Palabras sin reposo

Beatriz Zalce

“Ellas, las que luchan”

Treinta fotografías de Pedro Valtierra, tomadas en Nicaragua, Guatemala, El Salvador, en la República Árabe Saharaui y en Chiapas entre 1979 y 1998, integran la muestra “Ellas, las que luchan” que podemos visitar, mirar y admirar en el Palacio de Minería hasta el 30 de mayo.

Treinta fotografías de mujeres guerreras, guerrilleras, aguerridas. Mujeres que renunciaron a casi todo menos a su digna rabia, a su voluntad de querer y construir un mundo mejor, un mundo donde quepamos todos. Mujeres de distintas edades, en distintas partes del mundo. Mujeres con el rostro cubierto por un negro pasamontañas, una burka blanca o un paliacate rojo. Con uniforme de miliciana o su vestimenta tradicional. Aprendiendo a usar un arma, platicando entre ellas, entrenándose, haciendo ejercicio en el campamento militar; alimentándose, alimentando al hijo que será guerrillero como su padre. Mujeres sonrientes, mujeres muy serias, mujeres valientes, de mirada tan expresiva como la de Pedro Valtierra.

Treinta fotografías en gran formato, blanco y negro. Icónicas. Emblemáticas. Fotografías que conocemos bien, que nos han conmocionado, que nos han revelado lo que pasa en el mundo, que hemos visto en las páginas del legendario Unomásuno, de LaJornada, de las revistas Mira y Cuartoscuro y de tantos medios que se proveían en la agencia creada por Pedro, Imagenlatina.

Hay que decir que desde muy niño a Pedro Valtierra le gustaban las fotos. Hizo un gran esfuerzo, es decir algunos sacrificios, para comprarse su primera cámara instamatic y, naturalmente, lo primero que retrató fue a sus cuates. “Buscando la vida” vendió periódicos, fue boleador de calzado en Los Pinos, luego conserje, Empezó a trabajar en el laboratorio del departamento de fotografía de Presidencia preparando los químicos para el revelado, aprendiendo a revelar. Manuel Madrigal le enseñó el Oficio, con mayúscula inicial, es decir no sólo la parte técnica sino también la implicación social y política de la fotografía. Por su parte, la realidad le enseñó a mirarla, a retratarla, a eternizar el instante.

Treinta fotografías elegidas de un archivo de más de 350 mil negativos registrados, pero Valtierra calcula haber tomado más, mucho más que eso: el doble o el triple. Y lo dice así, tan campante, como si hablara de su respiración, del latido de su corazón y no del parpadeo del lente de la cámara que se convierte en un click, en una fotografía. Pedro guarda, resguarda sus negativos amorosamente, desde los primeros, porque ésa es su historia. Testigo de primera fila, the rigth man en the rigth place. Le emociona la vida y vive para la fotografía. Ama el cuarto oscuro. “Me embrujó” dice a modo de explicación.

Treinta fotografías. Solamente treinta. Están las que no podían faltar. Las imprescindibles: La que fue tomada el 3 de enero de 1998 en X’oyep, Chiapas y que LaJornada publicó en primera plana al día siguiente bajo el titular “Rechazo indígena a incursiones militares” y cuyo pie de foto equivale a todo un editorial: “Ellas, pequeñas, diminutas, armadas con esos brazos, con esas manos, los detuvieron en X’oyep”.

Valtierra traía dos cámaras para tomar fotos a color y en blanco y negro. Andaba de un lado a otro, como siempre, buscando el ángulo, el encuadre. Más allá de ser considerada la mejor fotografía de ese año, y poner en manos de Pedro el Premio Internacional de Periodismo Rey de España, es una imagen que nos sigue moviendo, conmoviendo. Tomada hace más de 20 años y sigue siendo dolorosamente vigente hoy día.

Están las “Mujeres de Altamirano”: cubierto el rostro, con sus coloridas faldas amponas debajo de la rodilla, caminando hombro con hombro por una carretera de terracería. Están armadas con palos. Palos para enfrentar al ejército federal, para impedir su avance, para protestar por la masacre de Acteal cometida unos días antes y en la que fueron asesinados 45 hombres, mujeres y niños que rezaban por la paz, en una ermita.

