Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

René Villanueva, eterna e infinitamente

“Hoy entré al universo de René Villanueva” -escribí en mi diario, en mi cuaderno de anotar la vida, el jueves 22 de diciembre de 1988. Sin embargo, nos habíamos conocido antes, el 26 de agosto, en una conferencia organizada por René sobre la prensa y el movimiento estudiantil de 1968 en la que participaban también Elena Poniatowska, Luis Suárez y Froylán López Narváez. Ella nos presentó. René me miró. Me sonrojé. Sabía muy poco de él: integrante de Los Folkloristas desde siempre… tomaba la palabra en los maratónicos conciertos en solidaridad con la Revolución Sandinista, con los damnificados de los terremotos de 1985… escribía sobre Folklor y Nueva Canción para la revista Artes donde los dos colaborábamos: él como “especialista en música” y yo haciendo mis pininos, los primeros. 

Coincidimos en la Marcha del 2 de octubre. René iba en la descubierta, al lado de Óscar Menéndez, cerca de Raúl Álvarez Garín y Heberto Castillo. Lo saludé, me sonrío, le tomé varias fotos.

Unas semanas después le pedí un artículo sobre “La música y el 68” para Artes. Como René no tenía quien le pasara a máquina su texto, llegué a su casa con mi máquina de escribir, unas hojas blancas, papel carbón, corrector Korex y mucha curiosidad, muchísima, muchisísima. Había leído en la Revista Zurda A 20 años del ’68 su crónica «Memoria para amanecer«. Quería que me platicara más sobre José Revueltas a quien tuvo escondido en su casa varias semanas, al que veía tomar litros y más litros de café, fumar como chacuaco, escribir con pluma fuente sus reflexiones sobre el movimiento; Revueltas no dormía, pero para descansar le pedía a René que tocara la quena, le gustaba una chaya del norte de Argentina: “Yo no sé cómo ni cuándo/ vendrá la muerte por mí, aay/ pobrecita aay mi fortuna/ que venga cuando ella quiera/ Yo estoy dispuesto a morir, ay”. Quería saber más sobre la bailarina Rosa Bracho, su esposa entonces. Ella había iniciado el canto del Himno Nacional cuando los soldados los tenían tirados en la Explanada de Rectoría durante la toma de C. U. El que René hubiera estado preso en Lecumberri me llenaba de dolida admiración. Recuperada la libertad tanto Rosa como René se comprometieron aún más con el movimiento estudiantil. Ella caminó cerca de Juan Rulfo y Luis Tomás Cabeza de Vaca en la Marcha del Silencio mientras René tomaba decenas de fotos que ahora son documentos históricos. Pudieron escapar de la Plaza de las Tres Culturas a tiempo, pero algo le quedó claro a Rosa: no quería ser la esposa de un preso político.

Sus caminos terminaron separándose. Ella se incorporó al Ballet Nacional de Chile, trabajó con Joan Jara, la esposa de Víctor, y fue el puente entre el cantautor y Los Folkloristas.

René abandonó su trabajo como ingeniero químico, dejó de pintar por más de una década. Se dedicó por entero a Los Folkloristas, a hacer grabaciones de campo a lo largo y ancho del país y del continente, a darle vida a la Peña de Los Folkloristas en donde se presentaron Chabuca Granda, Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, los chilenos Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún; Don Arturo Aguirre, Ernesto Cavour, Daniel Viglietti, Silvio, Pablo… Tantos que ahora son leyenda. Óscar Chávez, Amparo Ochoa, Tehua, Gabino Palomares, Chava Flores…  (de todos René me iría contando). Produjo el programa radiofónico Letra y Música en América Latina que se transmitió por Radio Unam, por Radio Educación y, posteriormente, a través del IMER.

Quería yo saber de su faceta como pintor, para mí totalmente desconocida. En su estancia había un cuadro suyo, fechado en 1969: Llanto de Octubre. Un hombre tan huesudo que el aire se le mete por entre las costillas, solloza sentado, con la cara escondida entre las manos. Por primera vez le escuché lo que muchos creían una broma de René: “Soy analfamúsico. Toco de oído, no sé leer por nota. En cambio, pintura sí estudié”. Y me contó de sus maestros, de Raúl Anguiano quien lo encaminó a la música; de Santos Balmori con quien se reunía frecuentemente a cenar. Me habló del crítico de arte Justino Fernández con quien compartía la admiración por José Clemente Orozco y quien le elogió una serie de dibujos de clara influencia orozquiana Las Fuerzas Brutas. Tiempo después, mi padre haría lo mismo: elogiaría Las Fuerzas Brutas y animaría a René a tomar las gubias y hacer grabado. René fue alumno de Adolfo Sánchez Vázquez, asistió a la gestación de Las ideas estéticas de Marx. “A Don Adolfo y a este libro le debes lo mejor de mí” me escribiría tiempo después.

