Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

Los rollos perdidos de Gibrán Bazán

Al principio, el documental estaba prácticamente prohibido, censurado. No tenía cabida en ningún festival. Parecía haber ganado la frase con la que empieza Los Rollos Perdidos (2012) del cineasta y periodista Gibrán Bazán: “Confiaremos en la mala memoria de la gente” del poeta Jaime Sabines. Todo indicaba que había que seguir ocultando la existencia de unas grabaciones secretas de la matanza en la Plaza de las Tres Culturas en 1968 y preservar la mala memoria en cuanto al incendio de la “vieja” Cineteca Nacional.  La transmisión por el Canal 22 de televisión, a fines de septiembre, tuvo una audiencia  calculada en más de 3 millones 600 mil.

La gran mayoría ignorábamos que la tarde del 1° de octubre de 1968 un equipo de ocho cámaras de la más avanzada tecnología, misma que se usó para documentar las Olimpiadas de ese año, capaces de hacer un buen close up a 300 metros de distancia, se colocaron en puntos estratégicos en los pisos 17 y 19 del entonces edificio de Relaciones Exteriores, en Tlatelolco. El 18 se reservó a los francotiradores. El director de cine Servando González había recibido del Secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, el encargo de filmar, al día siguiente, una manifestación estudiantil que sería reprimida y 20,000 pesos, suma considerable. Servando González tenía en su haber películas tan importantes como Viento Negro y Los de Abajo además de premios y nominaciones.

Servando y su equipo de camarógrafos filmaron durante más de diez horas aquel martes 2 de octubre de 1968, esa noche de Tlatelolco. Todo lo vio, todo lo dejó documentado: las risas de los manifestantes, el helicóptero y las bengalas, la balacera, el Batallón Olimpia inconfundible por su guante blanco, el pánico, el intento por salir de aquella ratonera, los muertos, la muchacha bonita que llevaba un abrigo rojo que enrojeció de sangre y muerte. Nada escapó a sus cámaras ni a su memoria.

Servando González había dicho: “El cine es vida y la vida es el más grande objetivo del ser…”. Él hubiera preferido, terminada la chamba, reunirse con su familia y festejar el cumpleaños de una de sus hijas, pero fue llevado a los Estudios Churubusco para procesar el material fílmico y ahí se estuvo hasta que una comitiva militar vino a recoger los rollos, las pruebas, los positivos y los negativos a las siete de la mañana del día siguiente.

Todo esto lo supo Gibrán Bazán a través de una carta anónima que le llegó al Periódico El Universal en el año 2001. Empezó a investigar. Las explicaciones a medias lo condujeron hacia una leyenda urbana: en la cineteca nacional, a un lado de los Estudios Churubusco, se había guardado durante años algo de ese material, quizás el equivalente a una hora de grabación. Pero todo se perdió en el incendio de la tarde del 24 de marzo de 1982.

Todo, no. Sí un 90% del acervo fílmico mexicano. Una catástrofe comparada con la destrucción de la biblioteca de Alejandría. El director de cine Nicolás Echeverría comparte con las cámaras de Bazán: “¡Qué paradoja más espantosa que un edificio y una institución que está encargada de preservar el cine mexicano acabe destruyendo todo el acervo que tiene su país!”.

A través de la voz narrativa del actor Daniel Giménez Cacho nos vamos ubicando en el año 1982, es 24 de marzo por la tarde, día en que mucha gente llena la Sala Fernando de Fuentes de la Cineteca Nacional en Tlalpan y Churubusco. De pronto, de la esquina superior derecha de la pantalla surge la primera flama. Seis explosiones, pánico, incendio que dura más de catorce horas, bomberos muertos en el cumplimiento del deber y una explicación poco satisfactoria de los peritos: “Un corto circuito provocó el incendio que destruyó la Cineteca Nacional”.

El crítico de cine y autor de una numerosa bibliografía especializada en el tema, Jorge Ayala Blanco, es claro, enfático. El autor de La Aventura del Cine Mexicano afirma: “Los peritos o son ignorantes o se hacen porque saben perfectamente que el nitrato no se quema: se activa”.

Ayala Blanco no deja de lado su vocación docente, Profesor Decano de la Unam, no soporta los documentales parlantes, donde el entrevistado habla y habla y luego una serie de imágenes vienen a confirmar su dicho. Él cree en el trabajo de investigación, en el documental “como un reportaje de investigación en serio”. Por eso antes de compartir con Bazán sus conclusiones lo mandó a investigar. “No le soplé el examen, él llegó conmigo, cinco meses después, con las mismas conclusiones y me dijo el responsable es…”.

Por supuesto que Jorge Ayala Blanco da nombre y apellido y argumenta explica. Y muchos de los entrevistados para el documental saben la verdad y varios están a punto de decirla pero callan. Treinta años después de la destrucción de la Cineteca Nacional siguen callando.

Así empezó también la leyenda negra de Los Rollos Perdidos. Ayala Blanco ataca a… quieren inocentar a Margarita López Portillo, hermana del entonces presidente de la República y directora de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC)  de la que dependía la Cineteca y quien se creía la reencarnación de Sor Juana Inés de la Cruz por lo que se ganó el mote de la “Pésima Musa”…

El documental de Bazán busca combatir la desmemoria, compartir con el público la investigación tal como se fue dando, intenta demostrar la hipótesis de la conexión entre dos hechos históricos. La masacre de Tlatelolco y la pérdida de nuestra memoria fílmica.

P.D. No, no te voy a decir quien fue. No te cuento el final para que veas Los Rollos Perdidos, para que te desinformes…            ***   ***   ***

 

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