El Vocho Blanco

Eduardo Llerenas y Mary Farquharson

El vocho blanco: ¡Con tremendo swing!

Mario Caracasés y Bebeto Ferrer, cantantes, amigos y cómplices durante más de medio siglo. Foto: Eniac Martínez

Virgen María tenía siete años cuando invitó a nuestro hijo de cuatro a que se escondieran debajo de la mesa para que le hiciera cosquillas en sus pies. Estaban los dos jugando en casa de su abuela, Marilú, en Santiago de Cuba. Creo que fue el mismo día que Marilú, quien trabajaba en la Casa de la Trova, propuso que fuéramos a conocer al grupo musical que recién había formado su papá, Juan Gualberto, ‘Bebeto’ Ferrer.

En los años 1993-2003 escuchamos a muchas agrupaciones del son y el bolero cubanos en Santiago, el puerto oriental de Cuba que visitábamos cuatro o cinco veces por año durante esa década. Grabamos a los grupos que más nos cautivaron (muchos) y de ellos invitamos a varios a México, incluyendo a Eliades Ochoa, a Armando Garzón, a Los Guanches, a Las Perlas del Son y al gran Alejandro Almenares, guitarrista excelso y autor de ‘Mueve la Cintura mulata,’ tema que Omara Portuondo haría famoso unos años después.

Así que nos lanzamos con entusiasmo a escuchar al papá de Marilú, llegando a una casa en Los Hoyos, el barrio de grandes soneros, rumberos y santeros cubanos. Nos abrieron la puerta a una pequeña sala con un antiguo ventilador de pie trabajando al doble para amortiguar el calor tropical y también el swing de nueve veteranos que, sin saberlo, estaban por dejar de cuidar a los nietos en casa y lanzarse internacionalmente como una agrupación clave en la revitalización del son y bolero cubanos al final del siglo pasado.

En estos años, muchos grupos de jóvenes asumían la tradición con talento y sensibilidad. Pero, aquí, frente a nosotros, estuvo la tradición misma. Luis La Rosa, ‘ÑaÑá’, en el bajo; el tresero Rafael Lafarguez, ‘Tangañika,’ con su sensible agilidad; los percusionistas Gerónimo Ibarra y Jesús Estrada; el veterano guitarrista Jorge Ribeaux y, desde el segundo CD, el virtuoso trompetista Carlos Thomas Brown. Al centro del grupo estuvieron dos hombres que tenían más de medio siglo cantando a dúo, primero en la orquesta El Cubanero, y después en Los Jubilados. Mario Carcasés, con su cara de felicidad y bondad siempre, cantaba y tocaba maracas; el pequeño gran maestra del guaguancó, son y bolero cubanos, ‘Bebeto’ Ferrer, bisabuelo de la Virgen María, cantaba primera voz, componía, improvisaba y salpicaba el repertorio con su irreverencia caribeña.

La importancia de Bebeto Ferrer en la música cubana estaba en peligro de olvidarse antes del lanzamiento de Los Jubilados. Como comenta Fernando Dewar, fundador del Septeto Santiaguero, Bebeto inspiró a muchos de los jóvenes músicos que formaban orquestas de son en los años antes de la formación de Buena Vista Social Club. Para los jóvenes, Mario y Bebeto fueron muy buenos músicos, capaces de transmitir la esencia callejera de la trova, el son y el bolero y guaracha. “Mi maestro es la calle,” nos decía Mario, “esto no se aprende con papeles, está en las venas, en la sangre.” Con la formación de Los Jubilados, Mario y Bebeto estaban por invadir la calle de nuevo.

Jubilados, pero no retirados nunca de la música. Foto: Eniac Martínez

Eduardo supo de inmediato que quería grabar a esta agrupación. Les propuso la idea y los nueve músicos aceptaron con el mismo entusiasmo. En la ausencia de un nombre establecido para el grupo, Eduardo sugirió algo que reflejara su estatus de ser jubilados, “pero no retirados,” como enfatizaba Bebeto siempre. Así nació Los Jubilados en la casa de ÑaÑá, en el barrio de Los Hoyos, Santiago de Cuba, en el calor del verano del 1998.

