Pensar en voz alta la justicia y la paz

Pietro Ameglio

El voto masivo como arma de lucha social

En estas semanas recientes hemos asistido a tres grandes movilizaciones masivas de lucha social en América (además de las de Bielorrusia), del extremo sur al extremo norte, del estrecho de Magallanes hasta Alaska. ¡No es poca cosa! Los pueblos de Bolivia (18 octubre), Chile (25 octubre) y Estados Unidos (3 de noviembre), nos han dado un gran ejemplo de organización, toma de conciencia y determinación material y moral. Un antecedente continental en la misma línea de lucha lo tuvimos también en México, en la elección presidencial del 2018 con más de 30 millones de votos a López Obrador, con un 64% de participación. ¡Cómo no emocionarse con masas de esa envergadura, pasión, radicalidad, toma de conciencia y determinación ‘metiendo el cuerpo’ en las calles y las urnas desafiando a gobiernos tan represivos y peligrosos! Claro que para los verdaderos cambios de fondo se necesitarán tiempos mucho más largos, más actores sociales y movilizaciones, pero nada quita el valor de estas batallas claves e indispensables ganadas con tanta fuerza. Amigos luchadores sociales norteamericanos de toda la vida están felices de veras, porque tienen perfectamente clara la ingenuidad de decir que Trump y Biden son lo mismo o es “más de lo mismo”, aunque saben perfectamente que la desilusión y la lucha llegarán pronto de nuevo, pero ¡en un contexto totalmente diferente! No es poca cosa y esto lo saben bien quienes luchan o han luchado de veras.

En la elección presidencial boliviana ganó Luis Arce, del Movimiento al Socialismo (MAS) con el 55% de los votos (3 millones 394 mil), en una votación masiva donde acudieron a las urnas el 87% de los inscritos (6 millones 484 mil), quien sacó más votos que toda la oposición unida. Personalmente, creía que esta iba a ser la elección más difícil de las tres, por el alto grado militarista y represivo del gobierno de facto boliviano desde octubre del año pasado, por el miserable apoyo de la OEA y los peores gobiernos continentales. Lo que hicieron el pueblo boliviano, sus organizaciones y el MAS fue realmente grandioso y ejemplar. Me equivoqué al medir mal la magnitud y el grado de determinación y movilización electoral de ese pueblo, así como me equivoqué al medir el grado de desinformación, fundamentalismo y fascismo existente en una gran parte de la población norteamericana. Las dos primeras votaciones boliviana y chilena -al igual que la mexicana- se decidieron por una enorme diferencia, mientras que la norteamericana se decidió por décimas de fracción porcentual. En todas el voto masivo fue la clave.

En Chile, por su parte, hubo un plebiscito nacional para determinar si la ciudadanía acordaba iniciar un proceso constituyente para redactar una nueva constitución, derogando la de 1980 promulgada durante la dictadura militar de Pinochet. Votaron el 51% de los habilitados (7 millones 562 mil) y la “Aprobación” de una nueva constitución alcanzó el 78% de los votos (5 millones 886 mil), bajo la modalidad de una convención con 155 ciudadanos escogidos por el voto popular.

A su vez, en Estados Unidos votó el 67% de la población habilitada (34% lo hizo por correo): 160 millones votaron ahora frente a los 137 millones del 2016, que en ese año representaron un 54% del total.

La votación en Estados Unidos fue decidida por márgenes porcentuales mínimos -inferiores al 1%- en los estados claves en disputa para el colegio electoral, lo que también presagia numerosos nuevos conteos que son legales si la diferencia es inferior al 1%. Estas diferencias de pocas décimas a favor de Biden y los demócratas significaron la ansiada derrota de Trump -motivo principal del voto de muchísimos-, y mostraron un país profundamente dividido y polarizado (¡muy peligroso socialmente en ese nivel de confrontación en las calles y población armada!) entre valores básicos democráticos liberales de tolerancia y respeto a los derechos humanos, y posturas -a veces incluso extremistas y supremacistas- bastante afines al fascismo. El hecho que Trump haya sacado aproximadamente 71 millones de votos (48% del total), 8 más que en 2016, y Biden casi 76 millones (51%), 5 millones de votos más que Trump (Hillary Clinton había sacado 3 millones de votos más que Trump en 2016, con 66 millones), se explica mucho por California, que es una gran isla democrática y progresista en ese país. Allí Biden sacó justamente 4 millones de votos más. En el resto del país son casi mitad y mitad exactas.

