Desde los fuegos del tiempo

Ramón Vera-Herrera

Los turnos de la noche

(Primera de dos partes)

Bajó veloz la escalera. La campana del camión de la basura había repicado en la calle lejana y estaba el bote tan retacado y comenzaba a oler tan mal que no dudó nadita en llegar a la puerta antes que Los Golfos se fueran (así se llamaban los basureros de la colonia). Era sábado, medio día. Tenían ganas de comer hamburguesas después de haber estado tirados todo el día, abrazados, dormitando, besándose, hablando y tejiendo caricias entre el café y las medias lunas que nunca faltaban.

*

Como era su costumbre el tal bajo rozando apenas los escalones, pero una de las losetas del cuarto escalón de arriba para abajo estaba tantito desprendida (no totalmente suelta). Al pasar, el tacón de su bota se atoró en la loseta y le atoró la pierna entera, y la pierna el cuerpo. La palanca fue tan brutal que oyó dentro de sí una especie de chasquido, un crac que lo desplomó sintiendo que se le aguadaba la pierna, como si súbitamente fuera líquida, un trapo flotando en el viento.

El dolor, hasta el techo.

Cayó sentado ahí mismo, cogiéndose del barandal, gritando carajo y buscando la sangre.

Ahora piensa que si no se le hubiera roto la pierna habría salido disparado hacia abajo, proyectado unos veinte escalones hasta el rellano de esa escalera exterior y tal vez se habría desnucado o quebrado la columna o la cabeza con consecuencias inimaginables donde la muerte se asomó por un instante.

*

Su pierna estaba quebrada, tibia y peroné, y el tal la miraba como un hilacho chueco y colgado. Se buscó la sangre pero no había nada. María, gritó, me rompí la pierna, no me puedo mover, ven, María, y comenzó a trepar de espaldas con mucha lentitud y (oh sorpresa) mucha claridad. De repente se le instalaba en el cuerpo el golpe de la adrenalina que más que meterlo en angustia lo sacaba a una calma desmedida. Casi en cámara lenta sentía transcurrir todo lo que le ocurría a velocidad de rayo, y mientras María bajaba a avisarle a Miguel, a Natalia, a Emilia, el tal iba bajando su respiración y trepaba de espaldas uno o dos escalones (mientras recordaba lo que contara Pascal Quignard del filósofo romano, en realidad hispano, que pregonaba que la razón era una emoción extrema cercana a la frialdad) mientras junto con él se le trepaba el dolor hasta la base de la nuca.

***

Miguel llegó y le sostuvo con cuidado el colgajo y le quitó el zapato conminando al tal a que fuera cuidadoso para no romper o desgarrar, con el mismo hueso, los tejidos internos. Entre Miguel, Emilia, María y Natalia, lograron ponerlo en la cama y le acomodaron sueltamente la pierna para que estuviera apoyada sin colgar. El tal pidió cigarros y les dio pitadas profundas a tres cigarros que se fumó casi de un hilo, sintiendo que con eso alejaba un poquitito por lo menos el dolor y se metía más en esa sensación de flotación calma que te ayuda a verlo todo con extrema lucidez y una gama compleja de sensaciones, emoción, planos de realidad. Emilia hablaba en el otro cuarto buscando una ambulancia. Miguel, María y Natalia evaluaban la situación en el comedor. El tal comenzaba a cancelar citas, posponer plazos límites, contar lo sucedido a los sorprendidos amigos que recibían sus llamadas desde el móvil. Pues sí, manito, aquí ando tirado, decía, yo creo que no llego el lunes como habíamos quedado. Sí, no, la verdad no sé qué sigue; estamos esperando que venga la ambulancia, pero nada. Ajá, yo te hablo en cuanto sepa qué onda, no, sí, la neta no sé si te vaya a entregar el texto para el miércoles. Ajá, pues sí. Gracias, manito. Yo también te mando un abrazo. Sí, aquí estoy con la María y la Natalia y la Emilia y el Miguel.

***

La ambulancia no llegaba. Corrección. Ninguna ambulancia llegaba. El accidente había ocurrido como a las 2:45 de la tarde y eran casi las seis y ninguna de las cuatro ambulancias que dijeron que iban había llegado. Sus amigos convocaban a otros y mientras él esperaba ya tejían una red de apoyo a lo que hubiera de ocurrir —la salida al hospital, la colecta para cualquier gasto clínico (porque el panorama podía pintar para algo rápido pero no podían descartar una operación), las guardias en el hospital, las eventuales ayudas para que no se retrasara de más con su trabajo.

Mientras, al tal se le hacía presente la bolsa de basura que salió volando. Por fortuna (por tener un nudo) quedó en el rellano como una pelota blanca que al ir trepando de espaldas miraba como un burro. Al fondo escuchaba la voz de Miguel y Emilia pensando adónde había que llevarlo.

