El Vocho Blanco

Eduardo Llerenas y Mary Farquharson

El arpa jarocha de Nicolás Sosa

En el verano de 1993, estuvimos en los portales de Veracruz tomando unas cervezas y escuchando unos sones para distraernos de otros asuntos. En ese momento nos sorprendió ver a Nicolás Sosa, un legendario arpista que fue de los primeros en llevar el son jarocho a la capital, en donde su repertorio sería transcrito y analizado, reinterpretado, y él grabado y difundido en discos y en películas. Eduardo lo había conocido en 1975, después de la primera época de oro de esta musica, en las décadas de los 1940, 50 y 60, y se emocionó volver a ver al viejo arpista, ya tocando solo con una jarana, pero con muchas ganas de hacer visible la historia de la música que seguiría tocando hasta su muerte. Hablamos hasta que el sonido de la marimba dificultó nuestra plática y entonces aceptamos con gusto seguir la conversación en su casa.

Nicolás Sosa en los Portales

Nos sentamos los tres en su pequeña sala, tomando refresco y viendo algunas fotografías en las paredes. Nos mostró una en especial, sacada en 1947 en la XEQ. Don Nicolas, elegantísimo con su arpa, estuvo flanqueado por dos jaraneros y dos mariachis de Mixcoac, quienes lo acompañaban en la guitarra. “Me gustó como la guitarra acompañaba el arpa, realza su sonido” nos decía. Mientras que, para muchos conjuntos, el reto entre el arpa y requinto capta este momento del son jarocho en la Capital, Nicolás Sosa siempre insistía que el requinto no combinaba bien con el arpa.

Cuando don Nicolás regresó a Veracruz en 1970, tocaba el son jarocho en el estilo original de su juventud. Así fue como Eduardo, Beno Lieberman y Enrique Ramírez de Arellano lo grabaron en 1975, como arpista del trio Los Tiburones del Golfo. Sus sones ´El conejo´ y ´La tarasca’ fueron incluidos en el álbum, ‘la Antología del Son de México’ y, años después ´La manta´ y ´La sarna´ en el CD, ‘La Iguana’. Se nota en estos sones una cadencia deliciosa; el arpa la toca Nicolás muy asentado, sin prisa, tampoco buscando la sofisticación de la capital. En su voz se percibe el gusto por la vida, mismo que le motivaría a seguir trabajando durante muchos años más. En los 90, cuando el Parkinson traicionaba su cuerpo, sin afectar su agilidad mental, iba diario a Los Portales a tocar sones, él solo con su jarana.

Pero nos adelantamos, porque don Nicolás empezó la conversación hablando de su juventud en el rancho cerca de Alvarado.

“Mi familia, por parte de mi padre, han sido músicos desde siempre,” nos dijo. “El más viejo tiene como dos siglos que se murió y el más nuevo tiene 20 años”. Nos habló de su bisabuelo, el músico Rafael Sosa, creador de un linaje de muchas generaciones de soneros. Fue en este ambiente familiar que Nicolás aprendió la jarana “rápido, rapidísimo. Cuando ellos creían que yo no sabía, ya la tocaba.” Tardó un mes en aprender a tocar el arpa. Nicolás despertaba a las 3 a.m. para ordeñar las vacas y luego, con un arpa prestada, se sentaba en un lugar en donde no molestaba a nadie y tocaba hasta la noche, cuando tenía que meter el ganado. Con su primer compromiso, ya después del mes, ganó 20 pesos y con esos pudo comprar su propia arpa.

Esta preparación lírica y lúdica, fue la escuela que buscaba el renombrado musicólogo y compositor yucateco, Gerónimo Baqueiro Foster. En marzo de 1937, conoció a Nicolás Sosa en una feria en Alvarado y lo invitó a la Ciudad de México, junto con su cuñado Inocencio Gutiérrez, que tocaba la jarana. El 10 de mayo del mismo año, Nicolás tomó el tren a la capital, “sin saber,” y se quedó tres meses en la casa de Baqueiro Foster. Los dos músicos se sentaban horas con él, tocando lo que sabían del gran acervo de su cultura oral, para que el académico lo pudiera anotar en pentagrama y más tarde incorporar parte en su obra ‘1ª Suite Veracruzana’, que compuso para la Sinfónica de Xalapa y que también fue interpretada por la Orquesta Sinfónica de Yucatán.

