Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

“Llover sobre mojado”

En 1995, Fredi Román Arias tenía 17 años, una flauta de carrizo y un amplísimo repertorio de Sones y Danzas de Bailaviejo aprendidos con avidez desde su infancia. Su mamá había muerto y de su papá no sabía nada. Lo crió su abuela; Don Fernando Hernández Magaña le enseñó todos los secretos de la música chontal tabasqueña. Traía puesta una camiseta con la imagen del Emiliano Zapata cuando salió de Tucta, en el municipio de Nacajuca, el 23 de abril de ese año. Casi 1,000 kilómetros después, con esa misma camiseta y tocando “Vamos a Tabasco” entró al Zócalo de la Ciudad de México el 3 de junio. Venía al frente de la Marcha por la Democracia.

Ese año, Andrés Manuel López Obrador había reunido en 45 cajas miles de documentos, todos originales, que demostraban el fraude que había llevado a la gobernatura de Tabasco a Roberto Madrazo Pintado. Convocó a sus seguidores, a campesinos chontales, quienes han sobrevivido a más de 500 años de injusticias y despojos a través de la resistencia cultural, preservando su música, cantos y danzas, a luchar por la vía pacífica y sumarse al “Éxodo”.

Los tamborileros de Nacajuca: Fredi (flautista), Martín Hernández de la Cruz (Tambor chico), Don Maximino Esteban Magaña (tambor chico), Oliverio Arias Gerónimo (tambor grande) e Hipólito Hernández Román (tambor grande); caminaron y caminaron. Hubo jornadas largas, extenuantes. Hubo días en que sólo recibieron unas naranjas y unos jitomates por todo alimento. Pasaron por pueblos y ciudades. Durmieron bajo techo y, las más de las veces, a la intemperie. Su música dio ánimos a la larga columna que los seguía, que seguía la bandera nacional.

Los esperábamos en el Zócalo. René Villanueva, fundador e integrante del grupo Los Folkloristas desde 1966, siempre del lado de las mejores causas, escuchó la música y corrió hacia ella. Lo desconcertó mucho que el “pitero” fuera un muchacho tan joven, que podría haber sido su hijo más chico. “¡Es que tiene el repertorio y la musicalidad de los viejos maestros!”. Más se sorprendió cuando supo que Don Maximino es hermano de Euleterio, más conocido como El Siete Pulmones. Le admiró la ejecución de Martín al tambor.

Miró la plancha del Zócalo. Ya era de noche. Había llovido.

-¿Dónde van a dormir? -la respuesta de un “Aquí” lo inquietó. -Aquí, ¿dónde? -Pues aquí… Vamos a buscar unos plásticos…

Dos minutos después corría yo tras René quien, a grandes zancadas, entró a uno de los hermosos hoteles que dan a la Plaza de la Constitución. Preguntó por López Obrador. Subió corriendo y entró a una habitación donde había varias personas. Abrazó a Obrador y a boca jarro le dijo: “Este grupo de tamborileros que viene contigo es extraordinario. El muchachito que toca la flauta es todo un maestro. Yo conocí al Siete Pulmones en 1968 y le hice unas grabaciones de campo que ya te compartiré.”

Obrador pareció desconcertarse. La verdad con todo lo que estaba pasando no le había puesto mucha atención a la música… Le daba gusto que a René le pareciera un buen conjunto. Ahora el desconcertado era René:

-¡No me digas que caminaste con ellos desde Villahermosa hasta acá y no los oíste! Bueno, estarás cansado… Me dijeron los muchachos que van a dormir en el Zócalo. ¿Los vas a necesitar mañana? Me los llevo a mi casa para que descansen y se repongan.

-Llévatelos, no hay problema.

René volvió a la Plaza corriendo, yo trataba de volar tras él:

-Compañeros, agarren sus instrumentos y sus cosas. Ya hablé con Andrés. Se vienen a dormir a la casa. Ahí vemos cómo nos acomodamos. Nos vamos en Metro. No se me desperdiguen porque se pierden.

Ese 1995 era año de vacas flacas. Había una olla de frijoles recién hechos, para la semana. Y bolillos. René se fue corriendo a hacer una llamada y regresó corriendo. Feliz, anunció:

-Hablé con Modesto López, director de Ediciones Pentagrama. Le platiqué de ustedes. Mañana a las diez tenemos que estar en el estudio de grabación. Vamos a producir un caset para que se lo puedan llevar de regreso a su tierra. Lo ponen en el sonido local. Tenemos que reforzar el conocimiento y difusión de esta música. Van a poder vender los casets.

Al día siguiente, antes del alba, la casa empezó a vibrar. Fredi y los tamborileros estaban ensayando diferentes sones, zapateados y danzas de bailaviejo.

-Compañeros, van a despertar a los vecinos.

-Entonces vamos a tocar algo muy alegre para que se despierten contentos, Don René.

-¡No, muchachos! Aquí no es como allá: ¡La gente se despierta más tarde, ya que salió el sol!

