DESconstrucciones

Fernando Híjar

Saxo: iconoclasta o sacrosanto

(Cuarta y última parte)

DESconstrucciones (VIII)

Para Gloria Muñoz, Mardonio Carballo, Lydia Cacho y Rafa Ríos

Garbarek y Officium: misticismo, erotismo…

Mucho se ha escrito y dicho de que el sax (sonido y forma) contiene una fuerte carga de sensualidad y erotismo. Cine, literatura y poesía se han encargado de mostrar esta veta del sax, (así como de otros aspectos del referido instrumento) muchas veces cayendo en lugares comunes y torpes. Para el que esto escribe, Ben Webster, es el alquimista de los sonidos más sugerentes que nos invitan al abrazo carnal y a las caricias profundas y estremecedoras. Pero ahora no escribiré sobre su música, me centraré en el saxofonista noruego Jan Garbarek (nacido en 1947) y a uno sólo de sus discos, Officium, que yo sugeriría ponerle el subtítulo: el erotismo como experiencia mística a través del saxofón y voces antiguas. Este material discográfico, lo podríamos relacionar íntimamente al transgresor y “antifilósofo” Georges Bataille (acordémonos del ojo y la parte maldita, para él, los prostíbulos parisinos eran las más genuinas iglesias y todo lo que esto conlleva) y a su obra cumbre El erotismo (1957); a ciertas obras de los surrealistas; a la poesía mística de Santa Teresa y San Juan de la Cruz ; a la literatura de Pierre Klosowssky; puede, de manera tangencial, también asociarse a la narrativa (aunque más explícita y tosca) de Juan García Ponce. Y si escuchamos el sax de Garbarek y miramos La Piedad de Miguel Ángel la experiencia sensorial será completa: tanto madre e hijo se encuentran en estado de gracia divinos, postrados ante el amor llevado al límite, ante la vida y muerte.

Al saxofonista Garbarek se le ha encasillado dentro de la corriente “post-free europea” (tiene maravillosas grabaciones al lado de Keith Jarrett y Ralph Towner), limitando otras vetas de su quehacer sonoro, como la música de cámara, de otras regiones y países, en especial, la India y su gloriosa presencia en la sacra, de la cual Officium (1994) constituye uno de los más célebres álbumes discográficos de los últimos 30 años. En esta joya del catálogo universal conviven, dialogan y se entrelazan las voces del cuarteto británico de música medieval y renacentista: The Hilliard Ensamble, junto con el sax bendecido del noruego. La grabación se realizó (esta acertada decisión propició la excelente calidad acústica) en el monasterio Propstei Saint Gerold en Austria, y las piezas están basadas en obras litúrgicas de los siglos XII al XVI. Por ahí dicen que Officium es “lo que Coltrane, posiblemente, escuchó en el cielo”.

Para el que esto escribe, para llegar a una experiencia mística-erótica (aquí relataría una experiencia al escuchar Officium, en ciertas condiciones, pero caí en cuenta que no es el momento, ni el espacio adecuado para la narración) no hay que buscarla, vendrá en su momento. Pero sí afirmaré que todas y todos debemos tener, cuando menos una vez en la vida, estas revelaciones.

Maroto: el desbordamiento y la improvisación indómita

Si hay un saxofonista en México con un sentido innato de la improvisación, que ha pulido su estilo con la ayuda de un sólido bagaje académico y alejado de cualquier tendencia jazzística (dueño de un habitus musical natural y que define, sin artilugios, su intensa conversación sonora) ése es el maese Diego Maroto (en este tenor se encuentran el moreliano Juan Alzate, el juarense Gerry López y dos que tres más). El talento y la explosividad jazzística brotan desde el inicio hasta la última nota en sus tocadas, su fuerza parece no tener fin, ni principio. Tengo un disco de él, Mundo Paralelo, producido por el mismo Maroto y Agustín Bernal (grabado a finales del 2002, publicado en 2004, que constituye para mí el más representativo de su discografía) con la participación, entre otros, del músico y compositor Eugenio Toussaint. Maroto nació en el exdefe en el emblemático año de 1968. Mi apreciación sobre la música de Maroto proviene, de manera principal, de sus presentaciones en lugares pequeños y cerrados. Hace cerca de cinco años, Mardonio Carballo, me invitó a la presentación de su libro Tlajpiajketl o la canción del maíz en La Casa del Lago “Juan José Arreola”, en Chapultepec, una de las comentaristas fue Lydia Cacho. Al terminar el evento fuimos a celebrar a un barecito de La Roma. Unos momentos después de nuestra llegada, se hicieron presentes Diego Maroto y el guitarrista Pancho Lelo de Larrea y nos ofrecieron un concierto irrepetible, sólo para un puñado de amantes del jazz. Hay ocasiones en que la conexión y sinergia musical es total, Maroto esa noche estaba aliniado y prendido a su sax. Fueron cerca de dos horas de una espléndida improvisación, Lydia y yo nos sentamos juntos, iniciamos una plática sobre el jazz (no iba a cometer la impertinencia de preguntarle lo que todo mundo le pregunta, creo que en el fondo me lo agradeció) pero al poco tiempo ya estábamos hipnotizados por los sonidos saxofianos de Maroto.

Para un público poco conocedor, la improvisación jazzística denota algo inacabado, fácil, informal, poco serio y cualquiera puede realizarla, cuando es todo lo contrario: es la cúspide del talento, la genialidad y la excelsa creación musical. Los verdaderos improvisadores son conocedores del alcance de sus instrumentos (los han explorado de manera minuciosa y compulsiva) conocen la ingeniería y las formas en que se transmite el sonido, es decir, logran ensamblar arte y técnica y de este modo inventan narrativas musicales, construyen conjunciones, álgebras y rascacielos sonoros. La improvisación es el nivel más alto de la libertad ganada a pulso, con un infinito esfuerzo, un incansable trabajo y un entrenamiento auditivo sin paralelo. Es así, que los sonidos escapan a borbotones de lo más profundo o se precipitan como un briosa cascada: es la música que se acumula en el espíritu del jazzista, convirtiéndose en el ejecutor más libre del planeta. El lenguaje de Maroto parte de estructuras originarias y las transforma en atmósferas sonoras propias y complejas (que llevan a los oyentes a otros mundos donde la imaginación vuela sin cesar) sin contenedores que detengan la indómita improvisación, esencia y razón de ser de esta maravillosa música.

Sobre la respuesta al título de estas entregas: el sax es, en definitiva, endemoniadamente santo.

Fernando Híjar Sánchez

Promotor cultural, productor musical e investigador independiente. Uno de sus más sobresalientes fonogramas: Lienzos de viento (músicos zoques y mames en diálogo con Horacio Franco) obtuvo el Premio Patrimonio Musical de México, INAH 2012.

Una Respuesta a “Miles, la improvisación parisina con los ojos bien abiertos”

Dejar una Respuesta

Otras columnas