El Vocho Blanco

Eduardo Llerenas y Mary Farquharson

Los viajes de la música costeña

La Costa Chica de Guerrero y Oaxaca nos cautivó hace 50 años y nos sigue cautivando. Sus boleros amuzgos, afromexicanos y mestizos han cruzado todos los mares del mundo, gracias al genio del compositor costeño, Álvaro Carrillo. Pero hay muchas historias de sus otros géneros: las chilenas que identifican la región musicalmente, unen México con la cueca de Chile y de ahí con lal marinera de Perú y con la zamba del norte de Argentina. En la época colonial, zamba describía el mestizaje de “india y negro” y la palabra se menciona una y otra vez en los sones de Tixtla. En algunos de éstos, se canta también la palabra ´tondero´, un género musical peruano que surge de la mezcla de indígena, gitano y negro. Para vivir las migraciones de la musica ‘tradicional’ mexicana, ¿dónde mejor que la Costa Chica?

En 1992, estuvimos en casa de la familia Gallardo en Cruz Grande, Guerrero, grabando columbianas. (Por cierto, este género es un pariente lejano del bambuco de Colombia, país con mucha presencia en la Costa Chica, gracias en parte del acordeonista Aniseto Molina y su éxito comercial con la orquesta La Luz Roja de San Marcos.) La historia de la dinastía musical de Los Gallardo es tan grande como la música misma que tocaban en ese entonces, cuando el Conjunto fue dirigido por Eulalio en la guitarra, con sus cuatro hijos tocando guitarra, arpa, cajón y jarana. Fue el niño más chico, Aurelio, quien tocaba el arpa, instrumento que heredó de su abuelo Eduardo Gallardo Tornés, arpista, compositor y hombre mítico en la música de la Costa Chica. “Mi papá creció y enviudeció en el fandango,” nos contó Eulalio.

Como fandangueros, Eduardo Gallardo y sus hermanos, Rafael y Adelaida, eran muy conocidos en la región, igual que su prima Margarita. Todos eran excelentes músicos que fandangueaban entre Acapulco, San Marcos y Cruz Grande. Tocaban a veces con Rutilo Mejía quien, como nos platicó Eulalio, era ‘tapeador’, del arpa y cantador. Esta tradición de tamborear el arpa, tan conocido en la región de la Tierra Caliente de Apatzingán, ya casi no se escucha en la Costa Chica. Eulalio nos contó también de Irineo Bernal, que tocaba ‘la jaranita’. “Todos eran ‘fandangueros”.

Hay muchas historias alrededor de Eduardo Gallardo. “Tuvo mal sueño”, nos contó su nuera, Magdalena Garibo, y esto resultó en 50 hijos. Con los hijos de su esposa pobló una colonia de Cruz Grande, Guerrero, con la ‘querida’, madre de Eulalio, pobló otra colonia del mismo pueblo.

Don Eduardo tuvo que salir de Cruz Grande cuando un hijo suyo debió una vida y la familia se esparció. Al salir del pueblo, Eduardo Gallardo tomó la ruta de los arrieros y llegó a Tixtla en donde vivió durante muchos años. Llevó consigo la tradición costeña de ‘tapear’ el arpa y en Tixtla escuchó y logró digerir el estilo de los sones acompañados en el cajón. Cuando regresó a la Costa, llevaba consigo algo de lo percusivo, y el sabor melódico de los sones de Tixtla. Este estilo personal lo pasó a sus hijos y a sus nietos y el Conjunto Gallardo mantuvo el arpa en parte por haber sido el instrumento de don Eduardo. Nuestro álbum, la ‘Antología del Son de México’ incluye un tema interpretado en el arpa por este legendario hombre. Se trata de un viñuete, ‘Morenita encantadora’, cuya exquisita melancolía acompaña el entierro de una ‘angelita’.

Los Gallardo es solo uno de los grupos costeños que apreciamos con el alma. En las afueras de Cruz Grande, tres hermanos, Los Molina, interpretaron columbianas, como ‘Pajarillo Jilguero,’ grabado en 1971, cuya dulce melancolía lo distingue entre los temas de nuestra ‘Antología del Son de México’. Cuando regresamos a Cruz Grande a visitarlos en 1999, volvimos a escuchar este tema juntos. Macario, el hermano mayor, lloró porque supo que nunca sería posible recuperar la calidad, la magia, de aquel momento de la grabación del trio. Raúl Hellmer, gran musicólogo, hombre gustoso e investigador del departamento de música de Bellas Artes desde 1947, había invitado a los Molina a la Ciudad de México, a finales de los 1960, para que participaran en un programa de televisión cultural. La respuesta del público fue tan positiva que Hellmer propuso a los músicos grabar un disco comercial, junto con él. El proyecto fracasó económicamente, pero la idea fue genial.

