Desde los fuegos del tiempo

Ramón Vera-Herrera

O por la mueca-risita que le miré en los labios

Tendría los cinco años cumplidos un mes antes de esa posada en la colonia Lindavista, ya entonces bautizada como la Lindavas. Era una posada en casa de mi tía (en realidad tía abuela pues era tía de mi mamá pero se habían criado como hermanas), por más señas, mamá Julie, como les decíamos cariñosamente a todas las mujeres ya madres de familia. El término tía francamente no se utilizaba.

Ya entonces era poco propenso a aventarme a la rapiña de la piñata y más bien me había apartado del mundanal de chamacos y jugaba plácidamente con unos vikingos y caballeros medievales chiquitos, plastimarx, a la orilla de una fuente rectangular de mosaico guinda, muy poco profunda, en la esquina lejana del enorme jardín.

El sol estaba por hundirse y la penumbra lo inundaba todo en esa hora cero que le dicen, aunque había unas lámparas pequeñas de jardín que marcaban siluetas.

Mientras jugaba, se me arrimó un niño mayor, como de siete y más o menos grande, y sin finta me arrebató uno de los guerreros. Yo estaba acostado en la orilla. Él estaba parado a un lado mío. Le dije: dame mi vikingo. Y me dijo, claro que no, y me tiró un patada a la cara. Habrá sido que la luna estaba en el cenit como boca nácar de la noche, o que las nubes oscuras se apartaban con la fuerza de la luz, o la mueca risita que le miré en los labios al niño ese, pero yo por toda respuesta lo abracé de los pies y lo tiré al agua en un solo envión, en un solo gesto, casi un manotazo quitándole piso. Logró girar y cayó de bruces, cuan largo era y con los brazos extendidos: una especie de cristo fallido sobre el agua. Yo no me reía ni nada. Lo miré solamente y él berreaba.

El escándalo hizo salir corriendo a mamás y papás y a niños y niñas de todas las edades que llegaron a la fuente gritando o miraban al niño llevándose las manos a la boca.

Las mamás traían toallas y preguntaban, vociferando, que qué había ocurrido, y yo oía algunas de esas voces dirigidas a mí, diciendo, oye niño, qué te pasa, estás loco, cómo se te ocurre, mientras él se ponía a gatas y luego se incorporaba diciendo, ¡me tiró a la fuente!

Yo no decía nada. No sé por qué, pero seguía en cuclillas nomás, callado, viendo toda la escena que transcurría en el agua. Mi mamá me llamó aparte, tranquila, la Blanquita, hasta amorosa, y me preguntó, qué pasó, mijito, y yo le conté sin más lo ocurrido.

Lo que más me sorprendió es que me dijera, está bueno, m’hijito, no hay que dejarse. No te preocupes de nada, yo te conozco. Vámonos, ándale, recoge tus soldaditos y vámonos. Y salimos entre la marejada casi invisibles.

Muchos años más tarde me ocurrió un incidente que no dejo de emparentar con el momento en que sin pensarlo ni un segundo tiré al niño.

Estudiaba en la preparatoria ocho y el espacio de convivencia era difícil, cruzado de malos humores, rencillas de grupo, gandallismo normalizado y el hostigamiento continuo de los grupos porriles, que agresivos incendiaban botes de basura, o ponían petardos bajo las mesas de la cafetería, atacaban a potenciales indefensos, arrinconaban a todo aquél que despreciaran, asaltaban a quienes pudieran traer algún dinero u objetos de valor, hostigaban o manoseaban a las compañeras, al punto de que hubo alguna vez que así ocurre la violación de cuatro compañeras que se quedaron atrapadas en la Sala de Alumnas mientras varios atacantes con intenciones de contrainsurgencia barrían las instalaciones tras invadir la Prepa en busca de subversivos estudiantes.

Por fortuna la agresión a las muchachas no ocurrió porque llegó otro grupo a defenderlas, pero el clima era intenso, por decir lo menos. A veces nos olvidábamos de los porros y pasaban meses sin que ocurriera nada, por más que los viéramos llegar a clase, jugar futbol o basquet, tomar cervezas en el pasto tras las vidrieras de la cafetería o estacionarse en los carros de algunos de ellos circundando la escuela.

