DESconstrucciones

Fernando Híjar Sánchez

«Acerina», el danzón clásico

¡Danzón dedicado a Víctor Rapoport “el mago de los bulbos”!

DESconstrucciones (IV)

Consejo Valiente Roberts es el nombre del artista de origen cubano que observamos en la foto, mejor conocido como Acerina, el timbalero de todos los tiempos. En 1913, siendo un adolescente, desembarcó en Yucatán  y desde nuestras tierras cimentó una fulgurante carrera reconocida aquí y en muchos otros países.

   La imagen nos muestra al gran Acerina al lado de sus dos fabulosos timbales (mayores o de concierto), mazas en mano, vistiendo un frac (con todo y bombín de copa alta) a la manera en que aparecía fotografiado, en alguno de sus innumerables discos, El duque del jazz: el legendario Duke Ellington. La foto puede tener cierta carga de ironía y picardía si lo relacionamos con el danzón El bombín de Barreto, que el fotografiado conocía muy bien. Cabe señalar que tanto Acerina como el Duque eran unos verdaderos dandys para vestir; aparte de dicha preferencia, ellos nacieron el mismo mes y el mismo año: abril de 1899. Ambos, también fueron prolíficos en lo tocante a producciones fonográficas: Duke, cuando menos con 300 títulos (algunos hablan de 500), ¡una locura! y Acerina, alrededor de 100, por lo que es considerado el danzonero que más grabó discos.

   La fotografía pertenece a Ysunsa N. solicitada ex profeso para la portada de uno de sus últimos discos: Danzones de antaño. Esta imagen forma parte de un estudio fotográfico que también sirvió para las portadas de otros materiales sonoros: Homenaje al rey del danzón Vol 1 y 2. Danzones de antaño salió a la venta en 1972, cuando Acerina acababa de cumplir 73 años, una década después se retiró y en 1987 falleció en la Ciudad de México. 

Grabaciones analógicas: las maravillas del bulbo

 La marca del disco es de la  casa discográfica Orfeón, compañía de capital nacional que nació en 1958 y fue una pionera en iniciar grabaciones en multipistas con sistemas estereofónicos. En los años sesenta era considerada una de las primeras en toda Latinoamérica en poseer los equipos más avanzados y por sus estudios de grabación. A partir de finales de los setenta se dedicó, casi exclusivamente, a la reedición de su amplio catálogo. En 1992 dejó de producir elepés. Posteriormente, debido a decisiones equivocadas en cuanto a producción de discos compactos, y a otros factores, redujo drásticamente su producción. Desde 2009, bajo el nombre de Orfeon CD Catalog  House, sólo otorga licencias y realiza ediciones especiales en formato digital.

En la contraportada aparece un texto que no proporciona mucha información sobre el artista o de los temas seleccionados, salvo que estos «siguen siendo los danzones tipo, es decir, marcaron la pauta a seguir y en lo sucesivo los compositores tuvieron que sujetarse a la forma musical tan definida en estos danzones», la mayoría de ellos fueron compuestos entre 1910 y 1923, tres pertenecen a Consejo Valiente: Rigolettito, La bruja y Mujer perjura. En el primero comparte créditos con, nada más ni nada menos, que Giuseppe Verdi; esta situación no debería de sorprendernos, algunos creadores de danzones toman «su inspiración» en temas de los grandes de la «música clásica», como es el caso de la pieza Serenata de Shubert-La paloma con arreglos del insigne yucateco José Gamboa Ceballos. También aparece una pequeña leyenda que dice:

Este disco está grabado con verdadera alta fidelidad, usando en el proceso de manufactura una técnica que hace posible reproducir de 50 a 20, 000 ciclos. Además conserva la brillantez y claridad original que da la sensación de tener a los artistas en su propia sala.

