Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

Xibalbá: De la Casa Colorada a Bellas Artes

En la casa marcada hoy con el número 57 de la calle Higuera tuvieron sus queveres Malitzin y Hernán Cortés, frente a la Iglesia de la Conchita en Coyoacán. Ahí se cometió en 1522 el primer feminicidio de la época colonial: Catalina Xuárez de Marcayda fue estrangulada por Cortés, su infiel marido. Ahí, él redactó la tercera de sus Cartas de Relación, con la tranquilidad de saberse impune.

Después, tiempo después, la Casa de la Malinche se empezó a llamar también Casa Colorada por el tezontle de la construcción de la planta baja. Hizo las veces de cárcel, convento, oficinas del Seguro Social y hasta del PRI.

Se sabe que la casa le perteneció a una campesina de glamoroso nombre: María Félix, quien no tenía ninguna relación con la actriz, y cuyos bisabuelos se hicieron de la propiedad en tiempos de Juárez al denunciar que ahí había un convento. Ella no tenía otra fuente de ingresos -dicen- más que la venta de sus tortillas. Cuando la casa estaba a punto de caer en ruinas José Vasconcelos, el primer secretario de Educación, la compró, la restauró y se la heredó a su hija.

Carmen Vasconcelos de Ahumada no la habitó; la rentó y, en cuanto pudo, se la vendió a una pareja de pintores y muralistas: Rina Lazo, alumna de Diego Rivera, y Arturo García Bustos, uno de los discípulos de Frida Kahlo. A ellos les gustaba mucho Coyoacán. Él, junto con los Fridos, había pintado murales en la fachada de la pulquería La Rosita y en los Lavaderos de la Madre Soltera muy cerquita de la Casa Colorada. Corrían los años 60’s.

En un dos por tres la convirtieron en un verdadero hogar para ellos y su pequeña hija, Rina; en su sitio de trabajo, en una galería de arte; pero tardaron diez años, diez, en pagarla y restaurarla. Todo arreglaron: las ventanas, las puertas, los pisos, los techos. Las ajaracas que la adornan la fachada fueron hechas a mano, no con molde.

Aunque ya no vivía el autor de murales como Sueño de una tarde dominical en la Alameda, cada 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, Rina Lazo y Arturo García Bustos celebraban en grande la fecha del nacimiento de Diego Rivera e invitaban a escritores, pintores y artistas amigos suyos. Por los ventanales abiertos de la sala, situada en el primer piso, se colaba la fiesta popular, la fiesta del barrio con su música, sus velas y procesiones en honor de la patrona de la hermosa iglesia barroca que está enfrente. Les gustaba pensar que los castillos y fuegos artificiales eran también para su maestro; Carlos Pellicer recitaba poemas y Ermilo Abreu Gómez exaltaba la obra de Diego. Fue tras una de esas reuniones, que se hizo la petición de convertir en museo la casa donde había nacido Rivera en 1886 en Guanajuato.

Rina García Lazo estaba muy, muy chiquita cuando la noche del 18 de septiembre de 1968 cinco policías disfrazados de estudiantes tocaron a la puerta de la Casa Colorada. Vio a unos extraños y se puso a llorar. No estaba en edad de entender que venían a detener a sus papás.

Arturo García Bustos se había demorado en el local del Taller de Gráfica Popular realizando carteles en apoyo al Movimiento Estudiantil. Pero detuvieron a Rina con la intención de deportarla a Guatemala sólo por firmar un desplegado del Comité de Intelectuales, Artistas y Escritores en respaldo a los estudiantes.

Tres meses estuvo presa, dándose ánimos y dándoselos a las demás; extrañando a su hija y a su esposo –quien no podía visitarla porque le detendrían- y dibujando. Nunca supo bien a bien de qué tanto la acusaban. Un día se hizo mucho barullo en la cárcel de mujeres. Llegó a visitarla el poeta Renato Leduc. Él le explicó que como no había fiesta en la Casa Colorada para celebrar a Diego, él había ido para felicitarla por ese motivo y la abrazó. Cuando la liberaron fueron por ella García Bustos, amigos y periodistas. En su casa la esperaban su madre, Rinita su hija y Luis Cardoza y Aragón.

La alegría volvió mientras se asomaban a la ventana y veían crecer los árboles de la Plaza de la Conchita. “Los Rinos” se daban el lujo de vivir en una “tranquilidad de pueblo, de pueblo bonito”; dos artistas juntos en el amor, en el trabajo artístico y político. Su hija Rina crecía rodeada de grandes figuras que para ella eran sencillamente amigos de la casa, de sus papás, gente cotidiana como el Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias, el antropólogo Carlos Navarrete, María y Pablo O´Higgins, el abogado Luis Prieto, la coleccionista de arte Dolores Olmedo o Rosaura Revueltas, la bailarina y actriz hermana de José, de Silvestre y de Fermín.

