Pensar en voz alta la justicia y la paz

Pietro Ameglio

El Yaqui Tomás Rojo: La lucha por el agua y la construcción de la paz

La nación Yo’eme o Tribu Yaqui enfrenta actualmente el extermino selectivo de los principales líderes de la resistencia civil en defensa del agua y del territorio, que revela una nueva etapa en el proceso de exterminio de esta etnia del sur de Sonora, constituida por ocho pueblos, a la cual se buscar despojar de su patrimonio natural y de su organización social, comunitaria y tradicional, para apropiarse de sus recursos y reducirla a un reservorio de mano de obra barata para el ejército industrial de reserva, el delito organizado o el consumo de drogas. Todo ello bajo los ojos de los gobiernos federal, estatal y municipales.

El 30 de septiembre de 1930 el presidente Lázaro Cárdenas emitió un decreto que reconocía la propiedad del pueblo Yaqui de su territorio ancestral, dotándoles por ley del uso del 50% del caudal del río que lleva el nombre de la tribu y a cuyos márgenes se desarrolló desde tiempos ancestrales la nación Yaqui. Dichos acuerdos no se han cumplido nunca a cabalidad, pero en la última década el despojo se ha acentuado; el crecimiento urbano regional, la fuerte especulación sobre el valor del suelo que detonan megaproyectos inmobiliarios en la región, la presión de las industrias agrícolas y la impune operación del crimen organizado, han provocado que la explotación y desvío ilegal del río, solapado por diversas autoridades, hayan dejado en un estado de vulnerabilidad extrema a toda la tribu, cuya vida está íntimamente ligada al río en su cotidianidad, historia y ritualidad.

En 2010, el gobierno panista de Guillermo Padrés Elías –en complicidad con todos los niveles de gobierno, la Semarnat y la Conagua– construyó sin atender el marco legal vigente el Acueducto Independencia, con miras a abastecer de agua los nuevos proyectos de desarrollo inmobiliario, de alta gama, diseñados por su administración para Hermosillo, desviando el caudal del río Yaqui hacia la capital del estado y provocando el desabasto del agua al sur y la desertificación del territorio Yo’reme.

Según expone el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), “Después de un largo periodo de litigio, el 8 de mayo de 2013, la SCJN resolvió a favor de la Tribu Yaqui, por el cual se otorgó el amparo en contra de la Autorización de Impacto Ambiental (AIA), otorgada por la Semarnat para la construcción del Acueducto Independencia y ordenó reponer el proceso cumpliendo con el proceso de consulta culturalmente adecuada a la Tribu”.

El 11 de septiembre de 2014, frente a las movilizaciones convocadas por la Tribu para hacer cumplir la ley, fueron detenidos y encarcelados Mario Luna y Fernando Gutiérrez Jiménez. Otro líder, Tomás Rojo, escapó de la persecusión y tuvo que exiliarse de Sonora y refugiarse en la ciudad de México, desde donde organizó la campaña en favor de la liberación de los presos yaquis. Esta resistencia civil frente al despojo sufrió recientemente tres atentados gravísimos con total impunidad hasta el momento, con la clara intención de descabezar los liderazgos más positivos y visibles de esta ejemplar lucha social. El 2 de mayo fue asesinado Agustín Valdez en una fiesta en Lomas de Guamúchil, hijo del gobernador yaqui de ese mismo pueblo y jefe de vigilancia de la guardia tradicional de la tribu; el 12 de junio fue acribillado Luis Urbano Domínguez Mendoza, integrante también de la guardia tradicional, al salir de un cajero en el centro de Cajeme; el 27 de mayo fue desaparecido Tomás Rojo Valencia al salir de su casa a ejercitarse, y según la Fiscalía de Sonora su cuerpo fue hallado el 17 de junio en la comunidad de Vicam, sin que hasta el momento la familia ni sus abogados hayan podido verificar la información ni conocer la carpera de investigación.

Para poder conocer más de cerca esta lucha y en particular de la aportación a la misma de Tomás Rojo, hemos querido entrevistar a un amigo y compañero de lucha del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, que tuvo el privilegio de la amistad y cercanía con Tomás, a partir de haberlo acompañado en su exilio. Eduardo Vázquez es gestor cultural, ensayista y poeta, fue secretario de Cultura de la Ciudad de México y actualmente dirige el Colegio de San Ildefonso.