Está “Idalia”: Para conmemorar el primer aniversario del triunfo de la Revolución Sandinista, el 20 de julio de 1980, en Estelí, Nicaragua, hubo un desfile militar. Valtierra oprimió el obturador dos veces, como le había aconsejado años atrás Manuel Madrigal: “Toma pocas fotos”.

“La vi […] y me gustó su figura a contraluz; el pelo. Era tarde, le estaba dando el sol desde atrás, había un poco de viento fresco, su pelo volaba, eso es lo que me gusta. Su porte, su dignidad de mujer, lo que quería era hablar un poco de la belleza revolucionaria, de que la revolución la hacen las mujeres […] Le pongo Idalia después, aquí en México, porque me traía recuerdos de alguien hermoso, alguien revolucionario, alguien preocupado, pero básicamente porque la crónica de Jaime [Avilés] me impactó. La originalidad del nombre me parecía algo muy bonito. Idalia es un nombre poético”. Le contó Valtierra a Mónica Morales en el 2011 para el libro Pedro Valtierra: Mirada y testimonio.

Dicha crónica de Jaime Avilés fue publicada el 11 de junio de 1979 en el Unomásuno: “Vamos a matar o a morir…” y se acompañó con fotos de Valtierra, quien andaba como Idalia, de aquí para allá, pero él cargando dos cámaras Nikon, una Leika y al menos 40 rollos de película.

Hoy en día cuando casi todo se resuelve al apachurrar un botón, “Send” y ya, cuesta trabajo imaginar cómo le hacía Pedro para enviar sus fotografías a México.

A partir de las seis de la tarde iniciaba el toque de queda y todos, absolutamente todos, debían estar ya en sus casas o en sus hoteles si eran periodistas. Valtierra había convertido el baño de su habitación en cuarto oscuro. Llevaba los químicos necesarios para revelar sus rollos e imprimía varias fotografías “en una ampliadora Durst con papel Kodakcrome” según le dijo también a Mónica Morales en la entrevista para el libro ya citado. Luego las teletransmitía. Cada imagen se llevaba unos diez minutos en “llegar” al teletransmisor de las oficinas de la dirección del Unomásuno. Ahí las recibían Manuel Becerra Acosta, el director del diario, Christa Cowrie, jefa del departamento de fotografía, y Aarón Sánchez. Ellos elegían lo que se publicaría al día siguiente.

Pedro Valtierra puso su mirada en nuestros ojos, en nuestro corazón y en nuestra cabeza.

Están también en la exposición “Ellas, las que luchan” las sandinistas en combate, la joven guerrillera caminando por las calles de Estelí, la que se puso unas bolitas para amarrar bien su hermosa trenza, la compañera del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional que lleva, junto con su arma al hombro, un canastito de tortillas, la que triunfal y sonriente volvió a reunirse con su familia y besar a su hijita.

De la exuberancia del paisaje mexicano y centroamericano, en 1982 Valtierra se trasladó al desierto de la República Árabe Saharaui Democrática. La mirada sonriente de una mujer de ojos negros cubierta la cabeza y parte del rostro por un velo blanco nos da cuenta de una lucha muy poco conocida por nosotros.

Treinta fotografías. Solamente treinta de un archivo de más de 350,000… Y no te conformas… Te hubiera gustado que tus ojos pudieran mirar unas imágenes de Valtierra que te han calado el corazón: la de la anciana refugiada guatemalteca, doblada bajo el peso de su mecapal, doblada bajo el peso de su tristeza, sosteniendo sobre su pecho un su gatito, deteniéndolo con una mano mientras en la otra lleva el uso de su telar de cintura y un machete. Te hubiera gustado volver a mirar la foto de 1982, cuando México no era tan hostil con los de aquí ni con los de allá: una niña guatemalteca refugiada en Frontera Echeverría, en Chiapas: se agarra con las dos manos de un alambre de púas.

Pedro Valtierra, testimoniando con ética y estética, es un fotógrafo guerrero, como lo definiera Christa Cowrie. Él, el que lucha también.

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Beatriz Zalce

Premio Nacional de Periodismo por su labor cultural en Desinformémonos. Catedrática de la Escuela de Periodismo Carlos Septién y de la Facultad de Estudios Superiores de la UNAM.

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