Desde los fuegos del tiempo

Ramón Vera-Herrera

La rebeldía de lo “no métrico”

¿Como caracol quizá, como lente biconvexa? Con qué figura abarcar la paradoja: el sistema planetario que se dice único —todavía no lo es— envuelve con un denso entramado de relaciones y dependencias, políticas públicas, programas, “bienes y servicios” a las comunidades rurales y los barrios de las ciudades. Envolverlas significa establecer y controlar la mayoría de los más diminutos canales para el despliegue de la vida. Al mismo tiempo las excluye de las decisiones e impide, a veces abierta o violentamente, el desarrollo y florecimiento de las propuestas realmente comunitarias, de trayectorias ancestrales, y empobrece la potencialidad de múltiples habilidades individuales y colectivas.

Cómo deshacer entonces lo que nos encierra y patear el tablero. Como recomponer la vida en otros términos.

Qué haremos con todo ese entramado de referenciación que entrañan los sistemas digitales que parecen ahora agregarle una capa más (¿la última?) a este envoltorio de controles y exclusión.

Cuáles son los efectos reales, el costo social, espiritual, de todas las políticas de modernización (las reformas estructurales) que se entronizaron como solución y que están derruyendo la sobrevivencia y metamorfosis de lo humano para fortalecer el capitalismo y su lógica, como bien lo dijera Jean Robert en Los cronófagos, de próxima aparición.

Y si el advenimiento de las reformas estructurales extremó las condiciones materiales y simbólicas de la gente, las cercas digitales, el cercamiento generalizado que se tiende sobre nosotros al filo de la pandemia, todavía no es entendido ni acaba por ser temido pese a las repercusiones totalitarias que conlleva.

Ya en 1979, antes del agudizamiento que produjo la revolución neoliberal y los tratados de libre comercio que hicieron inamovibles sus reformas, John Berger apuntaba cómo se iban destruyendo muchos ámbitos de la vida campesina ante las medidas neoliberales en Gran Bretaña y Estados Unidos, primeros países en poner en marcha lo que entonces se llamaba con azoro “la modernización” del mundo.

“En Francia”, decía Berger “150 mil campesinos abandonan los campos cada año. Los planificadores de la Comunidad Económica Europea contemplan su eliminación sistemática para finales de siglo si no antes. Por razones políticas a corto plazo no usan la palabra eliminación sino la palabra modernización. Ésta conlleva desaparecer a los pequeños productores (la mayoría) y transformar a la minoría restante en seres económicos y sociales totalmente diferentes. El gasto de capital para mecanizar y utilizar químicos intensivamente produciendo para el mercado en terrenos del tamaño necesario y la especialización de la producción por área, significan que la familia campesina cesará de ser una unidad productiva y de ‘consumo’ y dependerá, en cambio, de los intereses que la financian y le compran, decía en Pig earth, en 1979.

El campesinado sobrevivió (y sobrevivirá), pese a las predicciones en contra (incluso de teóricos como Engels) que auguraban su eliminación ante la rentabilidad de la agricultura capitalista.

Sobrevive aunque los terratenientes y las corporaciones posean el 79 por ciento de la tierra a nivel mundial, según datos de GRAIN y el Grupo ETC. A pesar de la imposición de monocultivos en aras del capitalismo corporativo, a la marginación de la agricultura de subsistencia al extremo de provocar que cientos de miles migren a las ciudades y a los campos e invernaderos como jornaleros, donde pueden quedar excluidos de los beneficios de su propia comunidad y con un futuro cerrado por no poseer las habilidades determinadas como “pertinentes” por el sistema, o por no haberlas adquirido por los canales autorizados.

Tampoco ese exilio ha logrado desaparecer al campesinado porque jornaleros y jornaleras, los migrantes eternos y simbólicos de este sistema capitalista han demostrado que son un núcleo de lo que deberá ser la gente en el futuro, pues han logrado mirar todos los mundos y han constatado cómo es el capitalismo, la pandemia real que padecemos, y sus porqués, sus cómos, sus métodos, sus esquemas y estafas, sus triquiñuelas sucias, sus imposiciones e hipocresías. En muchísimos casos estas personas migrantes han logrado darle la vuelta al monstruo.

Según Berger, la creación de una estructura altamente rentable de agronegocio por la que el capitalismo monopólico controla el mercado de entrada y salida, el procesado y el empacado, la venta e invasión de una serie de artículos de consumo ajenos (llamémosles comestibles ultra procesados, porque alimentos no son), empujados a los consumidores como única disponibilidad posible, busca eliminar todas las formas de vida que no le sean de utilidad.