¡Genial! En efecto, escuchar este material en un buen tocadiscos, en la actualidad ya se pueden comprar aceptables «tornamesas», constituye una experiencia sonora única, que no tiene «nada que ver» con la música estrecha, plana, lineal y sin matices de los discos compactos, menos aún de la música que «se baja». En los años sesenta y setenta del siglo pasado en la sala de la casa de mis padres se encontraban dos consolas  (una de marca Philips, con todo y «ojo mágico», y otra, creo que Motorola) y «poner discos» en estos asombrosos aparatos constituían verdaderos viajes musicales que nunca he vuelto a sentir ni en el más sofisticado aparato digital actual. La calidez y redondez de la tecnología analógica con sus enigmáticos bulbos jamás va a ser superada. En la actualidad hay un «revival» hacia estos «sistemas antiguos» y empresas discográficas, ingenieros de grabación y los mismos artistas reconocen su calidad en el sonido. ¡Ah!  y un  público reducido pero conocedor y exigente. En este sentido, en muchos países, incluyendo México, han surgido verdaderas cofradías que rinden culto al disco elepé de vinilo elevándose como un producto sagrado y único. En México, la máxima autoridad en grabaciones analógicas es el reconocido ingeniero de sonido Víctor Rapoport, egresado del Instituto Politécnico Nacional, que desde un inicio mostró serios cuestionamientos hacia las grabaciones digitales (en próximas entregas hablaré de su trabajo y trayectoria).

No niego que el salto a lo digital sea un avance sin precedentes en el desarrollo tecnológico de la humanidad, «pero no todo lo que brilla es oro», “ni todo lo que se oye bonito son perlas sonoras” (Híjar, dixit) . Una fusión de estos dos lenguajes de la reproducción del sonido sería lo indicado, como ya lo han iniciado algunas mentes lúcidas. Parece ser que están por salir formatos de «alta resolución de audio», que no  degradan ni comprimen la señal original, con convertidores digital/analógico compatibles, ¿será?

Percusiones, remoquete, Veracruz, Salón México y el gran salto…

 Acerina nació en Santiago de Cuba, ombligo de la rumba y el son, y se inició en la música percutiendo latas vacías o palmeando su propio cuerpo o sacando sonidos de muebles y de cajas de madera, al igual que miles de niños cubanos. La sociedad isleña es intrínsecamente sonora, musical. Si bien el danzón nació en Matanzas (no olvidar el danzón primigenio: A las alturas del Simpson de Miguel Faílde estrenado en 1879 en esta ciudad) el niño Acerina se aficionó al ritmo del danzón y en particular al golpeteo de los timbales. A  los doce años ya había tenido un acercamiento a estos instrumentos y en algún texto, aunque las fuentes no son claras al respecto, plantea que ya tocaba danzones en  orquesta. Una influencia directa para que el joven santiaguero se decidiera por los timbales, fue  la de su padre, músico que tocaba el clarinete y los timbales, aunque Acerina aseveró un poco antes de morir que nadie le enseñó a tocar. Acerina es un mineral de color gris oscuro y acerado, es decir, parecido al acero que es usado en la joyería. La madre de Consejo Valiente, desde muy pequeño, lo llamó Acerina sobrenombre que lo acompañó a lo largo de su vida artística. Por cierto, Consejo Valiente portaba siempre un anillo con una gran Acerina, algunos han querido otorgar a esta costumbre su apodo.

   Era común desde finales del siglo XIX que arribaran a tierras mexicanas, a través de Mérida, Yucatán y del Puerto de Veracruz, compañías bufo-habaneras, es decir, grupos de artistas que cultivaban el teatro popular, en donde lograban una agradable y sobresaliente mixtura paródica-burlesca-satírica-musical y agrupaciones musicales (éstas últimas formadas, muchas veces, al vapor ya que tenían que cumplir contratos en México). En éstas se «embarcó» el joven Acerina rumbo a Yucatán. Después de permanecer un tiempo corto en Mérida, viaja al gran puerto jarocho, en donde vivió una década completa. Se puede afirmar que los años que vivió en Veracruz fueron de aprendizaje y formación, ya que tocó con todas las orquestas porteñas, alrededor de diez, integradas por músicos mexicanos y cubanos.