Un rincón de la sala me cautivó: un tambor guatemalteco haciendo las veces de mesa. Sobre él, una canasta con caracolas, una lámpara, un florero vietnamita. Vietnam, tan importante en la vida de René, tan importante en la historia de la dignidad de los pueblos dignos, tan presente en su pintura, en su manera de pensar y actuar. Empecé a asociar la barba de René con la de Ho Chi Min, el tío Ho… Y sobre el tambor, por encima del florero vietnamita y la lámpara hecha por René, está colgado en la pared el más hermoso huipil guatemalteco que he visto en mi vida: tejidos los azules y los verdes, entreverados como se entreveran el amor y la vida, con paciencia, con luz, tejiendo una historia.

René me invitó a cenar a casa de la Pretty (Rosalinda Reynoso) una de las Folkloristas. Hacía frío y me prestó un chal. Al día siguiente fui a devolvérselo. Nos quedamos platicando horas. René me invitó a cenar, me volvió a prestar el chal. Así pasamos el invierno. Para la primavera ya no recurríamos al chal alcahuete para vernos. Me supe parte del universo de René cuando me presentó al Maestro Sánchez Vázquez como su Compañera. Fueron más fuertes las inquietudes y los proyectos compartidos, el amor y el mirar juntos en la misma dirección que la gran diferencia de edades. A partir del 2 de enero de 1994 el Zapatismo nos unió aún más y le dio un mayor sentido a nuestra vida.

Cuando René era muy niño, su padre le contaba que había conocido a Emiliano Zapata y a Pancho Villa y que les había llevado el sombrero charro y el sarakov respectivamente que todos les conocemos. Al recibirlo, el primero había reaccionado con desconfianza; el segundo, con alegría. La historia, la que escribimos con “H” mayúscula, formaba parte de la cotidianidad de René. Decía que el anti imperialismo le venía de nacimiento, no sólo porque su abuelo materno había combatido al lado de Benito Juárez, sino porque él había nacido un 5 de mayo, fecha de la batalla de Puebla, de 1933, medio siglo después de la muerte de Carlos Marx.

A los 21 años el golpe de estado a Jacobo Árbenz en Guatemala lo define políticamente. La Revolución Cubana lo marca al igual que Vietnam. En 1973 ingresa al Partido Comunista y, desde la música, protesta por el Pinochetazo, como antes lo hiciera por Uruguay y ante el avance de la “negra noche de las dictaduras” sobre América Latina. Cardenista más que perredista, René se vuelca en el Zapatismo y se asume como base de apoyo del EZLN además de haber sido nombrado asesor para los diálogos de San Andrés Sakamchen, integrante de la Comisión Especial Promotora para la Fundación del Frente Zapatista de Liberación Nacional. Para René, el más grande honor de su vida fue ser llamado “Hermano” por el Subcomandante Insurgente Marcos.

Entre conciertos y pinceladas, no hubo día que no estuviera pendiente de lo que sucedía en Chiapas. No le bastaba la lectura de varios periódicos y revistas, no le era suficiente devorar cuanto libro se publicaba sobre Chiapas. Una vez sí y a la siguiente también escribía sobre la situación política en su columna “Arpegios” de la sección cultural de El Financiero. El Correo Ilustrado del periódico LaJornada fue una tribuna desde donde hicimos cuestionamientos, denuncias, llamados.

Uno de los más bellos escritos de René es la crónica de la Convención Nacional Democrática, en agosto de 1994, publicada en Como gotas de ámbar, sus memorias, editadas por Modesto López, de Ediciones Pentagrama.

En 1995, muy poco tiempo después de la traición del 9 de febrero, René viajó a las montañas del Sureste Mexicano cargando libros, casetes y cuantos regalos pensó que podían alegrar a quienes nos habían devuelto la esperanza y la dignidad. Llevaba también su quena, su inseparable quena. 

Estaba muy impresionado que los habitantes del pueblo San José se hubieran replegado a las montañas en las condiciones más difíciles, con el ejército federal persiguiéndolos de muy cerca, llevando su marimba. Eso para un músico, para un hombre que entendía la lucha como un gran acto de amor, no tuvo igual.