Oigan, yo también quiero opinar, se oyó decir. Sí, claro, le contestaron. Dudaban de si llevarlo a un sanatorio particular con servicios médicos modernos e instrumental y equipo que les sonara eficiente. También pesaba la opinión de que debían ir a un centro hospitalario fogueado, eficiente por la carga de accidentados de todo tipo y que, aunque fuera oficial, gubernamental, público pues, tuviera maña, ojo, callo como se dice en el DF, para atender con tino y cariño.

No, qué van a ser cariñosos, decía una. Ahí tienen que ser rudos y el ser médicos no da para estar apapachando. De todos modos, al rato de hablar y hablar mientras seguían esperando, llegaron a la conclusión que en Xoco, en la mal famosa (para mucha gente) Cruz Verde. El hospital más banda de la ciudad de México en eso de los accidentes y los incidentes. Ahí llegaban, sobre todo por las noches, los picados, los atropellados, los balaceados, los suicidas, los congestionados, los fracturados, los intoxicados por gas, los asesinados que no llegaban a salvarse.

***

El dolor trepaba en punzadas. No sólo se localizaba en las roturas, en la grave herida interna que tenía. Recorría su cuerpo y le abarcaba y cubría por completo. Tenerlo a raya significaba respirar, bajar la respiración y mentalizar que la exhalación buscara el punto del dolor, los puntos del dolor, para diluirlos un poco. Fumar había ayudado pero la náusea se asomaba por ahí y no había que alimentarla.

Por fin llegó una ambulancia. Los paramédicos que la traían eran agentes de policía asignados a helicópteros de rescate. En sus días libres algunos se apuntaban de voluntarios para casos de niños quemados, pero si podían ayudar, lo hacían.

Traían una Emilia especial que permitía inmovilizar al accidentado para que no les bailara de un lado a otro o se les cayera. Su sistema de compactar el hueso era muy sabio, porque al puro palpar alinearon los huesos y así la cerraron momentáneamente con un aparato de hule espuma y borrega por dentro, que lograba mantener caliente la pierna, apretando sin lastimar.

Lo primero que le dijo el paramédico fue, cómo te sientes, ¿te ponemos un calmante?, cómo va el dolor. Y se sorprendió al oírse decir: no, así sin nada. Con un calmante capaz que dejo de estar alerta, y quiero saber qué tengo, hasta dónde y en dónde me pasa algo. Prefiero consciente y alerta. ¿Seguro? Sipi. Así prefiero. Bueno, dijo el paramédico, joven, como de treinta años. Si de pronto ya no aguantas el dolor, no sufras, me pides algo y te damos, ¿va?, Va, le dijo el tal.

Y era cierto. El dolor es un maestro de la atención. Como lo es el deleite también. El mundo de las sensaciones lo tenemos tan borrado que no conocemos nuestras más mínimas reacciones, ni nuestros límites verdaderos. Y en este caso el dolor sería una guía, un mapa punzante de dónde y hasta dónde llegaba la gravedad de lo que le ocurría.

***

Lo comenzaron a bajar por la escalera. El tal quería ayudar, con las manos se empujaba de los barandales, de la pared del cubo, pero su peso y el quiebre en la esquina del rellano hicieron la operación muy difícil, muy cargosa para ellos, y muy dolorosa para él, a pesar de que la compactación con la férula calientita lo había relajado. Miguel les ayudaba a ambos paramédicos y aun así fue excruciante la bajada. Emilia, que estaba hasta abajo, lo vio y pensó que tenia una lividez de cera, que estaba tan pálido que le dio susto sentir la muerte tan rondando.

Lo sacaron a la calle. Ya para entonces los vecinos sabían del accidente y unos paraban los coches o los dirigían para que el tránsito no se interrumpiera con la ambulancia estacionada sobre la banqueta izquierda de una calle tan angosta.

Lo treparon a la ambulancia, y María pudo ir con él, agarrándole la mano y hablando para que el tiempo de su pena no se fuera pa’ dentro, ensombreciendo el momento que se iba haciendo largo e interminable, como si el presente continuo se hubiera instalado hasta nuevo aviso en el ánimo de todos y en la variabilidad de los acontecimientos.

Él, de pronto escuchaba canciones y pedazos de melodías en su cabeza. Las luces de la ambulancia y las luces de la ciudad que comenzaba a iluminarse le inundaban los ojos con el verde azuloso y el rojo chillones, de los semáforos y el naranja del tungsteno y el blanquísimo verdoso del neón del alumbrado general.

Todos los sonidos le taladraban el cuerpo y lo regresaban de este lado con María y el fragor de la calle en la noche.

