Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

Raúl Renán debió cumplir 90 años

El poeta Raúl Renán (1928-2017) se fue poco antes de cumplir los 90 años. Al pasado 2 de febrero, fiesta de la Candelaria, le faltaron Las Mañanitas para un hombre cuya blanca cabellera peinada hacia atrás le daba aspecto de patriarca bíblico buena onda. Cuando estaba por cumplir 80 años me dijo que para él era un exceso de tiempo y un plazo mucho más amplio del que normalmente tienen las personas para hacer algo más: “En 80 años ya se ha hecho mucho si se ha aprovechado el tiempo, pero si te dan un plazo más hacia delante quiere decir que te aguarda una oportunidad de mayor ofrecimiento de lo que llevas dentro”.

Padre de tres hijas, de más de 25 libros y abuelo consentidor, Raúl Renán escribía de lo que le era cercano: la gramática fantástica, las cosas queridas, los silencios de Homero, de la tierra prometida y de su ciudad natal: Mérida, en Yucatán y de los urbanos que habitamos la ciudad de México.

-¿Qué te ha dado la ciudad de México?

-Permitirme estar con ella, en ella, en las zonas y las regiones en que he vivido. Cuando veía fotos de la ciudad de México en el Cancionero Picott, me encantaba. Me dije: algún día iré a esa ciudad. Y se me dio. Vine y me gustó mucho. La empecé a caminar en los años cincuenta. Escribí un libro dedicado a México: Los urbanos. Sentía que la ciudad estaba sufriendo el embate de sus habitantes quienes, aparte de ensuciarla, hablaban mal de ella. Con los urbanos defiendo a esta ciudad y digo quiénes somos los puercos, los descuidados. Falta mucho urbanismo, falta respeto a la ciudad que luces. Hay que poder decir “Vivo en la ciudad de México, vieras qué bonita…”. No soy purista, pero soy muy agradecido. Esos poemas del año 82, antes del temblor, están dedicados a eso. A la suciedad que tiramos, a lo que descomponemos, a los árboles que rompemos, a los animales abandonados y los vehículos que se pudren en la calle y, a la gente, gente que hemos visto en la calle, tirada. Busqué entre todos los fotógrafos de periódico, que son los buenos, y encontré a David Schmitter a quien invité a engrandecer el libro dándole más escenas con su mirada. Te hablo de la ciudad que me acogió pero la ciudad que me dio a luz es otra cosa y le tengo mucho orgullo.

-Naciste en Mérida…

-Sí, pero viví fuera de ella. De niño, para ir a la ciudad, tenía yo que estar bien vestido, mi ropa blanca, mi calzado lustrado… porque iba “a la ciudad”, tal como se viste uno para hacer una visita importante. Pasaba yo un arco, el arco de San Juan. Para mí es un lujo recordarlo. Me llevaban de la mano para pasearme por la plaza y para que me vieran. Cuando fundaron Mérida, los españoles construyeron arcos de entrada porque tenían miedo del arribo de los piratas y esto es lo más gracioso que hay. Los piratas tenían que llegar por Campeche y caminar un montón hacia Mérida. Para entrar, yo pasaba bajo los arcos. Inmediato al arco de San Juan estaba el de San Sebastián, mi barrio. Era un refugio, un recodo de indios mayas cuando se creó la ciudad y por lo tanto quedaron fuera de ella.

Mi libro “Emérita” es un trabajo pleno, fuerte, muy desarrollado por la pasión que representa ofrecerle una obra tuya a tu ciudad nativa. Se la debía porque antes de escribirle a Mérida le escribí a México. A Mérida la recuerdo muy blanca, muy transparente, el cielo muy azul y la gente como parte del paisaje urbano, muy cálida, muy linda.

De niño me llevaban a un café, ahí empezó mi pasión por el café, que se llamaba La Piña, un café de españoles: iban muchos españoles y fumaban muchos puros. Recuerdo los árboles gigantes, los edificios con arcos, los palacios, ese pasado tan hermoso. Para mí era un regalo ir a la ciudad, por eso la aprecio mucho más que cualquier otro que haya nacido y vivido dentro de la ciudad. La ciudad es lo más querido que hay, es la partera, la patria, la verdadera casa. Ahí nacemos.”

-Tu nombre no suena muy maya que digamos… Con tu perdón: suena muy francés…

-Mi papá era extranjero. Me engendró con mi madre que era mestiza originaria de Valladolid que es la otra capital supuesta del estado. Llegó a pie a la ciudad de Mérida y ahí empieza la aventura. Mis tutores eran indígenas. Todo el tiempo me hablaban en maya. Entendía todo pero les contestaba en castellano.

-Eso fue abonando la tierra de tu poesía…

-Claro, todo es acumulativo cuando alguien tiene sensibilidad, de otra manera, si yo hubiera sido de otra manera, eso hubiera pasado con el tiempo y hubiese desaparecido. Yo nunca estuve conforme y por eso decidí venir a la ciudad. En búsqueda de mi padre, por un lado, y en búsqueda de mí mismo, por el otro.

El hombre no se conforma con lo que tiene y con lo que es y quiere ser más y buscar. Buscar el alimento es una de las búsquedas primordiales, buscar el cobijo es la otra y luego buscarse a sí mismo en lo espiritual y en lo afectivo.”

-Dicen que eres un poeta experimental: te permites jugar y desgajar el verso, la palabra.

-Es mi gusto, es el juego del lenguaje. Las palabras te conducen, te traducen, te interpretan, te dan el camino para dar de ti mucho más, desde lo más hondo.

-Llegarías a decir, como Anaís Nin, que “el papel es más paciente que las personas”?

Raúl Renán se rió, se puso rojo y dijo: “El papel soporta todo lo que es posible, incluso las locuras de un poeta que no respeta las formas y que las practicó alguna vez. Además el tiempo te da una enorme libertad, eso también juega mucho. No es lo mismo que tengas 40 años a que tengas 80. El miedo es lo que arrincona a los artistas. Cuando pierdes el miedo sabes que lo que haces es para ti mismo, que se quedará en la historia o desaparecerá.”

Reciba Raúl Renán 90 abrazos, por sus noventa vueltas al sol, aunque la última no se completó. Él está instalado en una nueva patria: la eternidad. ** ** **

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