Umbrales de emancipación

Stavros Stavrides

Ciudades desesperadas. Ciudades de esperanza

La mayoría de los gobiernos tratan la pandemia como una oportunidad para imponer un estado de excepción. Sin embargo, la característica más importante de este período es establecer implícitamente un nuevo tipo de normalidad: modelar directamente nuevos hábitos y comportamientos urbanos y, por tanto, nuevos patrones de vida, tanto en el ámbito privado como en el público.

Particularmente en países como Grecia, donde el encierro se ha utilizado como medida contra la pandemia, aparentemente con poco éxito, ha influido en nuestra presencia pública, pero también en nuestra idea de lo que significa estar en público: a veces nos encontramos evitando a otros, considerados una amenaza potencial. El uso obligatorio de máscaras hace que uno sea casi invisible. La presencia en público, que tradicionalmente se considera parte de nuestra cultura pública, es cada vez más difícil: no sólo se prohíbe estar en el espacio público en determinadas circunstancias, sino que también se prohíbe ser uno mismo en público, expresarse y utilizar los encuentros como una forma de desarrollar y experimentar la democracia.

En algunos países se ordenó a la población que se quedara en casa, cuando una proporción considerable de personas no tiene realmente una casa. Por un lado, países como India han sido testigos de incidentes de magnitud, cuando de repente quedarse afuera fue declarado ilegal. Se persiguió y se arrestó a personas por no obedecer las medidas tomadas pese a que un gran porcentaje de la población urbana vive en las calles. En Europa también hay personas sin hogar, así como personas que se ven obligadas a vivir en campos de refugiados. También en Grecia, donde las personas están alojadas en campamentos que carecen de infraestructuras y la situación es especialmente grave en invierno. ¿Qué significa pedirles a esas personas que se queden en casa? ¿De qué tipo de viviendas, provisionales, temporales, estamos hablando?

Si esta es una pesadilla urbana pandémica, la esperanza en la resistencia también está surgiendo en las grandes ciudades. Hay un cierto aumento en las prácticas comunitarias urbanas, especialmente entre poblaciones que se han dado cuenta de que debido a esta crisis son casi prescindibles. Se pueden encontrar ejemplos de esto en Brasil, México, Chile, Argentina y otros lugares de América del Sur (así como en muchas otras partes del mundo), en los que las áreas de vivienda fuera de la ciudad “oficial” se autoorganizan activamente para proteger la vida comunitaria.

En muchos casos, como en Paraisópolis en Sao Paulo, estas formas de organización han tomado características específicamente urbanas. Los barrios fueron divididos en varios sectores, con una línea de demarcación continuamente monitoreada por los habitantes. Se formaron comités, elegidos por los propios vecinos, para identificar problemas y apoyar a quienes están más expuestos a peligros (incluyendo no solo la enfermedad sino también el desempleo, la violencia intrafamiliar y la falta de medios de subsistencia). La gente está redescubriendo o desarrollando el poder de la comunidad urbana como una forma de mantener y desarrollar la vida en común. ¿O, más bien, para recuperar la vida como un bien común?

Hay una parte de la población que tiende a creer que todo esto es simplemente una conspiración global. Ciertos gobiernos intentan aprovechar esos miedos ciegos permitiendo que el mercado se convierta en mecanismo letal de “selección natural”: ¡los menos capaces de adaptarse están destinados a morir! Sin embargo, muchos en todo el mundo se manifiestan en contra de las medidas adoptadas y las políticas que tienen como objetivo extender la violencia ejercida sobre los derechos colectivos por la gobernanza neoliberal. El rey se revela desnudo: el Estado que mucha gente creíaprotector, sólo protege a aquellos que tienen poder y dinero para protegerse a sí mismos en esta situación.

Es en el contexto de la crisis pandémica donde convergen los esfuerzos colectivos de supervivencia, las potencialidades de cooperación (profundamente arraigadas en la cotidianeidad de quienes trabajan) y las aspiraciones por una sociedad justa. Porque muchas personas se ven obligadas a tomar sus vidas en sus manos, para no ser prescindibles. Es esta comprensión basada en la experiencia la que abre las mentes y los corazones a la esperanza de un futuro diferente. Quizás hoy un eslogan que para muchos parecía casi obvio, adquiera un significado urgente e inspirador. Los zapatistas suelen decir: “Viva la vida, abajo la muerte”. ¿Significa simplemente que la vida es tanto la fuente como el alcance de lo común en la perspectiva de una sociedad emancipada?

Stavros Stavrides

Arquitecto y activista nacido en Grecia, profesor en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Técnica Nacional de Atenas, dedicado a trabajar en las redes urbanas de solidaridad y apoyo mutuo, y en comprender los actos y gestos dispersos de desobediencia tácita en las metrópolis.

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