Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

Rina Lazo y Arturo García García Bustos (Amor congruente) II y última parte

Los pintores y muralistas Rina Lazo y Arturo García Bustos coinciden en lo artístico, en lo ideológico, en lo amoroso. No se puede hablar de ella sin hablar de él y viceversa. No se sabe dónde empieza uno y donde termina el otro. No son almas gemelas. Es una sola su alma latiendo en dos cuerpos.

La Casa Colorada, la Casa de la Malinche, donde habitan los “Rinos” en el barrio de La Conchita, en Coyoacán, está en obra. La impermeabilización del techo de la estancia llevó a tapar los muebles, a embalar los cuadros. La presente entrevista se da en el estudio que comparten y donde Rina Lazo está pintando un mural sobre el inframundo de los mayas de Guatemala, su tierra, su patria, ese pedazo de paraíso e infierno que alguna vez formó parte de México.

De sus oídos penden largos aretes de filigrana oaxaqueña. Un chachal adorna su pecho: collar típicamente guatemalteco que parece su fiel retrato: dos corazones unidos que bien pueden representar sus dos amores: Bustos, como le dice al Maestro, y la pintura. O quizás sus dos patrias: Guatemala y México. Abre los corazones del chachal como lo hace con el suyo y le pide a Bustos qué le haga unos retratos diminutos de sus nietos.

Para Rina Lazo, quien se ha dedicado a estudiar su propia cultura, los mayas llegaron a una cumbre: el conocimiento del “cero” les permitió tener un calendario más perfecto que el europeo, construían edificios para que los astrónomos contemplaran las estrellas. La astronomía y las matemáticas son una de las tantas pasiones de la Maestra.

-Mi mamá aprendió a hablar primero en alemán, su lengua materna, luego en quechí, porque es muy gutural, y después en español. De niña me llevó a una cueva, La Candelaria. No se me olvida: Entramos por un río y paseamos por esa cueva.

Desde hace unos años Rina Lazo empezó a trabajar un mural sobre el inframundo de los mayas guatemaltecos. Ocupa toda una pared del amplio estudio. Para acceder fácilmente a las parte más altas mandó hacer una escalera-andamio con el herrero. Al pie del mural casi hay una ofrenda: estatuillas, collares, ídolos de barro. Lazo trabaja sobre todo en las noches, cuando el trajín de la casa le da un respiro.

-Un día vino una amiga guatemalteca con un señor holandés que llevaba 20 años buscando la entrada al inframundo de los mayas de Guatemala. Al año, me llamó el señor y me dijo: “Ya encontré la entrada al inframundo de los mayas en Guatemala. ¡Es la cueva de La Candelaria! –el maestro García Bustos sigue la conversación, atento, silencioso, pendiente de cada una de las palabras de Rina, su mujer, su musa.

-Me dio tanta emoción que decidimos ir a La Candelaria hace año y medio. Aquello que vi de niña me está inspirando para pintar. La cueva, las grutas, todo lo visitamos con mucho cuidado aunque nos cansábamos porque ya no estamos acostumbrados a hacer excursiones, pero valió la pena. Se une todo lo que ha uno vivido, lo que ha uno visto en tan larga vida como la nuestra. Se repite, se sigue gustando de todo eso y, para mí, el hecho de haber ido después a Bonampak, a una zona maya aquí en México, me completa el círculo de lo que yo había conocido en Guatemala.

En 1948 ya estaban pintando juntos un mural, en Temixco, Morelos. El Partido Comunista tenía compromiso de construir una escuela o de hacer una decoración para una escuela y buscaba quién lo hiciera. Ellos eran pintores jóvenes, felices que les dieran una tarea cómo ésa: pintar una escuela por casa y comida.

-Por cierto la casa era un lugar muy sencillo –dice Rina mientras la risa de Bustos confirma sus palabras.

-Muy humilde –confirma él y agrega- y la comida muy escasa y así fuimos y estuvimos felices de trabajar. A la mesera del “restorán”, le llamábamos Doña Disculpas porque decía: Disculpen, señores, ora no hay huevos, ora no hay esto, ora no hay lo otro.

Y mientras él pintaba un mercado prehispánico, ella hacía un retrato de Emiliano Zapata.

-Fue algo muy bonito. Lo malo es que, muchos años después, cuando regresamos, habían contratado restaurador. En vez de restaurar pintó encima y firmó los murales –el maestro ríe, se ríe del acto de censura, pero se pone muy serio cuando recuerda otro episodio: Fue en la Sociedad Cooperativa Ejidal de Atencingo, Puebla. -Los campesinos nos invitaron a ir a pintar. Pusimos paneles transportables para asegurar la buena función. Trabajamos ahí unos meses. El gobernador del estado de Puebla era hermano del presidente Ávila Camacho. Una ficha tremenda. Estábamos pintando la explotación que sufrían los campesinos y el trabajo rudo de la caña de azúcar. Nos informaron que unos pistoleros perseguían al líder de los campesinos. Yo pinté una figura y los pistoleros. Fue un escándalo. Llegaron las gentes del ejército, ni siquiera de la policía.

La Maestra Rina continúa el relato: “En el día pintábamos y en las noches que estaban desocupados los campesinos nos reuníamos con ellos para saber de su vida y entonces eso era lo que íbamos pintando, lo que ellos nos platicaban. Nos hablaron del asesinato de un líder campesino que pedía unas prestaciones. Arturo pintó eso y llegó el ejército a amenazarnos, a decirnos: “Se van o les va a ir mal”. Nos tuvimos que regresar porque con el ejército no se discute. Supimos que ellos quitaron y destruyeron la obra. Pero con la suerte que había pasado por ahí Héctor García, el fotógrafo, y había fotografiado los murales, por eso existe un recuerdo porque si no todo se habría perdido.

El matrimonio García Bustos-Lazo que se había conocido en México pues él era discípulo de Frida Kahlo y ella, ayudanta de Diego Rivera, se trasladó a Guatemala en 1954, en la época de Jacobo Arbenz. A García Bustos lo invitó Luis Cardoza y Aragón a formar el taller de grabado de la Casa de Cultura de Guatemala Democrática. Lazo pintó su primer mural al fresco que se conserva en el Museo de la Universidad de San Carlos en Guatemala.

-Estábamos siempre en la Casa de Cultura porque ahí era donde teníamos el trabajo. Un día pasamos por una de las habitaciones y vimos a un joven al que le habían prestado un cuarto para que durmiera. Nadie lo conocía, no se sabía a qué iba. No lo atendieron como personaje: le dieron un cuarto con un petate y ahí estaba. Era argentino y se llamaba Ernesto Guevara –ríe la Maestra, ríe el Maestro, ríen ambos.

“Hace tiempo encontré una libreta antigua de Arturo, una chiquita, y ahí estaba la dirección del Che en México. Ya lo conocí como el gran Che Guevara, que había luchado en el Granma, en la Sierra Maestra, en Cuba. Fui a un congreso representando la Unión Democrática de Mujeres Mexicanas. Era poco antes de que se fuera a Bolivia. Nos dijo: ‘Sólo hay un camino: la guerrilla’. Así es mi experiencia de haber conocido a ese hombre tan famoso, tan querido y tan admirado.”

Hoy por hoy la Maestra Rina no esconde su preocupación: “He notado a Arturo muy triste. Siempre oye las noticias y las noticias de México son para entristecernos. Realmente no vemos un futuro positivo. Se trata de apagar el nacionalismo, de quitarle la importancia a todo lo mexicano y todo eso lo va entristeciendo a uno porque es lo que nos ha dado la grandeza y el orgullo de ser mexicanos”. ** ** **

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