   El término danzonera no era común en Cuba, de hecho a las agrupaciones que tocaban este género musical se les denominaba bungas, orquestas charangas o piqueras, fue alrededor de 1920 que en México se les nombró danzoneras, 33 años después del nacimiento del danzón, a las agrupaciones que tocaban exclusivamente danzones. Se puede afirmar que la primera de ellas es la que dirigía Tiburcio Hernández Babuco, audaz músico cubano que había «asentado sus reales» en el Puerto de Veracruz. Ésta gozaba de más presencia y prestigio en México que en Cuba (era considerada La Primera Danzonera de México), a tal grado que fue la invitada de lujo para la inauguración, en 1920, del legendario Salón México.

   En Veracruz, Acerina entró a formar parte de la Danzonera de Babuco y con ella emprendería en 1926 un viaje a la Ciudad de México, precisamente para cubrir una serie de presentaciones en  este salón, espacio que lo elevaría a la cumbre de esta expresión sonora y que formarían una simbiosis artística (entre danzón, Salón México y Acerina) sin precedentes en la historia de la música popular de nuestro país.

   Al llegar el timbalero a la Capital, se encontró con un ambiente danzonero «hiper-desarrollado»: estupendos salones de baile, sobresalientes orquestas, compositores y arreglistas de oficio, un público amplio y diverso, concursos de baile, infinidad de parejas que le imprimieron un «estilo mexicano» al baile y agrupaciones con un sonido propio. Aunado a esto una atenta y oportunista industria del cine, radio y grabación que andaban a la caza de las expresiones más sobresalientes de la música popular. Mientras en México crecía y florecía el danzón, en Cuba se estancaba y era opacado por otras extraordinarias músicas. Acerina tenía todo a su favor para convertirse en uno de los grandes del danzón, y así lo hizo, su talento y el sonido característico de sus timbales brotaron como flores exuberantes en un campo fértil y generoso.

   No tardó mucho Acerina en «hacerse de un nombre» en el ambiente danzonero de aquellos años. En el Salón México se presentaba la Danzonera de Juan de Dios Concha músico yucateco, lleno de una gran creatividad e iniciativa, que le imprimió a este espacio la personalidad sonora para que despegara y se consolidara como el salón danzonero más significativo y concurrido. A esta orquesta se integró Consejo Valiente al lado de verdaderos monstruos del ritmo señorial, ahí estaban el mismo director y primera trompeta, Juan de Dios Concha; el Indio Vázquez segunda trompeta; Samuel Rangel, Roberto Pacheco y Everardo Concha en la sección de saxofones; al piano, Noé Fajardo y el cubano Juan Luis Cabrera, al bajo y también al piano, entre otros. Debido al virtuosismo de sus integrantes, a esta agrupación se le conoció como Concha y sus estrellas. Poco tiempo después, Acerina pasó a formar parte de la Danzonera Prieto y Dimas, fue tanta la presencia del timbalero en esta agrupación que para 1931, el público la reconocía como la orquesta Dimas y Acerina.

 
Seis años después, al fallecer Juan de Dios Concha, Acerina le propuso al propietario del Salón México encargarse de la agrupación con algunos músicos de la orquesta huérfana y otros cercanos a él, como el maestro Matilde Rangel, trompetista de primera línea, y el notable saxofonista Diego Pérez. Fue así que moldeó una soberbia orquesta que no tardó en constituirse como la Danzonera Acerina (después se le llamó Acerina y su Danzonera y también se le conoce como La Primera Danzonera de América) «el gran salto» estaba dado.  