Desde la lógica dicotómica-binaria-maniquea de Trump de ganadores y perdedores, amigos y enemigos, todo o nada, podría decirse que el ganador fueron Biden y los demócratas, pero desde la mirada sociológica no hay un solo ganador, sino que el trumpismo-fascismo-supremacismo-ignorancia también ganaron, al aumentar su aceptación social con tantos millones en sólo 4 años y habiendo todos presenciado tamañas barbaridades probadas en su gobierno. Lo que no podrán -¡por suerte!- es ejercer un poder político en la magnitud de estos 4 años pasados, pero en el poder social y económico estarán ahí. Y surge una pregunta de fondo, sobre la construcción de las identidades sociales -empezando por la propia- acerca de ¿cómo puede alguien tener ese nivel creciente de “obediencia ciega” a un discurso sin “principio de realidad” con lo que lo rodea, y ante el riesgo de la muerte con una pandemia que cada día ha aumentado 100 mil contagios en EU? ¿Qué mecanismos intelectuales, epistémicos y morales se activan para ello? Me parece que no es una respuesta rápida, simplista ni fácil, ni tiene que ver con ser más o menos inteligente, o estar o no informado.

Aunque cabe agregar otra mirada al respecto, como nos comentan también compañeros norteamericanos, que “el hecho que Arizona y Georgia fueron para Biden marca una trayectoria de cambio demográfico, de organización y de movilización impresionantes por las fuerzas progresistas, sobre todo latinas y afroamericanas. Señal de esperanza”.

TOMA DE CONCIENCIA DEL PROPIO PODER DESDE ABAJO

Decimos que en estos tres países se dieron grandes “luchas sociales” y no sólo luchas electorales, porque la votación fue sólo el punto culminante -periférico- de largos procesos de movilización, protesta, organización y toma de conciencia masiva ciudadana; ni por asomo hemos promovido en nuestra vida la lucha electoral como la principal, pero hay coyunturas históricas -como estas- en que la situación social las eleva a alturas inimaginables de esperanza, cambio y ruptura ciudadana.

Consideramos como un factor clave en esas luchas también la pandemia, porque es un fenómeno mundial determinante y original en esta magnitud y alcance –toca a todos los cuerpos del mundo-, que ha acelerado y trastocado muchas situaciones sociales, económicas, culturales y políticas. No cabe duda tampoco, que aún después de las grandes movilizaciones sociales, un pésimo manejo de la pandemia ha sido un factor determinante para la pérdida acelerada de consenso y control social de estos gobiernos autoritarios y represores, que han quedado poderosamente expuestos públicamente en su ineptitud, ignorancia, clasismo y corrupción.

Como nos comparten otros amigos activistas sociales de EU, las verdaderas heroínas y héroes de esta historia de lucha, son los “ordinary americans que fueron a votar, los trabajadores electorales y las muchas coaliciones (DC Peace Team, Frontline Defenders, Nonviolent Peaceforce, Protect the Results, Choose Democracy, Black Lives Matter…) que pusieron en marcha sistemas para evitar y responder a las malas prácticas electorales y/o a la violencia”.

“Esta es una muestra de que cuando salimos a votar ganamos…Hemos demostrado que podemos tomar el poder y cambiar las cosas si el pueblo se levanta y sale a votar” (Beatríz Topete, codirectora de Viviendo Unidos por el Cambio en Arizona, El Universal, 5-11-20). Ha sido decisiva la acción de votar, pero, nos parece, que lo importante es entenderla no como la acción o movilización contundente y “periférica” de un preciso día, sino como un proceso constituyente que se originó en múltiples formas de organización social y política de años y meses atrás, de construcción de alianzas y suma de población de todo tipo a la causa, de construcción de “rupturas” en la ciudadanía en medio de condiciones muy adversas, con gobiernos tan autoritarios y represivos, apoyados por sus medios. Y aunado a esto la variable de lo “masivo” como la vuelta de tuerza decisiva; parafraseando a un libro clásico de Elías Canetti (“Masa y poder”) podríamos decir que “masa fue poder”.

En este caso la forma externa de ejercer ese poder, en su “acción final” en esta etapa del proceso de lucha social, fue votar, que si miramos más a fondo y complejamente significa “meter el cuerpo” en la lucha, sea por correo o en medio de la pandemia. No es para nada mecánico ni fácil construir una identidad, cuya determinación o indignación, sean capaces de meter el cuerpo en forma abierta y masiva en un “mismo momento” sincrónico de la historia. Lo masivo, siguiendo a Canetti, ayuda a que la (auto)represión o castigo por esa acción se diluya en la masa, y entonces algo que es privado se convierte también en público con la toma de las calles y espacios, aunque a primera vista parezca un ejercicio anónimo y privado.

