Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

“Un manantial llamado Anastasia-Sonaranda”

A la memoria del poeta, del amigo, del luchador social Leopoldo Ayala

Anastasia Guzmán es un manantial. Manantial sediento de dar. Manantial de aguas generosas, amorosas; de aguas que abrevan en Bach, Vivaldi y Mozart lo mismo que en Atahualpa Yupanqui, Silvio Rodríguez y Leo Brower. No en balde esta mujer de tantas músicas se define como hija de Silvestre Revueltas y Violeta Parra. Por eso se le llama también Sonaranda: Son que ara y canta.

En días pasados la sala Xochipilli de la Escuela Nacional de Música se vistió de gala. Suntuosos huipiles, preciosas guayaberas, ropa formal, zapatos boleados y huaraches que han recorrido todos los caminos para asistir al examen profesional de Anastasia-Sonaranda, para ser testigos de la primera vez, la primera primerita vez, en que la música folklórica, la música tradicional, es aceptada por la Academia, por el H. Consejo Técnico, para sustentar los conocimientos musicales y darle el título de Licenciada Instrumentista -Guitarra- a quien pulsa las cuerdas de su instrumento desde que tiene cinco años, a quien ha dado conciertos en cuatro continentes, a quien lleva 30 años componiendo piezas que han sido interpretadas por sus maestros y por sus sinodales.

Hubo que caminar 18 años para llegar a este momento, para escuchar un repertorio “que aporte el sentir y el conocimiento del México de hoy: diverso, multicultural, rústico, moderno, campirano y citadino, en pocas palabras: complejo. Es música con un pie en lo académico y otro en la tradición” al decir de Anastasia, quien interpretó sus composiciones abrazada a su Alotzin, su guitarra desde hace 20 años, siendo flanqueada, amorosamente acompañada por Sergio Ordóñez en la jarana jarocha, la jarana huasteca, la vihuela y la quena, por los violines de Omar Guevara y Mauricio Cervantes, por la viola de Román Castillo, por Natalia Pérez al violoncello, David Sánchez al contrabajo, Osvaldo Peñaloza en el cajón peruano y las percusiones; por David Méndez Rojas en el huehuetl, algunas percusiones, flautas y ocarinas, por Tenoch Ehekatl Méndez Carmona en al teponaztli, percusiones, flautas y ocarinas también, por la voz de Edna Iris Hernández Ramírez que se dedica también a la música y saca adelante la editorial Pluralia que rescata nuestras lenguas indígenas. Todos ellos siguiendo la batuta de Gerardo Tamez.

Para este recital-examen, Anastasia estrenó un su huipil guatemalteco cuyas garzas bordadas remiten a un texto de uno de sus autores predilectos, Eduardo Galeano: “Eran blancas las plumas de los pájaros y blanca la piel de los animales. Azules son, ahora, lo que se bañaron en un lago donde no desemboca ningún río, ni ningún río nacía. Rojos, los que se sumergieron en el lago de la sangre derramada por un niño de la tribu kandiueu. Tienen el color de la tierra los que se revolcaron en el barro, y el de la ceniza los que buscaron calor en los fogones apagados. Verdes son los que frotaron sus cuerpos en el follaje y blancos los que se quedaron quietos.”

Pero si hablamos de garzas, hay que decir que La Garza, es una composición de Sonaranda, un son jarocho que forma parte de La suite La Red y está grabado en uno de los cuatro discos individuales de Guzmán: Puksi’ik al Xochiltzin; tampoco podemos dejar de mencionar Guacamaya. Un fandango cósmico en Tamaoanchan, una composición suya también, del año 1997, estrenada en Nueva York por su maestro e impulsor Marco Antonio Anguiano.

La guacamaya es el nahual de Anastasia. Es el significado del nombre de su guitarra: Guacamayita. Cuenta Anastasia que una vez dio un recital en la selva chiapaneca. Todos, ella incluída, escuchaban en atento silencio el canto de Alotzin, su guitarra. Pero en cuanto terminó la música empezó otro concierto, el de la selva, el de monos aulladores y guacamayas.

