DESconstrucciones

Fernando Híjar

Saxo: iconoclasta o sacrosanto

(Tercera parte)

DESconstrucciones (VIII)

Para Antonio Malacara, Germán Palomares Oviedo, Xavier Quirarte, Sergio Monsalvo y todas y todos los que difunden el jazz…

Coltrane: El santo patrono

A través de la historia del jazz un  racimo de músicos y cantantes  consagrados sucumbieron al estrago y adicción a las drogas, en especial a la heroína: Charlie Parker, Billie Holiday, Bill Evans, Miles Davis, Chet Baker, Art Blakey, Sonny Rollins, Freddy Webster, entre otros y sin referirnos a los cientos, tal vez, miles de jazzistas anónimos. Algunos se despidieron para siempre, otros lograron superar su dependencia, otros tantos recayeron, pocos la sobrellevaron y siguieron con su carrera jazzística sin menoscabo de su creatividad (aquí habría que remitirse a Louis Armstrong al romper la regla inamovible:  durante toda su vida convivió con “drogas suaves”, como la mariguana, y esa fue su fórmula para  mantenerse “tranquilo”, cool, fuera de conflictos de toda índole, sin caer en el destructivo “pinchazo”); pero sólo uno logró, por medio de una reconversión musical liberadora, la redención espiritual después de una caída a lo más profundo del abismo, al grado que miles de sus fieles seguidores concibieron toda una liturgia y edificaron un templo en el que se le ha rendido culto, a lo largo de cerca de 60 años, en donde alaban su figura y a su sacrosanto saxofón, me refiero a John Coltrane.

   En el antiguo barrio conocido como “el harlem del oeste”, en La Ciudad de San Francisco, nombrado así porque ahí vivía una extensa y poderosa comunidad afroamericana que concentraba ciertos espacios (bares, clubes y calles) para escuchar y ver a los músicos de jazz desde los años treinta. En la actualidad ya no existe lo que fue una intensa y pujante vida nocturna y artística, su población y sus lugares para el divertimento jazzero han sido desplazados por un proceso de urbanización y gentrificación despiadada y clasista. Pues en este lugar emblemático en la calle de Fillmore y sus alrededores (centro y lugar de contacto y encadenamiento de esta comunidad en la Costa Oeste de Estados Unidos, algunos le llamaban la Meca del jazz del otro océano) Franzo y Marina King escucharon, en un club nocturno por primera vez en vivo, en 1965, a John Coltrane. Algunas fuentes plantean que fue en ese mismo año, pero en El Festival de Jazz de Workshop, donde el que sería conocido como el Obispo King se sintió tocado espiritualmente por los sonidos que emanaban de su sax y decidió junto con su esposa, la futura Reverenda Madre Marina, fundar, seis años después, La Iglesia Ortodoxa Africana de San John Coltrane, cuya misión consistiría en rendirle culto y construir puentes, enlaces de la música divina Coltreneana con el creador del universo y de este modo purificar las almas de sus seguidores y de todo aquel o aquella que lo necesitara. Con el paso del tiempo el templo ha cambiado de lugar y de nombre (de hecho en un primer momento este espacio era conocido como Yardbird, es decir, estaba dedicado al sumo maestro Charlie Parker), en 1981, la congregación se fusionó con una corriente confesional episcopal africana y como primer acto de reconocimiento al músico  (nacido en Carolina del Norte, en 1926 y fallecido en Nueva York, en 1967) canonizó de manera oficial al iluminado Coltrane.

   El punto de partida de esta inaudita revelación es el disco A love supreme que constituye un verdadero acto de fe del saxofonista al rendirle un amor desmesurado al ser supremo. Este álbum constituye una entrada a otro universo sonoro bañado por un cambio radical en su concepción de la vida y la música. Después de una recaída casi fatal por las drogas y el alcohol, Coltrane, se sumerge en un misticismo y en un estudio a fondo de las religiones. Todo esto se ve reflejado en su música que la usa como un vehículo para acercarse a Dios. Pero este renacer religioso, este despertar espiritual, no tenía que ver con una religión o creencia en particular, su visión era universal, era un llamado, una plegaria, a la energía cósmica engendradora de vida y Coltrane le otorgaba a todas las formas de concebir a Dios la misma importancia y trascendencia. En realidad fueron sus seguidores los que lo adscribieron en el cristianismo, en palabras de King: “evocaremos al espíritu santo por medio de su sonido”, para llevar adelante una “misión evangelizadora”.

