Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

Manuel de la Cruz Gómez: Tejedor de hamacas

Nació en la Calle de Verdad # 72, en la Tercera Sección, en mero Juchitán, Oaxaca. Hasta ahorita, a sus 57 años Manuel de la Cruz Gómez considera que su “historia”, su vida, ha sido bonita. Ha ido poco a poco. Superándose siempre. Es ingeniero de profesión y tejedor por vocación. Le gustan los números, tejer hamacas e hilar sus palabras y sus recuerdos para compartirlos.

Hijo único, se quedó con sus abuelos pues su madre tenía que ir a trabajar: desde ama de casa, sirvienta, vendedora de hamacas. Don Manuel, Nelo, para sus seres queridos, recuerda que él estaba en primaria cuando ella puso su taller. Su madre le daba trabajo a la gente. Veinte tejedores. Ella salía a vender primero a Juchitán, luego a Oaxaca, después a México, hasta llegar a Guadalajara y Mazatlán.

-Mi abuelo es pescador y mi abuela hacía las tortillas de mano. Para que yo fuera a la escuela, primero tenía que ir a vender el pescado que traía mi abuelo o las tortillas recién hechas. Recorría colonias y calles antes de llegar a la escuela. Allá es natural que un niño antes de ir a la escuela salga a hacer negocio. Así aprendí a comunicarme. Veo que ahora hay niños que no pueden ni decir cómo se llaman porque les da vergüenza…

Mi mamá me decía: Estudia, estudia. Quiero que estudies. Aprende a hacer hamacas, pero no quiero tenerte como un trabajador. A los seis años aprendí a hacer hamacas. Me gustó porque resolvía la vida cotidiana en ese tiempo. Mi abuelo pescador sabía tejer las redes para pesca. Aprendí las dos cosas en el mismo tiempo. Ahora hago hamacas, redes, redes de portería, para basquetbol, para volibol, con esa malla que me enseñaron. Todo se hace a mano.

Yo era el consentido de mi abuelo. Él me dijo: Porque eres mi consentido, te voy a enseñar lo que yo sé. Y mi mamá me decía: Estudia. Mas sin embargo, entre los trabajadores yo aprendí.”

Al crecer, Nelo se hizo merecedor de castigos: “Si te portaste mal, ahora vas a hacer una hamaca completa”. Pero como al niño le gustaba tejer y el beisbol. Su madre le guardaba los castigos para el fin de semana. “Te vas a castigar sábado y domingo haciendo una hamaca y no vas al deporte”. Pero sus tíos lo estimulaban en el beisbol. Iban a buscarlo para llevarlo a jugar. Como Nelo estaba castigado, uno se lo llevaba a jugar mientras otro terminaba de tejer la hamaca.

En calidad de Ingeniero Civil, se dedicó a la construcción durante 20 años. Hasta que un día le dijo a Irma, su esposa: “Quiero recordar mi infancia” y se puso a tejer una hamaca que le obsequió y que aún conservan. “¿Cómo la trata ella que aún está la hamaca?”. Después Nelo hizo una segunda que se vendió antes de ser terminada. Fue tal el gusto que Don Manuel se siguió teje y teje.

-Es una terapia que no te imaginas… Desde chico he sufrido la enfermedad del asma. Mi mamá me llevó a operar las anginas. El doctor me preguntó. ¿Sabes hacer algo con tus manos? Con el ejercicio me asfixiaba… Pues estoy volviendo a hacer hamacas. Pues ese va a ser tu ejercicio y tu terapia, vas a superar otros problemas que tienes. Ahora me pongo a tejer, pongo música, Irma está junto a mí bordando -Doña Irma es una extraordinaria bordadora y colorista de la que hablaremos próximamente- y se me van las horas, se me van los días. Y ya no puedo parar. A veces a las once de la noche sigo trabajando y eso que me levanto a las cinco. Y cuando Irma se sienta a platicar conmigo, más rápido avanzo.

Don Manuel un día se puso a diseñar muebles. Miró a su alrededor los catres, las sillas perezosas. Le fue dando sus ideas a un carpintero: “Tengo esta muestra, pero yo le quiero poner esto. Empezamos con banquitos de madera y en vez de lona les pongo malla tejida. Luego la gente me pidió que si una mesa de centro, que si más cosas.

Otro castigo que me daba mi mamá era hacer “muñequitas”, unos adornos para las hamacas que ella vendía. Todas las hamacas llevaban sus “muñequitas”. Una caja metálica, de esas de las galletas, se llenaba con todos los pedazos de hilo que había sobrado. Es para que no se desperdicie nada, todavía no se hablaba de “reciclado”. Ahora lo hago con gusto, no de castigo. Las “muñequitas” tienen una doble función: Sirven de adorno y también de guía. Fíjate que no vas a encontrar otros banquitos como éstos que se pueden desarmar. La parte tejida la quitas, la lavas y la vuelves a poner. Es lo mismo para la silla mecedora, para la perezosa.

La ingeniería me sirvió para calcular las medidas. Súmale, réstale, quítale. Hasta tener la plantilla. Donde estuve trabajando era un área de control de calidad. Aprendí a ser muy exacto. Le digo al carpintero: No me falles ni un milímetro, dale nomás la tolerancia que pide y hasta ahí. Todos mis banquitos son igualitos, no ves que tengan una medida de más.”

Don Manuel no ha buscado la difusión y menos obtener premios. A él le encanta compartir sus conocimientos. Ha dado cursos y nunca los ha cobrado.

Cuando Nelo era niño y tenía vacaciones de la escuela su mamá lo enseñó a venir a la ciudad de México, al mercado de la Ciudadela, al de San Juan. “En las bolsas que se usan para el azúcar, mi mamá traía las hamacas, eran unos bultos así. Ella me decía: Mhijo, te sientas acá, en el parque donde hacen los bailes, para que cuidar los bultos. Ya cuando quedaban dos o tres, los cargaba y la acompañaba a ver los clientes. Cuando empecé a traer las hamacas, volví ahí mismo. Se acordaban de mi mamá: ah, sí, una tehuana… no hemos vuelto a ver las hamacas de Doña Mago, porque ella se llamaba Margarita… Pues yo traigo de ésas mismas pero ahora las hago yo. Desde ahí yo ya no suelto La Ciudadela. Al Mercado de San Juan ya nomás voy a echarme un caldo de pollo, riquísimo. ** ** **

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