Eduardo, ¿Cómo conociste a Tomás Rojo y cómo era él humanamente?

En 2015, en el contexto de su lucha por el agua y la defensa del territorio; en aquellos días Tomás estaba refugiado en la capital y yo me encontraba organizando la segunda edición de la Fiesta de las Culturas Indígenas, Pueblos y Barrios Originarios de la Ciudad de México, y junto a otros compañeros propusimos al comité organizador tener como invitado especial al pueblo Yaqui, con la intención de atraer hasta el zócalo de la capital la voz de una comunidad perseguida y estigmatizada que necesitaba hacer oír su palabra y encontrarse con otras comunidades indígenas, originarias y residentes, que participaban de la Fiesta.

En el proceso de programación de la Fiesta, Tomás me invitó a conocer la semana santa en Vicam, donde asistí con mi hija Ángela, entonces de quince años, cuya experiencia en esos días la llevó a decidir emprender la carrera en Antropología. En aquella ocasión tuvimos el enorme privilegio de apreciar la riqueza cultural de la ritualidad Yo´reme y pude reunirme con las autoridades tradicionales y extenderles formalmente la invitación a participar en la Fiesta. En esas jornadas de danzas y ceremonias sin pausa, pudimos convivir con la comunidad, conocer también el pueblo de Botam, escuchar de viva voz las difíciles condiciones del pueblo Yaqui y conocer su punto de vista frente a la desecación de su río como consecuencia del trasvase de su caudal. También conocimos en aquella ocasión a la gran antropóloga Raquel Padilla, quien se convertiría en otra más de las mujeres mexicanas víctimas de feminicidio, y cuyo conocimiento y compromiso con el pueblo yaqui nos entusiasmó.

Fue justo Raquel, junto a otros antropólogos como Francisco López Bárcenas y José Luis Moctezuma, los encargados por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia de realizar el Peritaje Antropológico que debería servir como parámetro del estado mexicano para resolver el conflicto entre el gobierno de Sonora y la tribu, mismo que llega a las siguientes conclusiones: “Cualquier medida de mitigación de los impactos negativos del proyecto en cuestión sobre la cultura, la sociedad, la religiosidad y la vida cotidiana de la Tribu Yaqui, debe partir de garantizar el ‘gasto mínimo ecológico’, que permita la restitución del río Yaqui en toda su extensión; la recuperación de la flora y la fauna propias del área próxima al caudal; la realización de los rituales tradicionales asociados con el río y con sus aguas; la explotación de las especies útiles para la construcción, la medicina tradicional y las actividades recolectoras de la yoemia; y la recuperación de los geosímbolos y las marcas territoriales asociados con el río como elemento central del territorio y la cosmovisión yoeme (…) considerando siempre la opinión y las determinaciones de la Tribu Yaqui, en el ejercicio de su autonomía y su derecho a la libre determinación, la eliminación, la cancelación y/o el cierre del acueducto, buscando otras opciones para hacer frente a las necesidades hídricas que quisieron ser atendidas con el proyecto de cuyos impactos hemos dado cuenta.”

De vuelta a la Ciudad de México, Tomás Rojo me contó del respeto que la yoemia le guardaba al presidente Cárdenas y de la amistad y el aprecio que él le tenía a su hijo Cuauhtémoc. Por ello, en las reflexiones sobre la lucha Yaqui que sucedieron en el Zócalo en aquel agosto de 2015 coincidieron el vocero Tomás Rojo, Fernando Jiménez –liberado unas horas antes y que de la cárcel se trasladó a  la capital para participar en la Feria– el ingeniero Cárdenas, así como representantes de comunidades residentes de origen triqui, mazahua y nahua, así como quechuas y aimaras que habían viajado desde Bolivia para participar de este encuentro.  

