Desde los fuegos del tiempo

Ramón Vera-Herrera

Recuperar nuestro tiempo, sus ríos

Vivimos en el lenguaje. Éste es el inextricable tramado de todas nuestras relaciones a partir de una versión particular (castellano, inglés, francés, alemán, catalán, tsotsil, etcétera). Un tejido  potencialmente activo en cualquier idioma, aunque para cada quien las otras versiones (las otras lenguas) se mantengan en un foco secundario mientras no las traiga a cuento la pertinencia de la situación que cada quien experimenta.

Como lo relata Iván Illich en El trabajo fantasma, hubo alguna vez que los lenguajes eran tan diversos como las personas (en sentido estricto) o digamos las familias: se hablaba la lengua de la casa, y nuestro trato con la gente de fuera nos fue enriqueciendo en el ejercicio permanente de traducción, ejercida por toda persona, que esta diversidad implicaba. Todo era reconocible dentro de un fondo común, pero la variabilidad dependía de los días, de la emoción, la devoción o la empatía que uno lograba con alguien. Tal vez algunas palabras no transmitian nada, pero se crecía en conciencia y sugerencia.

Se dice que apenas fue Carlo Magno, para el caso europeo, quien por primera vez decretó el emparejamiento de las lenguas de la casa para conformar el llamado idioma franco, como idioma imperial, con reglas y normas.

Siguiendo a Robert Harrison, el “lenguaje de la casa”, diverso de paraje en paraje del que habla Illich, al igual que el generalizado de hoy, siempre viene de lo remoto e implica una transformación compleja e imparable.

Al igual que miramos la luz de las estrellas que ya no están, nuestros lenguajes, nuestras relaciones, son la voz de  nuestros muertos, el logos, su razón, su conexión, dice Harrison, el vínculo de nuestros muertos con su entorno todo. Como legado imperceptible y tan paulatino como el día y la noche y el transcurrir del tiempo, el devenir de la vida, hoy esos lenguajes de nuestros muertos, más todo lo rejuntado de las demás personas vivas, son nuestro todo, y no nos percatamos de ello.

Y eso porque como uno de tantos efectos de la deshabilitación que los sistemas han ido perpetrando sobre nuestro ser individual y colectivo, tendemos a tener mermada la consideración. Todo se nos muestra cosificado, lo vemos como sustancias, tenemos demasiado escindida nuestra percepción de los vínculos, de los flujos, de los procesos, de los metabolismos, de la historicidad más macro y de las transformaciones micro que ocurren contacto a contacto, mirada a mirada, trance a trance. No miramos ya de dónde viene y a donde van las personas y las situaciones y los objetos, los alimentos, las herramientas, las condicionantes, con que nos relacionamos: la noción de los procesos, ya ni siquiera de flujos o metabolismos, está ausente.

Considerar es poner en común todo el firmamento, “reunir lo sideral”, es decir, abrirnos al panorama del todo para detallar y en el detalle volver a englobar los trayectos, las variaciones, y las variaciones que entrañan una permanencia, un fondo del río, un sustrato civilizatorio de larguísimo plazo que va ocurriendo y cotejándose hebra a hebra.

Es el infinito devenir de lo nuevo, algo que es difícil describir, asir siquiera, salvo por el término conversación que, como dice Camila Montecinos, es siempre colectiva y es siempre cambiante.

Así podemos hablar de nuestras conversaciones continuas, perpetuas, entre nosotros, con las personas desconocidas, con la gente ausente o muerta ya, mediante los hilos de la imaginación que es muchos tiempos al instante de un solo tiempo de la conciencia que está en muchos pasados y futuros y presentes, pero también en muchos sitios; y que coexiste y cohabita con seres de toda índole en este planeta.

Además están nuestras conversaciones con lo que hacemos, con lo que producimos, con lo cotidiano y microscópico que ejercemos para cuidar la vida cotidiana, “eso que transcurre mientras pensamos en lo que pensamos importante”, como diría Lennon, y que a fin de cuenta es lo más crucial, porque es nuestra existencia más inmediata, más instantánea y más en presente, por la cual seguimos siendo y podemos ser lo que queramos: pura reproducción en su sentido más amoroso posible.