Para la mañana siguiente, en el estilo de las mejores grabaciones del son cubano, el estudio grande de la EGREM estuvo apartado, barrido y listo para recibir a los nueve músicos, a los productores mexicanos y al ingeniero santiaguero, Eligio Enrique Domínguez, que fue nuestro cómplice en tantas de las grabaciones que hicimos en Cuba durante estos años. El único que faltaba fue Bebeto mismo. Le esperamos con anticipación. Resulta que había pasado toda la noche en la calle festejando la grabación que haría el día siguiente. Llegó solo un poco tarde, solo un poquito ronco y la grabación de su primer disco con nosotros, ‘Cero Farandulero,’ procedió con mucho sabor, mismo que ameritó el premio especial de Cubadisco de 1999.

Los Jubilados se destacaron entre los muchos grupos santiagueros de aquel momento por lo que los cubanos llaman, su swing. Esta calidad aseguraba su éxito con el público para el son cubano también en México. Lo vivimos en carne propia durante la primera gira de Los Jubilados, cuando el recién inaugurado El Faro de Oriente los presentó en uno de sus primeros conciertos en vivo. Nerviosos que su público local no se animaría con nueve veteranos desconocidos, los organizadores invitaron a tres parejas de bailarines y las ubicaron en un escenario arriba de donde tocarían Los Jubilados. Cuando los cubanos empezaron con su swing, el público obvió a los bailarines por completo. Las chicas empezaron a quitar más y más ropa y los hombres dieron vueltas acrobáticas. Nadie los hizo caso porque estaban concentrados en el viejo son cubano de los viejos soneros cubanos. Luego, Mario movió su antigua cadera con una sensualidad sin fecha de caducidad, y el público respondió con gritos y aplausos de placer.

Trajimos muchas veces a Los Jubilados a México y los presentamos en Ixtapaluca, en Ciudad Nezahualcóyotl, en Ixtapalapa y, notablemente, en el Salón 21, ubicado en el lado erróneo (para algunos) de Polanco. Aquella noche, Los Jubilados abrieron para Oscar de León. Como pueden imaginar, el Salón estuvo a punto de reventar. Los Jubilados ya tenían sus fans en México; sus discos habían sido ampliamente pirateados y el público pedía ‘Oyeme Cachita’, ‘Cero Farandulero’, ‘Hoja seca’ y ‘La Ola Marina’ entre muchos temas más. Terminada su tanda, los cubanos se sentaron entre el público para escuchar a un héroe propio de ellos. El venezolano Oscar de León, gran cantante de los mejores tiempos de Fania All Stars, fue el único salsero famoso dispuesto a romper el embargo y cantar en Cuba.

Los jubilados «son de la calle». Foto: Eniac Martínez

Oscar, con su bigote negro y su moño de terciopelo desabrochado por encima de una camisa delicadamente sudada, cantaba al público cautivo. Todos aplaudimos menos Bebeto. ¿Bebeto? No estuvo y no lo encontramos. Luego alguien de nuestra mesa volvió a fijarse sobre el escenario. Ahí estuvo Bebeto, retando a los guardaespaldas del Salón y, micrófono en mano, acercándose a Oscar de León, quien lo desconocía por completo, ya que pocos artistas escuchan al grupo que les preceden en el escenario. Bebeto empezó a improvisar sobre el son que tocaba la orquesta. El cantante estrella mantuvo su cabeza baja, sin reaccionar.

Nadie hablaba. Bebeto improvisaba y Oscar de León no respondía. Después de varios minutos, el venezolano tomó el micrófono y dijo, conmovido, al público: “damas y caballeros, yo quiero que ustedes sepan que yo soy quien soy, gracias a este hombre”. Abrazó a Bebeto, quien regresó a nuestra mesa, y el día siguiente estuvo de regreso en Santiago de Cuba, cuna de los sones y boleros que siguen renovándose e interpretándose para el gusto de una generación de melómanos tras otra.

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