***

La entrada de Xoco era un tumulto de familiares sufriendo en los círculos concéntricos de su propia familia y común sentido. Cada quién esperaba que atendieran a sus pacientes, que entre todos configuraban la larga lista de los que había que atender, así en abstracto.

La ambulancia penetró como un ariete ululante el pasillo exterior del edificio, ya puerta adentro de las rejas que dejaban a tanta gente en la calle a su propia zozobra y desconcierto.

La ambulancia era una autoridad. Los paramédicos le representaban una garantía al personal: la garantía de una verdadera urgencia, de una confianza equis a la que había que responder. Los paramédicos actuaban y sus actos eran como jugadas de un ajedrez interminable que el personal del hospital tenía que jugar.

Lo pusieron en una camilla y lo condujeron a un pasillo del hospital donde lo orillaron pegándolo lo más posible a la pared. El paramédico policía le volvió a decir: qué tal, ¿ya te pongo un arponazo o vas bien?

Voy bien, se oyó decir. Qué dicen los médicos. Están tramitando el ingreso con tus amigos, le dijo el paramédico rozándole la pierna herida con la mano. ¿Sientes frio o calor? Calorcito rico, contestó. Sí, es que salió bien la compactada; tu hueso se acomodó muy bien. Tal vez te vayas al rato ya enyesado y hasta una cena rica te echas en tu casa. Estamos esperando pasar a ese cuarto del otro lado del pasillo para que te tomen unas radiografías. Ya con eso el ingreso es más fácil.

Se acercó uno de los médicos. Uno muy joven. Qué le pasó, cuénteme.

El tal le narró por encima al principio y luego, poco a poco, con más detalle, al responderle las pocas preguntas clave que le hacía el residente.

Lo pasaron a la radiografía. Lo sacaron. Su recuerdo más nítido de esas dos horas que estuvo allí en el pasillo es el color amarilloso de la luz del techo bajito y lo poblado de ese universo adonde volteara a ver sin sentir un jalón que le taladraba de dentro hacia afuera: sillas de ruedas, otras camillas, todas ocupadas por gente que había sufrido asfixia, quemaduras, acuchillamientos. Varios atropellados. Una señora baleada. El conductor de la ambulancia le hacía la reseña de sus compañeros de travesía para animarlo. N’ombre, mi amigo, usted está de lujo, le decía. Ya se va a ir al rato.

Miguel llegó con la noticia de que había muchos amigos afuera esperando ayudar. Que el médico le había dicho que había una posibilidad de que tuvieran que operarlo. De que no era sólo enyesamiento y ya. Que la tibia y el peroné estaban partidos. La tibia en dos, el peroné en varios fragmentos. Pero que no se preocupara, que estaban en eso.

Dos de los médicos de guardia incluido el joven (que se llamaba Rafael), lo movieron a un recinto, un cubículo con luz tenue, más azulita, que compartía con otros tres, cada uno en una cama angosta. Ése era su ingreso formal.

Rafael llegó a su lado y con voz breve y precisa pero bastante en voz baja lo puso al tanto de los últimos acontecimientos (algo que los médicos de guardia no suelen hacer, y mucho menos los aparentemente bisoños que luego son inseguros, parcos, cautos y desconcentrados).

De inmediato su posición, su postura, su actitud, en su propio accidente, en su propio incidente, se acomodaban en otro sitio. Él se acurrucaba en otro lugar de sí mismo.

****

Rafael le comunicó que las radiografías no dejaban duda. Tenia una fractura múltiple, que la tibia estaba partida en 2 pero el peroné estaba fragmentado por lo menos en cuatro. Que había que operar porque para eso no servían las férulas de yeso, que igual terminaban permitiendo que se soltaran las uniones. Que iban a ponerle un andamio, por fuera. Una T con tres tornillos en el “tronco” y dos más en el sombrero de la T. Esto para compactar la tibia desde fuera fijándola del todo, algo que un yeso no podría. Además había que ponerle una placa para alinear, compactar y fijar el peroné.

Todo esto había que hacerlo pronto porque si bien la fractura no estaba expuesta, es decir, no había roto los tejidos de músculo y piel asomando al aire los huesos, sí había “muchos líquidos fuera de madre”, sangre derramándose aunque fuera un poco, adentro de su pierna.

Todo esto requiere que lo drenemos para que no nos vaya a sorprender una infección interna, “un proceso necrótico”, una gangrena, pues.