   El saxofonista al morir contaba con tan sólo 40 años de edad, sin embargo su discografía es una de las más vastas y variadas en la historia del jazz. Alrededor de 100 álbumes propios; 19 con el grupo de Miles Davis (considerado el más importante en toda la historia del jazz y con el cual participó, de manera decisiva, en la grabación de Kind of Blue que removió todo lo que se conocía hasta entonces y marcó los caminos del jazz); 6 con el fabuloso Thelonious Monk y más de 50 con otros artistas como Duke Ellington, Cecil Taylor o Sonny Clark.

   De ese casi un centenar de fonogramas, sería harto difícil escoger los 5 o 10 títulos fundamentales de Coltrane, pero sin lugar a dudas estarían los siguientes: Blue Train (1957), Stardust (1958), Giant Steps (1959), My Favorite Things (1960), Africa (1961), Afro Blue (1963), A Love Supreme (1964) y Ascension (1965). En la actualidad la presencia de A Love Supreme en la escena musical mundial y desde el punto de vista de la historia, antropología y sociología de la música resulta a todas luces única e inusitada; las herramientas de la etnomusicología y musicología convencionales no dan para entender y explicar estos sucesos que describimos. En los últimos tiempos, tanto en Europa como en Estados Unidos, aparecen cada semana uno o dos artículos periodísticos (crónicas, ensayos, entrevistas…) programas de radio y televisión en relación a Coltrane y su música. En lo tocante a la religión en nuestras días se mantiene vivo el culto al saxofonista, cada domingo una banda de jazz, con el sax como líder, desarrollan sesiones de improvisación que duran hasta cinco horas en donde se intercalan con sermones, prédicas y se lleva a cabo la litúrgica establecida. El primer domingo de cada mes deviene una “iluminación espiritual por medio de la meditación” con “vívidos” testimonios de los miembros de la congregación sobre el cambio profundo que provoca en sus existencias el legado del Santo Patrono y, en especial, las “enseñanzas” del álbum sagrado A Love Supreme. Ahora el espacio donde se efectúan los ritos se llama así: La Iglesia de San Juan Will-I-am Coltrane.

  Hace unos meses se dio a conocer una grabación, que se presumía de su existencia, de John Coltrane  que algunos han comparado con el Santo Grial  (se trata de una sesión efectuada en un club de jazz, 10 meses después de la grabación en estudio, y dura alrededor de 40 minutos, unos minutos más que la original), se conoce como A Love Supreme Live in Seattle. Esta ha causado un revuelo insólito y puesto de nuevo a  John Coltrane en la cúspide del jazz moderno, el mismo Bradford Marsalis la ha elogiado y tratado de descifrar, así como muchos otros críticos y músicos. La aparición de esta cinta ha propiciado que la grabación de estudio sea de nuevo revalorada y ubicada al mismo tamaño de Kind of Blue de Miles (yo la pondría incluso a varios niveles, consiente de lo que esto significa, por arriba de esta) y ha puesto de nuevo en la palestra del análisis y discusión conceptos y temas como el free jazz (no podemos desligar el surgimiento de jazz libre de los movimientos libertarios y de los derechos civiles de los afroamericanos, es decir, del contexto político), el anti jazz, las características del jazz moderno, las raíces africanas, las transiciones de géneros sonoros, lo que se concibe como “clásico” y “tradicional”, las cuestiones sobre derechos de autor, las formas de creación musicales, la esencia del jazz, es decir la improvisación, y otros tópicos alrededor de lo que se conoce como jazz, incluso también se cuestiona la denominación (para muchos este nombre lo acuñáronlos occidentales y no abarca en toda su extensión y magnitud esta expresión musical  planetaria; es conocido lo dicho por Nina Simone, de que el jazz “es una palabra inventada por los blancos, para nombrar la música de los negros. Yo hago música clásica negra”. En lo personal me gusta el concepto jazz, ¡si es todo un concepto que va más allá de lo musical!, desde los sesenta lo asocio con Jazmín, una bella vecina que emanaba un olor especial y que hasta la fecha la recuerdo, sobre todo, cuando juntos desde la azotea de mi casa veíamos el atardecer, la capital en esa época seguía siendo la región más transparente, y su larga cabellera rebelde alborotada por el viento cubría mi rostro, yo la llamaba jazz; hace unos meses Juan Arturo Brenan, en uno de sus artículos en La Jornada, refiriéndose a una publicación planteaba que jazz venía de jazmín, una más de las “teorías” sobre su origen) todo esto ha favorecido la creación de nuevas formas de abordar culturalmente, con “otras herramientas metodológicas”, este verdadero Hecho Sonoro. Para las personas que desean conocer más la obra del saxofonista,existen dos documentales esenciales: Chansing Trane: The John Coltrane Documentary (2016) con la voz narrativa de Denzel Washington y The Church of Saint Coltrane (1996).