Todas las artes son su fuente de inspiración, pero hay que reconocer que la hija del poeta y periodista cultural Arturo Guzmán tiene una particular predilección por la escritura y que la poesía es una de sus musas. Ha leído la obra completa del historiador Alfredo López Austin. En ella ha abrevado para entregarnos composiciones como Cenyólotl: Corazón de Maíz.

Anastasia Guzmán es manantial. Manantial sediento de dar y compartir. Busca gente con intereses afines a los suyos, con quien fluye y realiza sueños. Javier de la Maza es uno de sus mejores amigos. Juntos trabajan por la Selva Lacandona: “Me he encargado de hacer música para cortos y documentales para Natura Mexicana, su asociación, una iniciativa no gubernamental. Un trabajo de los más bonitos que he hecho. Me permite estar cerca de la Selva y difundir el cuidado del medio ambiente.

Con sus hermanos y siguiendo una tradición familiar, Javier acaba de sacar un libro, el más completo sobre las mariposas en México. Hace poco descubrieron una nueva especie y le pusieron de nombre Quilapayuna porque los de la Maza, que también son músicos, tienen mucha amistad con el grupo chileno Quilapayún. Al enterarse, ‘Los Quilas’ hicieron una canción en honor a la Mariposa Quilapayuna.”

Del manantial de recuerdos y anécdotas se podrían llenar cántaros y cántaros: que si lo primero que tocó en guitarra fue El Colás y la Bamba, guiada por su maestro el buen Folklorista Adrián Nieto, que estudió en una primaria activa donde el uruguayo Alfredo Zitarrosa pagaba la colegiatura de sus hijos dando conciertos en el patio, que aprendió de los exiliados chilenos a querer y a tocar a Violeta Parra de quien interpretó El joven Sergio durante su recital-examen.

Sabe que sólo con una gran disciplina puede dar frutos. Por eso el día ideal para Anastasia empieza tempranito, con una meditación, luego el desayuno, seguido de dos o tres horas de trabajo en la composición y otro tanto dedicada al estudio de la guitarra.

Pero la realidad de un músico independiente es muy otra. Tiene que hacer mil cosas que van de lo muy importante a lo urgentísimo e impostergable. Así la vemos en reuniones de vecinos y abogados pues la casa de su mamá se cayó en el temblor del pasado 19 de septiembre, siendo tutora de los becarios del Fonca, muy integrada al Colectivo Arteson al lado de Gerardo Tamez y Ernesto Anaya, componiendo una obra para la Orquesta de Guitarras Atlixcayotl de Puebla que se estrenará en julio; colaborando activamente con Edwin Iván Conchero, egresado de la Normal Rural Rubén Isidro Burgos de Ayotzinapa, quien después de dar clases en una comunidad apartada, organiza talleres de guitarra y proyecta películas en un esfuerzo por que la actividad cultural mitigue la violencia y el terror imperantes en la zona. Cine Sillita es “resistencia cultural” al estilo Cinema Paradiso; ayudando a Gabino Palomares a recopilar su propia música dispersa, presentando su libro Vida y obra de la guitarra mexicana. Tiempos y espacios del alma mía, que el año pasado ganó un premio de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), invirtiendo mucho tiempo y esfuerzo para buscar trabajo a partir discos y partituras sembrados, luchando sonrientemente para hacer realidad una frase del escritor Alejo Carpentier que se ha vuelto la bandera de Anastasia Guzmán-Sonaranda: “hay que entender que en América Latina la alta cultura lo mismo se encuentra en las academias que en las calles”.

De ahí el logro de esta mujer tenaz que un buen día decidió seguir el camino de su corazón para acabar con el neocolonialismo cultural imperante en Facultad de Música. ** ** **

Beatriz Zalce

Premio Nacional de Periodismo por su labor cultural en Desinformémonos. Catedrática de la Escuela de Periodismo Carlos Septién y de la Facultad de Estudios Superiores de la UNAM.

Una Respuesta a “El caso de la Casa Taller Alfredo Zalce”

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