DESconstrucciones

Fernando Híjar Sánchez

Peteneras

Segunda parte

                     Para Raquel, el linaje sonoro ancestral que corre por sus venas la hace poseedora de la voz más honda del Sotavento veracruzano, en la voz de los ríos, lagunas, manantiales y mares

    DESconstrucciones (XVI)

La fabulosa presencia de la sirena que deviene en personaje sustancial de los sones llamados peteneras se da aquí, en México, aquí nace, en un primer momento en la macro región de las huastecas. En España no existe esta creativa conjunción: Allá devino en una mujer misteriosa (que ha creado toda una narrativa en cuanto a sus orígenes), acá en una criatura sobrenatural (en donde puede ser tratada desde múltiples miradas) con esto se demuestra, una vez más, que la música de la tradición, en su conformación, intervienen una serie de elementos de una gran complejidad y refleja la inmensa riqueza cultural de nuestro país.

Esta transformación musical no surgió por decreto o “generación espontánea “sino que es el resultado de todo un proceso histórico que le otorgó un reconocimiento e identificación comunitaria que hizo posible su permanencia a lo largo del tiempo.

Para el músico e investigador Jesús Antonio Echavarría en su trabajo La petenera: son huasteco (editado por Conaculta, en el año 2000), plantea que en la petenera mexicana la imagen de la sirena es el tema principal de los sones huastecos y no existe evidencia de este hecho sonoro en otras regiones musicales de México, ni de España, por lo tanto se desprende que sirena y petenera tienen el mismo significado. Conforme avancemos en los siguientes segmentos y en la tercera parte de estas entregas obtendremos más luz sobre los planteamientos anteriores.

 Sirenas aladas y atadas

 En las diferentes culturas del mundo, a lo largo de la historia, la presencia de las sirenas forma parte fundamental del imaginario popular (hasta ahora no hemos tocado a las deidades del agua, éstas son beneficiosas, bondadosas y buenas, incluso portadoras de una esencia materna que emanan vida y protección), en la gran mayoría de los casos son dueñas de una asombrosa belleza, sensualidad y abrazador canto, pero también se manifiestan horripilantes, portadoras del caos y la muerte. Casi siempre las concebimos mitad mujer y mitad pez, pero las sirenas originarias eran aladas, con plumas y garras. Los primeros testimonios sobre las sirenas emplumadas del mundo helenístico las relacionan con los difuntos y su tarea consistía en transporta las almas al Hades. En su Metamorfosis, el desterrado Ovidio les preguntaba:

Decidme sirenas…

 ¿Por qué razón tenéis las alas y pies como pájaros?

 En otras culturas, por ejemplo de la India y de otros países de Asia, su otra mitad asemeja a otros animales como la serpiente y el tigre. Pero en todas sus morfologías gozan de un sombrío poder que trastoca el orden y el destino.

Vayamos a su etimología, por lo regular se acepta que sirena proviene de las raíces grecolatinas seirá o seirén y significa amarre, cuerda, atadura o cadena. Algunos especialistas se remiten a las lenguas semíticas (sir: canto) o a lejanos idiomas del Mediterráneo. Las sirenas aladas estaban atadas a rocas (escollos) difícil de divisar y constituían un grave peligro para las embarcaciones, desde ahí llamaban con su canto a los navegantes para que sus barcos encallaran y de este modo pasaban a devorarlos.