A mediados de los años cuarenta, arribó a México la orquesta femenil Anacaona, entre sus integrantes estaba la llamada Dama de los teclados, doña Hortensia Palacios, al escucharla Acerina la invitó a integrarse a su agrupación, siendo la primera mujer que participó en una danzonera. De seguro los maravillosos sonidos que emanaban del piano
sedujeron al gran timbalero.  Esta inclusión fue todo un acierto, Hortencia Palacios era una pianista que dominaba la «música clásica» y era una conocedora profunda de la música popular.

Dimas, arreglos y orquestaciones

La relación entre el célebre oaxaqueño Amador Pérez Torres Dimas y Acerina fue de mutua admiración y basada en enaltecer al danzón. Se decía que el maestro Dimas componía, en la época más fértil de su vida artística un danzón por semana, llegó a crear alrededor de 150 composiciones, entre ellos la pieza más escuchada y conocida, el «danzón de danzones»: Nereidas (divinidades femeninas que habitan los mares). El maestro Dimas le regaló al dueño del Salón Imperial esta obra y debido a su inmediato reconocimiento, el propietario rebautizó a su espacio como Salón Nereidas. Sobre este danzón, en el libro De Cuba con amor…el danzón en México, publicado por la Dirección General de Culturas Populares en el año 2001, los autores Simón Jara, Antonio Cedillo y Aurelio Rodríguez Yeyo nos dicen:

Nereidas fue un éxito arrollador. Se usó para nombrar bares, taquerías, tiendas de abarrotes, camiones; en fin, para todo, hasta para bautizar recién nacidas. Sin embargo, la Danzonera Dimas nunca grabó su éxito de éxitos; don Amador declaró alguna vez que ya lo habían grabado mucho y que el arreglo de Acerina era el mejor.

Se le atribuye a Acerina la autoría y arreglos de varios danzones, sin embargo, nunca estudió música. Para los autores antes mencionados:

llegó a ser el gran timbalero y director de la orquesta más popular de México. Todo ello sin saber una sola nota musical (…) jamás leyó una partitura; utilizó los arreglos que hizo Tomás Ponce Reyes, principalmente; cuando deseaba hacer una orquestación le ayudaban Juan Luis Cabrera y Tomás Ponce.

Acerina les daba la «idea sonora», la tarareaba, marcaba el tiempo y el ritmo y otros la pasaban al papel pautado. En una entrevista-narración que Acerina concedió a la periodista cultural Merry Mac Masters, para el periódico El Nacional en 1983, dice lo siguiente:

Mire, señorita, nadie me enseñó música. Vine a México con eso. La música está en mi cuerpo. Soy músico lírico. Entonces, tengo una cosa que no tienen los que estudiaron, que es la musicalidad. Eso lo traigo y cuando se trae eso, se es músico de verdad.

En 1960, cuando el dueño del Salón México decidió cerrarlo para siempre (debido a la política implacable de desaparecer la fabulosa vida nocturna del Defe, en “aras de la modernización”, a manos de Ernesto P. Uruchurto, nombrado El regente de hierro, y las ofensivas moralizantes y retrógradas de organizaciones como La liga de la decencia) en reconocimiento al insuperable trabajo realizado por Acerina y a la gran amistad que los unía, le entregó el repertorio total de los danzones que había tocado en los treinta años que permaneció en este lugar, estos documentos constituyen un verdadero patrimonio de la música popular de México. En el libro Los templos del buen bailar, publicado en 2003 por la DGCP, la investigadora Amparo Sevilla realiza un impecable trabajo sobre el nacimiento y declive de los salones de baile en la Ciudad de México.