El año 2017 no pudo ser más terrible. El 7 de abril muere el Maestro García Bustos y el 19 de septiembre el sismo resquebrajó la Casa Colorada.

Si la Casa pudiera hablar… Pero es Rina García Lazo quien toma la palabra. Habla y fluyen las historias y los recuerdos se reviven y los proyectos parecen materializarse. Habla y fluyen las emociones, toda la gama, desde las más alegres hasta las más tristes. Rina es arquitecta con una maestría en Restauración de monumentos históricos. Ha sido presidenta de la Sociedad Defensora del Tesoro Artístico de México y estuvo al frente de la Galería de la Casa Colorada. Fue la niña de los ojos de sus padres. Es una mamá súper amorosa.

Sentada en el jardín de la Casa de la Malinche, de la Casa de Cortés, de la Casa Colorada, está al pendiente de todo: de los trabajadores que han terminado la jornada del día, de Julieta una educada Pastor Belga que mira las galletas que están sobre la mesa, junto al té y al café; está en la plática con Desinformémonos a pesar de un dolor de espalda que es atendido, vía remota, por su hija Rina Damara, médico R2 en el Hospital de Pemex.

El terremoto de 1985 no dañó la Casa. No se cayó un libro, pero ni un libro. Sus papás estaban dormidos, se despertaron y se volvieron a dormir. Cuando llegó una amiga a contarles lo que había pasado casi se infartaron. Pero fue muy distinto en el 2017.

-Salimos como pudimos y nos estuvimos un rato en el parque, muy asustados y desorientados. Mi mamá se había caído y lastimado. Un pedazo de pared se vino abajo a unos centímetros de su cama. A pesar de los daños, regresamos a habitarla. Pero la casa se resentía cada día más. Hasta el paso de que un camión pesado movía todo, una cosa espantosa… Soy arquitecta, estudié la maestría en Restauración de Monumentos Históricos y sabía que eso no estaba bien. Pensaba: Se va a caer, va a terminar por caerse…

Rina baja la voz, apesadumbrada, como si quisiera que ni la casa la escuchara: “Se construyó en varias etapas, la cimentación se hizo para un solo nivel. Ya después le pusieron lo demás y claro, la edificación lo resintió.

“Seguimos viviendo aquí, pero nos pasamos a otra parte de la casa. Para mi mamá era muy latoso. Ella trabajaba allá, porque no dejó de pintar el mural que había empezado años atrás, y luego camínale para acá. Me deja esa lección: a pesar de todo ella estaba siempre sonriendo, siempre optimista y eso que le dolía la rodilla; a veces le costaba un poco subir la escalera”.

Pasaron días, semanas, meses, dos años. Pasó el tiempo. A fines de octubre del 2019 la Maestra Rina festejó su cumpleaños al son de música oaxaqueña. Partió un pastel decorado con la imagen de un cuadro suyo. Sintió que su amado compañero de vida estaba con ella, muy con ella, como siempre. La noche del 31 de octubre se fue a dormir, a dormir el más largo sueño, en paz y serena. Pocos días antes había terminado su mural Xibalbá, el inframundo de los mayas que la muestra entrando a esa eternidad. De niña, con su mamá, había visitado la Cueva de la Candelaria, en Guatemala, donde dicen se encuentra la entrada al inframundo. Tiempo después los Rinos hicieron una excursión a esa cueva pues la Maestra estaba gestando esta obra y quería volver a ver todo. No conforme con eso, ella consultaba al arqueólogo e historiador Carlos Navarrete quien dice que Lazo lleva el Popol Vuh en la sangre, pero ella lo escuchaba a él pues nadie conoce mejor el sagrado libro maya.

Lentamente, a lo largo de más de una década pintó sobre una superficie de tres metros de alto por cinco de largo a los dioses gemelos, a la mujer que hila el tiempo, al quetzal, al jaguar, a la tortuga y al murciélago, al cacao y al maíz, al perro que la guía para cruzar el río y el eclipse. Ahí están los Tlacuilos y el Juego de pelota. Ella misma preparó sus colores, los ocres y los azules, como cuando hizo las réplicas de los murales de Bonampak.

Rina García Lazo ha tenido que ser fuerte y paciente como una ceiba. Si la Maestra Rina había buscado la manera que se iniciara la restauración de la casa, es Rina, su hija, quien logró que el INAH se involucrara, que la dirección de Sitios y Monumentos la apoyara y mandara todo lo necesario para apuntalar el inmueble en marzo del 2020, justo cuando empezaba la pandemia de Covid-19.