En 1975 grabamos– Enrique Ramírez de Arellano y yo– a un cantante con una voz de sensible belleza, patriarca de otra familia de músicos costeños, los Añorve. Ismael Añorve, hombre muy blanco, vivía en una casa con un terreno grande en las afueras de Cuajinicuilapa, acompañado por tres mujeres mulatas. Nos habló de la música que tocaba y gustaba hasta que cayó la noche. Nos quedamos en un cuarto que alquilaba y, el día siguiente, seguía hablando y tocando – él solo — los boleros, las columbianas y malagueñas, de las cuales incluimos una en la ‘Antología del Son’. Para la generación afromestiza de Chogo Prudente, Ismael fue un maestro del bajo quinto, con una voz que llamaba mucho la atención, “que te submerge en su apayada pero penetrante rítmica”. Blanco y cacique en tierra de afromestizos, no es una figura bien recordada en Cuajinicuilapa, pero sí como un gran músico.

Chogo, igual que el dueto Las Hermanas García, Mariano Gracia, padre de ellas y virtuoso del requinto, Manuel Castañeda de Xochistlahuaca, Fidela Peláez– gran cantante y heredera del genio de su padre, el legendario Higinio Peláez– la familia Arizmendi de las afueras de Acapulco y Pedro Torres de Pinotepa Nacional, entre otros, representan la tradición viva de la Costa Chica hoy en día. Para nosotros, tener el privilegio de conocerlos y trabajar con ellos, tiene que ver, de cierta manera, con la grabación que hicimos Mary y yo en el patio de Los Gallardo en 1992.

Cuando bajó el sol, Eulalio Gallardo nos ofreció unas cervezas y nos relajamos todos en el patio de su casa, después de muchas horas de grabación. El hijo mayor, Vicente, agarró su guitarra y empezó a cantar, para sí mismo, el bolero ‘Sabor a mi’. Mary y yo, con nuestras cabezas todavía zumbando con las columbianas recién gabadas, decidimos en ese momento que habría que investigar si este estilo tan fresco y clásico de interpretar los boleros de Álvaro Carrillo se encontraba entre otros músicos de la Costa Chica. Tardamos muchos años en realizar ese sueño. Finalmente, en 2016, grabamos ‘Como un lunar, Boleros de la Costa Chica’ con boleros amuzgos, afromexicanos y mestizos, disco que presentamos en el Festival Cervantino del mismo año.

Hace un par de semanas, Las Hermanas García fueron invitados a cantar en una radio de Colombia. Hace unos meses, Monsieur Periné, músicos colombianos muy de moda, abandonaron sus planes, para cantar ‘Sabor a mi’ en un encuentro virtual en la azotea de la casa de los Garcia en Ometepec. El dar y el recibir de la musica costeña sigue hoy tan fuerte como lo fue hace 50 años. Algo nos dice que continuaremos visitándola.

Eduardo Llerenas y Mary Farquharson

Fundadores del sello Discos Corason para difundir la música grabada en pueblos de México, Cuba y otros países de Latinoamérica, África Occidental y Europa Oriental.

14 Respuestas a “El Vocho Blanco”

  1. Jacobo Castillo Cervantes

    Mis respetos para ustedes. Me gusta mucho encotrar entre sus grabaciones las voces y los instrumentos de los compañeros que ya sea han ido. Me acuerdo mucho por ejemplo, de mi paisano Pepe Navarro, entre muchos mas.

  2. Magnifica narrativa. Mi abuelo en las tardes escuchaba una programa de radio a las 6 p.m., una hora de huapangos. Liaba su cigarro de hoja de maiz y tabaco de una bolsita de tela se llamaba El Tigre, y disfrutaba el programa y su cigarro. El huapango es un canto hermoso, bello, lleno de ritmo, sentimental y alegre. Dios los bendiga

  3. Elpidio Colón Noyola

    shale, con los frasteros, que te todo «se apropian»,,, y los costeños, que ni siquiera pueden hacer y tener su propia música, sino que la copian de otros,,, ah, que el don llerenas, enriqueciéndose con esas músicas, y agarrando prestigio y privilegios,,, shale, que con su pan lo coman,,,

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