Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

“Piñuf”

A Gloria, por Chiquito

A Luis, por Coquis Benita Lenina

A Juanita, por Eslover y Menfis alias Rufino

A Tote, por Petrushka y también por Lazarita

A Laura, por Chiquis Mikis

A Helena y Eduardo, por Pepa Lumpen y por Morgan

A nosotros, por ti Piñuf

Temas… hay muchos, muchísimos, para no darse abasto. Todos importantes, todos de interés colectivo, todos a cuál más álgido: Los sobrevivientes de la damnificación de los sismos de septiembre… La prisión para Lulla da Silva… La violación a los derechos humanos en los cuatro puntos cardinales del planeta… El 13 de abril se cumplieron tres eternidades sin Eduardo Galeano… Hace unos meses Roberto López Belloso nos entregó un libro entrañable Eduardo Galeano, un ilegal en el paraíso en torno al autor de Las venas abiertas de América Latina… Textos, fotos, dibujos hacen del libro un abrazo… En un tono más amable podría escribir sobre los 40 años de trayectoria artística -y cargada de humanidad- del flautista mexicano Horacio Franco…

Pero no logro asir ninguno de ellos. ¿O es al revés? Ninguno de ellos logra asirme… Sólo quiero hablar de Piñuf. De Galeano aprendí que todos los temas valen la pena vivirse y escribirse. Ninguno es menor.

Todo empezó hace 17 años y un mes, el jueves 1° de marzo del 2001 con un “Haz lo que te dicte el corazón” de René cuando le comenté por teléfono, aún no teníamos celular, que había un cachorrito enfermo y desamparado en la calle. Con sarna para dar y regalar. En la veterinaria le calcularon dos meses de edad; la bañaron, la desparasitaron. Casi me leyeron la Epístola de Melchor Ocampo porque no se trata nomás de andar por las calles recogiendo perritos, hay que asumir responsabilidades. A todo dije: Sí, acepto.

En la noche ya la llamaba Siete. A René le pareció que ése no era nombre de perro y no valieron los argumentos de que siete son los colores del arcoíris zapatista y que el Sup siempre hablaba de siete de esto y siete de lo otro. El nombre de Siena no me convenció aunque sí remitía al color de su pelambre. Tampoco me gustó el de Sombra.

A la mañana siguiente empezó a entender por Piñuf, que con otra ortografía (Pignouf) significa traviesa -y medio atrabancada- en francés. Piñuf. Piñufi. Piñufita. A ratos Piña: porque es amarilla y muy dulce. Piñita. Piñata. Piñanona. Ocho días después, cuando la Marcha por el Color de la Tierra llegaba a Milpa Alta, cuando a Elena Poniatowska le daban el Premio Alfaguara por La piel del cielo; Piñuf vomitaba como fuente, tenía diarrea y era hospitalizada. Su doctor se veía pesimista y confirmaba una sospecha: René y yo estábamos contagiados de sarna. Eso era lo de menos: se arreglaba con mucha agua, ropa limpia, bien planchada, y baños con Herclin que nos dejaba oliendo a huérfanos.

Estrené el celular al visitar a Piñuf en el hospital. Me partió el alma verla flaca como perro dibujado por Rius, los ojos opacos, sin fuerzas para levantar la cabeza. Había que anunciar a René: “Nuestro perrito no se va a lograr…”. Él no se anduvo por las ramas. Ordenó: “Pásamela, ponla al teléfono”. Tan fuerte hablaba que hasta oí todo lo que le dijo. “¡Piñufita tienes que luchar por la vida como yo lo estoy haciendo. Tienes que salir adelante porque ya encontraste una familia que te quiere, que te necesita. Vas a vivir para ser feliz!”. Ella levantó la cabeza, sorprendida; meneó imperceptiblemente la cola y trató de ponerse en pie. Poco después la dieron de alta.

Se volvió un cachorro alegre, vivaracho y juguetón. Nos hacía desatinar, nos hacía reír. No se separaba de René más que para tomar vuelo y brincar encima de él y darle besos perrunos. El día que René murió, no fue la excepción. Piñuf se echó junto a una pata de la cama y de ahí no se movió. Se quedó callada. Muy quieta.

A la mañana siguiente yo no quería levantarme. ¿A qué? ¿Para qué? Piñuf me dio la respuesta: para llevarla al jardín, para darle su desayuno, para jugar, para ir por el periódico. Cada mañana era lo mismo: su impetuosa vitalidad frente a mi no querer vivir. Echada a andar cumplía con poner un pie delante del otro. Con Piñuf, gracias a Piñuf poco a poco me fui recuperando, poco a poco volví a sonreír, a indignarme, a escribir, incluso a soñar despierta. Mientras Piñuf se dedicaba a crecer, a enseñarme que es muy divertido mojarse con la lluvia, ir por la pelota, que cuando de postre había helado, ni modos, a ella le tocaba la mitad más grande, pero que las horas de sus alimentos y paseos eran inamovibles.

Piñuf volvió a salvarme a principios de mayo del 2006, durante La Otra Campaña. Había mucha tensión en San Salvador Atenco. La policía desalojó con lujo de violencia a un grupo de campesinos que se habían opuesto primero a la construcción de un aeropuerto sobre sus tierras ejidales, sobre las tierras sagradas donde reposan sus muertos y, luego, a la construcción de un Wall Mart. El Ejército Zapatista entró en alerta roja. “Hoy todos somos Atenco”. El Frente de los Pueblos en Defensa de la Tierra pedía no los dejáramos solos. Peña Nieto, entonces gobernador en el Edomex, abrió las puertas a una violencia nunca antes vista.

Éramos muchos en el mitin de Tlatelolco la tarde del 4 de mayo. Varios iban para Atenco para formar un escudo humano. “Vente, todavía cabes en el coche”. “Mejor los alcanzo allá, atiendo a Piñuf y voy para allá”.

Piñuf me esperaba contenta y saltarina. Mi mamá me había dejado un recado en la contestadora, muy lacónico. “Prende la tele”. Lo que vi hizo que me hirviera la sangre y me quedara helada. Eran imágenes de guerra, “compas” que había saludado en la mañana en el mitin en C. U. estaban bañados con su propia sangre, les pegaban de toletazos, los pateaban. Los locutores pedían a gritos que entrara el ejército, no les bastaba con la policía estatal y la Federal Preventiva.

No fui a Atenco. Nadie me golpeó, nadie me torturó, nadie me violó. No estuve presa en Santiaguito. Gracias a Piñuf pude oír ese “Prende la tele” de mi mamá… Lo que sí hice fue sumarme al grupo de “Mujeres sin Miedo” con Ofelia Medina y Begoña Lecumberri y muchas compañeras y varios compañeros para luchar por la libertad de los presos políticos detenidos en San Salvador Atenco.

Cuenta Roberto López Belloso en Galeano, un ilegal en el paraíso que después de esparcir las cenizas de Eduardo, Lila, una de sus nietas, dijo: “Está bien. Abeio se murió, pero yo quiero que vuelva”. Helena le respondió: “Yo también”.

Me sucede lo mismo con Piñuf… ** ** **

Imagen: Rufino Tamayo

Beatriz Zalce

Premio Nacional de Periodismo por su labor cultural en Desinformémonos. Catedrática de la Escuela de Periodismo Carlos Septién y de la Facultad de Estudios Superiores de la UNAM.

Una Respuesta a “El caso de la Casa Taller Alfredo Zalce”

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