-Hasta me mandaron los tubulares y apuntalamientos de Catedral Metropolitana. No soy creyente, pero ya venían “bendecidos” -exclama, se emociona y habla del estudio de mecánica de suelos indispensable antes de iniciar la obra. -Resultó que el piso firme estaba a diez metros bajo tierra de aquel lado y a ocho aquí en medio. Imagínate… Yo hubiera querido que la recimentación llevara micropilotes, pero el estructurista dice que así es suficiente. Ahora se necesita el estudio topográfico. Por otro lado, el INAH supervisó el retiro de la piedra de adobe y su cambio por tabique. Ese cambio de material en un edificio considerado patrimonio no es cualquier cosa. El trabajo ha sido titánico.

Para celebrar el Día de la Santa Cruz, el 3 de mayo, Rina posó con los trabajadores. Junto a ellos cinco, junto a los hoyos de más de dos metros de profundidad, junto a las varillas, la arquitecta García Lazo se ve chiquita y eso que es alta.

Después de un silencio que permite oír a los pájaros, ellos serenos y cantarines y Rina momentáneamente agobiada, comenta: “He tenido mucha suerte, muchas amistades me dicen que mis papás me están ayudando desde allá arriba. El recurso salió en el 20, en marzo del 21 empezaron los trabajos. Terminaron una etapa en agosto; se volvieron a empezar en enero del 22. No me puedo quejar, aunque la tristeza es muy, muy grande, es muy difícil ver así la que ha sido mi casa desde que me acuerdo. Mucho tiempo me angustié por no haber sacado las cuatro prensas de mi papá. Entre seis personas las cargaron para moverlas un poquito y las tapé muy bien.

“A mi papá le gustaba mucho ir a Portales a comprar. Él decía: ‘Fui a comprar basura’. Pero tú sabes: a veces encontraba maravillas. Trajo un piano y qué piano. Pero moverlo fue muy pesado -y de pronto sonríe y su rostro vuelve a ser un cielo despejado de nubarrones.

“Llegó un momento en que la casa estuvo tan mal que me obligó a salirme. Como arquitecta es interesante ver la obra, discutirle al de estructuras, al que repelló. Es una ventaja, pero por el otro lado están los recuerdos, las ausencias. Es bien tensionante ver tu casa así. Pero tengo este espacio aquí mismo. Están las plantas, las flores y el árbol. Aquí se sentaba mi papá. Este mantel lo trajo mi mamá de Guatemala. Durante la pandemia me di cuenta lo afortunada que soy”.

Rina habla del futuro de la casa. Sus papás siempre quisieron hacer un museo privado. Barajea posibilidades: en la parte de arriba el museo Rina Lazo y Arturo García Bustos y abajo un restaurant que financie el museo o al revés: el museo abajo y el restaurant arriba. Se habla de una tienda donde se vendan souvenirs, grabados, libros y los etcéteras posibles.

-Tenemos un compromiso y no es solamente porque fueron nuestros padres -subraya cada una de las palabras. -Es un compromiso muy fuerte, ¿o hay de otros? Tu papá y mis papás fueron gente muy valiosa para esta nación. Tenemos: no nos queda de otra que continuar mostrando su legado. Esa es nuestra tarea. No fueron cualquieras, fueron gente con una línea, tuvieron una visión, una ideología totalmente congruente con el momento histórico y con ellos mismos.

-Mi papá fue el hombre más congruente, toda su vida. A mi mamá le gustaba disfrutar de todo. Mira, ejemplo, la galletita. Ella diría: ‘Ay, pero qué deliciosas galletas, son las más ricas que me he comido’. Cualquier cosa del día le parecía bonito. Mi mamá, tú te acuerdas, siempre fue muy coqueta, muy femenina, muy arreglada. Siempre con los labios pintados. Le gustaban los aretes, las joyas, tenía una colección de chachales, esos collares tradicionales de Guatemala, y bufandas que se ponía como un chal.

Hoy por hoy, Maestra Rina estaría feliz de que su Xibalbá, el inframundo de los mayas sea el primer mural de una mujer en exhibirse en el Palacio de Bellas Artes en el marco del centenario del muralismo mexicano. El Maestro Arturo García Bustos estaría de lo más orgulloso. Durante los 67 años que duró el amor del uno por el otro se apoyaron, se ayudaron, se complementaron. Rinita, ella, no cabe de gusto. Explica que en el funeral de Miguel León Portilla, un mes antes de la muerte de la Maestra Rina, ésta le dijo a la Secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, que quería que su mural, que estaba terminando, se exhibiera en Bellas Artes. Lo había empezado a trazar en el 2008. Avanzaba despacio porque no tenía ayudantes. Todo lo hacía ella: la preparación de los colores, del temple, esa técnica antiquísima a base de huevo. Después de la muerte del Maestro Arturo dejó de pintar un año. Sin embargo, se puede decir que en los últimos tres meses lo terminó.

