Desde los fuegos del tiempo

Ramón Vera-Herrera

Desde donde aventemos la mirada sabremos algo de nuestro rincón (y de nosotros mismos)

Esta ciudad, México-Tenochtitlan, con su inmensidad y su pulular, su trasiego y sus tránsitos, temporales y rinconeros, comparte sus semblanzas más recónditas desde hace ya muchos años. En pinturas, dibujos, grabados, y por supuesto en fotografías, cualquiera que sea la definición que les demos, la técnica que usemos, los dispositivos que capturen esas apariencias y las procesen para que nosotros las interpretemos, las usemos, las espejeemos, hagamos su lectura y las historiemos.

Fotógrafos famosos o absolutamente anónimos en una cauda interminable de personas han retratado no sólo diversos rincones y enclaves que han quedado en las memorias visuales y los archivos o en el tejido de historias surgidas de cada rincón.

Imaginen los rincones que pueblan esta enorme ciudad de 28 millones de habitantes, si pensamos que desde cada quién hay alguien que habita la ciudad, es decir, es integrante vital de lo que ocurra o deje de ocurrir, porque habitar implica la relación actuante, el entrevero y entretejido de nuestra vida con quienes nos tejemos y convivimos.

Pero si hoy hablamos de la ciudad de México y de la noción de habitar, es porque queremos narrar una experiencia que sigue su curso desde varios años ya, y que ahora nos regala Habitar, como sus editoras —Tania Barberán Soler y María Eugenia de la Garza Campero— le llaman a este nuevo fotolibro del Laboratorio Click de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, donde cada trimestre participan entre 180 y 200 estudiantes en alguno de los proyectos fotográficos del laboratorio.

Como afirman las editoras (las compiladoras de Habitar, y de más de 17 proyectos colectivos y múltiples ejercicios y prácticas), verdaderas promotoras de una mirada autogestionaria fotográfica dentro de la UACM “durante el proceso, los y las estudiantes: exploran las posibilidades de la imagen fotográfica, examinan sus propias inquietudes e intenciones, exploran diferentes modos de comunicación visual y, no menos importante, trabajan juntos”.

Además en colectivo “investigan sobre los temas elegidos para tomar decisiones y realizar tomas fotográficas que se revisan y comentan impresas en mesas, proyectadas en el salón o compartidas en grupos virtuales a través de plataformas digitales; todo esto bajo un tema o intención común”.

Este texto intenta ser una celebración explícita y contundente de lo que me parece es un intento fructífero y pleno de sugerencias, no sólo como espacio de la mirada fotográfica y para la reflexión de la fotografía, sino como propuesta autogestionaria (aunque esté inserta en el seno de la institución universitaria), necesariamente colectiva de lo que, como también nos rememoran las editoras, es el potencial imaginante de la actividad fotográfica según la resume Llorenç Raich Muñoz recuperando las intuiciones del pionero de la fotografía William Henry Fox Talbot: “indicio, metáfora, testimonio, objetividad, revelación, punto de vista, narración, ilusión, visibilidad, registro, instantánea, documento, descubrimiento, ocultación, memoria, subjetividad, evocación inmediatez, belleza, imaginación apariencia, opinión, espejo, acceso irrepetibles. Una red de conceptos inaugural que revela, desde entonces, una fascinación por su multiplicidad”.

Nos hallamos entonces ante un proyecto metodológico colectivizante que apela a la colaboración y la construcción colectiva del saber fotográfico, para profundizar en los mundos o en los asuntos que se van proponiendo en ese taller, que no se conforma para nada con que la fotografía termine presa de la ilusión de objetividad que la acompañó en su nacimiento, en esa pretensión de “registro de la realidad sin intervención humana”. En cambio, el taller busca fortalecer la posibilidad de que la fotografía sea una herramienta de la memoria, de lo que significa la convivencia de los tiempos, del entrecruzamiento de los espacios, de la posibilidad de escudriñar desde rincones diversos la cambiante historia íntima o épica, documental, de lo que vivimos (en cualquier parte, pero en este caso en la enormidad que nos aloja y que con cariño llamamos “de-efe”), desde el cada quién con nuestra circunstancia particular.

Si lo que constituye la base cognitiva del realismo en la fotografía es participar en la vida de los otros mediante “nuestro contrastar nuestro estar en el día a día con la experiencia de los demás”, lo que han logrado Tania y Maru con su taller es impulsar una colaboración permanente entre a) fotógrafa o fotógrafo potenciales, b) eso que nos muestran desde la experiencia de habitar (y no sólo testimoniar como externos) y c) quienes recibimos o presenciamos esa complicidad de tres puntas, ese triángulo mágico al que John Berger ha llamado el “sujeto reflectante” de cualquier narración.

En el libro se nota un largo proceso de trabajo propio de cada uno de los involucrados, y un largo proceso de reflexión para darle su verdadero o sentido colectivo y amalgamante a todo lo que se muestra. A las posibilidades asociativas de las fotos hasta configurar imágenes (a veces producto del ensamblaje) como siempre lo pregonó Eisenstein, algo que Berger también enfatiza al buscar montajes radiales, de campo, desde donde las imágenes logradas se lograron porque dependen unas de otras para disparar en nosotros ese triángulo virtuoso que nos interconecta y nos hace entender o que nos brinda una epifanía o un satori, una certeza instantánea. En todo caso una indagación e rutas y vericuetos, de escondrijos y esquinas, de agujeros y terrazas, de miradores y sumideros, canales de agua podrida o llanos soleados donde juegan grupos de niños.

