Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

Hace unos días Theodorakis regresó al Olimpo

-¡Vístete rápido! Voy a quemar los papeles -le dice con aparente calma Mirtos a Mikis, su esposo. Son las cuatro de la mañana del viernes 21 de abril de 1967. Antes de irse, Theodorakis entra a la habitación de sus pequeños hijos, los besa. Se pregunta cuándo volverá a verlos. En la puerta besa a su mujer, no sabe si por última vez. Quizás pasó fugazmente por su corazón Agapi Mou, su famosa canción de amor para la película Fedra: “Mi estrella, mi luna/ mi ramita de primavera/ estaré cerca de ti otra vez…”. Quizás le susurró: “Te amaré, viviré en la canción/ Me amarás, vivirás en los pájaros. Te amaré, nos convertiremos en una canción; me amarás, nos convertiremos en pájaros” como si de una promesa, de un juramente se tratara.

Sale a la calle desierta. Unas horas después su casa es registrada. Empiezan los arrestos en masa; se prohíben reuniones públicas y privadas, se autorizan los allanamientos. La radio transmite marchas militares. Es el “golpe de estado de los coroneles” en Grecia. Apenas la víspera Mirtos preparaba el equipaje de Mikis quien viajaría a Holanda ese viernes. Un mes antes había terminado una serie de canciones con poemas de Federico García Lorca traducidas al griego por Odiseas Elitis. Unos días después habría elecciones que no iban a cambiar nada, pero que hacían pensar en el futuro.

A las seis de la mañana, desde la ilegalidad, Theodorakis ha escrito el primer llamado a la resistencia contra el nuevo régimen. Se esconde en casa de un compañero obrero. La policía le pisa los talones. Al día siguiente cambia de refugio. Se pone un sombrero blando, lentes oscuros. Se inventa un bigote con algodón pintado de negro. Se mira: tiene toda la apariencia de un militante perseguido. Sabe que a él le corresponde el privilegio de arriesgarlo todo y entregarlo todo por Grecia.

Dos días después ha hecho un análisis de la situación: “…el enemigo de nuestro pueblo democrático aprovechó el factor sorpresa. Había preparado cuidadosamente el adormecimiento de las masas democráticas, ayudado en esa tarea por la política de división, confusión e ilusión creadas por el ahora dictador.”

Theodorakis explica por qué los estadounidenses se encuentran tras la pantalla de la dictadura: “…decidieron recurrir a medios duros para asegurar su presencia militar y económica en Grecia. Ante la reprobación mundial que suscita su política en Vietnam, sienten la necesidad de procurarse posiciones fortificadas, con un menosprecio de la voluntad de los pueblos. No ven en nuestro país más que una gigantesca base bélica contra las posiciones avanzadas del campo socialista y contra los pueblos sublevados del Oriente Medio. Su próximo objetivo es Chipre y debemos advertirlo al mundo por todos los medios. El poder popular que domina en Siria los irrita. Apoyados sólidamente en Grecia, tratarán ahora de acabar con los movimientos de liberación de los países árabes.”

El domingo 30 de abril, día de Pascua, a pesar de la tensión se logra reunir con sus camaradas. Su crítica es implacable: “Primera y grave responsabilidad: la manera en que llegamos a la dictadura. Segunda responsabilidad: el cómo y el porqué de que no la hayamos previsto: cómo y por qué no reaccionamos al golpe de estado militar. Hemos caído sin defendernos, nos hemos dejado rodear y capturar -el movimiento, el partido y el pueblo- en pleno sueño. El hecho es que ahí los responsables somos nosotros.”

Vuelve a cambiar de alojamiento. Resulta muy difícil esconder su 1.90 de estatura. Su rostro es mucho muy conocido. Él toma todas las precauciones posibles en cada traslado, en cada refugio. Sólo pide papel y lápiz para redactar llamados, análisis. Considera urgente crear un frente patriótico, de amplia participación, donde queden zanjadas las diferencias ideológicas y políticas. Escribe en mimeógrafo la primera publicación de la resistencia: Nea Hellada (Nueva Grecia).