Pero no sólo es lo que la Maestra solicitó, es también y sobre todo el trabajo discreto y tenaz de García Lazo para lograrlo. Se entusiasma, vuelve a vivir el momento en que sacaron el mural por la ventana de la Casa Colorada.

-Mi mamá era tan minuciosa y precavida que le había puesto un papel encerado atrás para que no se pegara la tela al bastidor de madera y fue facilísimo desprenderlo. ¡Es como si el mural supiera que se iba a Bellas Artes y ayudara! Lydia Leija, Rodrigo Ortega Alcotzi y Fernando Montes de Oca, tres chavitos documentalistas independientes que habían entrevistado largamente a mi mamá para hacer Tierra fértil: Retrato de Rina Lazo video que se ha exhibido en museos de México y de Guatemala, estaban presentes y documentaron la salida de Xibalbá de la casa. Todo se hizo con el apoyo de Cencropam (Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble) y de Bellas Artes.

“No sabes, después de que lo enrollaron y lo embalaron lo sacaron por la única ventana que abría porque las demás, por la restauración, no abrían. Acomodaron el mural en un camión de transporte especializado en obras de arte y lo dejaron en resguardo en Bellas Artes.

“A principios de este año, Lotería Nacional y el Movimiento de Muralistas Mexicanos lanzaron una serie de boletos dedicados al centenario del Muralismo. Fue muy lindo ver ahí la obra de mi mamá y de mi papá y de tantos y tantos artistas. Primero me compré dos cachitos y luego la serie completa y me saqué tres reintegros. Me acuerdo de que ese día le dije a mis hijos: “Esto tenemos que celebrarlo, mis papás así eran, cuando había un logro se iban a comer” y así lo hicimos”.

Por su parte, Rodrigo Ortega Alcotzi escribió una carta a la Maestra Rina. Le habla de cómo ella le transformó la vida y le hace la crónica de lo que él atestiguó: “[…] hoy vimos el mural alzarse por fin en el Palacio. Todos los colores del Inframundo iluminaron el recinto de mármoles negros y rojos al desenvolverse y al erguirse el Xibalbá en un nuevo soporte de madera. Y ahí estaba usted, en el centro, supervisando el trabajo de quienes -un tanto distraídamente- dieron a su obra por ropaje un gran marco en el centro de una sala diseñada exprofeso para la exposición. Si la salida del mural de su casa fue un suceso equiparable a un sepelio, de sentimientos hondos y suaves enmarañados en conflicto, su instalación en Bellas Artes fue como asistir a un nacimiento lento, difícil, jubiloso. Podríamos decir que en estos dos trances se resume la partida y el retorno de Rina Lazo. Lo logró de nuevo, Maestra: como el fénix inmolado, ha hecho brotar una vez más la semilla de su corazón […]”. Hasta aquí la carta de Rodrigo a la Maestra Rina.

La historiadora en arte Dina Comisarenco Mirkin tuvo a su cargo el concepto curatorial de la exposición de Xibalbá, el inframundo de los mayas en Bellas Artes. “Un momento histórico” como ella misma dice. Conoce a profundidad la obra de Rina Lazo y habla de ella en dos de sus libros: Eclipse de Siete Lunas: mujeres muralistas en México con el que aporta una nueva mirada con perspectiva de género a la historiografía contemporánea del arte; y en la compilación Codo a codo: parejas de artistas en México, donde Inda Sáenz nos narra una de las más bellas historias de amor: la de Rina Lazo y Arturo García Bustos.

Dina Comisarenco explica que el mural no sólo presenta tres planos: el inframundo, el terrestre y el celeste sino también la continuidad y el movimiento cíclico de la vida y de la muerte: “El Sol y la luna bajan al inframundo, se encuentran en un abrazo y después siguen y vuelven al cielo. Ahí tenemos este movimiento cíclico. El Sol y la Luna ayudan al Maíz a renacer antes de convertirse en astros”.

Hay mucha historia atrás de Xibalbá, el inframundo de los mayas. El mural apenas empieza su recorrido… Por su parte la Casa Colorada, la Casa de la Malinche sigue lentamente su proceso de restauración y Rina García Lazo sueña en que se acerca el día en que la casa sea museo.

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