Un día uno de ellos me abordó. No era lumpen como otros. Era clase media, güero, alto, jugador de futbol americano. Lo conocía como el novio de Norma, una de mis compañeras. Es la hora en que recuerdo perfectamente su rostro y su presencia, pero nunca he podido acordarme de su nombre. Creo que Jorge se llamaba, pero sólo creo.

Siempre me latió que tenía celos de que su novia fuera mi compañera de clase, aunque para mí Norma fue sólo eso, una amiga, ni siquiera muy cercana.

Lo extraño es que comenzó a acercarse y como chavo más grande, me comenzó a tratar como su pupilo. Me daba consejos, me señalaba las muchachas que deberían gustarme, y comenzó a opinar de todo lo que a él le importaba y que suponía que a mí me era importante también.

Comencé a inquietarme, porque no sabía cómo zafarme. Era como sentir que me obligaba a ser algo que yo no entendía.

Un día muy temprano al llegar a clases, me estaba esperando y me dijo.

Quiero que me hagas la valona.

Fíjate que traemos una bronca con unos chavos de la secundaria 68 que se burlaron de un amigo. Estamos armando una bandita para romperles su madre. Tenemos que defender lo que es la prepa. Te pido que si eres mi amigo vengas con nosotros. Está fácil. Son puros chavitos.

Quedarme callado era raro. Intenté decirle que no me latía, pero no encontré los argumentos. Terminé por decirle que iría.

Pasaron tres días y supuse que había sido solamente una “prueba” del personaje. Comenzaba a verlo con extrañeza y desconfianza, y hasta le comencé a tener miedo. O tal vez era mi miedo a no poderle decir que no. A no saber cómo decirle que no.

Finalmente un jueves a la salida se acercó corriendo y me dijo. Mañana viernes nos vemos a la salida, y en bola les caemos. No te vayas a abrir, ¿eh?, más te vale…

Llegó el viernes y nos bajamos en dos peseras hasta Tlacopac. Éramos como quince.

LLegamos a la calle desde dónde se veía la puerta de la secundaria.

Nos quedamos como a una cuadra de distancia y ¿Jorge? iba y venía entre sus huestes, animando y haciendo burlas alternadas para mantener la energía que él buscaba.

Comenzaron a salir los chavos y cuando cinco de ellos iban entre la pared y unos cipreses, “Jorge” nos dijo órale y todos caímos y los rodeamos. Él comenzó a azuzarnos a que los golpeáramos, que les partiéramos su madre, mientras él les asestaba su perorata con la que según él les explicaba su querella.

En los escasos segundos que siguieron yo miré los rostros de aquellos chavos, inmóviles como piedras, y lo miré a él. Y él miraba a quienes les habíamos caído ahí, a quienes habíamos ido a atacar, como miran los chacales. Esos chavos eran solamente quién sabe quiénes. Le miré en los labios la mueca-risita de una burla que sigo sin entender, y me negué con todo mi ser a golpearlos. Él me gritó y me increpó, túndelo a ése que tienes enfrente, pégale en la jeta, cabrón, y yo le grité que no, que no, ni siquiera los conozco. Él comenzó a golpearlos junto con otros dos.

Tres otros vatos aparte de mí, nos apartamos de inmediato mirando la escena con asco. Sus valedores intentaron golpearnos también a nosotros, pero entre los cinturonazos y las patadas a los de la secundaria, algo los diluyó. Éramos una distracción, un segundo flanco. Los agredidos pudieron huir. Todo había durado unos instantes apenas. Cuando Jorge volteó a vernos, los cuatro que no quisimos atacar los vimos con tristeza y desprecio.

Él no supo cómo respondernos. En el momento nos miró sin entender lo que habíamos roto.

Los cuatro caminamos a la avenida a tomar el pesero, totalmente en silencio sin voltear a verlos. Temblábamos de rabia, de extrañeza, de miedo, de certeza: habíamos descubierto lo que es ser juntos aunque fuera momentáneo, pero sin traicionar ¿nuestra humanidad?, y un algo parecido al aplomo. Meses después nos sumergimos a las protestas del 68 con un talismán que antes no conocíamos.

Ramón Vera

Editor, investigador independiente y acompañante de comunidades para la defensa de sus territorios, su soberanía alimentaria y autonomía. Forma parte de equipo Ojarasca y Grain

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