Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

“Hay de armas a armas…”

“Nunca más” piden. “Nunca más” exigen. “Nunca más” otra masacre en las escuelas. “Nunca más” quedar clasificados como asesinados o sobrevivientes. Son chavitos. Quieren ser los últimos en haber padecido una carnicería en su centro escolar. No quieren volver a ver armas apuntándoles, armas destrozando sus sueños y sus vidas. Quieren resultados concretos en los debates sobre la venta de armas. Acompañados por sus maestros y padres de familia, han hablado con legisladores y hasta con Trump. Preparan grandes marchas para los próximos 14 y 24 de marzo.

A través de redes sociales llaman, invitan, concientizan, juntan dinero para organizar las marchas; crean un fondo de ahorro para las víctimas del pasado 14 de febrero.

Según datos de Jesús Esquivel publicados en la edición 2156 del semanario Proceso el pasado 25 de febrero, datos de una encuesta reciente del Washington Post y de la cadena ABC revelan que un 77% de los estadunidenses exige que el Congreso modifique las leyes para restringir la venta de armas automáticas y semiautomáticas.

Sin embargo, uno de cada tres estadunidenses posee un arma. Lourdes Cárdenas, en la misma edición de Proceso, lo explica así: “los propietarios […] asocian su derecho a poseerlas con su libertad personal. La mitad de ellos considera que el tener una es importante para su identidad.”

14 de febrero no ha sido una fecha romántica a lo largo de la historia. Baste recordar que en 1349, en Estrasburgo, Francia, alrededor de 2,000 judíos, hombres, mujeres niños, perecieron en sus casa incendiadas. En 1530 Nuño Beltrán de Guzmán hizo lo propio en tierras michoacanas con el Jefe Tanganxoan. En 1831 fue fusilado Vicente Guerrero, uno de los héroes que nos dieron patria al luchar por la independencia y abolir la esclavitud. En 1918 Armenia sufrió un genocidio a manos de Turquía. En 1929 Al Capone perpetró la famosa Masacre de San Valentín en Chicago. En 1945 Estados Unidos bombardeó “por equivocación” la ciudad de Praga en Checoslovaquia y perecieron más de 700 personas. En 1967, uno de los años más cruentos de la Guerra de Vietnam, vietnamitas y vietcongs se enfrentaron contra Correa del Sur. En 1974, un operativo del ejército mexicano ataca la casa de seguridad del grupo guerrillero Fuerzas de Liberación Nacional; la masacre no impidió a los pocos sobrevivientes ver florecer su semilla en la estrella roja de cinco puntas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. También se ensangrentaron los 14 de febrero de 1996, 2001 y 2005…

La propuesta de Trump, hecha el 22 de febrero, al día siguiente de la reunión con los jóvenes sobrevivientes de la secundaria Marjory Stoneman Douglas, de Parkland, Florida, y publicada en su cuenta de Twitter, de que se considerara la posibilidad de que los maestros adeptos a las pistolas, con adiestramiento militar o experiencia en entrenamiento especial y sólo los mejores, 20% de los maestros portaran armas ocultas; es una trumpada de madre. Pero es congruente con quien recibió 30 millones de dólares para su campaña electoral de la Asociación Nacional del Rifle. Trump no muerde la mano que le dio de comer…

Mi madre tuvo amistad con Ruth Rivera, la hija de Diego y Lupe Marín. Se quedó helada cuando Ruth le contó que de niña, de muy chiquita, padecía miedos nocturnos. Una noche se atrevió a salir de su cuarto, desafiando todos los peligros que imaginaba, llegó a donde estaba su papá y le habló de monstruos y fantasmas. Diego la escuchó atentamente y, amoroso, la mandó de regreso a su cama cargando su pistola y llorando. “Para que no tenga miedo, mi niña”.

Cuenta Eduardo Galeano en El siglo del viento, el tercer tomo de Memoria del Fuego, que cuando le preguntaron al muralista guanajuatense que por qué andaba armado, aquél contestó, entre bromas y veras, que era para “orientar a la Crítica”.

Soy una eterna aprendiz, agradecida con mis maestros. No puedo imaginarme a Adilé, mi maestra de kínder, armada. Ni a Madame Léoncie Tron, mi maestra de primaria, armada, y eso que ella resolvía algunos asuntos pedagógicos a cachetadas. Tampoco al Maestro José Alfredo Páramo enseñándonos ortografía y hablando de música, con un arma guardada en su funda. Ni a Rafael Rodríguez Castañeda, cuando combinaba la docencia con su trabajo en la Jefatura de Redacción de Proceso, antes de ser el director, armado con otra cosa que no fuera su ironía. No puedo dejar de hablar de los poetas Carlos Illescas y Raúl Renán quienes sólo conocían el fuego de la creación y le apostaban todo a un lápiz sin goma, un lápiz para escribir y, si acaso corregir o tachar…

 Son muchos mis maestros y las omisiones son arbitrarias e injustas porque debería mencionar a mi abuela y también a mi mamá y a mi padre y a René Villanueva, siempre a René, a mi Tante Héléne y también a Piñuf y a tantas amigas empezando por… Las omisiones son arbitrarias e injustas, lo repito, pero es que la lista es interminable…

No, no puedo imaginar a ninguno de mis maestros con un arma. Será quizás porque no formarían parte de ese 20% del que habla Trump.

Pero hay uno que sí está armado: con fuego y con palabra. Maestro de Maestros. Me cuesta trabajo llamarlo Subcomandante Galeano. Para mí es el Sup, Sub Marcos. Y estoy orgullosa de contarlo entre mis maestros. Lo conocí en 1996 pero desde el 1° de enero de 1994 recibí la primera lección de su parte y del Comité Clandestino y del Ejército Zapatista: la Dignidad. Un sonoro ¡Ya basta! a tanta ignominia y de ahí pa’l real todo ha sido enseñanza.

¿Cómo olvidar las armas que no se han disparado desde el 12 de enero de 1994 y que enarbolan una cinta blanca en señal de paz? ¿Cómo no recordar al soldado que aspira a dejar de ser soldado pero que tuvo que armarse para que los niños puedan jugar a ser niños, para que las mujeres no padezcan el yugo de ser mujer, para que los hombres (es decir todas y todos) tengan (tengamos) trabajo, techo, tierra, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz?

En esas armas: sí creo. Esas armas que ni se rinden ni se venden.   ***  ***  ***

Beatriz Zalce

Premio Nacional de Periodismo por su labor cultural en Desinformémonos. Catedrática de la Escuela de Periodismo Carlos Septién y de la Facultad de Estudios Superiores de la UNAM.

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