Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

Las querencias de Elenísima

Un grano de poesía es suficiente para perfumar un siglo.

José Martí

A una cuadra queda el ajetreo de la Avenida Miguel Ángel de Quevedo, con sus camiones y microbuses echando carreras y las librerías Gandhi y Octavio Paz mirándose de reojo. Chimalistac es barrio que se congrega alrededor de la Capilla del siglo XVI dedicada a San Sebastián Mártir. De un jardín desbordan bugambilias y plumbagos; se brincan la reja que de por sí no es muy alta, se salen para afuera y disimulan un poco la puerta de la entrada. Al tocar el timbre se acciona la primera pregunta que viene de adentro: ¿Quién? La respuesta genera un ¡Pásale! Cruzas el jardín, diminuto, frondoso y entras al universo donde habita Elena Poniatowska Amor desde hace más de 30 años.

Los libros cubren las paredes. De piso a techo, de derecha a izquierda y viceversa. Libros, fotos, cuadros, artesanías y objetos que han pasado de generación en generación conviven con la Premio Cervantes. Son una segunda piel.

La mesa del comedor se ha convertido en un álbum familiar: fotos grandes, medianas, chicas, enmarcadas, bien acomodadas para que las de adelante no tapen a las de atrás. Ahí están sus querencias. Sus papás: Paulette y Johnny, príncipes Poniatowski, guapos y sonrientes.

Se sabe que Paulette, o si se prefiere llamarla Paula Amor, era de una belleza extraordinaria. Por dentro como por fuera. Sus ojos color azúcar quemada lo mismo se admiraban ante el Cristo que ante el Che Guevara o el Subcomandante Marcos; que se veía tan elegante con su uniforme de guerra como luciendo un collar de Schiaparelli; que aunque era mexicana hablaba con acento francés y en ese idioma escribió sus memorias traducidas al español por la autora de Lilus Kilus. Antes de la comida ofrecía jugo de jitomate, tequila y “fritos” con limón; de postre había mousse de chocolate, dulce de ruibarbo o pastel alemán y galletas en forma de luna nueva, luna llena y estrellas.

Se sabe que Jean Poniatowski, descendiente del último rey de Polonia, se unió durante la Segunda Guerra Mundial a las fuerzas de la Resistencia, de la Francia Libre, con el general Charles de Gaulle; que atravesó clandestinamente los Pirineos; que estuvo preso en un campo de concentración en España; que -en cuanto alcanzó su libertad- participó en la Campaña de África y en la de Italia. Desembarcó en Pamplonne, cuando otros hacían lo propio en Normandía, en el histórico Día D. Tocaba el piano y dicen que él es el verdadero autor de la música de La vie en rose que cantaba Edith Piaf.

Está la foto de Jan, el hermano menor de Elena: sonriente, guapo él también; eternamente joven y siempre recordado en las dedicatorias de los libros de Elena, de La Noche de Tlatelolco en adelante. Estudiaba medicina, tenía una perrita salchicha llamada Poupouille. Hizo algunas pintas durante el Movimiento Estudiantil de 1968 y murió a los 21 años en un accidente automovilístico el 8 diciembre de ese año.

Está la abuela Lulú Amor nacida bajo el nombre de Hélene Iturbe. Sus nietas le decían Mamigrand. Desde que enviudó de Pablo Amor en 1914 se vistió de negro y cuando aligeró el luto optó por los tonos morados. Vivía entre México y Francia. Pero en 1942 estaba en México y recibió con los brazos abiertos a su hija Paula y a sus nietas Elena y Kitzia que huían de la Segunda Guerra. Fundó la primera sociedad protectora de animales en México. A sus perros les ponía nombre de óperas, les mandaba hacer abrigos de tela escocesa. De vez en cuando tomaba un taxi y se escapaba al cine a ver películas de miedo.