Mis cosas favoritas, La Brigada Blanca, la AAA y arte callejero correcto…

A principios de los setenta, Graciela, me regaló My favorite things  mi primer LP de John Coltrane (el cual significó un verdadero descubrimiento y  marcó para siempre mi pasión por el jazz y en especial por el sax; lo escuché innumerables veces y lo sigo poniendo en un tocadiscos cada vez que puedo) y que me retrotrae a toda una época de los movimientos sociales de México.

   Ella vivía en la Cerrada de Comercio y Administración, en Copilco, una barda separaba la UNAM de su casa. La conocí en La Escuela de Psicología, era una dirigente estudiantil reconocida, destacada oradora e impecable estudiante sus intervenciones en las asambleas y reuniones, eran de las más coherentes y centradas, sobre la coyuntura política del país; en suma, una mujer muy preparada que no se identificaba con una parte significativa de dirigentes, militantes y activistas post68, en donde la discusión giraba en “la premura a toda costa de hacer la revolución” (esta posición más que nada ideológica, impregnaba a la mayoría de las corrientes marxistas, y desmesurada traería fuertes descalabros, errores y retrocesos en el avance de los movimientos de izquierda de aquella época) y los mutilaba para un análisis frío y realista del momento que se estaba viviendo, al extremo de estas posiciones se encontraban los ultras que se inclinaba por la lucha armada. Dos meses después de aquel regalo discográfico al llegar a la Universidad, una fría mañana de invierno, me entero que Graciela estaba desaparecida, ese mismo día, en la noche, se confirmaba que estaba presa por órdenes del que comandaría, dos años después, la despiadada Brigada Blanca  (grupo paramilitar, exterminador e ilegítimo, una de las principales instancias responsables de la guerra sucia o de “baja intensidad” en México). Esta organización fue creada por órdenes del presidente “tercermundista” Luis Echeverría (acuérdense de la Universidad del Tercer Mundo y el cinismo de los intelectuales y académicos que trabajaron en ella, tanto nacionales como de otros países, en especial del cono sur, que avalaron y aceptaron encubrir a un genocida) que aún vive y debe afrontar a los miles de asesinatos que pesan sobre su persona y que lo seguirán más allá de su muerte. La brigada blanca tuvo su origen en la policía política, que era en realidad La Agencia de Inteligencia de la Dirección General de Seguridad, que dependía de la Secretaría de Gobernación, que operó de 1976 a 1982, hermana gemela de la Alianza Anticomunista Argentina, mejor conocida como la Triple AAA (que dirigía el ultra derechista José López Rega apodado “el Brujo” y que ejercía un dominio rasputeriano sobre Isabel Perón) que llevaba a cabo asesinatos, secuestros, desapariciones, extorsiones y torturas, lo mismo que hacían las Brigadas Blancas y los Escuadrones de la Muerte en Latinoamérica. Seamos claros, este terrorismo de Estado justificaba sus arbitrariedades con el pretexto de la lucha contra la guerrilla (en especial contra La Liga 23 de septiembre pero también contra otros grupos armados)  pero su principal objetivo, su acción, era hacia dirigentes, militantes de base, activistas y simpatizantes de movimientos abiertos y para nada clandestinos que luchaban por la democracia y las libertades políticas. Aquí habría que hacer una reflexión: a estos grupos represores les caía como anillo al dedo la lucha contra la guerrilla urbana (ya he dicho en otras entregas que la guerrilla rural de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez Rojas obedecían a otras causas y por lo tanto requiere un tratamiento diferente) y si no hubiese existido esta, de seguro hubieran inventado otra razón para golpear al creciente e importante avance, a lo largo y ancho del territorio nacional, de los movimientos obreros, campesinos, populares y estudiantiles que el Estado ubicaba como a sus verdaderos enemigos. Los integrantes que conformarían a los movimientos guerrilleros fueron incapaces de realizar un análisis social y político de aquella época y tomaron las armas sin pensar en las consecuencias de esta errónea decisión; cegados por un guevarismo patológico, una transpolación aberrante de las experiencias revolucionarias de otros países, una limitada, parcial y sesgada lectura del marxismo y de una visión política simplista y reduccionista de que la única vía para tomar el poder era por medio de las armas causaron un grave daño a la izquierda, para colmo carecían del más mínimo apoyo de otras corrientes o de agrupaciones políticas, y mucho menos de la sociedad en su conjunto. La idealización chafa y trasnochada de estos grupúsculos voluntaristas por parte de escritores como Carlos Montemayor y de algunos historiadores “del momento” que la ven desde la perspectiva de un “romanticismo revolucionario” para nada contribuyen al cabal entendimiento del papel que jugó la lucha violenta en aquel momento político tan importante y trascendente en la historia de los movimientos sociales de nuestro país. Hace unos días se acaba de constituir una instancia para juzgar los crímenes de la guerra sucia, una Comisión de la Verdad, esperemos que sea viable y cumpla con sus principales objetivos: “acceso a la verdad, esclarecimiento histórico y el impulso a la justicia de las violaciones graves a los derechos humanos cometidas de 1965 a 1990”.