En septiembre del mismo año, los dos jarochos volvieron a la Ciudad, esta vez para tocar en el Palacio de Bellas Artes y con bailadores, que es lo que pedía Baqueiro Foster. Más tarde regresó por su cuenta y se presentó en el Sans Souci, “el mejor cabaret de la Ciudad” y también en El Patio. En un banquete para el dueño de este lugar, Vicente Miranda, tocó con los grandes jarochos de su época: Lino Chávez, Andrés Alfonso, Julián Cruz y Andrés Huesca. Esa noche estuvo Pedro Vargas en el mismo elenco. Nicolás participó en tres películas, una de ellas con Toña la Negra. En esos tiempos tuvo amistad con Jorge Negrete y Pedro Infante. Daba clases de son jarocho a varios mariachis y a diario enseñaba a “un gringo que quería aprender a tocar el arpa”. Se refería a Raúl Hellmer, el legendario grabador de música tradicional de los años 1940-60 que, después de las clases con tan buen maestro, tocó el arpa jarocha en su propio programa de la televisión cultural.

En la Ciudad de México, Nicolás tocó durante muchos años con Andrés Huesca, su paisano que más tarde llevaría el son jarocho fuera de México. En los primeros años, Huesca criticó a Nicolás por haber sido el primero en traer bailadores jarochos a la capital. Pero estuvo de acuerdo con Huesca que esto fue un error, porque el público dejó de fijarse en los músicos y solo veía a los bailadores. En la Ciudad de México grabó unos discos, pero siempre preocupado porque pensaba que perdería trabajo. Si la gente puede llevar un disco a una fiesta, ¿Por qué pagaría por llevar a los mismos músicos a su casa?

Los años dorados para los jarochos fueron los del sexenio de Miguel Alemán, pero la situación cambió después. Con tantos músicos jarochos tocando en la calle, la calidad musical sufrió y fue más difícil encontrar trabajo. Nicolás volvió a vivir de tiempo completo en Veracruz en 1970. En el Puerto, mantenía el viejo estilo de tocar, mientras que los arpistas jóvenes tocaban tan rápido que, según Nicolás, opacaban tanto la letra como el buen baile. “Cada uno su estilo,” nos dijo, con su risa contagiosa. Con humor y cariño compuso ‘Los jarochos,’ décimas que describen el talento, la gracia y las mañas de sus compañeros soneros.

Adriana Cao con Nicolás Sosa

Nicolás Sosa fue una inspiración para diferentes músicos jarochos, incluso para la arpista Adriana Cao, cofundadora con Raquel Palacios Vega del Conjunto Caña Dulce y Caña Brava. Cuando empezaba Adriana en la música, fue don Nicolás que le dio confianza en sí misma para lanzarse a cantar y no solo a tocar el arpa.

Después de 1970, el son jarocho se tocaba poco en la Ciudad de México, pero después llegó Gilberto Gutiérrez a la capital desde Tres Zapotes, en el sur de Veracruz. En 1977 Gilberto formó en grupo Mono Blanco y desde entonces ha sido un incansable difusor del son jarocho del sur de Veracruz, en donde el estilo es más pausado que en el Puerto. Su colaboración con el gran versificador, trovador y jaranero, Arcadio Hidalgo, hizo historia y abrió paso a la cuidadosa documentación del son de Sotovento, trabajos que aseguran que los viejos músicos de ahí, tengan su lugar merecido en la historia.

Esta conversación de 1993, que grabamos en casete, estuvo rescatada por una amiga, Carmen de la Viña, quien nos insistió en que la digitalizáramos, igual que las entrevistas a otros grandes músicos, cuyas historias merecen conocerse.

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