Y están sus hijos: Emmanuel, que desde muy chiquito tenía la voz grave y pedía todo por favor, que se hizo científico, aunque le hubiera gustado más ser cineasta. Es académico e investigador en la UAM. Acompañó a su papá, el astrónomo Guillermo Haro a recibir la Medalla Lomonosov pues sus descubrimientos (una estrella supernova, diez novas, varias T-Taurus y un cometa que lleva su nombre) hacen que se le considere el padre de la astronomía moderna. Guillermo fundó el Instituto Nacional de Astrofísica de la UNAM, el Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología y fue parte de la fundación de la Editorial Siglo XXI.

Y está Felipe, nacido en 1968: fotógrafo, documentalista, director de la Fundación Elena Poniatowska Amor. Felipe se opone a que el legado de la autora de más de 40 libros y varios miles de entrevistas salga del país, que sea vendido a una universidad gringa. Felipe, el gran promotor para que a Elena se le otorgara el Cervantes. Cuando Felipe era niño, le pidieron en la escuela que hiciera un retrato de su mamá. Dibujó una mesa de patas flacas y encima una máquina de escribir. Adolescente le explicó a Elena que considera que la escritura es lo que la hace vivir y es su manera de entregarse a los demás y que por eso está muy orgulloso de ella…

Hay que decir que para la Elena estas palabras han sido un bálsamo, pero que requiere que sea refrendado cada cierto tiempo o cada diez mil kilómetros. Desde que se inició en el periodismo en 1953 tuvo sentimientos de culpa: le estaba fallando a sus papás que querían que ella se casara bien, que no tuviera que trabajar… Y ella desde entonces hasta el día de hoy no ha parado, no para.

En el Excélsior donde estuvo un año le pagaban a 30 pesos la entrevista y muy seguido la multaban por lo que había escrito y le descontaban de su sueldo. Fue entonces cuando la invitaron a Novedades y Fernando Benítez, al suplemento México en la Cultura. Carlos Fuentes, quien estaba en pleno ascenso como escritor, decía entre cruel y compasivo: “Ahí va la Poni en su Volkswaguencito a entrevistar al director del rastro o a preguntar el precio de los jitomates”. Pero Benítez sabía que ella iba a descollar y se condolía de verla en un coche todo destartalado al que siempre se le acababa la gasolina y Elena terminaba empujando por toda la ciudad: “Tú, una perla en un basurero”. Pero luego le decía: “Angelito, tienes que subir de categoría. Angelito, ve a entrevistar a Alfonso Reyes, a Luis Barragán…”, y la mandaba a ver a medio mundo.

Ella sentía que por andar publicando una entrevista diaria le fallaba a sus hijos, pero sus entrevistados se volvían sus maestros. Disfrutaba conversar con ellos, aprender de ellos, poderles preguntar de todo, saciar su insaciable curiosidad, aumentar sus motivos de asombro. Esa parte es el pleno goce del ejercicio periodístico.

Por eso ha sido tan importante para la ganadora de la Medalla Bellas Artes que sus hijos la hayan acompañado en 1978 a la entrega del Premio Nacional de Periodismo por sus entrevistas -era además la primera vez que se le otorgaba a una mujer- y cuando en abril de 2014 hijos y nietos viajaron a España para asistir a la ceremonia de entrega del Premio Cervantes, considerado el Nobel de Literatura en lengua hispana.

Paula, la niña de sus ojos, es fotógrafa que eterniza la belleza de lo cotidiano; cocina los platillos más ricos y sanos que se puede uno imaginar. Comparte sus recetas, pero no revela el secreto que los hace únicos. Elena la ha catalogado como “dadora de títulos” para sus libros. Sin embargo, Paula es retobada, siempre lo ha sido, siempre de los siempres. Cuando un título sugerido para el libro Las siete cabritas fue cuestionado, Paula lanzó un “nunca más te vuelvo a dar un título para tus pinches libros”. La cosa quedó ahí, no pasó a mayores. Guillermo Haro decía que su hija tiene piel de magnolia.