Pero esto es desde este lado del libro, desde su factura. Mas el otro lado del libro nos avienta de cabeza hacia el fondo inmenso de una ciudad como México cuando habíamos pensado que todo lo poblado nos era conocido (o familiar) y resulta que lo que nos asoma el libro son esos tantos mundos desconocidos, algunos inquietantes, otros bizarros, ajenos, ambiguos, otros luminosos o hasta plenos de tradición, pero que nos afirman una existencia material e histórica de todas esas subjetividades vividas desde las rendijas de la ciudad: “desde los pueblos de Tláhuac, Iztapalapa, Xochimilco, Milpa Alta, de la que sus fotos ofrecen una ventana privilegiada”.

Es impresionante entonces la enormidad diversa de situaciones que afloran desde las páginas del libro, y que no tenemos asociadas con la ciudad de México, o sí, pero de un modo fragmentario. Son destellos, atisbos, y todos ellos hablan del habitar (del fotógrafo o la fotógrafa, de los personajes que cruzan nuestra mirada, y de nuestra propia experiencia, expandiéndola en un instante y de nueva cuenta a cada par de páginas).

Así cruza el tatuado con el torso desnudo viendo cómo alcanzar la pelota mientras un sacerdote de casulla roja bendice una figura dentro de su vitrina y una “reini” también de rojo monta a una limusina kilométrica, y un niño dormita en una extraña banca y su destello rojo rebota como el balón perseguido de ese panbolero semidesnudo.

Una matrona ultramaquillada y plena de collares se acopla con una virgen de Guadalupe con máscara de gases, mientras una maniquí sin brazos ni piernas voltea dejando ver su gorra de aviador con sistema de intercomunicación mientras una monja compra en un almacén al mayoreo.

Los verdes y los rojos, y los negros y los azules conviven con los perros y las flores y las balastras de las luces de neón, los tatuajes de la banda se presumen entre ceremonias y apañones, y las barajas salen a relucir igual que los pericos y las steelson para una reparación urgente. Cruzan los aviones por encima de los patios, y se exhiben las escaleras de mano para los tantos oficios.

Todo es factible, parece ser el lema: choferas de autobús, farmacéuticos hablando por teléfono reclinados en silla de cajero o forzudos devotos de la Santa Muerte, los curados de mamey y la carne cruda de cerdo, el llamado de los baños de vapor en edificios desolados. Basureros con su carrito deambulando las bodegas, cerrajeros y ciclistas, túneles y cuestas pronunciadas. La guitarra negra porque así es la onda y el taller de reparación de bicicletas. La báscula con su numeralia de relojería y su metal opaco y brilloso según el rincón. Los talleres de costura, y los patios de maquila textil, los desayunaderos de champurrado y café de olla, de espinazo en salsa verde, el descargue de los bultos de cebolla, el reparto de leche en botellas de vidrio o las parejas de esposos de muchos años reivindicado su permanencia en sus suéteres tejidos de lana y algodón.

Todo va conviviendo y emanando su flujo sobre todo lo demás hasta crear una amalgama indisoluble a la que Walter Benjamin le llamó la textura de los entornos (que se puede leer), de lo urbano, de esta ciudad atrincherada desde sus barrios para seguir siendo y reivindicar nuestra presencia.

Son pocas las fotos donde los retratados no se hagan partícipes del retrato sin que esto signifique que hubieran hecho otra cosa de no aparecer en los retratos.

Y así como hay rincones en la ciudad, el libro se va abriendo a los rincones propuestos por su par de páginas, porque ésta no es una plaqueta de 20 hojas sino un universo tan inconmensurable como la misma ciudad en sus correrías y su tragedia, en su humor y su locura, en su abigarramiento y su gazmoñería, en su recato y su sin razón obediente y desobediente. Habitar es el relato de una ciudad apasionada.

Fluyen personajes y personajas, mujeres, hombres, jóvenes, ancianos e infantes, perros, gatos, zopilotes y canarios, pericos y puercos. Pelafustanes y pachucos, reinitas y colegialas, profesionistas y encargadas, maestras, meseras o encargadas de cocinas, policías o trabajadoras sexuales, torres de luz o embarcaderos, bodegas, talleres, avenidas y callejones si salida. Futboleros y bailarines, oficiantes y cafiches, un barco de papel en la ventana de un micro o un perro que resguarda su bolsota de basura.

La peluquería o la limpia, el piercing o el ensalmo de las comadritas que cuidan al santo señor Jesucristo. Recovecos y escaleras, material de un sueño interminable que nos sueña obligándonos a mirar lo que somos desde nuestra rendija. Algo que podemos reivindicar para poder decir que estos barrios son nuestros, son nuestra vida.

Sólo que reivindiquemos nuestro fluir desde nosotros en nuestros propios mundos, reinventaremos nuestra presencia y le otorgaremos aura de legitimidad reconfigurada, vez tras vez, atisbo a atisbo, lucha a lucha con nuestros fantasmas o nuestros opresores.

La fotografía es una gran herramienta para devolvernos a nosotros mismos. Y los talleres autogestionarios son otra gran herramienta para reconocer el carácter social de nuestra construcción de nuestra presencia, de nuestros saberes.

Tania Barberán Soler y María Eugenia de la Garza Campero (compiladoras) Habitar, Laboratorio de Fotografía CLICK! UACM, Biblioteca del Estudiante, México 2020

Una Respuesta a “cada rincón es un centro”

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