Pocos días antes de declararse la pandemia de Covid-19 en la Ciudad de México, Tomás Rojo me propuso una actividad cultural relacionada con la lucha ancestral de la Tribu Yaqui en defensa del agua; imaginábamos juntos que en coordinación con la Cátedra Nelsón Mandela de la UNAM, la Cátedra Mahatma Gandhi, impulsada por Orawold Mandala y la Fundación para la Democracia que dirige el ingeniero Cárdenas, podríamos invitar a las autoridades tradicionales de la Tribu al Colegio de San Ildefonso, para realizar un seminario con activistas y académicos acerca la relación entre organización social tradicional, cosmogonía y cultura, con la defensa del territorio y los recursos naturales del pueblo Yaqui. Dejamos pendiente nuestro proyecto para el regreso a la vida presencial, pero la pandemia extendió su pausa de muerte y enfermedad, y luego se vino el proceso electoral en Sonora que volvió a poner el tema del agua del pueblo Yaqui en la mesa de discusión. Ha sido en el contexto de las últimas elecciones y simultáneamente a los ofrecimientos del Gobierno de la República de un plan de justicia para la Tribu Yaqui que Tomás Rojo sufre desaparición forzosa.   

¿Cuál es la lucha actual de la tribu yaqui?

Esta pregunta la debería poder contestar Tomás Rojo, o incluso la antropóloga Raquel Padilla, dos voces que nos han arrebatado no solo a los yaquis sino a todos los mexicanos, de manera que lo que yo digo es apenas una aproximación, pero es evidente que el conflicto actual lo desata la construcción de Acueducto Independencia que despoja al pueblo de su río y por lo tanto de la posibilidad de reproducir su cultura. El trasvase del agua de la cuenca del río Yaqui a la ciudad de Hermosillo constituye una violación de las leyes vigentes en México y de los tratados internacionales que involucran los derechos de los pueblos originales, se trata de una agresión salvaje contra los ocho pueblos que conforman la etnia y donde lo menos que se puede decir del gobierno de México es que ha sido omiso. Es una injusticia que asfixia a la población, que la deja en un estado de vulnerabilidad que va acompañada además de una violencia sin freno, absolutamente impune, donde los poderes del Estado y del crimen organizado por momentos coindiden y se confunden: mientras a los yaquis se les despoja de sus recursos, se les persigue y encarcela, violenta y criminaliza, padecen el racismo que campea en nuestra sociedad y el menosprecio de otros sectores sociales a quienes naturalmente incomodan sus acciones, tales como los automovilistas y transportistas que padecen los bloqueos carreteros.

Lo más indignante es que, tal como lo expone el Peritaje Antropológico del Inah y lo han expueso los voceros yaquis, los integrantes del movimiento ciudadano por el agua e incluso los agricultores de la región, el agua que se le está quitando a los yaquis y a toda la cuenca no es para el pueblo de Hermosillo, como aduce la autoridad demagógicamente, sino para el desarrollo de proyectos privados inmobiliarios de alto nivel adquisitivo que han desatado una fuerte especulación económica y donde no se puede descartar la presencia del crimen y el lavado de capitales.

Por otra parte, es evidente que en los últimos años los yaquis han sufrido una verdadera inundación de droga, fundamentalmente de la anfetamina llamada cristal. A los nuevos conquistadores que enfrenta la tribu se suman los cárteles de la droga que someten a una parte considerable de la juventud y socava el espíritu de de lucha de las nuevas generaciones.

¿Qué tipo de liderazgo y valores tenía Tomás?

Tomás Rojo tenía una gran capacidad intelectual y reflexiva; poseía una formación académica como ingeniero y ejercía su condición de vocero con gran responsabilidad. Cuando uno lo conocía, entendía el conflicto de la Tribu Yaqui con las instituciones del Estado mexicano, pero también quedaban expresadas las alternativas de solución y paz; se trata de un líder que tenía una gran capacidad de expresión política que facilitaba la comprensión de fenómenos muy complejos.

Tomás entendía que la causa del Pueblo Yaqui no era una lucha aislada, sino que formaba parte de las luchas por el territorio y los recursos, la autonomía y la autodeterminación, de los pueblos originarios de México. Tenía relaciones –como he podido constatar en el viaje que hicimos recientemente los días 23 y 24 de junio el ingeniero Cárdenas, un servidor y otros compañeros a Ciudad Obregón, a Vicam y a Lomas de Guamúchil– con académicos, con el movimiento civil en defensa del agua, con actores políticos, artistas e intelectuales. Considero que tenía la idea de que la lucha del pueblo Yo´eme no se agotaba al interior de la comunidad sino que se trataba de una lucha por la vida que involucraba a todos los ciudadanos, y que por lo tanto los intereses del poder, el crimen y el dinero involucrados en el conflicto de su pueblo tenían que ser enfrentados mediante alianzas con otras fuerzas sociales, a partir del diálogo y el respeto mutuo.