Después del desayuno, se fueron a grabar al estudio Agua Escondida. A su regreso no paraban de hablar: Le contaban a René, sólo se dirigían a él, sólo él contaba para ellos, que a ciertas tortugas pequeñas se les dice “pochitoque” y una danza les está dedicada, que pese al deterioro ecológico hay muchas aves por eso interpretaron El Jilguero, un zapateado, que el maestro de Fredi compuso obras para el Laboratorio de Teatro Campesino. Hablaban, le compartían información de cada una de las Danzas, de los sones, le relataban anécdotas del Éxodo por la Democracia. Fredi quería terminar la Prepa. Martín andaba de novio. A Oliverio le daba ilusión quedarse en la ciudad y manejar un bicitaxi. Don Maximino era más reservado, al igual que Hipólito.

Tiempo después, Fredi regresó a la Ciudad de México. René quería que entrara a la Escuela Nacional de Música. Hacía falta que terminara la Prepa. Le consiguió trabajo de portero. Puso el grito en el cielo cuando Fredi encontró mejor sueldo como albañil. “Muchacho, tus manos, ¿qué pasa si tienes un accidente de trabajo y te lastimas las manos? Entiéndeme: tus manos son tu primer instrumento musical”. Fredi se desempeñó como cargador en una editorial y luego en una farmacia. René casi lo dejó de llamar “hijo” cuando le anunció que la única manera de terminar la prepa y ganar un dinerito era meterse de soldado.

Desde que a René le diagnosticaron un cáncer en etapa terminal, a principios del año 2000, Fredi vino a verlo un día sí y otro también. Tocaba para él la Danza de la Guerra, ese son chontal de Bailaviejo que es como un rezo para invocar a las deidades y propiciar buenos augurios; miraba con René las películas de Chaplin antes de afirmar que él prefería a Tin Tan; ayudaba a enmarcar los cuadros que René iba pintando día a día. Fredi le pedía que le hablara más de Víctor Jara y del SubComandante Insurgente Marcos, pedía libros prestados que devolvía leídos y forrados de plástico a los pocos días. Se empeñó en aprender francés con mi mamá y enseñarle chontal. En junio del 2001, pronto hará 20 años, Fredi lloró a René como se llora a un padre, a un maestro, a un guía. Poco después me avisó que se iba pal Norte, que llamaría por teléfono cuando pudiera.

Y lo cumplió muchas veces. Hablábamos de René, de sus instrumentos musicales, de la situación política de México y de lo que pensaría René al respecto, de las Juntas de Buen Gobierno en territorio zapatista. Me contaba que vivía con muchos latinoamericanos y que unos no creían que había conocido a René, ni que había sido flautista (así dijo “había sido”), menos le creían que René lo grabara para varios discos editados por Pentagrama. Desde hace varios años tengo la esperanza de que al descolgar el teléfono oiré su voz, tan recia como su perfil maya… Me dijeron que se había casado con una oaxaqueña, que tenían una niña. También Martín se casó, también migró para Estados Unidos.

La maestra María del Rosario, hija de Don Maximino Esteban Magaña, me da noticias. Su papá se hace mayor cada día. Camina con dificultad. Empieza a familiarizarse con la silla de ruedas. Pronto le van a hacer un homenaje. Me pide le envíe Flauta Chontal Indígena y Flauta Indígena Mexicana, dos de los discos con las grabaciones de campo de René donde intervienen Los Tamborileros de Nacajuca.

Apenas menciona que a principios de noviembre se inundó su casita, que se inundaron las tierras, que el cielo se volvió gris de agua y la vegetación, parda de tanta agua. No dice que Andrés, como antes le decía a López Obrador, decidió que se inundaran las zonas bajas de Tabasco afectando a los más pobres, a quienes lo apoyaron incondicionalmente desde hace más de 25 años, a quienes marcharon con él rumbo a la Ciudad de México, a quienes lo creyeron “el rayo de la esperanza”. Ella no quiere hablar de eso. Nomás repite que su papá está muy triste, que su situación está muy triste. Tres municipios fueron totalmente anegados disque para salvar a Villahermosa. Más de 200,000 casas afectadas.

“Desde luego se perjudicó a la gente de Nacajuca, son los chontales, los más pobres, pero teníamos que tomar una decisión” -dijo Obrador mientras sobrevolaba las aguas tabasqueñas que antes de eso eran tierras, tierras pobladas. También dijo que los bienes materiales no son tan importantes, que son más importantes las vidas y que por eso había recomendado días antes a la población que lo dejara todo y se fuera a las zonas más altas. Afirmó que destinaría 18 mil millones de pesos para paliar los daños. El pasado 14 de noviembre, con inmaculada guayabera blanca bajó del helicóptero que lo llevó a Tabasco. Visitó algunos albergues, unas cocinas, platicó con paisanos suyos. Se veía contento. El mal estaba hecho, pero él lo va a remediar.

Se habla optimistamente de unos 800,000 damnificados y de entregar $10,000 pesos por cada una de las casas afectadas: alrededor de 200,000. El pasado 21 de diciembre, el ejército mexicano empezó a repartir paquetes de refrigeradores, ventiladores y otros enseres, labor que suspenderá en marzo de este 2021 para no interferir con las leyes electorales.

Es la cuarta vez en lo que va de este siglo que se habla de programas que serán la solución definitiva a las inundaciones en Tabasco donde llueve sobre mojado.

Beatriz Zalce

Premio Nacional de Periodismo por su labor cultural en Desinformémonos. Catedrática de la Escuela de Periodismo Carlos Septién y de la Facultad de Estudios Superiores de la UNAM.

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