Puro danzón o la pureza del danzón, los timbales son la clave

Para muchos conocedores, investigadores y eruditos (y también “amaters” informados) la música de Acerina es la que más ha mantenido el estilo y formas «puras» del danzón. Sabemos que no existe nada puro en la cultura (y en general en todas las vertientes del arte y de la vida misma) y en particular en la música en donde constatamos con mayor contundencia las mezclas, intercambios, préstamos, fusiones y hasta robos. Sin alejarnos de la anterior aseveración, en los danzones de Acerina podemos decir que perviven elementos prístinos de los danzones originarios. Para comenzar, en su persona se concentra la memoria de esta expresión sonora cubana, desde pequeño se nutrió de ella, ya en México pulsó y afinó su estilo de la mano de la «generación posterior de los iniciadores», tanto cubanos como mexicanos, recordemos su paso por la orquesta de Babuco y su formación con danzoneras veracruzanas más cercanas al sonido de la isla mayor. Dos de sus principales arreglistas, ambos caribeños, José Luis Cabrera y Tomás Ponce, reflejaron en sus trabajos la fuerte herencia musical cubana. El primero llegó a México, en 1931, como uno de los principales músicos de la orquesta del maestro Ernesto Lecuona, considerado una de las «glorias de la música cubana». En Tomás Ponce se sintetiza la esencia cubana y su formación musical en México, así es descrito en el libro antes mencionado:

Llegó a México en plena juventud y se inscribió en el Conservatorio Nacional de Música para mejorar su técnica (…) por un tiempo organizó su danzonera, en la  década de los treinta, pero mejor se dedicó a ser maestro, compositor y arreglista. Su labor en el danzón mexicano fue de gran importancia, gracias a sus conocimientos y a la cepa danzonera de la que había abrevado en Cuba. Puede decirse que la interpretación de los danzones que toca Acerina, aún hoy en día, se ciñe al corte que señalara Tomás Ponce Reyes.

No hay que olvidar la presencia de La dama del teclado que introdujo un renovado aire de cubanía danzonera al interior de la orquesta Acerina. Es menester recordar que en las presentaciones constantemente le solicitaban que ejecutara uno de los danzones imprescindibles y emblemáticos para los cubanos: Tres lindas cubanas (el autor de esta pieza fue Guillermo Castillo, pero en 1926, Antonio María Romeu le imprimió una orquestación danzonera y le incorporó al estribillo un solo de piano que le otorgó una musicalidad única) que embrujaba a los oyentes.

Es indudable que el concepto musical que tenía Acerina del danzón fue creciendo a la par que se desarrollaba en México, su sonido se fue enriqueciendo por la incorporación de músicos mexicanos a su orquesta, y recibió préstamos que se reflejaron en su música, como «el golpe» que le imprimía a las percusiones los músicos yucatecos.

En otra nota de Merry Mac Masters, para el mismo periódico, la autora reseña el homenaje en vida que se le brindó al timbalero en El museo del Chopo, a mediados de los ochenta, en el cual se efectuaron conciertos, exhibiciones de baile y conferencias, en estas sesiones “todo el mundo coincidió en una cosa: Acerina siempre se mantuvo dentro de la línea más pura del danzón». En una entrevista realizada por Rosario Manzanos, (en noviembre de 2011, con motivo de la muerte  de Diego Pérez músico y director-heredero de la Danzonera Acerina) el investigador Miguel Ángel Zamudio nos dice que esta agrupación:

nunca se ha dejado seducir ni por las modas en curso ni por las ofertas para que toquen otro tipo de música.

La sonoridad de los timbales es un elemento imprescindible del danzón (para muchos amantes de esta música, entre ellos está quien esto escribe), una orquesta sin estos poderosos instrumentos no es una verdadera danzonera. En 1979, cuando se llevaron a cabo las festividades, por los 100 años del danzón, salió al mercado un disco doble conmemorativo, los productores de este material no dudaron en poner en la portada una ilustración de dos timbales. Acerina decía que sus timbales imponían el ritmo, guiaban a sus músicos; el insuperable guarachero Ñico Saquito afirmaba que «la clave está en las claves» para Acerina «la clave está en los timbales». Si bien existieron excelentes timbaleros mexicanos (que hicieron historia y fueron aclamados tanto como Acerina como Lorenzo García don Lencho), los golpes de Acerina eran únicos, inconfundibles, contundentes, redondos, fue un maestro para saber cuando amortiguarlos: tenía el oído atento para dejar que la resonancia durara o silenciarla en el momento preciso, marcaba el paso y sus remates eran un distintivo de su estilo. Con Acerina, el danzón se convertía en «puro danzón». Siguiendo esta línea argumental, podemos decir que Acerina representa (claro, junto con otras grandes figuras de la época) a los danzones clásicos, ya que al “no alejarse” de los códigos y normas del danzón originario configura el período de mayor plenitud de esta expresión y constituye el momento histórico para su posterior desarrollo.