El propio John Berger, enfrentado a esta guerra de eliminación del campesinado, siempre tuvo la convicción de que si todo parecía empujar hacia eliminarles en unos cuántos años, su sobrevivencia de unos diez mil años (atravesando vicisitudes, violencias y pandemias, guerras, invasiones, despojos, cambios de régimen sin fin) nos hace confiar en que pueden sobrevivir otros diez mil. Y que entender esto es posible gracias justamente a la perspectiva que nos ha brindado esta era de globalización que hace convivir los tiempos en planos no sospechados antes. Aunque esta globalidad sea también el gravísimo problema que nos aqueja y nos quita el sueño.

En Desempleo creador, Iván Illich apuntaba desde 1985 que lo no contemplado era “el carácter de una sociedad de mercado intensivo donde la multiplicidad, especialización y volumen de mercancías destruye el ambiente propicio para la creación de valores de uso”. Señalaba también el papel oculto que juegan las profesiones (y los expertos) en una sociedad, al moldear sus necesidades y gestionar las soluciones posibles a problemas que podrían resolver las personas en lo individual y las comunidades como un colectivo.

El entramado de ese orden mundial era muy vasto ya entonces —y hoy en la era de las redes sociales y el tejido digital, son inconmensurablemente más intrincados que entonces. Pero en aquella época Illich, Jean Robert, Polanyi y Jean Pierre Dupuy señalaban que se iban estableciendo más y más las mismas formas de adquirir, sistematizar y producir conocimiento, adosadas con una ideología individualizante, de cosificación y dependencia de los especialistas (y ahora de la ambigüedad colectiva del Facebook y el Twitter). Hoy se homologa la investigación y las fuentes que nos imponen google y cualquier plataforma de adquisición de datos, información y vínculos.

Nuestros procesos más simples son controlados y emparejados paulatinamente con la sociedad “occidental” capitalista, neoliberal y supuestamente democrática.

Según el propio Illich en 1935 “nueve de cada diez palabras que oía una persona civilizada le eran dichas personalmente, como a un individuo. Sólo una de cada diez le llegaba como miembro indiferenciado de una multitud —en el salón de clases, la iglesia, los mítines o los espectáculos”. Hoy casi no tendríamos posibilidad de saber esto pese a toda la tecnología de cuentas de interacciones digitales, y “algoritmos”. En 1985 Illich se alarmaba del número de quienes encienden “interruptores”, botones de conexión. A partir de los datos de los setenta, para 1985 se habían triplicado.

Hoy nuestra vida está mediada en casi todo por interruptores, relays, obturadores, “teclas”, que controlan lo que va y viene en toda nuestra vida (sean mecánicas, electromecánicas, electrónicas o sensoriales o “touch”).

Illich se quejaba del arrasamiento epistemológico al decir que “unas cuantas décadas de desarrollo bastaron para desmantelar más de dos tercios de los moldes culturales del mundo”.

Es tal el emparejamiento actual que tendemos a medir el progreso social de una comunidad de acuerdo con la distribución o acceso al wi-fi o a las redes sociales. Y la discusión se torna álgida cuando alguien defiende la democratización de los dispositivos electrónicos y de su uso, sin problematizar la existencia misma de un tramado de sistemas que nos asignó el papel de un microcircuito integrado. En este proceso el mundo sufre una tendencia más y más agudizada de disminución de las habilidades humanas, de los sentidos múltiples de la forma, de todos los procesos mediante los cuales la gente creábamos o hacíamos todo por nosotros mismos. La descomposición social resultante toca por supuesto las mismas infraestructuras por las cuales “enfrentábamos la vida, jugábamos, comíamos y nos relacionábamos amistosa o amorosamente”.

Hoy el momento (que tal vez termine siendo una época) es el del capitalismo totalmente desnudo. Si la profesión de empeño capitalista es una lógica caníbal que necesita derruir todos los empeños no capitalistas para reproducirse y crecer dando fe de lo que significa capitalismo (es decir, la acumulación), como dijo Jean Robert, estamos ciertos que ese canibalismo produjo esta compleja crisis. Produjo estas fallas en el sistema que nombramos pandemia. En esta narrativa, el virus, o los virus (da igual), son el símbolo y el vector de esa crisis de crisis que trastocó la vida como la conocíamos y nos tiene sumidos en este interregno del que saldremos una humanidad diferente, y tal vez una humanidad muy disminuida.