No fue sino hasta el medioevo que la sirena se configuró en definitiva como una criatura mitad mujer y mitad pez (la iglesia y su inalterable patriarcado tuvo que ver en esto: retomó la imagen de la sirena para “inventar” un “nuevo mal intrínseco” en la mujer y someterla a sus designios) y a partir de entonces así las imaginamos en la actualidad (en occidente a menudo se representa a las sirenas provistas de algún instrumento, como la lira, la viola y la flauta que representan, en este orden, la lujuria, el engaño y la vanidad) pero ésta es otra historia que no nos detendremos en la presente colaboración. Toda esta serie de elementos (sumados a los desarrollados en la DESconstrucción anterior) se mezclaron, fusionaron o integraron (los antropólogos lo llamarían sincretismo cultural, concepto desgastado que produce más dudas que certezas; habría que pensar en edificar una conceptología, es decir, replantearse y revalorar toda una serie de conceptos que perdieron toda significación y comenzar a elaborar, ciertas disciplinas y sectores ya lo han iniciado, un discurso antropológico renovador, fresco y certero, alejado del academicismo asfixiante. Resulta preocupante que varios conceptos en los últimos 20 años como patrimonio, diversidad e interculturalidad, entre otros, al ser utilizados de manera indiscriminada y fuera de contexto por políticos cínicos y oportunistas, ciertos funcionarios “culturales” y algunos “especialistas en la materia”, hayan perdido toda razón de ser) a las visiones o nociones sobre el mundo de los pueblos originarios durante los años y los siglos posteriores a la invasión de los europeos.

  Por último, no hay que confundir a las sirenas con las nereidas (hijas de los dioses del mar, acompañantes del nacimiento de Venus, representan las fuerzas de la naturaleza y eran eficaces socorristas de los navegantes) o con las ninfas (defensoras de bosques, ríos y mares, con sus amables dones curaban animales y plantas. Seres divinos portadoras de gran inteligencia y sensualidad, esto último las llevaba a ser acosadas por faunos y seres lujuriosos).

El antes y el después…

No queda del todo claro, si antes del “contacto de dos mundos”, haya existido en nuestras tierras la imagen, idea o representación de la sirena, mitad mujer y mitad pez. Podemos encontrar cuentos, leyendas y mitos que nos narran contenidos en este sentido, pero su origen no es preciso y se pierden en los laberintos del tiempo. Lo que sí es claro, todas las referencias que podamos encontrar están, de manera contundente, influidas por las concepciones precolombinas que los antiguos mexicanos tenían sobre la vida y la muerte, el sol y la luna, el día y la noche, lo masculino y femenino, el mar y la tierra, la luz y la sombra, el bien y el mal, el agua y el fuego, es decir, sobre la dualidad que conforma el complejo pensamiento de las culturas de Mesoamérica. Para Ofelia Márquez Huitzil en su libro Iconografía de la sirena en México (editado por la Dirección General de Culturas Populares en 1991, por cierto, la imagen que da inicio a la presente DESconstrucción es una máscara guerrerense y forma parte del trabajo referido) nos dice, basada en una antigua narración totonaca, que “la sirena abandona el mar para irse a meter a los pozos de los pueblos y haciendo girar su cola, inunda al mundo”; también retoma planteamientos de Erick Thomson, tomando como base iconografías del Códice Maya Chortí de Guatemala, donde la diosa Chicchan tiene elementos  parecidos que esbozan una sirena. Escabullirnos entre el antes y después nos puede abrir varias ventanas para una mayor compresión del tema que nos mueve, sin embargo, por razones de espacio, me centro en una selección y resumen de los ejemplos y algunos puntos de vista que nos ofrece la autora:

La sirena de los tepehuas es la Reina del Agua, o la Muchacha del agua que rejuvenece, que revitaliza. Le dicen Serena, por la imagen de serenidad que tienen las aguas de los lagos o de los pozos, centros del universo. Por su poder, junto al de San Juan o Sinán, santo de las lluvias, forma con él una dualidad, principio femenino y masculino de la vida.

En el libro Mexican mask, Cordry, habla de haber descubierto entre los huicholes de Nayarit, en 1938, un lago en las montañas, en donde la deidad de las aguas está descrita como mitad mujer y mitad cola de pescado.

Los ojos de la sirena que representan, en Tototzintla, Guerrero, características universales, partiendo de una simbología del color, pues en ocasiones son azules o verde-cerúleo, tal vez, para enfatizar así su conexión con el agua. La necesidad de representar los ojos de color azul o de color de agua, siempre existió en México con el objeto de propiciar la lluvia mágicamente.