Aparte de escuchar sus grabaciones, es importante recurrir a las imágenes en youtube, en el canal Danzoteca de Acerina y su Danzonera, interpretando el danzón titulado Salón México, de Tomás Ponce, para constatar la presencia imprescindible de sus timbales en el desarrollo de las ejecuciones. No confundir esta pieza con la composición sinfónica El Salón México de Aaron Copland, que no tiene que ver con el danzón. A su vez, ver en este mismo espacio el danzón Almendrita, donde aparece la Dama del teclado. Estas imágenes corresponden al programa de televisión Premier Orfeón producidos en 1960.

Se quedó en el tintero del tiempo (para otra futura DESconstrucción) varios temas para comprender la presencia del danzón, de un poco más de un siglo, en la historia de la cultura en México. Estos serían: el danzón desde el baile, sus maravillosos salones, las plazas y parques en donde se recrea esta expresión artística; el cine y la industria discográfica; la música danzonera en la perspectiva identitaria de las bandas de viento de los pueblos indígenas y de sus compositores contemporáneos mixes, mixtecos y zapotecos; los danzones en la música orquestal (acordémonos de Gonzalo Romeu) y los excelsos danzones Arturo Márquez; la acertada incorporación de  danzones en producciones discográficas de la cantante Susana Harp; la inclusión de ésta música en grupos como Narimbo o Pasatono Orquesta; las orquestas-marimbas chiapanecas y charangas-jaraneras yucatecas y sus amplios repertorios danzoneros; el danzonete y el danzón cantado (aquí tendríamos que dedicar un espacio especial para hablar de Barbarito Díez “La voz de oro del danzón”) que no significan lo mismo; los congresos, concursos y asociaciones de bailarinas y bailarines del danzón. En agosto pasado la directora de orquesta Alondra de la Parra, lanzó en diferentes plataformas digitales un extraordinario y deslumbrante trabajo visual y sonoro: La orquesta imposible (interpretando de una manera original el afamado Danzón número dos de Márquez), conformada por 30 reconocidos y talentosos músicos a nivel mundial y la participación creativa de nuestra Elisa Carrillo, prima ballerina; toda una iniciativa plausible y humanista que se enmarca en el contexto de la actual pandemia. Una sola observación: hizo falta el virtuosismo del flautista Horacio Franco, conocedor a fondo del danzón, su presencia le hubiera conferido una mayor trascendencia a la producción mencionada. Para terminar, a raíz de este “azote viral” se agudizó la crisis de sobrevivencia y vida del último espacio histórico dedicado al baile y a la diversidad cultural: el Salón Los Ángeles, unámonos ya a la campaña “Salvemos a Los Ángeles”. Para el trovador yucateco Jorge Buenfil su “vida es un danzón,“ en este sentido parafraseando uno de los poemas del insuperable bardo jerezano, con la vida y el amor “bailaremos un danzón sin fin, por el universo”.

“Quién no conoce Los Ángeles, no conoce México“

Fernando Híjar Sánchez

Promotor cultural, productor musical e investigador independiente. Uno de sus más sobresalientes fonogramas: Lienzos de viento (músicos zoques y mames en diálogo con Horacio Franco) obtuvo el Premio Patrimonio Musical de México, INAH 2012.

Una Respuesta a “Óscar Chávez, «El Caifán Mayor»”

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