Justamente esta acción masiva fue una forma directa de ejercer el propio poder ciudadano, cuya conciencia se fue construyendo por mucho tiempo antes, que está declarado en toda constitución pero si no se hace efectivo no opera realmente en el cambio social. Es la base de la co-operación en el ejercicio del poder desde los movimientos sociales y el pueblo de base, como lo sostenían Gandhi (“La verdad radica en que el poder está en la gente…la desobediencia civil es el depósito del poder”), Lenin (“El poder no se enuncia, se ejerce) y el zapatismo (“el poder está abajo y a la izquierda»).

A diferencia de muchas otras veces en las luchas sociales, la no-cooperación esta vez fue salir a votar, y no el voto ausente, en blanco o nulo. No haberlo hecho era una forma precisa de co-operar que siguieran el gobierno golpista boliviano, la constitución de la dictadura pinochetista o Trump.

PD: Nos solidarizamos totalmente con el reciente comunicado de la Junta de Buen Gobierno “Nuevo amanecer en resistencia y rebeldía por la vida y la humanidad” (10-11-20), en su denuncia de secuestro y tortura de una base de apoyo por parte de los paramilitares de la ORCAO: “A unos cuantos metros de donde antes quemaron y saquearon nuestra tienda cooperativa de Cuxuljá, como se pudo ver en su momento y que hasta la fecha el mal gobierno no ha hecho nada, este 8 de noviembre del 2020, alrededor de las 15:30 hrs., 20 paramilitares de la ORCAO, secuestraron y golpearon a nuestro compañero bese de apoyo Félix López Hernández. Los orcaistas se lo llevaron con rumbo desconocido y lo mantienen amarrado, encerrado, sin agua y sin alimentos”. Y a continuación se dan los nombres de algunos de los responsables, pertenecientes al poblado vecino de San Antonio: Andrés Santis López, Nicolás Santis López, Santiago Sánchez López y Óscar Santis López.

¿Qué mas información necesitan las autoridades cómplices, de todos los niveles de gobierno, para arrestar a estos criminales, liberar a Félix López Hernández y hacer en este conflicto a la comunidad de Moisés Gandhi?

Como decíamos en nuestro artículo del pasado 11 de noviembre (“Moisés Gandhi: zapatismo y paz”), dábamos testimonio directo de muchos años en cuanto a la calidad moral, coherencia y trabajo colectivo por el bien de todas y todos, de la comunidad de Moisés Gandhi, que en algo nos cambió y humanizó la vida. Por eso ¡exigimos ya verdad, justicia y reparación!

***

POPULAR VOTE AS A NONVIOLENT WEAPON FOR SOCIAL STRUGGLE

In recent weeks we have witnessed three great, massive social struggle mobilizations in both South and North America (as well as in Belarus), from its southern to its northern extremes, from the Straights of Magellan to Alaska.

Something to write home about!

The people of Bolivia (18 October), Chile (25 October) and the United States (3 November) have given us a great example of organization, awareness, and both moral and material determination. A continental precursor along the same lines took place in Mexico, in the 2018 presidential election, with more than 30 million votes for Lopez Obrador, with a 64% participation. How can we not be excited when turnouts of this breadth, passion, radical thought, awareness and determination, prove to be capable of “interposing their bodies”, in the streets and the ballot boxes, in the face of repressive and dangerous governments! Of course, to achieve real and deep-seated changes much longer periods will be required, as well as more social actors and mobilizations, but this cannot detract from the merit of these strategic and indispensable battles which have been won in such a conclusive manner.

Our lifelong American friends, indefatigable social activists, are truly happy, because they have overcome the naiveté of the claim that Trump and Biden are like Tweedle-dee and Tweedle-dum, and that both represent “more of the same”, although they are well aware that disappointment and struggle will soon be back, but in a totally different context! This is a real achievement, and those who really struggle, or have struggled, know this well.

In the Bolivian presidential election, the winner was Luis Arce –representing the Movement Toward Socialism (MAS in Spanish)—with 55% of votes cast (3 million, 394 thousand), in a massive turnout in which 87% of registered voters (6 million, 484 thousand), no votes by mail here—who received more votes than all the opposition parties combined.