Otro asunto que también le ha importado mucho a Tomás Rojo es la defensa de la cultura yaqui como el eje articulador de la comunidad. Para Rojo la defensa del agua y la cultura eran una misma cosa, una misma forma de resistencia frente al avasallamiento del mal gobierno, de los grandes intereses económicos y del crimen organizado, pues entendía la dimensión cultural como el gran vertebrador de la resistencia frente a los intentos por dividir y confrontar a la tribu. Esa comprensión político-cultural de la resistencia lo convierte en un líder ejemplar para su pueblo y otros pueblos en resistencia, para los cuales el territorio, los bienes naturales, la cultura y la organización tradicional conforman una misma realidad indivisible.

          Junto a Cuauhtémoc Cárdenas pude visitar la casa de Tomás Rojo y ver a su familia, ser testigo de la zozobra de su viuda, de la fortaleza de su padre, que recuerda al mezquite y con quien Rojo comparte el don de la palabra; he podido percibir la herida, la indignación contenida, como de un volcán que nace, de sus hijos y hermanos. Dede la sencillez del patio de tierra abierto al sol y al cielo, dispuesto para recibir a la familia y conversar con los amigos, observé la austeridad y limpieza de su hogar. Creo que la casa de Rojo es el espejo de un luchador social sin otra riqueza que su familia y su comunidad, sin otra arma que la razón y la dignidad.

¿Dónde ven ellos la responsabilidad en los ataques actuales, tan brutales, de estas últimas cuatro personas en un mes? ¿De dónde viene esta brutalidad además tan impune, tan abierta?

La última vez que hablé con Tomás estaba animado por la posibilidad de un nuevo diálogo con el gobierno federal impulsado por el plan de justicia, pero le preocupaba que no se escuchara al pueblo Yaquí ni se le consultara debidamente, de acuerdo a sus formas de organización y representación tradicional, de una manera culturalmente adecuada, como lo mandata la ley, y que se buscara sustituir la justicia por una batería de programas sociales. No sabemos cuál será el desenlace, pero lo que ha sostenido Tomás Rojo y la Tribu es que sin la cancelación del Acueducto Independencia y el regreso de las aguas al cauce del río no es posible hablar de justicia para el pueblo Yaqui.

Pero es dificil contestar tu pregunta, en todo caso corresponde a las autoridades esclarecer estos crímenes. Lo que puedo decir tras visitar Vicam y Lomas de Guamúchil es que la tristeza y el miedo se respira en tierra Yaqui. Todos los medios de comunicación, nacionales e internacionales, son testigos de la dificultad de entrevistar a cualquier representante de la tribu tras esta ola de asesinatos, a la que se suma la desapacición de decenas de jóvenes. Eliminada una vocería tan importante como la de Tomás Rojo, en estos momentos parece imponerse el silencio.

Una Respuesta a “Autodefensas: ¿son un límite y necesidad real de la especie humana ante la violencia extrema?”

  1. Patricia Gutiérrez-Otero

    Muy buen análisis. Gracias Pietro por señalar estas acciones de no-cooperación y de desobediencia civil de las que estoy plenamente convencida. Me queda una duda sobre la legitimidad del caso de la detención de pobladores que iban a linchar a alguien. He visto noticias atroces de linchamientos en que incluso a los supuestos agresores (que han terminado por no serlo) los queman vivos. He observado los rostros y el uso de celulares para azuzar a la población, y el odio con el que hombres, mujeres, ancianas y niños se suman al linchamiento. He oído a gente de pueblos decir, «sino éste no era culpable, ni modo, sirve de ejemplo». Y muchas veces la policía no ha intervenido por miedo. Si cuando interviene, como en el caso narrado, los detenidos son soltados sin mediar juicio, ¿no se está restando aún más autoridad a la fuerza policial? Es una pregunta. Gracias.

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