Volver a ser Nosotras, Nosotros

Verónica Villa

Bicicletas viajeras

Volver a ser nosotras, nosotros, quiere enfocar las maneras incontables en que pueblos, colectivos en las ciudades, familias, organizaciones, personas solitas o con sus compañeros animales, con sus plantas o su arte íntimo, andan buscando el sentido de la vida, de nuestras vidas duras, complicadas, llenas de esperanzas o de tristeza, o todo al mismo tiempo.

Si entrecerramos los ojos, o escuchamos las distintas capas de los ruidos, o pensamos para atrás y para adelante lo que pasa en el mundo, en el pueblo, en mi barrio, en la Historia, podemos distinguir las tantas formas de ir volviendo a ser. Podemos ver puntos de arribo y animarnos, o sumarnos, o jalar, o esperar. Las paradas del metro de la dialéctica, las escuelas de cuadros, las enseñanzas de la vida banda, las herramientas intelectuales, las de la labranza, las de la maquila, las de la maternidad, nos llevan a ser, más rápido o tan lento que nos ocupa todos los años que vivimos. Volvemos a ser en colectivos de lucha o en soledades luminosas. Pero en cualquier momento, casi todos, la inmensa mayoría, queremos volver a ser nosotras, nosotros.

Un proyecto en San Salvador puede tal vez explicar mejor la intención de esta columna. Sin bicicleta no hay planeta es un programa del Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada (CESTA). Llevan más de 20 años fomentando el uso de la bicicleta como medio de transporte barato, no contaminante y no excluyente. Como todas las ciudades grandes de América Latina, también a San Salvador se le ha impuesto el consumo ilimitado de automotores, sin considerar la mínima lógica de crecimiento urbano, la destrucción de la movilidad, la contaminación ambiental y auditiva, la chatarrización del entorno, el endeudamiento dirigido. CESTA reaccionó a esa tendencia regional con un proyecto que comenzó llevando cientos de bicicletas a diversas comunidades.

Las bicicletas llegaron a El Salvador ora sí que a dar la segunda vuelta, pues son donaciones de ciclistas de Canadá y Estados Unidos que ya las rodaron antes. CESTA paga los gastos de transportación y recibe contenedores con miles de biclas usadas. La bicicletización requirió pronto que hubiera talleres de reparación. Y los talleres, que hubiera mecánicos especializados. Las bicis atrajeron pedaleadores, y los pedaleadores comenzaron a imaginar rutas.

Después de 20 años, Sin bicicleta no hay planeta tiene un taller central de recepción y reparación de bicicletas, y varios talleres en otras áreas del país. En los talleres, cualquier persona puede solicitar que le den capacitación por tres meses (para arreglos básicos como “pinchadura, explotación de la llanta, y dificultades con los cambios y frenos”), o de seis meses a un año para poner un taller propio de bicicletas en otra parte del país. Allí estudian “el arte de la reparación de bicicletas”, y se prioriza a los jóvenes más pobres que piden aprender. La mitad de los talleres los dirigen mujeres, y un porcentaje importante, personas con capacidades diferentes. Se reparan tantas bicicletas que CESTA las dona para rifarlas y reunir fondos para las fiestas de los barrios, para juguetes o para alguna construcción colectiva, o para llevar el agua a donde la municipalidad no logra completar las tuberías.

La mayoría de las bicis que llegan son de montaña. Así las pide CESTA, pensando en que ni en las ciudades ni en el interior de El Salvador las rutas serán muy lisitas, sino todo lo contrario. Hay municipios donde más de la mitad de la población llega en bicicleta a sus escuelas y trabajos.

Cada viernes, CESTA organiza “pedaleadas” a distintos rincones de la ciudad. Llegan los que tienen sus bicis propias y muchísimos a quienes CESTA les presta la bicla para ese día. En vacaciones, muchos niños que no saben andar y cuyos papás no podrían comprarles bici, llegan a la pedaleada para aprender con la bola. Ese día también puede ser que visiten un barrio aislado o prohibido, ya sea por la policía o las pandillas, y que incluso parientes que llevaban tiempo de no poderse visitar, se saluden. Tanto la tira como las bandas respetan la ruta de la pedaleada. Las rutas también incluyen ir a limpiar cuerpos de agua o recoger basura de parques y monumentos. En las pedaleadas que poco a poco se reanudan después de la cuarentena, los trayectos incluyen repartir víveres y apoyar la movilidad del personal de salud en zonas rurales.

El pasado 27 de febrero, así se convocó:

Hola amig@s, mañana es la campaña de limpieza atrás del Cristo de la paz. Pedaliaremos hasta el monumento, haremos la limpieza y después de la limpieza los vamos pedaliando por la autopista a Comalapa hasta la 10 de Octubre y retornamos por calle vieja de San Marcos. Recuerden que vamos a salir mas temprano. Seamos puntual.Gracias por su apoyo.

En las pedaleadas de San Salvador, ríos de ciclistas niños y niñas, adultos, señores grandes, señoras aguerridas, estudiantado, activistas, artistas, comunicadores, van haciendo un solo flujo, hacia un destino claro para todos, al que llegarán antes unos y el resto del día otros. Me parece que todos ellos están volviendo a ser.

Verónica Villa Arias

Responsable de investigación sobre agricultura y alimentación del Grupo ETC, integrante de la Red en Defensa del Maíz y colaboradora de Radio Huayacocotla. Es Etnóloga de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

8 Respuestas a “Bicicletas viajeras”

  1. Mayahuel Mojarro

    ¿Y si mejor dejamos de comer animales muertos, felices o desgraciados, y comemos plantas y semillas y legumbres, que son suficientes para satisfacer todos los requerimientos nutricionales humanos? ¿por qué insistimos en matar cuando hay alternativas a no hacerlo?

Dejar una Respuesta

Otras columnas