Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

“Paulina Fernández puso toda el alma, siempre”

-Una mala noticia –dijo Gloria Muñoz, trémula, al teléfono. Te tensaste para recibir el golpe, la noticia de un guadañazo.

-Paulina…

El piso se ablandó bajo tus pies. Gloria te dio los pocos detalles que sabía. En ese momento casi nadie sabía nada. Sólo que Paulina había fallecido unos días atrás, la habían encontrado en su departamento de la Villa Olímpica. Paulina Fernández Christlieb. Y te sucedió lo que dicen que pasa cuando sobreviene la muerte: recordaste escenas, conversaciones cómplices, fraternas. 25 años, tantitos más, pero no menos, pasaron por tu corazón.

Primero fue conocer a Paulina por escrito en las páginas del periódico La Jornada, leerla sabiendo que se trataba de una especialista en partidos políticos, que sus alumnos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Unam, donde ella estudió, la querían y la respetaban. La leías y aprendías de ella, del país, de la imposible transición hacia la democracia. Te gustaba su redacción sencilla, su exposición clara, su manera de compartir su saber, su corazón y sus ideas bien a la izquierda.

Probablemente la conociste en agosto de 1994 o despuesito. Paulina formaba parte de la Convención Nacional Democrática, la CND, nacida bajo una lluvia torrencial en el Aguascalientes, en Territorio Zapatista. Ella y su compañero de aquel entonces eran muy participativos, incansables. No faltaban a una reunión y en cada una analizaban el contexto político, ponderaban.

Descubriste que la intelectual, la autora de libros como El Espartaquismo en México, La clase obrera en la historia de México, Elecciones y partidos políticos en México, la directora de tesis de licenciatura, maestría y doctorado, la autora de cientos de artículos en periódicos, en revistas especializadas; tenía mucho sentido del humor, que su risa no era escandalosa pero sí frecuente, que le gustaba mucho la música y que René Villanueva la invitara a los conciertos de Los Folkloristas, pero que ella se quejaba que la gente coreara las canciones: “No me dejan oír a los músicos a los que sí vengo a oír”, que todas las mañanas de todos los días se iba a caminar al bosque de Tlalpan, que su mamá tenía más de 80 años y había ganado un torneo de tenis, que eran un montón de hermanos y que no con todos se llevaba, pero que quería mucho a los que sí, que era una tía consentidora, que en su departamento estaba rodeada de libros y que el sillón de la sala era enorme y cómodo.

Después de la traición del 9 de febrero de 1995 y la invasión militar a las comunidades indígenas zapatistas en Chiapas, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el gobierno federal entablaron diálogo primero en San Miguel y después en San Andrés Sacamch’en de los Pobres sobre Derechos y Cultura Indígena. Los Zapatistas se rodearon de un cuerpo de asesores e invitados provenientes de la sociedad civil. Lo mejor de lo mejor. Intelectuales de primerísimo nivel, luchadores sociales de todos los sectores, artistas comprometidos. Imposible no mencionar a Fernando Benítez, a Alfredo López Austin, Luis Villoro, Miguel Concha, Emilio Krieger…

En los primeros meses de 1996 un pequeño grupo viajamos a La Realidad. Se trataba de formar la Comisión Especial Promotora del Frente Zapatista de Liberación Nacional. Dormíamos en la Escuelita que todavía no se llamaba “Jesús Piedra Ibarra”. De día nos asábamos y de noche también. Paulina se veía siempre fresca. Impecable su camiseta blanca, impecable el discreto maquillaje de sus ojos, impecables sus argumentos y sus análisis.

Fuimos citados en una champa. Nos encaminamos. Había que ir en fila india, no adelantarse, no atrasarse. Caminábamos bajo el rayo del sol, caminábamos las tierras rebeldes; había que subir, había que bajar, había un riachuelito. De pronto ya no supiste cómo seguir adelante. Paulina te antecedía, quién sabe cómo se dio cuenta de lo que te pasaba, te invitó: “Pon el pie izquierdo en el mismo lugar donde ponga el pie izquierdo y el derecho donde ponga el derecho. Si lo necesitas, agárrate de mi hombro”. Ahí empezó la fraternidad. Así caminamos, no nomás ese trecho.

El Mayor Insurgente Moisés escuchó atentamente nuestros puntos de vista, dudas, preguntas, conjeturas y de nuevo nuestras dudas, nuestras preguntas. Nos escuchó durante horas, fumando su pipa, mirándonos. De pronto alguien le pidió su opinión. “Va a estar cabrón” dijo muy serio, risueña su mirada. Te quedaste de a seis. No sabías si Moy se refería al parteaguas coyuntural en el que iba a nacer el Frente o a la peregrina idea de que nosotros, integrantes de la Sociedad Civil, construyéramos el Frente. Paulina te miró cómplice, divertida.

Mucha razón tenía Moy. Nos decía que el primer paso para escucharnos había sido la CND, ahora había que construir los Comités Civiles de Diálogo. Insistía: Es necesaria una organización pacífica, marchar juntos para marchar bien. Anticipaba: Es lógico que se cometan errores, que haya problemas y fallas. Eso pasa en la misma casa de nosotros. En una organización es distinto. Cuando uno comete error o falla no quiere decir que no sirva ese compañero, para eso está la palabra co-rre-gir. Hay críticas y autocrítica. Eso ayuda al proceso. Si vuelve a fallar, se vuelve a corregir, pero si sigue fallando hay que ver qué pasa. Paulina escuchaba. Para ella no había más que eso. Quizás, lo aventuro ahora, ese fue el germen de su libro Justicia Autónoma Zapatista

Volviendo a aquellos tiempos, las reuniones de asesores zapatistas en Ciudad Universitaria fueron una cátedra a muchas voces, la de Paulina, Luis Javier Garrido, Luis Hernández Navarro, Toño García de León, Memo Briseño.