Pero, en esos tiempos tan álgidos, las musas de la poesía y de la música no se le acercan. En Mikis Théodorakis. ou La Grece entre le Reve et le cauchemar Jacques Coubard lo describe así: “A los 43 años es el músico más popular de Grecia. Un hombre legendario. Un dios del Olimpo. Su música huele a tomillo y a jazmín, a vino espeso, a cordero asado. Habla del cielo y del mar, del aire y de la luz, de las puestas de sol como los colores de las anémonas. Su música permitió que se cantara a los más grandes poetas hasta en los más pequeños villoros. En esta tierra de miseria y éxodo, dio a los griegos el orgullo de ser griegos”.

Theodorakis escribió en su Diario de la Resistencia: “Mi relación personal con la vida era la que corresponde a un compositor de música. Ante todo, debía aprender mi arte a fondo. Armarme científicamente. Ampliar constantemente mi horizonte. Todo artista debe poseer un campo de conocimiento muy grande, que abarque no sólo el terreno artístico. Yo tendría que seguir y analizar a diario los acontecimientos ocurridos en nuestro país y en la vida internacional. Y cuando hubiera, por último, realizado una obra y atesorado reservas creadoras suficientes, tendría que ponerlas al servicio de la lucha del pueblo griego.”

El mes de junio empieza prohibiendo, en todo el país, la ejecución o reproducción de la música y las canciones de Theodorakis. Una joven que escuchaba un disco suyo en su recámara es arrestada por transgredir la ley. A la acusada le confiscaron doce discos…

El lunes 21 de agosto de 1967, a cinco meses del “golpe de los Coroneles”, Mikis es arrestado. Pasa días y noches incomunicado. Camina furiosamente por su celda. Sus zapatos le sirven de almohada. Mira obsesivamente el cielo del amanecer preguntándose cómo será su muerte y empieza a componer El sol y el tiempo.

No es la primera vez que lo arrestan. Ha pasado por lo mismo muchas otras veces. La primera fue en 1942 cuando la ocupación nazi. Al año siguiente, es detenido y torturado. En cuanto lo dejan libre se une a la Resistencia en Atenas y se adhiere al Frente Nacional de Liberación. Lo mismo sucede en 1946: recibe tal paliza que lo dan por muerto. En 1948 es llevado a Macronisos y es de los pocos sobrevivientes. Las secuelas físicas lo aquejarán por más de una década… Sufrió torturas, palizas, humillaciones. De los golpes no se queja, apenas los menciona de pasadita. Pero lo que le cala hasta lo más profundo es el dolor de sus padres, de Mirtos, su esposa y de sus hijos. Eso lo desmorona o lo encabrita o las dos cosas…

En 1954, recién casado con Mirtos, ambos obtienen una beca y se van a París. En el Conservatorio Mikis estudia con Eugene Bigot y Olivier Messian. A los pocos meses presenta su Sonatina para piano con la que obtiene el primer premio en el Festival de Moscú de manos de Dimitri Shostakovich. Su música para ballets es celebrada en Londres y en Paris. No tarda en llegar el primer encargo de música para cine: Noche en Creta. En los 60’s es un reconocido compositor sinfónico que se interesa por la música tradicional griega tanto de las montañas como de las islas y las ciudades. Desde niño canta himnos bizantinos. Crea más de mil melodías para los poemas de Elitis, Ritzos y Cavafis y hace lo propio para García Lorca y, después, con Pablo Neruda.

En mayo de 1963, el diputado de izquierda Grigoris Lambrakis es asesinado por activistas de extrema derecha con la complicidad de la policía. Mikis entonces encabeza el movimiento de las Juventudes Democráticas Lambrakidas que se convierten en la organización política más grande de Grecia. Electo diputado, Theodorakis promueve la construcción de más de 200 centros culturales lambrakidas. Su actividad va de lo artístico a lo político, continuamente.