En una de sus fotos más queridas, la premio Rómulo Gallegos por la novela El tren pasa primero posa rodeada por sus nueve nietos. Ella dice que son diez porque cuenta a Rodrigo, el que no se logró. Irremediablemente la Poni es maternal con sus tocayitos. Pueden dar fe de ello Rodrigo Ávila (quien hizo su tesis de licenciatura sobre el taller literario que sesionaba los jueves capitaneado por Alicia Trueba y en donde Elena tuvo de alumnas a Guadalupe Loaeza y a Rosita Nissan, grandes amigas y escritoras de renombre) y Rodrigo Ortega Acoltzi (co-autor del hermoso documental Tierra fértil: Retrato de Rina Lazo y quien pronto nos entregará un nuevo trabajo, ahora sobre Arturo “El Güero” Estrada, uno de los Fridos).

En el corazón de Elena hay más querencias que pétalos en los crisantemos amarillos que están detrás de la estatua-medalla del Premio Cervantes y que, visto desde ese ángulo, lo hacen parecer florero. El diseño es de Julio López Hernández. Dos manos sostienen un libro abierto donde se ve un caserío, el campanario de una iglesia, dos personas, un perro. Arriba a la izquierda se lee la fecha: 2013 y abajito el nombre de Elena Poniatowska.

Entre sus querencias más queridas figuran Magda Castillo, su nana, quien la bautizó como Miss Jujú y con quien subía a la azotea para rezar y pedirle a Dios que su papá regresara sano y salvo de la guerra. Magda la enseñó a hablar español, de ahí que Elena diga suidad y naiden más espontáneamente que ciudad o nadie. Está, por supuesto Josefina Bórquez, la entrañable Jesusa Palancares de Hasta no verte, Jesús mío. Jose-Jesu fue muy clara desde un principio: no tenía tiempo para andar platicando. Para seguirle el paso, Elena trató de aprender a asolear gallinas, poner a remojar overoles en gasolina al tiempo que platicaba, sin grabadora para no robarle la luz, sin libreta de apuntes tampoco.

No pueden faltar Carlos Monsiváis a quien Elena le escribió el libro Sansimonsi, José Emilio Pacheco con quien la unieron 25.000 años de cariño, y Sergio Pitol que la llamaba “la petite polonaise”, los tres a cual más querido y admirado. Octavio Paz, el árbol hecho de palabras, el que dirigió sus primeras lecturas, dijo de ella que usaba y abusaba de la libertad de palabra. Rosario Castellanos le dedicó un libro con su letra muy redonda: “Para Elenita, que sí es poesía”. Alfonso Reyes la definió como “preciosa flor”. Elena Garro la consideraba un duende, un duende que no dejaba de asombrarla. En la dedicatoria de El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez le escribió: “Para Elena, no de Troya, sino de mi corazón”.

Jacarandas y bugambilias la hermanaron con Mariana Yampolsky. Ambas decidieron ser mexicanas. Una escribía y la otra retrataba lo que las emocionaba, lo que las indignaba. De los paseos dominicales con Alberto Beltrán nos queda Todo empezó el domingo, crónicas de una ciudad que es como un alebrije: cambia, se transforma, pero conserva su esencia. Elena tomaba notas mientras él hacía apuntes de dibujo. Más de 40 años de amistosas conversaciones y entrevistas le dieron forma al libro Juan Soriano, niño de mil años.

Ha convertido muchas de sus querencias en libros, en prólogos, en palabras que son abrazos fuertes, abrazos apretados… Pero el astrónomo Guillermo Haro se cuece aparte. Le dio tres hijos y la hizo sentir que tenía buena estrella. Ella le correspondió volviéndolo protagonista de tres libros: La piel del cielo, El universo o nada y El niño estrellero.

Son tantas sus querencias a lo largo de 90 amorosos años. Cada una bastaría para perfumar un siglo. La vida de Elena Poniatowska Amor perfuma la eternidad.

Entretanto Elenísima se instala en el sillón amarillo de la sala, a espaldas del ventanal, rodeada de libros, de macetas en flor, de la vasija de talavera que René Villanueva transformó en lámpara. Elena tiene curiosidad: “¿Qué me vas a preguntar?”

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