Después vino el Primer Encuentro Intergaláctico por la Humanidad y contra el neoliberalismo. A Paulina ni le veías el polvo. De repente aparecía. Muy ojerosa, pálida. Andaba de un lado a otro. Organizando a su modo, con rigor, con método. A ella le tocaba ver la parte internacional… No dormía, trabajaba de día y de noche, con celo, con pasión, poniendo toda el alma y una gran dosis de paciencia: “Me citó a las doce. Llegué antes. Dejé lo que estaba haciendo. Dejé todo. Y apareció casi a la una y media”.

¿Cómo olvidar su solidaridad durante la enfermedad de René Villanueva? Previa llamada venía a casa. Llegaba con un regalo: un álbum para las fotos, una escultura de mimbre que representaba al Subcomandante Marcos con todo y pipa. Un libro de reciente aparición. Llegaba y su energía contagiaba a René. A veces decía que se quedaría cinco minutos y él la retenía, ávido de saber qué pasaba en Chiapas, qué pasaba con los compas. A veces se nos iba la tarde entera analizando algún documento o simplemente platicando. En una ocasión, René le hizo un retrato donde lo que más destacaba eran los ojos de Paulina.

Después que el cáncer le ganara la partida a René, Paulina seguía estando. Solidaria, fraterna. Llamaba y dejaba recado en la contestadora. Llamaba para irnos a comer a Coyoacán a lugares donde las verduras no eran transgénicas y los panes de masa madre recién salían del horno. Te pasaba todos sus tips: El lugar donde comprar pollo sin hormonas ni antibióticos, la masoterapeuta que te alinea la espalda y las emociones, el ejercicio preciso para devolverle densidad a los huesos. Con ella descubriste la cúrcuma y el cardamomo. Un día vaticinó: “Descubrirás que Serenidad rima con Felicidad.”

En el 2008 fue implacable: “Vamos al Festival de la Digna Rabia. Van a participar más de 20 países. Tienes que volver a Chiapas, no puedes seguir así. Se cumplen 15 años del Levantamiento. Tienes que ver todo lo que están haciendo los compas. Te vas a encantar con las Juntas de Buen Gobierno. ¿Hace cuánto que no regresas a Oventic? San Cristóbal está muy cambiado, ya no es tan bonito, parece suburbio de Coyoacán. Los compas me pidieron una ponencia. Hay una mesa de Comunicación, otra de Arte y Cultura que te van a interesar”.

Recordaste la escena del riachuelito y te sentiste segura. Paulina se encargó de la logística, encontró boletos de avión a precio de ganga, un hotelito con una fuente en el patio. En el camino hizo amistad con una tocaya suya colombiana que estaba haciendo su tesis de doctorado y con quien compartía la fobia (más que alergia) al gluten.

Rabias, resistencias y respuestas: Otros caminos hacia la justicia fue el título de su ponencia. No hablaba de la justicia zapatista, pero prometía hacerlo más largamente en breve, hablaba de las policías comunitarias de Guerrero.

Y unos años después hizo lo que parecía imposible: se despojó de su rigor académico, mandó a volar los marcos referenciales y conceptuales tan caros a las Ciencias Políticas. Puso en su mochila una grabadorcita de reportero, pilas y varios casets vírgenes y se encaminó a Chiapas, a la zona Tzeltal para platicar con los “compas”, con las y los “abuelitos” y con quienes ejercen un cargo en los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ), en las Juntas de Buen Gobierno.

Iba Paulina con su camiseta tan blanca como las páginas del libro que quería escribir. Su compromiso hizo que casi confundiera el trabajo con vacaciones y por eso la primera palabra de Justicia Autónoma Zapatista. Zona Selva Tzeltal publicado por Ediciones Autónom@s es “Gracias”. Un gracias que se puede traducir como un abrazo a las mujeres y los hombres bases de apoyo del EZLN con quienes conversó, a l@s viejti@s que viajaron horas y horas para encontrarse con ella y platicarle sus historias, sus recuerdos, sus dolores, sus anhelos; a los pueblos y autoridades que suspendieron sus actividades para dedicarle tiempo. Le agradeció a todos y a cada uno, sin obviar a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Unam por respetar su trabajo de campo y de escritorio.

Este libro, una joya bibliográfica como le definió Luis Hernández Navarro, fue hecho a mano, como se hacen los sueños. La portada es negra y al centro una ventana se abre sobre un horizonte tzeltal: todo cielo, montañas y verdor. En ese paisaje antes mandaba el patrón y ahora manda el pueblo. Paulina quiso que los beneficios del libro se destinaran a las comunidades de los municipios autónomos zapatistas de la Zona Selva Tzeltal, Chiapas, México. Puso el alma en ese libro para entregarla a l@s comp@s, a nosotros.

En el reverso de un marcapágina hecho por Beatriz Aurora y que muestra un zapatista con una sonriente paloma de la paz, Paulina te escribió a modo de dedicatoria:

“Beatriz: Vamos, vamos, vamos vamos adelante

Para que salgamos en la lucha avante

Porque nuestra Patria grita y necesita

De todo el esfuerzo de los zapatistas.”

** ** **

Beatriz Zalce

Premio Nacional de Periodismo por su labor cultural en Desinformémonos. Catedrática de la Escuela de Periodismo Carlos Septién y de la Facultad de Estudios Superiores de la UNAM.

Dejar una Respuesta

Otras columnas