En la Sierra Norte de Puebla, en San Pablito Pahuatlán, donde se practica el culto de ofrendar a los dioses recortes de figuras hechas con papel de amate vemos a la sirena como deidad mala, la ‘sirena mala’, que origina enfermedades.

La sirena es un ser dual, pero también lo es en relación a los fenómenos de la naturaleza. Sus ‘nahuales’ pueden ser positivos o negativos, son ‘su otra naturaleza’. En caso de ser positivos la sirena actúa como ‘la madre del agua buena’.

El cocodrilo, depredador del río, puede encarnar esas fuerzas negativas, (como en la danza de Los pescados de Guerrero o La danza de la sirenita) aparece luchando contra la sirena, pues en este caso, ella es la personificación de las fuerzas positivas. El tema es la captura o muerte del cocodrilo. La sirenita se representa aquí por un hombre vestido de mujer, que porta una máscara de riesgos finos, de ojos azules.

Las máscaras que representan a las sirenas y que se elaboran en Guerrero, son muy interesantes, en una representación de sirena vemos a ésta sonriendo, con la cabeza cubierta por su oscura cola de pescado, como si fuera su cabello.

La sirena como deidad bondadosa, aparece bajo muchas formas, y como ninfa o muchacha joven, personificación de los lagos, ríos o manantiales sale de las aguas para convivir con los seres humanos. Con base en un cuento chinanteco, la joven de las aguas con poderes mágicos guarda un secreto o tabú qué contiene dichos poderes y que al ser descubierta los pierde de manera definitiva y entonces no puede vivir más entre los humanos y tiene que regresar al río. La sirena es en este relato, la madre de la vida en el agua y los niños son los peces del río, los trocitos de la piel que deja caer en el petate al bailar no son otros que sus escamas los que al secarse se transforman mágicamente en monedas de plata.

Para Ofelia Márquez las leyendas que presenta en su discurso tienen “una fuerte influencia prehispánica en su concepción, lo que a su vez tiene muchos elementos de carácter simbólico universales en la Sierra poblana y en la Cuenca del Balsas”. Es así que estas manifestaciones culturales “repercuten en otras partes de la sierra y de las costas tanto del Atlántico como del Pacifico”.

En lo referente a la música, la autora la trata de manera tangencial ya que no es el objetivo de su trabajo, plantea que la sirena esta presente en los sones huastecos, peteneras y huapangos, estos tienen másinfluencia española, matizada en la Costa veracruzana, con un sentido de alegría” y a la vez de melancolía.

Leamos y cantemos (solamente escogí unas cuantas coplas, en la siguiente entrega retomaremos parte del nutrido repertorio letrístico que existe) una de las peteneras más conocidas, tal vez, con las ideas que hemos expuesto la “veamos con otros ojos”:

         En el alcázar cantaba

        una niña encantadora

        y el verso que encadenaba

        y decía con voz sonora

        yo soy la Diosa del Agua

        la sirena se embarcó

        en un buque de madera

         Como el viento le faltó

         no pudo salir a tierra

         y a medio mar se quedó

         cantando la petenera…

         La petenera señores

         no hay quien la pueda   

         cantar

         sólo los marineritos

         que navegan en la mar

         han oído a la sirena

         la petenera cantar

Como siempre me he extendido y esta temática tendrá una tercera parte en la cual, ahora sí, nos sumergiremos en las formulaciones de las investigadoras Lénica Reyes y Gloria Juárez y en otros menesteres.

Fernando Híjar Sánchez

Promotor cultural, productor musical e investigador independiente. Uno de sus más sobresalientes fonogramas: Lienzos de viento (músicos zoques y mames en diálogo con Horacio Franco) obtuvo el Premio Patrimonio Musical de México, INAH 2012.

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