   Gracias a la movilización de los estudiantes de psicología y del apoyo  de las autoridades académicas, Graciela, salió ilesa unos días después. En el momento de ser detenida estaba en proceso su tesis sobre el movimiento de los  electricistas y el papel del carismático y ejemplar dirigente Rafael Galván, por cierto, esta fue la primera tesis en tratar estos aspectos desde la mirada de la psicología social. Pues si, hasta donde nos lleva Mis cosas favoritas… Hace unas semanas apareció en la calle de Orizaba, en La Colonia Roma, justo enfrente de la Plaza Luis Cabrera, una pintura, sin firma, de un saxofonista realizada con aerosol (los conocedores le llaman aerosolografía o arte de pintar con este material) sobre una base de triplay, me gustó, la fotografié y la tomé para ilustrar la presente entrega. Esta expresión de arte urbano, callejero o efímero, como usted quiera llamarlo, va tomando cada vez más presencia en los espacios urbanos, lejos está del rebelde grafiti que se caracteriza por no respetar normas, por sus códigos ocultos y porque invariablemente estaba firmado; una “etiqueta”, un alias, un apodo o un acrónimo: los famosos tags que sellaba un grafiti. Ahora el arte callejero políticamente correcto, que pide permiso o autorización, va desplazando al sigiloso y maleducado grafiti.

Fernando Híjar Sánchez

Promotor cultural, productor musical e investigador independiente. Uno de sus más sobresalientes fonogramas: Lienzos de viento (músicos zoques y mames en diálogo con Horacio Franco) obtuvo el Premio Patrimonio Musical de México, INAH 2012.

2 Respuestas a “Amparo Vida…”

  1. Luis Manuel Velasco Argudín

    Sencillamente delicioso, lleno de pasión por el recuerdo aún vigente en el presente tormentoso que vivimos.
    Gracias Fernando por llevarme con tu pluma hasta aquella bella ciudad que fue cuna de nuestra juventud.

Dejar una Respuesta

Otras columnas