Las plataformas digitales aprovecharon ese paréntesis, este interregno, para establecerse en todo el orbe y declarar (sin palabras) que comenzó la globalización 2.0. Es el momento en que quieren apropiarse de todo lo que no habían logrado erradicar. Estamos en confinamiento (aunque estemos archi-encadenados a las redes digitales, que nos asoman a todo y se apoderan de ese todo). Son su presa la información, la gestión, la actualización, las relaciones (esperan que todas). Es la certificación. Es la administración y la contabilidad con las “cadenas de bloques”; el registro general de lo que existe y su certificación —lo que apunta a que llegará un momento en que lo que no esté digitalizado no existirá.

Es el extractivismo de datos que ejercen sin miramientos las plataformas, el juicio de lo que sí es verídico y confiable, y lo que pertenece al ámbito de la incertidumbre; la vigilancia de nuestros ámbitos más privados, la entronización de la tecno-ciencia como lo único medible, el robo que se ejerce de infinidad de tierras que al digitalizar su configuración y tamaño pueden cambiar de manos por haber establecido una certeza digital; la caracterización de especies y sus “derechos de propiedad intelectual”. Todo nos urge a unirnos al universo de la referenciación donde lo medido existe, y la digitalización es la medida.

Si a esto se le añade el control de dispositivos activado digitalmente, y la sensación de automaticidad que nos dispensa de actuar en lo real, tal vez ya no prestamos atención al hecho de que toda automatización no es sino una nueva forma de la expoliación capitalista. Una que, como siempre, requiere de trabajo humano deshumanizado y ruin más el robo de las condiciones ambientales básicas para que exista la vida. Es entonces una “automatización” costosa en extremo. Toda esta vileza se esconde con esa imagen de limpieza que nos da lo mediado por los ordenadores, como lo ha demostrado Larry Lohmann en “Cadenas de bloques, automatización y trabajo: mecanizando la confianza” (The Corner House, Cuadernos de la Red de Evaluación Social de la Tecnologías en América Latina, 2020).

Estamos entonces en una nueva globalidad: una matriz de estructuras digitalizadas donde se fuerzan las opciones, donde ninguno de nuestros datos es privado, donde nuestra motivación es inducida de maneras muy invasivas.

Crece el tecno-solucionismo, y el desmantelamiento de modos de vida y la deshabilitación extrema parecen inescapables.

Cuando todos nuestros aparatos respondan a telecomandos automatizados y hasta programables habremos perdido el control de nuestras vidas.

Pero en este mundo normativizado y normalizado, siguen existiendo resquicios (porque tenemos que usar los “peros” al revés). Si la globalidad fuera total, no podríamos siquiera imaginar una salida.

La pervivencia de una mirada crítica nos dice que el emparejamiento no es total. La imaginación y los saberes, los modos de vida alternos son posibles y son lo que nos toca ejercer desde fuera del mundo estallado por lo digital (y aprovechando las contradicciones con las que podamos utilizar lo más posible la misma digitalidad contra ella misma, y en favor de la infinidad de modos de vida que pugnan por existir).

El cambio histórico exterior, cada día más veloz y hasta instantáneo, no ha permeado totalmente el transcurrir de nuestra memoria (lo subjetivo, lo intuitivo, lo imaginante) que conecta sus tiempos dispares de continuo en nuestro cinematógrafo interior. Ya William Burroughs nos alertaba de ese imperio de la medición y reivindicaba la rebeldía de lo “no métrico”. Desde aquí decimos NO a la era de la referenciación totalitaria (y nos hacemos cargo de la contradicción que cargamos al escribir esto mediante medios electrónicos y publicarlo en una página digital).

Pero todavía somos capaces de metamorfosis perpetuas.

Nuestro trabajo manual, nuestro caminar, cuando son parte de un compromiso personal individual y colectivo, disparado con imaginación y convivencia, con los cuidados de lo cotidiano, pueden ser totalmente subversivos.

La cuestión crucial es que esto no puede ser una transición hacia modos suavizados de un nuevo capitalismo. Es el capitalismo que nos puso en esta condición. Por eso, como dice Camila Montecinos, “tenemos a superar el capitalismo”. Imaginar el cómo es el inicio de todo lo que viene.

Una Respuesta a “cada rincón es un centro”

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