Cuando llega a cualquier lado y los jóvenes se reúnen en torno suyo les decía: “¿Quiénes son los verdaderos responsables de todo lo que pasa aquí? ¿Los policías? ¿El alcalde? ¡No! ¡Son ustedes: los jóvenes! ¡Ustedes son los responsables de todo! Si un pobre tipo está enfermo; si los chicos no tienen lugares para jugar; si no hay plaza pública; si falta un puente; si la iglesia está en ruinas y el cementerio invadido por la maleza; si no existen centros de esparcimiento ni se hace cosa alguna por la instrucción; vayamos más lejos: si hay injusticia, terror, explotación, ustedes son los responsables.”

Plantan árboles, restauran templos, donan sangre, crean Casas de la Cultura y bibliotecas, organizan conciertos. Son más de 50,000: creativos, fogosos. Cuando la policía o las autoridades de una municipalidad destruye una de sus escuelas, ellos la reconstruyen de inmediato. Tienen el ímpetu de un río crecido.

En 1964 Theodorakis se hizo mundialmente famoso con la música para la película Zorba. Él mismo se asombra: una composición con sólo tres instrumentos y que no le llevó más de una hora de trabajo pues conoce bien la música cretense… Su aspiración: “Una música sinfónica, pero puramente contemporánea, puramente griega, puramente helénica y para nada cerebral: espontánea, en contacto con las raíces, con los orígenes…”.

Pero todo lo anterior son recuerdos. Sus recuerdos que se cuenta a sí mismo porque pasa catorce días completamente incomunicado. Cuando por fin le traen papel y lápiz escribe 32 poemas de un tirón: “Al crear me transformaba en amo del tiempo y de la muerte. Yo era el tiempo”. Mucho de lo entonces escrito no quedó en la versión definitiva. “Sol Primero, Atenas Primera/ y Mikis el millonésimo./ A continuación cien mil,/ cien mil más,/ y cien mil otros inocentes./ Y así consecutivamente,/ hasta el fin del tiempo.”

Un día tras dar su declaración un capitán le dice: “Vas derecho al paredón. Es una pena: eres un gran compositor”. Theodorakis no se inmuta. Ya ha oído eso antes. La rebeldía, el anhelo de libertad le vienen de familia. Desde sus tatarabuelos hasta su padre quien enfrentó a los turcos en Bizani.

Lo incomunican, lo cambian de celda. Lo “instalan” bajo la terraza, la cámara de tortura del cuartel general de la Policía de Seguridad. Oír los golpes y los gritos de sus compañeros es otra forma de tortura. Pero desde la ventana con barrotes ve el edificio de una maternidad al otro lado de la calle: “Las mujeres de enfrente me reconocen. Y puedo advertir cómo es profundo el afecto que sienten por mí. Un joven padre alza en brazos a su bebé y me hace entender, por señas, que yo he de ser el padrino de su hijo. Manifiestan su simpatía hacía mí y su indignación por la suerte que me toca.”

El 27 de enero de 1968 Theodorakis queda en libertad. Le ofrecen dejar de prohibir su música y sus canciones si él renuncia a toda intervención política. “No acepto compromisos” le dice al corresponsal de la agencia informativa Reuters. Su “liberación” es en realidad un arresto domiciliario. En agosto de ese mismo año lo mandan a la isla-prisión de Zatouna y después al campo de concentración de Oropos. Poco antes tuvo una conversación de “hombre a hombre” con su hijo Yorgos de ocho años de edad: “Volverán a arrestarme, pero regresaré con ustedes. Mientras tendrás que ocupar mi lugar. Tendrás que cuidar de tu madre y de tu hermana.” Y llegó ese día; callado y serio, Yorgos vio cómo se llevaban a su padre.