Lo malo, dijo (y ahí es donde él se dio cuenta de golpe que la situación era muy otra de la que había alucinado en su delirio de accidentado) es que las autoridades del hospital no nos van a dejar operarte porque no hay fractura expuesta. Las regulaciones hospitalarias aquí indicarían tu ingreso pero para esperar que te operemos en unos tres, cuatro días, viendo cómo evolucionas, controlando tus líquidos, mientras conseguimos el aparato que hay que ponerte, que no hay aquí.

Y añadió, y claro, ya le dijimos a tus amigos el teléfono de tres proveedores (que pueden venir hasta acá con el aparato y la placa) para acelerar el trámite, pero no es suficiente. Por eso te quiero preguntar si estás dispuesto a ayudarnos a brincarnos un poco las trabas de los jefes, dijo, y lo miró a los ojos mientras proseguía: ¿ya viste cuánto doctor y enfermera militar hay pululando? Son marinos.

Están aquí controlando, vigilando. Dizque aprendiendo. O sí. Aprenden y practican. Pero también vigilan, orejean bien y bonito a los jefes lo que ocurre aquí en los turnos de la noche, en las guardias más jodidas, porque quieren entender cuál es nuestro trato, cómo nos llevamos con la gente que llega. La verdad ni sabemos qué piensan de nosotros. Aquí hacemos lo que podemos, ni más ni menos. Son muy jodidos estos turnos. Incluso ha habido veces en que a los balaceados llega gente a quererlos matar. Es de locos. Es de risa. Bueno. Lo que te pregunto es si estarías dispuesto a fingir que tu caso es uno de fractura expuesta, que cuando cualquiera que venga y te pregunte qué tienes, tú muy seguro les digas que se te partió la pierna y se te salió la tibia. Que aúllas de dolor y que sangraste mucho. Para eso, tendríamos que hacer el cuadro más creíble, y la pregunta es si estarías dispuesto a que te rebanemos un tajo largo (de pura piel, no estamos en la pendejada de hacerla expuesta, ¿verdad?) con una gillete para que de veras sangres, externamente, se entiende.

El tal entendió en el acto. Su certeza instantánea se agolpó de admiración y regocijo. Estos sujetos tienen que brincarse la autoridad para poder hacer bien su trabajo y son equipo, comunidad, que está dispuesta a correr lo riesgos que esto entraña.

Por supuesto, doc. Cuente conmigo, qué increíble, dijo.

No todos se animan y no se trata de hacerlo sin que los pacientes sepan porque hay que ser todos congruentes con la versión.

Va a venir una enfermera y ella va a hacerle el tajo. ¿Ya le dieron un calmante? ¿No? ¿Todavía no? Bueno. Tranquilo, en un rato estoy con usted, contigo. Tus amigos ya tienen los números de los proveedores. Y ya discutí con su amiga la que escribe de ciencia la anestesia que te pondríamos. No te vamos a poner nada que tenga efectos cabrones. Leí lo que ella me dijo que leyera y tiene razón.

Y acuérdate, a quien venga a preguntar (están por bajar dos de los jefes, y los marinos pasan con su tabla de apuntar) hay que insistir en que fue fractura expuesta. No te preocupes, doc. Todo bien.

***

Una media hora después, ya con el tajo y su venda enrojecida por la sangre, Rafael volvió a visitarlo. Ya tenemos el aparato. Lo escogieron tus amigos. Hoy a la noche te operamos. Todo va a salir bien. Si quieres que te pegue rápido el hueso, deja de fumar. Mientras hablaba, otro médico reacomodaba su pierna recompactando (reduciendo, decían) la fractura mayor. Le pusieron también una férula nueva de fibra de vidrio con una especie de bolsa de gel calientito para que estuviera a gusto. Hecho eso, Rafael le volvió a preguntar. Ahora sí, ¿aceptas el jeringazo para que te duermas un rato? Y él le dijo, híjole, doc, ahora sí te acepto el calmante. Va a estar rico dormir. Y nomás sintió que lo invadía un sopor que canceló todas las visiones y atisbos y sensaciones, intuiciones, angustias y zozobras vividas desde las 2:45 de la tarde y que lo tenían en una vigilia demasiado alerta, aunque hubiera sido tranquilidad de hielo lo que estuvo irradiando en el transcurrir de las horas en torno a todo su ser tendido en una cama de hospital en el turno de la noche.

Una Respuesta a “Los turnos de la noche”

  1. Marco Antonio González Gómez

    Muy estimado y querido Ramón, cómo tus otros escritos en los que narras las historias de ese México, esencial, entraña del país, desconocido por las mayorías, realizas la crónica de un evento histórico en la reivindicación de los pueblos originarios, del verdadero México.
    Lo haces como todos tus escritos con profundidad y prolijidad en la explicación y la certera conciencia de lo que está sucediendo. Gracias por este escrito y todos los demás, un fuerte abrazo.

Dejar una Respuesta

Otras columnas