Al poco con Memo Briseño, Lili Tamayo, Arturo Márquez, Felipe de la Torre y Memo Velázquez, participa en los festejos por la creación de los nuevos Aguascalientes.

Fuimos a Chiapas muchas veces, primero como parte de la Comisión Especial Promotora para la Creación del Frente Zapatista de Liberación Nacional, luego al Foro Especial por la Democracia y también al Primer Encuentro Intergaláctico por la Humanidad y contra el Neoliberalismo. Cada viaje nos unía más: juntos, muy juntos, mirábamos hacia la misma dirección. 

El amor nos hacía crecer el nosotros, el tú y el yo. René presentó e impulsó el proyecto de la Fonoteca Nacional; escribió cuatro libros: Cantares de la Memoria, Cancionero de la Huasteca, Música Popular de Michoacán y Guerrero: Música y cantos. Empezó a trabajar la base de datos de su acervo fonotecario y sacó 15 discos con sus grabaciones de campo en Ediciones Pentagrama y Discos Pueblo. Por mi parte, terminé la carrera de Periodismo e hice mi tesis sobre Los Folkloristas; participé en varias antologías de crónica y poesía, empecé a dar clases en la Enep Acatlán. La vida nos sonreía y nosotros le devolvíamos la sonrisa. René obtuvo los apoyos del Fonca y Conaculta para realizar uno de sus sueños más anhelados. Hacer un disco sobre Flauta Indígena Mexicana.

Tras una larga hospitalización, estudios, resonancias y biopsias, en enero del 2000 le diagnosticaron a René un cáncer de pulmón con siembra en cresta iliaca. Para decirlo llanamente cáncer en etapa terminal.

Desde 1988 habíamos unido nuestras vidas, pero a partir de ese momento no supimos donde empezaba René y donde terminaba yo. Nos volvimos uno y conjugamos el verbo “hubiera” todos los días. Emprendimos la lucha contra un enemigo que no tiene palabra de honor y al que, sin embargo, había mucho que agradecerle: René pudo cosechar en vida el cariño y la solidaridad que sembró, recibir homenajes como el que organizó Pepe Frank con un grupo de niños, el concierto solidario “Un abrazo, René” en el Museo de Culturas Populares, presentar su último disco Oaxaca profunda, hacer su última gira a Estados Unidos con Los Folkloristas y despedirse de los escenarios.

“El domingo 11 de marzo del 2001 los Zapatistas entraron a la Ciudad de México que ya era suya desde el 12 de enero de 1994” me diría René cuando lo entrevistaba a todas horas para ir escribiendo sus memorias. René había soñado esa escena desde niño, su papá la había vivido en 1914 y se la había sembrado en los anhelos. René tenía la esperanza de que sus hijos o quizás sus nietos verían ese momento: La entrada de los Zapatistas a la Ciudad de México. Pero no cabía de gusto al verla con sus propios ojos: Ver la historia. Ser su testigo. Haber contribuido para que eso sucediera.

Unos días después Rosario Ibarra nos invitó a un encuentro de la Comandancia Zapatista y el Comité Eureka. Me atreví a pedir lo que nunca había pedido: que René y Marcos me posaran para una foto. Lo hicieron, sonrientes, después de abrazarse como hermanos.

René anunció su muerte ocho días antes. Se empezó a despedir de todos, con serena dignidad. Poco antes habíamos adoptado un cachorrito que lo seguía por todos lados. René le cantaba a Piñuf la Vidala para mi sombra: “A veces sigo a mi sombra/ a veces viene detrás/ pobrecita si me muero/ ¿con quién va a andar?”

René murió el jueves 28 de junio del 2001 a las seis y cuarto de la tarde escuchando el segundo concierto de Brandemburgo de Bach. Hace veinte años. Hace 7,305 eternos días.

En su velorio hubo tantos amigos como flores, silencios y palabras sueltas, palabras que rodaban por las mejillas. René portaba su uniforme de Folklorista. Sobre el ataúd alguien puso la bandera negra con la estrella roja de cinco puntas junto a la bandera de México que trajo Gabino Palomares.  Se cantó: “Ya se mira el horizonte, compañero Zapatista, el camino marcarás a los que vienen atrás…”

Desde hace 20 años. Desde hace 7,305 días René Villanueva es eterno, infinito. Luz y viento. Es estrella roja de cinco puntas.

Beatriz Zalce

Premio Nacional de Periodismo por su labor cultural en Desinformémonos. Catedrática de la Escuela de Periodismo Carlos Septién y de la Facultad de Estudios Superiores de la UNAM.

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