Personally, I thought that this was going to be the most difficult situation of the three, due to the high degree of militarization of the country and the repressive practices of the de facto government, which seized power in October last year, underpinned by the infamous support of the OAS (Organization of American States) and some of the worst governments of the Continent.

What the Bolivian people, their organizations, and the MAS achieved was truly magnificent, and an example for many. I was wrong when I misjudged the magnitude and the degree of determination and electoral mobilization of these people, as I was equally wrong in gauging the degree of disinformation, fundamentalism and fascism which still exist in a considerable part of the American population. The two first elections, in Bolivia and Chile (as in Mexico), were decided by enormous margins, while in the U.S. the difference was smaller (in some states the gap amounted to a fraction of a percentage point). In every case, however, massive turnout was a deciding factor.

In Chile there was a national plebiscite to determine if the population agreed to initiate the process for rewriting the Constitution, to supersede the 1980 document approved under the military dictatorship of Augusto Pinochet. 51% of registered voters (7 million 562 thousand) cast their ballots and the “approval” rate for a new constitution reached 78% of votes (5 million, 886 thousand), approving too that the method employed should be a convention comprising 155 citizens chosen by popular vote.

In The United States, 67% of registered voters actually cast their ballots (34% did so by mail); 160 million people voted this time, compared with 137 million in 2016 which, in those days, represented 54% of the total.

The election in the U.S. was decided by small margins –less than 1% in those key states which represented important contributions to the electoral college—which at the time of this writing perhaps presaged numerous recounts, which are legal in elections where the difference is below 1%. These differences of only a few decimal points in favor of Biden were fundamental in the much longed for defeat of Trump –which was the main reason why many people voted— and they showed a deeply divided and polarized country (a very dangerous situation when you combine the level of confrontation on the streets and the amount of guns in the hands of civilians) between those who share the basic liberal democratic values of tolerance and respect for human rights, and those others whose positions frequently include extremist postures in racial supremacism, quite close fascism. The fact that Trump got, until today, 71 million votes (48% of the total), and Biden totaled nearly 76 million, 5 million votes more than Trump (Hillary Clinton obtained 3 million votes more than Trump in 2016, with 66 million) underlines the fact that California is a great democratic island in this country. There, Biden’s lead was just 4 million votes. The rest of the country was almost equally divided.

From Trump’s dichotomous-binary-Manichean logic of winners and losers, friends and enemies, all or nothing, it could be said that Biden and the democrats were the winners, but from a sociological point of view there was more than one winner, because trumpism-fascism-supremacism-ignorance also won, as it increased its social acceptance among so many millions in only four years, even after witnessing all the proven outrageous acts by its government. Fortunately, it will not be able to exert as much political power as it did in the last four years, but in terms of economic and social power, it will still be there. And this triggers a fundamental question about the construction of social identities –beginning with our own—concerning how somebody can exhibit that increasing level of “blind obedience” toward a discourse completely devoid of a “reality principle” in the face of risk from death by a pandemic which is growing at the rate of 100,000 contagions daily. What intellectual, epistemic and moral mechanisms must be activated to achieve this? I feel that there is no quick, simplistic or easy response to this, just as it doesn`t seem to be related to being more or less intelligent, or having more or less information.

However, some American colleagues point out that this phenomenon deserves a second look, when they point out that “the fact that Arizona and Georgia went to Biden is showing an impressive demographic shift, in terms of organization and mobilization on the part of progressive forces, especially Latinos and African Americans. There is room for hope”.

Becoming aware of their power, from below

We say that in these three countries we witnessed great social struggles, and not only electoral clashes, because the voting was only the culminating event

–and rather peripheral at that— of long processes of mobilization, protest, and growing massive awareness of the citizenry; never in our lifetime have we thought of promoting elections as the principal events in these processes; but there are certain historical crossroads –and these are good examples—in which the social situation elevate elections to unimaginable heights of hope, change and civic rupture.

We must consider, too, the pandemic as a key factor in these struggles, as it is a crucial worldwide factor, original in its magnitude and reach –it affects all the bodies in the world—which has accelerated and disturbed many social, economic, cultural and political situations. There can be little doubt that –even after great social mobilizations—an inept management of the pandemic has been a determining factor in the increasing loss of social

consensus and control by authoritarian and repressive governments which have been dramatically and publicly exhibited in their incompetence, ignorance, classism and corruption.