Ese mismo mes de agosto, un joven estudiante, Alekos Panagoulis, atenta contra el dictador Papadopoulos. Falla. Lo arrestan. Lo meten a una celda tan estrecha como un ataúd, le hacen horror y medio. Theodorakis escribe primero el poema y luego le pone música: “Cuando golpees dos veces, después tres y luego otra vez dos, querido Alekos, podré ver tu rostro: en tus ojos se ocultan dos braseros y en tu pecho, mil corazones martillan tu desesperación…”.

El proyecto de guión de la película Z de Costa-Gravas nunca llega a manos de Mikis: fue retenido en varios puestos de policía, abierto, revisado, llevado a otro lugar, regresado a Atenas. Indignado, el comandante de la policía mandó llamar al abogado de Theodorakis: “¡Pero ésta es la historia de Lambrakis!” Se hicieron de palabras y no llegaron a nada. Entonces Mikis sugirió que se retomaran algunas canciones suyas compuestas entre 1962 y 1966. La gente asociaba “El niño que sonríe” con Lambrakis desde antes de que lo asesinaran. Se convirtió en el tema musical de Z.

Llega exilado a Paris en abril de 1970, mucho contribuyó el movimiento internacional encabezado por Shostakovich, Leonard Bernstein y Arthur Miller. A pesar de la dictadura ha trabajado su música, su poesía. A pesar de la peritonitis y la tuberculosis ha hecho cuanto ha podido por la libertad de su país, por la toma de conciencia del pueblo. Casi un mes después lo alcanza Mirto con Margarita y Yorgos, sus hijos.

Cada uno ha sufrido lo suyo, de ahí la intensidad de Mikis en cada concierto: su apasionada manera de dirigir la orquesta, como si bailara, como si estuviera a punto de alzar el vuelo, mientras tararea, mientras canta, mientras la voz le sale del alma; de ahí también sus análisis políticos, su compromiso a prueba de golpes, de balas, de chismes ponzoñosos. Tantas veces estuvo a punto de morir que ya no le tiene miedo ni a la vida. Y se sabe querido por la gente. ¿Cuántos no lo arriesgaron todo con tal de oírlo, de abrazarlo como aquel sargento ya mayor que tenía que vigilarlo en Zatouna y pidió abandonar el cargo pues había compartido con Mikis una tarde de música y plática y ya no podía más que sentir afecto y admiración por él?

La noticia del golpe militar en Chile y la muerte de Pablo Neruda lo encuentra en México y lo devasta. Se habían conocido dos años antes en Paris y descubierto que los unía la poesía de la música, la música de El canto general, amén del zurdo latir de sus corazones…

Una enorme marcha reunió a los más diversos sectores del pueblo y el gobierno mexicano. Bajo una manta que decía Nueva Canción y Folklore contra el fascismo iban en la descubierta Monsiváis, Gutiérrez Vega, Martínez Verdugo y Villanueva quien reconoció a Mikis ahí, entre la gente, y lo invitó a caminar hombro con hombro con ellos.

En 1974 Mikis Theodorakis regresó triunfalmente a Grecia, pero eso es otra historia…

Beatriz Zalce

Premio Nacional de Periodismo por su labor cultural en Desinformémonos. Catedrática de la Escuela de Periodismo Carlos Septién y de la Facultad de Estudios Superiores de la UNAM.

2 Respuestas a ““Gloria a Gloria””

  1. David Roura

    Excelente publicación que me ha hecho recordar al gran compositor Mikis Theodorakis y me lleva a vibrar las fibras más sensibles. La marcha que Beatriz Zalce menciona en la Ciudad de México sería culminada por el discurso de nuestro querido poeta y maestro Hugo Gutiérrez Vega. La fuerza y vigor de la narrativa del artículo me arrastro desde la rabia hasta las lágrimas, como lo hacía en mi la misma música de Theodorakis

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