es cuartel: Fuera ejército de él!; el Intergaláctico en 1996, la creación del Frente Zapatista, los Diálogos de San Andrés, los cinturones de paz, los campamentos por la paz, la marcha de los 1,111, la del Color de la Tierra, la Otra Campaña, el Festival de la Digna Rabia en 2008, posteriormente La Escuelita o el reciente Festival de Cine; han acudido todos los que quieren. Llegan, llegamos, del norte y del sur, del este y el oeste, convencidos de que otro mundo es posible, de que el “mandar obedeciendo” no es una utopía si lo construimos entre todos.

El EZLN no se ha rendido, no se ha vendido. Desde enero de 1994 escuchó el clamor de la sociedad civil que pedía un alto al fuego y, de la misma manera que su rostro ha permanecido cubierto, en la punta de sus fusiles ondea una cinta blanca para evidenciar su compromiso en la lucha pacífica. Han aguantado estoicamente los embates de los enemigos y hoy por hoy de los que alguna vez se dijeron sus amigos y que les decían “¡No están solos. No están solos!”. Y hoy se han alejado, se han ido, los crítican, los denostan. Los Zapatistas resisten, sabedores que el tiempo les dará la razón y que todo caerá por su propio peso.

Larga vida al EZLN todo, al Comité Clandestino Revolucionario Indígena, a Comandantes, Subcomandantes, Insurgentes, Bases de Apoyo: Larga vida. Bien dice la canción que el futuro se teje a mano y sin permiso.

Han pasado muchos Eneros por la Casa de Avenida Camelinas 409, en Morelia, Michoacán desde que fue construida. Al principio era el Color y el Color era un Dios creador que había nacido en Pátzcuaro un 12 de Enero, allá por 1908, y que habitó la casa por más de 50 Eneros, la llenó con el olor de su pipa, con sus miradas convertidas en obras de arte: pinturas, esculturas, dibujos, grabados, acuarelas, batiks, piezas de cerámica, de orfebrería, proyectos de murales; pinceles, gubias, prensas, alumnos, flores, café recién molido, galletas de nuez y jengibre, los ladridos de Sombra y los maullidos de Andrómeda, de un gato tocayo suyo porque le decían El Güero y era muy enamorador, de Alusha y un Sinfonía; se acompañó de sus hijos, de sus libros, de conciertos para Cello, de dulces pirecuas, cachondos fados y las estridencias del rock y el punk.

Pero hace 16 Eneros, después de darle 95 vueltas al sol se encaminó hacia la eternidad. Entonces, sin el Dios Creador, la casa se murió y la remataron. Permaneció cerrada, sorda y muda por años; pasó por manos que no la quisieron, que nunca la amaron. La robaron, la abandonaron. La volvieron bodega y luego oficinas.

En Enero pasado, más de 528 integrantes de la comunidad artista demandaron que se retiraran las oficinas de la Secretaria de Cultura de Michoacán de la Casa Taller Alfredo Zalce y que se le restituyera al inmueble su esencia. La carta dirigida a instancias locales no tuvo respuesta alguna. De la Presidencia de la República explicaron que al pertenecer la Casa Taller al Gobierno Michoacano no podían hacer nada pues eran respetuosos del federalismo. Parecían perdidas la Casa y la causa…

Este Enero, como liebre de Marzo, trajo un regalo sorpresa. Durante un conversatorio en la Casa Taller Alfredo Zalce, el nuevo secretario de Cultura de Michoacán, Claudio Méndez Fernández, se comprometió públicamente: “Voy a hacer un compromiso público contigo, Beatriz, como testigo de honor. Hago un compromiso con todos ustedes: el área administrativa que se encuentra aquí la vamos a trasladar a otra parte -lo interrumpen los aplausos-. No se puede mantener un lugar que fue construido para el desarrollo de las artes como un espacio para oficinas. En mi oficina hay lugar para cinco escritorios más.

Vamos a hacer un esfuerzo para que éste sea un espacio vivo para la creación, de puertas abiertas para todos aquellos jóvenes, todos esos artistas que quieran venir, compartir, crear.

Te lo voy a firmar delante de ustedes.”

-No quiero que me firmes nada: ¡Cumple! -fue y es mi respuesta.

Es Enero. Quiero creer… Si bien nos va éste es sólo el principio. Si bien nos va haremos camino al andar. Si bien nos va… ** ** **

Beatriz Zalce

Premio Nacional de Periodismo por su labor cultural en Desinformémonos. Catedrática de la Escuela de Periodismo Carlos Septién y de la Facultad de Estudios Superiores de la UNAM.

Una Respuesta a ““Los Colores de la Memoria””

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