Y si decimos tejido o tramado de saberes, bien podríamos llamarle un tramado de conversaciones en eso que le decimos lenguaje o que llamamos cultura y a la que adjudicamos una esencia de motor causal (un ser de causa prima, cual si fuera piedra filosofal, fruto del árbol del bien y del mal, sueño de fundación, manantial original) cuando que la cultura es siempre el resultado, en presente, de todo lo acumulado que aún permanece, cambiante pero reconocible, como señalara Bolívar Echeverría.

Y que está en vilo siempre, reconfigurando nuestros cuidados, nuestros modos de detalle y consideración, nuestros maravillamientos y nuestros anhelos, sean de amor, erotismo, subsistencia o justicia, atención a los ciclos, mirada interior de los tintes, de las figuras, de las temperaturas, de la velocidad del aire o la humedad del suelo. Del modo de tomar el contrabajo y establecer un pulso o una síncopa, un arrastre al cantar, un arrebato al frasear ciertas tonadas. Son nuestro modo particular de asumir la música, los ritmos, las líneas melódicas, las series de armonías que se transforman cada vez que tocamos, cada vez que nos sometemos con voluntad o gozo a la improvisación que implica el gesto musical de la interpretación, configurando círculos melódicos o armónicos que entrañan fórmulas mágicas.

La magia existe en cada una de las relaciones existentes como atención delicada y estricta a los detalles.

Y pueden ser conversaciones, tal cual en el despliegue de relatos y reportes, opiniones, rumores, visiones, recuerdos, ideas, nociones, nos dicen John Berger, Mijail Bajtin y George Steiner, sobre todo si son colectivas y se tejieron de golpe o paulatinamente, con siglos a veces de decantamiento.

Pero también pueden impulsar transformaciones en las semillas que plantamos en relación con saberes agrícolas que, de nuevo, son conversaciones. El infinito devenir de la fortaleza biodiversa de las semillas, por ejemplo, deviene de las conversaciones de cada una de las personas que las ha plantado, transformando con su trato esa semilla que es la misma de milenios, pero es nueva, remozada, en una variación eterna de su memoria ancestral como especie.

O pueden ser dibujos, diseños en textiles, en cerámicas, en murales, o maneras de cocer el barro, modos de construir hornas o entendimientos de lo que es el fuego, el agua, el viento, no como elementos míticos o simbólicos, o también, pero sobre todo modos de trabajar con fuego y cómo tratarlo, como sabe cualquier ceramista o cocinera o persona que se dedique a la herrería; son modos de trabajar con el agua y cómo curar con ella, o lavar o humedecer los suelos o hacer que llueva o recuperar un manantial. Tal vez se trate de curar suelos devastados o empobrecidos, adicionando materia orgánica y calor interno que fermente y fertilice, o tal vez sean las querencias o los modos de nulificar un daño, modos de amar y restañar, modos del erotismo que transfiguren a ambas personas en la pareja, pero también pueden ser modos sociales, y por ende políticos, de no dejarse oprimir, de trabajar en común por salvar el presente, de enseñar a los niños y niñas a ser felices y a la vez prudentes con su propia vida y la de su gente cercana.

Este ser natural, en el tejido interminable de las conversaciones con personas y objetos (que más allá de lo occidental también son sujetos en la pareja de la vinculación) sigue existiendo en todos los rincones del planeta donde no alcanzan a operar las normas y estándares que nos tienen aprisionados, condicionados o hechos a un lado: son eso que en Ojarasca hemos llamado siempre la civilización popular; un fondo de larguísimo plazo que vive en las cocinas y en la milpa, en el patio y los fogones, en los talleres de oficios y arte sin pretensiones de figurar pero sí de entender, en los patios de las vecindades y los círculos abiertos a la reflexión o la fiesta, a la recreación de la música, o el entendimiento.