Other American social activist friends have pointed out to us that the real heroines and heroes of this historic struggle are “the ordinary Americans who went to vote, the electoral workers and the many coalitions (DC Peace Team, Frontline Defenders, Nonviolent Peaceforce, Protect the Results, Choose Democracy, Black Lives Matter…) who set up systems to prevent and respond to electoral black arts and/or violence”.

“This is an example of how, when we go out and vote, we win… We have demonstrated that we can take power and change things if the people stand up and go and vote”. (Beatriz Topete, co-director of Viviendo Unidos por el Cambio en Arizona, as reported by El Universal,5-11-20).

The act of voting has, in effect, been decisive, but we believe that it must be understood, not as a compelling and “peripheral” act or mobilization on one given day, but as part of a constituent process originated in multiple forms of social and political organization which go back months and years of construction of alliances, and attraction of all types of population to the cause, of generating “ruptures” in the citizenry in the midst of highly adverse circumstances, in the face of extremely authoritarian and repressive governments, supported by their media. And, if we add to this the “mass” variable, as the final and decisive turn of the screw, we could say – paraphrasing a classic book by Elias Canetti—that “mass was power”.

In this case, the external form of exerting this power, the “final action” in this phase of the social struggle process, was to vote, which, if we examine it in a deeper and more complex way, means “to insert the body” in the struggle, be it by mail or in the midst of the pandemic. To build an identity is neither a mechanical nor an easy process; this identity will require enough determination and indignation to insert its body, openly and massively, at a synchronous “given moment” of history. Its massive character, according to Canetti, causes (self) repression or punishment for this action to be diluted among the mass, and then something that is private becomes public with the occupation of streets and other public venues even when, at first sight, it seems an anonymous and private exercise.

Precisely, this action of the masses was a direct way of exerting the power of the citizens, whose awareness had been building up for a long time. This power is stated in all constitutions, but if it is not made use of, it cannot operate effectively for social change. This is the base for cooperation in the

exercise of power by the social movements and the citizenry; as Gandhi said: “The truth lies in that power is in the people… Civil disobedience is the reservoir of power”. Lenin put it more briefly: “You don’t voice power, you use it”. And Zapatismo: “Power is down below, on the left”.

Unlike many other social struggles, non-cooperation was expressed by going to vote; it was not an absentee vote, or a blank vote, or an annulled one. Not voting would have been a precise form of cooperation in such a way that the coup-spawned government of Bolivia would have stayed in power, the constitution written by the Pinochet dictatorship would have remained in force, and Trump would have won another four years in the White House.

Pietro Ameglio

Desinformémonos, Mexico City, 13-11-20

P.S.

We express our full solidarity with the communique issued by the Good Government Council (of the community of Moises Gandhi, state of Chiapas, Mexico) “A new dawn in resistance and rebellion, for life and for humanity”. (10-11-20) in their report of the kidnapping and torture of a support base (an active community member) by paramilitary personnel of the ORCAO (Spanish acronym for the Ocosingo Regional Organization of Coffee Growers): “Just a few meters away from where they had previously burned and looted our cooperative store in Cuxulja, as was witnessed by many when it happened, and which so far has evoked no response from an inept government.

“Last November 8, around 3:30 PM, 20 paramilitary thugs kidnapped and beat our support base member Félix López Hernández. The ORCAO men took him away to some unknown destination, where they hold him locked up, tied, without food or water”.

Following are the names of some of the men responsible, all of them residents of the nearby village of San Antonio: Andres Santis Lopez, Nicolas Santis Lopez, Santiago Sanchez Lopez, Oscar Santis Lopez.

What more information do the colluded authorities need, in all levels of government, to arrest these criminals, liberate Felix Lopez Hernandez, and intervene in this conflict which affects Moises Gandhi community?

As we stated in our article dated last 11-11-20, (Moises Gandhi; Zapatismo andpeace)we were able to witness, directly and over many years, the moral quality, coherence and collective work in benefit of the community of Moises Gandhi. This, some way, changed and humanized our lives. For this reason, we demand truth, justice and reparation.

Una Respuesta a “Coronavirus y derecha en México: en vez de solidaridad, intentar construir un golpe”

  1. Cuáles esfuerzos reconoces del Gobierno Federal ¿? No los dices, entonces eres cómplice del mismo
    Si inaugura cuarteles
    No aporta ni a lo de AyotZi…
    Es promotor de megaproyectos en territorios indígenas
    Folclorista indigenista*
    Guardia Nacional vs migrantes
    Guerrista Militarista paramilitarista Religioso Divisor Maquiavélico

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