Que estas conversaciones y cuidados están todas relacionadas es fácil verlo cuando hombres y mujeres en las asambleas wixárika tejen para propiciar el entendimiento. Cuando por cariño quienes atienden a algún enfermo, o a alguna parturienta, lo primero que hacen es poner a cocinar algo en la estufa para propiciar la empatía, la resonancia, con lo bueno.

Y si las canciones o hablar bajito curan la nostalgia, o si dar a luz se propicia con luna o sin luna, si cuidar las semillas estabiliza a la comunidad, enhebrarlo configurando un tramado, y potenciar este tejido, es profundamente político: es subversivo.

Cada conversación es en realidad un conjunto de detalles, de cuidados, que se van acumulando, traslapando, transformando y que configuran hebras, hilos, ríos de vida que tienen que ver con tantos ámbitos. Es una locura pero es factible establecer un fluido entre la medicina y la música, entre las semillas y el comportamiento de las abejas o los colibríes y los lobos o los manantiales.

Tal tramado de vivencias, experiencias y visiones viene desde el fondo de la humanidad, desde siempre, desde que la memoria recuerda la memoria de la memoria, o como lo dijera una señora de algún pueblo aislado en las montañas cuando le preguntaron qué tan viejo era su pueblo: “los decires van más lejos que mi memoria y no se qué tan antigua sea mi comunidad pero ya varias veces se han muerto gentes de más de cien años”.

Y si esto suena demasiado rupestre o vernáculo tal vez sea porque la deshabilitación de tanta memoria desquebrajó esa naturalidad e impuso normas, estándares, disposiciones, parámetros, sistemas de medición y tasación, modos de mantener a la gente fuera del flujo o tramado para “mantener objetividad”, logrando así escindir lo que la gente hace de los entendimientos de eso que se hace, enajenando el objeto producido y la necesidad de producirlo por parte de quienes son obligados a producirlo. Producir lo que uno no tenía interés en producir para conseguir dinero para conseguir lo que uno hubiera podido producir por cuenta propia, individual o colectivamente, es algo terrible y ha tenido consecuencias desastrosas, como señala con tanto tino Jean Robert. Una de las consecuencias es el olvido de estos tramados complejos y densos que siguen pulsantes en cada rincón.

¿Y los juegos con los niños y niñas, las lecturas, mirar el cielo o atisbar las nubes?, ¿y las historias empecinadas en asomarse a nuestras vidas en todas nuestras actividades? Todo el día podríamos relatarnos y reconocernos en una crianza mutua de lo pertinente que encarna y tiene presencia corpórea, y deviene sagrado   a partir de su ser natural o social que se crea y se recrea en eso que podemos llamar reproducción, pero es más bonito llamar cuidados, atención a los detalles de lo que vivimos, y nos toca vivir, y de lo que defendemos de la injusticia y el sometimiento y que siempre nos toca defender.

Para defender la gran diversidad y la verdadera revivificación de lo existente tenemos que entender nuestro tiempo de la imaginación, ese espacio interior del que hablaba Novalis.

Y saber que quien nos pretende explotar hasta nuestras últimas lágrimas lo primero que se robó fue nuestro tiempo: éste fue sin duda el despojo originario.

Recuperar nuestro sentido del tiempo nos comenzará a picar para entender los flujos, los metabolismos, es decir los trayectos y funciones de tales trayectos de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Y los trayectos incluyen a todas las personas vivas, y a quienes ya murieron pero son nuestra imaginación, como dijera John Berger, son nuestro sustrato de larguísimo plazo en nuestra civilización popular. Recuperar esa certeza es una de nuestras primera tareas de liberación.

Una Respuesta a “Momento de reivindicar e implicarnos”

  1. Oscar Montaño Zavala

    Como observador citadino, me parece un trabajo muy arduo precisamente por los personalismos y tanta enredadera que nos afecta. Pero hay camino, luchas y resistencias que cobijar. Buen artículo para ir reflexionando de qué se trata. Saludos

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